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05 septiembre 2026

Del ORO al PAPEL: Así confiscó EE. UU. el oro a sus ciudadanos


Caricatura soviética. "El objetivo del capitalismo es siempre uno: Explotación. Opresión. Guerra. !Para que la pobreza y la muerte de las masas le proporcionen el máximo beneficio!". Ivan Maksimovich Semenov, 1953

 

Versión original
Canal Liberalístico
(Youtube) / Transcripción de audio-video. 
El material gráfico que acompaña este trabajo de 'Liberalístico' es adicionado por el editor de este blog.



Continuamos con la serie de artículos sobre economía global. Este y el anterior artículo son transcripciones textuales del canal de Youtube LIBERALÍSTICO, sitio que resalta, entre otras temáticas el campo del conocimiento en la economía y la neurociencia. Hay una razón obvia para esta selección en medio de tantos estudios académicos, el mencionado canal destaca por las sencillas y rápidas explicaciones, consigue mantener al lector (en su caso al suscriptor) atento y con interés de principio a fin. "¿De dónde salen conceptos como libertad, igualdad, justicia o bien común? ¿Por qué cambian de significado? ¿Quién decide qué es normal, qué es moral...? ¿Cómo se ha moldeado nuestra forma de pensar y obedecer?"


Discurso de vida

5 de abril 1933: El trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Delano Roosevelt, acaba de firmar una orden ejecutiva que obliga a los ciudadanos estadounidenses a entregar todo su oro al gobierno. Sus monedas, sus lingotes, sus certificados de oro. Todo. Dentro de un mes, poseer oro en Estados Unidos será delito. Y quien se niegue a entregarlo podrá enfrentarse a una multa de hasta 10.000 dólares, diez años de prisión… o ambas cosas a la vez.

A continuación, van a dar lectura a una orden ejecutiva verídica. Una orden emitida por el gobierno de Estados Unidos, el 5 de abril de 1933. La orden que, de un día para otro, obligó a millones de personas a entregar su oro y quedarse, a cambio, con billetes de la Reserva Federal sin respaldo alguno. Billetes que, apenas unos meses después, serían devaluados un 40%.

“A la atención de James Farley, director general de correos. Publique este anuncio en un lugar visible. Bajo orden ejecutiva del presidente, emitida el 5 de abril de 1933, todas las personas están obligadas a entregar, con fecha límite el 1 de mayo de 1933, a un banco de la Reserva Federal, sucursal o agencia, o a cualquier banco miembro del Sistema de la Reserva Federal, todas las monedas de oro, lingotes de oro y certificados de oro que ahora posean.

Orden ejecutiva.

Prohibir el atesoramiento de moneda de oro, lingotes de oro y certificados de moneda de oro. En virtud de la autoridad que me confiere la sección 5B de la Ley del 6 de octubre de 1917, enmendada por la sección 2 de la Ley del 9 de marzo de 1933, titulada “Una ley para proporcionar alivio en la emergencia nacional existente en la banca y para otros fines”, en la que, en la ley de enmienda, el Congreso declaró que existe una emergencia grave, y Franklin D. Roosevelt, presidente de los Estados Unidos de América, declaró que dicha emergencia nacional sigue existiendo, y de conformidad con dicha sección, prohíbo por la presente el acaparamiento de monedas de oro, lingotes de oro y certificados de oro dentro del territorio continental de los Estados Unidos por parte de individuos, sociedades, asociaciones y corporaciones, y por la presente prescribo las siguientes normas para llevar a cabo los propósitos de esta orden...”.

No es un país en guerra. No hay invasión extranjera. No hay catástrofe natural. Es el gobierno de la nación más poderosa del mundo diciéndole a su propia gente: entrégueme usted el oro. Quédese usted con este papelito, que ya no es un certificado de oro. Y confíe.


Caricatura soviética. "Cultura del Capitalismo". 'La civilización americana es la civilización más fea de nuestro planeta' (cita de Máximo Gorki). Artista Veniamin Briskin, 1952.


¿Cómo se llega a eso? ¿Cómo acaba un Estado democrático confiscando por la fuerza el dinero real de sus ciudadanos y dándoles papelitos a cambio? Eso es exactamente lo que vamos a explicar hoy. 

Porque detrás de esa orden hay cuarenta años de historia monetaria, una guerra mundial, varias crisis y una cadena de decisiones que fueron vaciando el dinero de contenido, promesa a promesa, hasta que el día que la gente quiso refugiarse en el oro… el Estado lo prohibió por la fuerza.

Empecemos desde el principio.

EL PATRÓN ORO CLÁSICO (1870 – 1914)

Durante más de cuarenta años, entre 1870 y 1914, el mundo funcionó bajo un sistema monetario llamado Patrón Oro: cada moneda nacional equivalía a una cantidad fija y conocida de oro. Una libra esterlina eran 7,3 gramos de oro fino. Un dólar, 1,5 gramos. Un franco francés, 0,3 gramos. Un marco alemán, 0,36 gramos. Y así todas las monedas. El tipo de cambio entre dos monedas era, por tanto, pura matemática. Bastaba con calcular cuánto era 1 kg de oro en las diferentes monedas y obtenías tipos de cambio fijos entre todas ellas. 

Pero cuidado, porque aquí suele aparecer un malentendido muy común. El patrón oro no significaba que todo el mundo fuera por la calle pagando el pan, el alquiler o el billete de tren con monedas de oro. ¡No! No funcionaba así… En la vida cotidiana la gente usaba billetes, monedas de cobre, monedas de plata, letras de cambio, depósitos bancarios y todo tipo de instrumentos de pago que, en esencia, eran deudas. Lo que importaba era la promesa que había detrás de esos billetes o de esos contratos.

Eran derechos de cobro donde literalmente ponía: “si usted presenta esto en este banco, le entregaremos X gramos de oro”. Y cualquiera, en cualquier momento, podía exigir esa conversión.

El oro no era el medio de pago. Era la garantía última. El ancla que mantenía todo en su sitio. Pero… esa ancla tenía una consecuencia política enorme, que es exactamente la razón por la que los gobiernos siempre han odiado el patrón oro: les impedía gastar más de lo que tenían.

Bueno. En realidad, no era tan absoluto. A finales del siglo XIX ya no todo el dinero estaba respaldado al cien por cien por oro físico. Había bastantes más billetes y promesas de oro, que oro disponible. Y esto era, ya entonces, un asunto jurídicamente muy controvertido. Porque la pregunta era evidente: ¿hasta qué punto es legítimo prometer oro que no se tiene?

Lo importante ahora es entender esto: el respaldo del patrón oro no era una equivalencia física perfecta entre billetes y gramos de oro. Era un sistema de convertibilidad: mientras el público creyera que podía convertir sus billetes en oro cuando quisiera, el sistema funcionaba. Por tanto, una cosa es el sistema del patrón oro que significa que la deuda que circula como medio de pago, en última instancia está respaldada por oro. Y otra cuestión diferente es si jurídicamente se debería permitir a los bancos emitir deuda, billetes, sobre un oro que no poseen. Esto último se conoce como el debate del coeficiente de caja. En cualquier caso, incluso sin un coeficiente de reserva en oro del 100% sobre los billetes emitidos, la confianza durante el patrón oro tenía una diferencia fundamental respecto a la confianza actual. 

Entonces, si la confianza se rompía, había una prueba final. El oro. Hoy, si la confianza se rompe, solo queda otra promesa. Y luego otra. Y luego otra… El patrón oro tenía muchos defectos, muchas tensiones y muchas grietas. Pero tenía una virtud que los sistemas posteriores fueron perdiendo poco a poco: obligaba a que las promesas monetarias tuvieran algún tipo de límite externo.


Izq. "El rostro del fascismo", Viktor Deni, periódico Pravda 1927. Derecha, El rostro del capitalismo. Hipocresía y propaganda: "Parches nuevos en un abrigo viejo". Autor: Fedir Kozlynsky, Revista soviética ucraniana Perets, 1965


Y ese límite se notaba especialmente cuando un país importaba más de lo que exportaba. Cuando eso ocurría, empezaba a perder oro, tiene que pagar oro a otros países por esas importaciones y los países le exigen oro a cambio. Al perder oro, se reduce su base monetaria. No puede emitir tantos billetes, porque hay menos oro que los respalde. Y con menos dinero en circulación, los precios bajan. Si hay el mismo número de bienes, pero menos dinero para intercambiar por esos bienes, el precio de esos bienes tenderá a caer. Del mismo modo, como el dinero es más escaso, los tipos de interés subirán y eso hará que se reduzca el crédito. Pero, al mismo tiempo, esa bajada de precios hace que los productos de ese país sean más competitivos para los compradores extranjeros y, en consecuencia, las exportaciones suben. ¿Y qué ocurre paralelamente con las importaciones? Pues que bajan, porque importar se vuelve más difícil y más caro. Y si poco a poco, las exportaciones suben y las importaciones bajan, el déficit se corrige solo.

Sin que ningún político tenga que decidir nada. No era agradable, ni mágico… pero el patrón oro sí que tenía su propio mecanismo de ajuste automático para impedir un déficit estructural: si un país vivía por encima de sus posibilidades, perdía oro. Y si perdía oro, perdía poder y perdía control. No podía esconder el problema eternamente debajo de una montaña de deuda pública, tipos artificiales y comunicados tranquilizadores. Al final, tendría que ajustarse y, precisamente por eso, era tan incómodo para los Estados, que veían limitada su capacidad de endeudamiento y, con ello, su poder.

Ahora bien, tampoco hay que imaginar a lo países enviándose cofres de oro cada vez que compraban trigo, carbón, acero o maquinaria. No funcionaba así. Un país podía pagar importaciones con exportaciones, con crédito, con letras de cambio, con saldos bancarios o con compensaciones financieras. El oro solo aparecía al final. Como juez último. Como liquidación definitiva cuando los desequilibrios se acumulaban demasiado. Y aquí aparece otro detalle técnico, pero muy importante. No olvidemos que transportar oro era caro. Había que custodiarlo, asegurarlo, moverlo, protegerlo. No era lo mismo transferir una anotación bancaria que enviar metal físico de un país a otro. Por eso, en la práctica, los tipos de cambio podían fluctuar ligeramente alrededor de la paridad oficial. A esos límites se les llamaba puntos de oro.

Mientras el tipo de cambio se moviera dentro de esa pequeña banda, no merecía la pena enviar oro físicamente. Pero si el cambio se desviaba demasiado, entonces aparecía una oportunidad de arbitraje. Es decir: alguien podía comprar barato en un lugar, vender caro en otro y ganar dinero simplemente aprovechando la diferencia. Y esa oportunidad de beneficio empujaba el sistema de nuevo hacia el equilibrio. La idea más importante detrás del sistema del patrón oro es que no necesitaba que un comité decidiera cada mañana cuál debía ser el tipo de cambio correcto. El arbitraje, los incentivos y el mercado hacían ese trabajo con mucho gusto.

Y hubo un sitio donde se especializaron mucho y, además muy bien en hacer ese trabajo. Durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, la libra esterlina fue la gran moneda internacional y Londres el corazón financiero del mundo. Más concretamente, la City. Y, dentro de la City, una calle que se convirtió casi en el símbolo del capitalismo financiero británico: Lombard Street.

Allí se concentraban los bancos, las grandes aseguradoras… desde allí se movía toda la arquitectura invisible que sostenía el comercio internacional del imperio económico británico. Un imperio que, por aquel entonces, dominaba las rutas comerciales, las finanzas, los seguros y el crédito internacional. Antes de la Primera Guerra Mundial, los EEUU de América, todavía miraban desde la segunda fila. Pero ese mundo tenía una debilidad. Una debilidad muy antigua, que aparece una y otra vez en la historia del dinero: la guerra.


"La devaluación del dólar y el tipo de cambio flotante", de la serie "Capitalismo sin máscara". Los personajes con sombreros de copa en una balsa improvisada representan a los capitalistas o banqueros occidentales, a merced de las inestables "olas" del mercado. La balsa lleva una bandera con la inscripción "Tipo de cambio flotante". Un hombre se está cayendo de la balsa sobre una tabla que dice "Devaluación del dólar". La traducción del texto en la esquina superior derecha: "Las olas arrojan una balsa destartalada - Ahora se sumerge, ahora flota... - Tipo de cambio libremente flotante - Un recurso muy dudoso". Autor: V. Gryzlov, 1977.


PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914 – 1922) 

Cuando los Estados, y no digamos los Imperios, hacen eso que tanto les gusta hacer -entrar en guerra-, descubren rápidamente que la disciplina monetaria del patrón oro es muy incómoda. Un ejército cuesta dinero. Las armas cuestan dinero. Los barcos, los uniformes, la munición, los suministros, la propaganda… todo cuesta dinero. Y si un Estado quiere financiar una guerra emitiendo billetes, pero esos billetes pueden convertirse en oro, el público puede acudir al banco y exigir el oro. Cosa que la gente suele hacer cuando se entra en guerra, no vaya a ser que haya que salir huyendo. Y justo entonces aparece la temida corrida bancaria. Para evitarlo, muchos gobiernos suspendían la convertibilidad. Por ejemplo, Reino Unido la suspendió durante más de 20 años durante las guerras napoleónicas entre 1797 y 1821. Luego la volvió a suspender durante la primera guerra mundial en 1914. Y también lo hicieron Alemania, Francia, Rusia… prácticamente todos los países europeos, porque todos necesitaban poder financiar la guerra sin limitaciones y el oro se lo impedía.

Lo que hacían era muy sencillo; emitían más billetes que oro, con lo cual circulaban derechos de cobro sobre un oro que no existía. En realidad, era una estafa piramidal, los primeros que acudiesen a retirar el oro cuando se permitiese la convertibilidad cobrarían el oro y cuando ya no quede más oro o se nieguen a entregarlo te quedas sin oro, con un bonito papel firmado. Pero entre tanto, los Estados prohibían a sus ciudadanos exigir el oro y de ese modo podían emitir billetes sin respaldo sin miedo a una corrida bancaria, y con ello financiar la guerra. Y ya pensarían después cómo volver a ponerlo todo en orden.

El problema es que ese “después” llegó en 1919, con el fin de la primera guerra mundial. Y, para aquel entonces, el problema era gigantesco. Los Estados habían emitido tantos billetes y acumulado tanta deuda que volver al patrón oro clásico era casi imposible.

Porque para regresar a la antigua paridad, una moneda tenía que volver a valer oficialmente lo mismo en oro que antes de la guerra. De cara a sus ciudadanos se suponía que simplemente habían suspendido temporalmente esa convertibilidad. Pero ya hemos visto que la realidad era muy distinta, durante el conflicto los gobiernos habían emitido tantos billetes que el oro que tenían en reservas no guardaba ninguna proporción con el dinero en circulación. La consecuencia era que tu moneda quedaba sobrevalorada, y eso era un problema enorme: tus exportaciones se vuelven muy caras, tu industria pierde competitividad, y para recuperar el equilibrio necesitas una deflación interna brutal: bajar precios, bajar salarios, recortar gasto, contraer el crédito y provocar un ajuste social durísimo. Todo esto en plena posguerra. En otras palabras, fingir que con el dinero no había pasado nada implicaba hacer trabajar a todo el país mucho más duro que antes y por mucho menos, sin capacidad de ahorro, hasta que el equilibrio se reajustara solo.

A pesar de todo, algunos países lo intentaron. Reino Unido fue el caso más sonado: en 1925, Churchill decidió volver a la paridad de antes de la guerra. La idea era recuperar el prestigio y la solidez de la libra. Demostrar que Gran Bretaña seguía siendo Gran Bretaña, pero fue un desastre. Keynes lo criticó públicamente y con mucha rabia, escribió un panfleto titulado “Las consecuencias económicas del Sr. Churchill”, donde le dijo de todo menos bonito. Y lo cierto es que Keyne tenía razón, advirtió de unas consecuencias que se cumplieron y la economía británica pagó el precio durante años. Entró en una espiral de desempleo crónico y estancamiento, y las industrias exportadoras, como el carbón quedaron aplastadas por una libra sobrevalorada que no les permitía competir en el mercado. Seis años después, en 1931 Reino Unido, abandona finalmente el Patrón oro.

Su experimento demostró las consecuencias de incumplir las promesas que implica el patrón oro. Pero lo más revelador no es que fracasara, eso se veía venir… lo más revelador es que, curiosamente, la lección que los Estados extrajeron de aquel fracaso no fue "hay que ser más disciplinados con el gasto". Fue: "el patrón oro es demasiado rígido. Necesitamos algo más flexible".

Y para darle forma a esa flexibilidad, convocaron una conferencia.

Abril de 1922. Génova, Italia.

34 países se reúnen en busca de acuerdos para reconstruir el comercio y el sistema financiero internacional tras la Primera Guerra Mundial. El sistema monetario está destrozado, nadie tiene suficiente oro para volver a la paridad de antes de la guerra, y hace falta inventar algo que suene a orden sin serlo del todo.

A esa solución la llamaron “patrón cambio oro”.


Izq. “Sociedad de Naciones. Internacional Amarilla. ¡Capitalistas de todos los países unidos!”, Víktor Deni, 1920. Derecha, caricatura soviética de M. Abramov, el texto dice lo siguiente: "A juzgar por el proyecto de reforma fiscal presentado no hace mucho por la administración de EE. UU., los que peor la pasan en América son... las corporaciones y los bancos más grandes. Es precisamente para sus ingresos que se ha previsto, de manera conmovedora y atenta, la mayor reducción de impuestos. El grueso de la carga fiscal recae, «por tradición», sobre los sectores menos favorecidos de la población. Ya están acostumbrados... Mientras tanto, unos 34 millones de estadounidenses viven en la miseria, encontrándose, por culpa de la sociedad burguesa, por debajo de la llamada «línea oficial de pobreza»." Revista Krokodil, 1985


EL PATRÓN CAMBIO ORO de Entreguerras (1922 – 1944)

¡Ojo a lo que se les ocurrió! En el patrón oro clásico, cada moneda prometía unos gramos concretos de oro. Pues bien… en el patrón “cambio oro”, esa relación se volvió indirecta. El retorno parcial al patrón oro se logró permitiendo a los bancos centrales mantener parte de sus reservas en monedas que, a su vez, eran directamente intercambiables por oro. Algunos países seguían prometiendo una cantidad fija de oro. Pero otros, en lugar de prometer oro, prometían divisas de países que, a su vez, prometían una cierta cantidad de oro. Y aquí empieza la cadena.

Y hay un detalle que resume perfectamente el espíritu de todo esto: los ciudadanos ya no recibirían monedas de oro a cambio de sus billetes, como ocurría antes de la guerra. Si querías canjear, tenías que hacerlo en grandes lingotes de oro, completamente inútiles para las transacciones del día a día. Es decir: la convertibilidad seguía existiendo sobre el papel. Pero en la práctica, la habían hecho imposible para cualquier ciudadano normal. El oro quedaba en las bóvedas. Y la gente, con sus promesas. 

¿Y qué países podían prometer oro en aquel momento y parecer creíbles? Principalmente dos: Reino Unido y Estados Unidos. La libra seguía siendo una moneda central, pero Gran Bretaña ya no era la potencia financiera incontestable que era antes. Estados Unidos, en cambio, había salido de la guerra mucho más fuerte que nadie.

Mientras Europa se destruía a sí misma, EEUU acumuló más oro que ningún otro país. Y no solo eso, también una enorme capacidad industrial y un poder financiero sin rival en aquel entonces. Y por eso, las monedas elegidas para ser convertibles fueron la libra y el dólar.

Un país podía emitir billetes respaldados por libras o dólares. Y esas libras o dólares, a su vez, prometían ser convertibles en oro. Sobre el papel, el sistema seguía conectado al oro en última instancia. Pero en la práctica, la distancia entre el ciudadano y el oro era cada vez mayor. Ahora había una promesa apoyada sobre otra promesa. Y esa promesa, a su vez, descansaba sobre otra. Esta estafa que crearon en 1922 en Génova tenía un pie a cada lado del Atlántico, pero el centro financiero, el corazón de este nuevo sistema, ya no estaba en Londres, estaba en Nueva York. Pasó de Lombard Street a Wall Street. La libra había reinado durante décadas, pero el dólar había logrado, por fin, conquistar el trono.

Pero antes de que pudiera sentarse en él, llegó algo que nadie había visto venir con esa magnitud. Una de las mayores crisis económicas de la historia de Estados Unidos. La Gran Depresión.

LA GRAN DEPRESIÓN 
Jueves Negro - 24 de octubre de 1929

La bolsa de Nueva York se desploma. Ese día se comercializaron 12,9 millones de acciones, una cifra sin precedentes para la época. El lunes siguiente cae otro 13%. Y el martes, el mercado colapsa definitivamente. Lo que vino después fue la mayor catástrofe económica del siglo XX. Miles de bancos cerraron, muchas empresas quebraron, el consumo cayó en picado y millones de personas perdieron su empleo.

En 1932 el número de desempleados ascendía a 40 millones de personas en todo el mundo. El comercio internacional se hundió. Los precios de las cosechas cayeron hasta un 70% en algunos países. Y la gente, aterrorizada, hizo lo que siempre ha hecho la humanidad cuando pierde la confianza en el sistema: empezó a acumular oro.


Izq. “Gulliver en Estados Unidos (Desempleo en EEUU)”. "La cifra de desempleados en EE. UU. alcanza los 5 millones de personas (de los periódicos)". Autor: Boris Moiséevich Shapoval, datada entre 1930-1934. Derecha, “Desempleo. Viejo invitado en el Nuevo Mundo” (inflación, desempleo, crisis). Valeriy Glyvenko, Revista Perets, 1975


Y ahí estaba el problema para el gobierno estadounidense, que era, junto con Reino Unido, quien soportaba en última instancia la presión sobre el oro. La Reserva Federal exigía que al menos el 40% de cada billete emitido estuviera respaldado por oro. Pero con la gente retirando oro del sistema a marchas forzadas, la Fed se quedaba sin margen para crear dinero. Y sin dinero nuevo, sin crédito, sin liquidez, la economía se asfixiaba cada día más y más.

Franklin D. Roosevelt lleva apenas unas semanas en la presidencia cuando se enfrenta a la decisión. El sistema bancario está prácticamente paralizado. Las reservas de oro casi agotadas. Y el país hundiéndose. El 5 de abril de 1933 firma la Orden Ejecutiva 6102. De la noche a la mañana, poseer oro en Estados Unidos se convierte en un delito.

Todos los ciudadanos tienen hasta el 1 de mayo, menos de un mes, para entregar sus monedas, lingotes y certificados de oro, so pena de una multa de hasta 10.000 dólares, diez años de prisión, o ambas cosas a la vez. Es decir: el mismo Estado que durante décadas había dicho que sus billetes eran convertibles en oro, ahora decía exactamente lo contrario. “Entrégueme usted el oro. Quédese usted con el papel. Y confíe”.

Pero esta vez, la confianza ya no era una promesa. Era una orden. Y si hacía falta, una orden a punta de pistola. Cuando el ciudadano quiso refugiarse en el oro, el Estado descubrió algo muy sencillo: que no podía permitir que la gente escapara del sistema monetario que él mismo estaba intentando salvar. Roosevelt confiscó el oro de los estadounidenses. Después de eso, Estados Unidos devaluó el dólar. Y el oro que ayer te obligaban a entregar por 20 dólares la onza, poco después valía 35.

Esta orden es una de las grandes escenas olvidadas de la historia monetaria moderna. Porque demuestra algo muy incómodo: que incluso un país democrático, constitucional, con una tradición centenaria de respeto a la propiedad privada, puede pasarte por encima en cuanto el sistema que ha construido empieza a tambalearse. Y cuando eso ocurre, la confianza deja de ser confianza. Se convierte en lo que siempre estuvo debajo: obligación. Coacción. Una orden a punta de pistola disfrazada de emergencia nacional.

Ayer fue el oro. Mañana puede ser tu cuenta bancaria, tu vivienda o tu bitcoin. Porque el Estado, cuando necesita salvarse a sí mismo, siempre recuerda lo que es: el único actor dentro de un territorio que puede obligarte a hacer algo... por la fuerza.

Y lo más fascinante de todo es lo que vino después. 

Porque este mismo Estado que confiscó el oro de sus ciudadanos, que los obligó a usar un papel que meses después devaluó un 40%... acabó siendo presentado ante la historia como el salvador. El héroe que rescató al mundo de la Gran Depresión. Como en toda buena leyenda, hacía falta un monstruo, hacía falta una crisis... y hacía falta alguien que apagara el incendio. Aunque fuera el mismo que lo había prendido.

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Original de Canal Liberalístico

02 septiembre 2026

El cómo Estados Unidos consiguió el 75% del ORO mundial.


Dos ejemplares de la propaganda soviética. Izq. Icono del Tío Sam, "El Pacificador", 1967. El texto en ucraniano dice: "Garantías de Paz", del artista I. Aleksandrovich en la revista "Perets" de la Ucrania Soviética. Derecha, un cartel sobre la Guerra Fría de EE. UU., El escudo de armas de Harry Truman y el dominio mundial.1952


 
Versión original
Canal Liberalístico
(Youtube) / Transcripción de audio-video. 
Título original en video: ¿Por qué manda el DÓLAR? 
El material gráfico que acompaña este trabajo del canal 'Liberalístico' es adicionado por el editor de este blog. 


Continuamos con la serie de artículos sobre economía global. Este y el siguiente artículo son transcripciones textuales del canal de Youtube LIBERALÍSTICO, sitio que resalta, entre otras temáticas el campo del conocimiento en la economía y la neurociencia. Hay una razón obvia para esta selección en medio de tantos estudios académicos, el mencionado canal destaca por las sencillas y rápidas explicaciones, consigue mantener al lector (en su caso al suscriptor) atento y con interés de principio a fin. "¿De dónde salen conceptos como libertad, igualdad, justicia o bien común? ¿Por qué cambian de significado? ¿Quién decide qué es normal, qué es moral...? ¿Cómo se ha moldeado nuestra forma de pensar y obedecer?"


Cómo Estados Unidos consiguió el 75% del ORO mundial.

En 1919, Estados Unidos salía victorioso de la Primera Guerra. Europa estaba agotada, endeudada y absolutamente devastada. Pero al otro lado del Atlántico, el ambiente era muy distinto. Las fábricas producían, las ciudades crecían, la electricidad llegaba a los hogares, los automóviles invadían las carreteras y las radios, por fin, empezaban a ocupar los salones de todas las casas. Y, entre tanto, una nueva idea empezaba a abrirse paso en la vida cotidiana de las familias: el crédito. Compra ahora, paga después.

América parecía entrar en una fiesta. Una fiesta moderna y muy optimista. La década de los años veinte estaba a punto de empezar, y el mundo comenzaba a bailar al ritmo de los Estados Unidos de América. En 1919, Estados Unidos todavía no mandaba en el sistema monetario mundial. Durante más de un siglo, la libra había sido la gran moneda del comercio internacional y también una de las grandes monedas de reserva de los bancos centrales. Era la moneda del Gran Imperio Británico.


"En un círculo cerrado". Yulif Ganf, 1947. TÍO SAM (a los representantes de los países pequeños): ¿Están todos sentados? Ahora vamos a discutir el tema de su soberanía como iguales.



En aquel entonces el imperio británico dominaba aproximadamente el 25% de la superficie terrestre: Canadá, Australia, India, territorios en África, enclaves estratégicos como Gibraltar, rutas marítimas, puertos, cables submarinos, bancos, casas de seguros, comercio… Aquello más que un Imperio, era una red comercial a escala mundial. Y el corazón financiero de esa red estaba en la City de Londres. Si el mundo necesitaba crédito, miraba a Londres. Si necesitaba estabilidad, miraba a Londres. Si necesitaba una moneda fuerte, miraba a Londres. El dólar, por aquel entonces, todavía era un aspirante. Cada vez más poderoso, sí… pero todavía el segundón. El problema es que, después de la guerra, Gran Bretaña estaba agotada… y, sin embargo, Estados Unidos estaba mejor que nunca: concentraba alrededor del 40% de las reservas de oro, y subiendo… Tres años después, en 1922, esa cifra rozaba ya el 45%. En 1919, al finalizar la guerra, la deuda pública británica rondaba los 7.481 millones de libras, una cifra equivalente a 54.800 toneladas de oro.

El problema es que el Banco de Inglaterra tenía en ese momento 661 toneladas de oro. En libras 90,3 millones. Sí, sí… como lo oís. Estas eran las cifras reales. Debían 54.800 toneladas de oro y tenían 661. Estamos hablando de que tenían que multiplicar sus reservas de oro 83 veces para cubrir la deuda pública. La cuestión es que el oro total extraído en todo el planeta desde la antigüedad hasta 1919 eran 43.700 toneladas. Y solo Gran Bretaña debía 54.800 toneladas de oro. Empieza a verse el problema ¿no?

Para los curiosos, os diré que en la actualidad se estima que se han extraído 220.000 toneladas de oro. Es decir, que aproximadamente dos tercios del stock mundial de oro actual se han extraído después de 1950. En 1919, la producción minera de ese año fue de unas 530 toneladas. Hasta ahora hemos hablado de la deuda externa, lo que Gran Bretaña debía a otros países. Pero no hemos dicho nada de los depósitos bancarios, es decir, el dinero que los ciudadanos británicos tenían en sus cuentas bancarias. Estos sumaban a finales de 1919 unos 2.940 millones de libras, o lo que es lo mismo 21.520 toneladas de oro. Y recordemos que la reserva de oro del Banco de Inglaterra era de solo 661 toneladas de oro.

Dicho de otro modo, el banco de Inglaterra sólo podía respaldar con oro el 0,87% de toda la deuda del país, pública y privada combinadas. Y esto en un sistema monetario basado en el patrón oro, es un problemón de tamaño monumental. Los billetes de libra, en aquel entonces eran certificados de deuda en los que podía leerse “Prometo pagar al portador bajo demanda una libra” y ¿Qué era una libra? pues 7,3 gramos de oro. El Imperio Británico era, de facto, insolvente. ¿Y cómo se llegó a este punto? ¿Por qué la gente no fue a por su oro antes? ¿No se dieron cuenta o qué? Algo se olían. No sabían las cifras exactas, pero sí sospechaban que se estaban emitiendo libras sin respaldo real en oro. El problema es que no podían hacer nada.

Porque en 1914, al inicio de la guerra, el Estado Británico - como prácticamente todos los estados europeos - prohibió por ley la convertibilidad. ¿Y por qué hicieron eso? Para evitar una corrida bancaria. Mientras nadie pueda pedir su oro, y los bancos tengan prohibido entregarlo, nadie puede escuchar que no queda oro. Y si nadie lo dice, y nadie lo escucha, técnicamente no hay quiebra. Suena a chiste. Pero es exactamente así como funciona.


Izq. "Fondo Monetario Internacional", Yu. Cherepanov, 1972. Derecha: "Bueno caballeros, ahora está en nuestras manos", 1976. Andrei Porfiryevich Krylov


No te creas que ha cambiado algo, sigue funcionando exactamente igual hoy. Ahora nos prohíben hacer transacciones en efectivo por encima de mil euros. Y no es por seguridad, es que en realidad, ese dinero ni siquiera existe. Igual que entonces no existía el oro.

Entonces ¿no volvieron a entregar nunca oro o qué pasó con la libra? ¿Qué hicieron? ¿Qué pasó con la libra? Bueno… la situación era muy complicada. Desde luego, no podían regresar a la convertibilidad que había antes de la guerra, no podían darle a la gente 7,3 gramos de oro por cada libra. Eso era imposible, no había tanto oro. Tuvieron que sostener la prohibición todo el tiempo que fuese posible, y mientras tanto buscar soluciones. Así estuvieron 11 años, hasta 1925.

Lo primero que intentó Gran Bretaña fue pedirle a Estados Unidos que le perdonase la deuda. Sí, sí… así, por la cara. Le propusieron a Wilson una cancelación general de todas las deudas entre aliados. Obviamente, la respuesta fue un no rotundo. Wilson dejó más que claro que EEUU no iba a condonar ni un solo gramo de oro. Entre 1920 y 1922, Gran Bretaña anduvo haciendo malabarismos diplomáticos por medio mundo intentando conseguir dinero, recursos, petróleo... lo que fuera. En 1920 logró que la Sociedad de Naciones le confiase el mandato sobre el territorio de Palestina, donde se construiría el oleoducto más grande del mundo. Pero tardarían años en construirlo… y ellos necesitaban oro ya. Urgentemente.

La verdad que liaron una buena, los ingleses mintieron a medio mundo jugando a tres y cuatro bandas al mismo tiempo. Balfour, el ministro de exteriores británico, envió una carta a Lionel Walter Rothschild, transmitiendo todo el apoyo del Imperio a la causa sionista. ¡Todo con tal de conseguir oro como fuese! Pero es que también hizo lo mismo con los árabes, los franceses y los otomanos. Prometió Palestina a todos ellos. Os podéis imaginar la que se armó. Y bueno… en gran medida, de aquello, se deriva el conflicto actual de Israel.

En agosto de 1922, Balfour lanzó un órdago público. Dijo: "solo le voy a cobrar a mis deudores europeos lo mismo que Estados Unidos me cobre a mí. Si ellos perdonan, yo perdono. Si ellos cobran, yo cobro". Era un intento de convertir a EE.UU. en el villano de la historia. Por supuesto, a los americanos no les hizo ninguna gracia. Y EE.UU. era quien tenía el oro, el ejército y las cartas.

No podemos decir que Estados Unidos estuviese en una posición brillante, porque también estaba endeudado. Pero desde luego, comparado con Gran Bretaña era infinitamente más sólido. A finales de 1919 la deuda pública de EE. UU. equivalía a unas 37.600 toneladas de oro, bastante menos que la deuda británica. Y, además, los aliados le debían a EE. UU. 15.000 toneladas de oro en préstamos de guerra. Aunque quizá lo más importante era que, a diferencia de todos los países europeos, EE.UU. nunca había suspendido del todo la convertibilidad. Sí que hubo ciertas restricciones, pero, en general, podemos decir que durante toda la guerra, EE. UU. mantuvo su compromiso de convertir cada dólar en 1,5 gramos de oro. Un precio que llevaba sin cambiar desde 1834. Y desde luego, esto generaba mucha confianza en el dólar. Especialmente en un contexto en que la libra llevaba sin ser convertible desde 1914 y nadie sabía si en algún momento volvería a serlo.

Esto, hizo que el centro de gravedad del sistema monetario se desplazase al otro lado del Atlántico. La libra tenía prestigio, pero era historia; el dólar tenía oro y, por tanto, tenía futuro.

Fin del Patrón Oro

Esta fue la verdadera batalla monetaria de entreguerras, una lucha silenciosa por decidir qué moneda iba a sostener el comercio mundial. Y la respuesta empezó a tomar forma en 1922, en la Conferencia Financiera de Génova. Allí, los 34 países reunidos acordaron no restaurar el viejo patrón oro de antes de la guerra. Sencillamente, porque ninguno de ellos podía cumplir sus promesas de convertibilidad.

En la práctica, todas las monedas habían quebrado. No era un problema nacional, era un problema mundial. Todos los Estados, a la vez, habían obligado a sus bancos centrales a emitir más papel del que podían respaldar en oro. Había demasiados billetes, demasiadas deudas y demasiadas promesas reclamando una cantidad de oro que sencillamente no existía en el mundo. Así que, en lugar de reconocer que habían arruinado a sus ciudadanos, que habían quebrado la moneda nacional y que habían metido la pata hasta el fondo, pues decidieron hacer eso tan peligroso que hacen los políticos cuando ya han provocado un desastre: “buscar soluciones” y meter la pata aún más al fondo.


Dos caricaturas de diferentes épocas, el mismo problema. Derecha, "Crisis", del artista soviético L. Brodaty, 1930. Izquierda, El banquero de Wall Street dice a la pobreza y al desempleo: "Gracias Dios, los tres estamos perfectamente conservados". N. Lisogorsky, 1977. (Revista Cocodrilo).


Solución: el Patrón Cambio Oro.

Se inventaron el patrón cambio oro. Lo vendieron como un mecanismo de seguridad y comodidad para el ciudadano. A partir de entonces, el Estado se encargaría de la convertibilidad, el Estado almacena el oro por ti, el Estado protege el sistema para que tú no tengas que preocuparte de nada. Por supuesto, todo por el bien común. En realidad, lo que esto significaba es que los ciudadanos ya no podrían convertir sus billetes en oro nunca más. Solo podrían hacerlo los bancos centrales y los Estados, y solo en lingotes. Y, seamos francos, la gente tampoco quería admitir que el Estado les había arruinado, les había estafado, robado, y encima les había endeudado de por vida para matar gente. La realidad no les gustaba, lo que querían era soluciones.

¿Y qué hicieron? Pues lo de siempre… exigir soluciones al mismo que les había arruinado previamente. Un absurdo, sí… pero así seguimos. Entre tanto, los Estados, tenían que lograr explicar el desastre sin reconocer que el viejo sistema monetario estaba absolutamente roto.

Admitieron que “algo” había fallado, le echaron la culpa a Alemania y, finalmente, propusieron una solución. Una que parecía devolver la estabilidad, pero sin volver realmente al patrón oro. Aceptaron que muchas monedas ya no podían sostener su antiguo peso en oro. Pero la libra y el dólar, supuestamente, sí. O al menos eso había que creer. Básicamente, salvaron lo que pudieron. Y decidieron que tener libras o dólares era equivalente a tener oro. Obviamente, ya hemos visto que eso tenía bastante poco de cierto. Pero coló. Al fin y al cabo, era una solución. La gente exigía soluciones. Que fueran verdad o mentira parecía casi lo de menos.

Hay que tener en cuenta que 1922, durante la Conferencia de Génova, Gran Bretaña llevaba ocho años sin convertibilidad. Y, por el contrario, EEUU garantizaba la convertibilidad sin problema y nunca la había cancelado. El resultado fue inevitable: todos los países empezaron a preferir el dólar y a deshacerse poco a poco de sus libras.

1925: la libra vuelve a ser 7,3 gr. de oro.

Y para intentar frenar esa huida, en 1925 Churchill, como ministro de Hacienda, tomó una decisión que muchos consideraron una locura: anunció que Gran Bretaña restauraba el patrón oro con la paridad de antes de la guerra. Los mismos 7,3 gramos de oro por libra que llevaban vigentes desde hacía más de un siglo. Sobre el papel debía sonar magnífico. Una libra vuelve a ser una libra de oro. Londres vuelve a ser Londres.

El Imperio Británico volvía a decirle al mundo entero que “aquí no ha pasado nada”. Pero sí había pasado. Había pasado una guerra mundial. Había pasado una inflación que había duplicado los precios. Había pasado una deuda ingente. Había pasado una década entera de dinero emitido, precios alterados y promesas imposibles de cumplir. Y pretender volver a la vieja paridad era como ponerse el traje de antes de la guerra después de haber engordado cincuenta kilos y fingir que el problema era del espejo. Sostener aquella paridad exigía un ajuste.

La gran crisis británica fue brutal. Gran Bretaña tenía que volverse competitiva a la fuerza: bajar costes, reducir salarios, apretar márgenes, exportar más para atraer oro y defender la libra aunque eso machacase a toda la población. Había que compensar todas las libras que habían creado sin respaldo. En esencia, ahora los ciudadanos tendrían que trabajar para pagar toda la deuda.

Keynes lo vio clarísimo y advirtió que volver al oro a esa paridad era una absoluta locura. Pero se hizo igualmente. Porque el viejo imperio no podía admitir que ya no era lo que había sido. Y durante unos años intentaron sostener la ficción. Hasta que en 1931 la ficción se rompió y la libra cayó.

Gran Bretaña abandonó el patrón oro y el mundo entendió que aquello que en 1925 se había vendido como una restauración gloriosa era, en realidad, una huida hacia atrás. Cuando Francia solicitó el oro a cambio de todas las libras que llevaba acumulando durante los últimos 4 años, y otros tantos países hicieron lo mismo, Reino Unido no tuvo más remedio que suspender la convertibilidad y la libra cayó un 30% frente al dólar y al oro. Los bancos centrales que tenían libras sencillamente perdieron ese porcentaje de sus reservas de la noche a la mañana. La fuga de oro estaba desbocada, no había tiempo ni margen para maniobrar.

El lunes 21 de septiembre de 1931, el primer ministro británico Reino Unido, Ramsay MacDonald, proclamó al país y al mundo con lágrimas en los ojos que la libra suspendía su convertibilidad al oro.

El Gobierno de Su Majestad ha decidido, tras consulta con el Banco de Inglaterra, que se ha hecho necesario suspender temporalmente y con efecto inmediato la Ley del Patrón Oro de 1925, que obliga al Banco a vender oro a precio fijo. Durante los últimos días las retiradas de oro por parte de gobiernos extranjeros se han acelerado tan bruscamente que el Gobierno de Su Majestad se ha visto obligado a tomar esta decisión. Las reservas de oro del Banco de Inglaterra ascienden a unos £130 millones y, habida cuenta de las contingencias que puedan surgir, no es aconsejable permitir que esta reserva se reduzca más. Esta posición debe mantenerse. Una cosa es abandonar el patrón oro con una inflación descontrolada; y otra cosa es permitir retiradas excesivas de capital prestado. Los recursos últimos de este país son enormes, y no hay duda de que las presentes dificultades cambiarias resultarán ser solo temporales”.

Como siempre, una medida temporal que un siglo después sigue tan vigente como el primer día. La libra jamás volvió a ser convertible en oro. Pero entonces… Si ya no era convertible ¿cómo se mantuvo el valor de la libra a oro? ¿quién iba a querer libras? ¿cuánto valía ahora la libra? ¿Nada?

Pues la libra pasó a tener un valor relativo, como todas las demás monedas excepto el dólar, que era la única que conservaba su valor en oro. Podemos decir que la libra se sostenía gracias a la capacidad coactiva del imperio de explotar a sus ciudadanos y generar demanda forzosa de libras. Millones de personas estaban obligadas a pagar impuestos en libras, a cobrar en libras, a endeudarse en libras, a aceptar libras y a vivir dentro de una economía organizada en libras. 

¿Y cómo funcionaba el sistema? Pues como ahora… primero el Estado pagaba a sus ciudadanos con libras. Luego les exigía impuestos en libras y si no las conseguían y se las entregaban al Estado, pues les quitaban sus bienes o les metían en la cárcel. Sin duda es una forma efectiva de generar demanda de libras. Claro que hacia fuera la cosa era distinta. Al extranjero no le bastaba con que el Parlamento británico dijera que la libra valía algo. Al extranjero había que convencerlo con riqueza real: con oro, con dólares o con bienes reales. Y ahí estaba el verdadero problema. Gran Bretaña tenía una deuda externa enorme, necesitaba oro sí o sí.

Y, además, también necesitaba defender la libra frente al dólar y frente al oro, para que siguiese valiendo algo y para eso también necesitaba oro. Bueno…. o dólares, si no quedaba otra. ¿Y cómo se conseguía el oro o los dólares? De una sola forma, exportando. Produciendo bienes reales y vendiéndolos fuera. El mecanismo era muy simple. Los trabajadores producían riqueza real. Esa riqueza se vendía a otros países. Esos países pagaban con oro o con dólares. El oro y los dólares acababan en las bóvedas del Banco de Inglaterra. El Banco de Inglaterra imprimía papelitos de libras. Y los trabajadores británicos, los que realmente habían producido la riqueza y gastado su tiempo de vida, recibían a cambio esas libras.


Izq. "Parte vitalmente interesada". Ingresos de las Compañías extranjeras en Irak, Boris Leo, revista satírica soviética Krokodil - Cocodrilo, No. 9, marzo de 1963). Derecha, "Preparativos para la entrada de Gran Bretaña  en el Mercado Común", Andrei Porfiryevich Krylov. 1971



Hacia dentro: papelitos. Hacia fuera: bienes reales. Y en el centro: el Banco de Inglaterra llenaba sus cámaras de oro. Y para conseguir el oro lo suficientemente rápido había que lograr que la economía británica fuese más “competitiva”. Una forma muy elegante de decir que la población tenía que trabajar más, cobrar menos y no consumir lo que producía para que esos productos pudiesen ser vendidos en el exterior. Y claro, ahora iban todos en el mismo barco, si Gran Bretaña exportaba lo suficiente y atraía reservas de oro o de dólares, la libra aguantaba. Si no, caía. Y si caía, caían con ella los ahorros de todos los británicos.


"La evolución de un colonizador. (Colonialismo y neocolonialismo). 1. Solía ​​tener un látigo en sus manos... 2. ...y ahora tiene a su propio hombre". Andrei Porfiryevich Krylov. 1964


La trampa del dinero fiduciario

Y aquí está lo más curioso: los ciudadanos no parecían darse cuenta de que su trabajo, su tiempo de vida y sus ahorros habían dejado de depender de ellos en lo más mínimo. Dependían de lo que el Estado hiciera con la moneda que, al mismo tiempo, les obligaban a aceptar como pago. Si el Estado degradaba la libra, sus ahorros se degradaban. Si defendía la libra a base de salarios más bajos, tipos más altos e impuestos más duros, el coste lo pagaban ellos con su tiempo de vida. Si la libra caía, caían ellos. ¡Y no podían bajarse del barco! El Estado británico les contenía desde el mismo día en que nacían, por el mero hecho de haber nacido allí.

Reserva fraccionaria del dólar

¡Menos mal que por lo menos EE. UU. sí que estaba cumpliendo escrupulosamente con las reservas en oro! Uy, uy, uy… una cosa es que la Reserva Federal Americana hubiese logrado cumplir su promesa de convertibilidad hasta entonces, y otra muy distinta es que estuviesen respaldando los dólares al 100% con oro. La política de la FED era respaldar con oro solo 4 de cada 10 billetes emitidos. Los otros 6 dólares eran promesas de oro imposibles de cumplir. Pero como sabían que todo el mundo no iba a reclamar el oro a la vez, creyeron que con un coeficiente de caja del 40%, no tendrían problemas.

El problema es que el resto de Estados estaban actuando como si el dólar y el oro fuesen exactamente lo mismo, así que emitían moneda con respaldo en dólares. Y justo eso hizo que los billetes sin respaldo se multiplicasen exponencialmente. Gran Bretaña, emitió millones de libras con respaldo en dólares, que a su vez solo estaban respaldados en un 40% con oro.

Y cuando la libra cayó en septiembre de 1931. Todo el mundo empezó a desconfiar también del dólar.


1932: Fuga de oro en Estados Unidos

Si la libra había caído ¿por qué no el dólar? Los bancos centrales empezaron a pedir oro a Washington, incluido el propio Banco de Inglaterra, que no había querido convertir sus dólares antes para no crear el pánico pero, total… ahora ya…

Las reservas de oro estadounidense empezaron a bajar muchísimo y muy rápido porque todos los países extranjeros estaban exigiendo canjear sus dólares por oro. Y, al mismo tiempo, los ciudadanos estadounidenses no tardaron en empezar a preocuparse. Pero claro, los ciudadanos, ya no podían convertir sus dólares en oro, por ley estaba prohibido desde 1922, así que decidieron retirar dinero en efectivo, creando una "fuga interna" de dólares dentro del sistema bancario.

¿Y cómo intentó EEUU frenar la salida de oro para evitar que se viese que sus dólares no estaban respaldados? Pues subió los tipos de interés del 1,5% al 3,9%. Así, de repente, en tan solo una semana. Fue la subida más brusca de la historia. Si querías tu oro al precio pactado: 1,5 gramos por dólar, te quedabas sin intereses. Pero si asumías la FED te prometía muchos intereses. Al fin y al cabo, tener oro físico no paga intereses.

Ese incentivo del 3,9% logró que muchos países mantuviesen sus reservas en dólares, pero por otro lado, ¿cómo se pagaba esa subida de tipos de interés? Pues, igual que en Inglaterra, esos intereses lo pagaban las empresas, los hogares, la gente con hipotecas, todos los ciudadanos estadounidenses… que vieron como sus negocios quebraban porque ya no podían pagar los préstamos.

Los bancos empezaron a quebrar en cascada, 1860 bancos quebraron y con ellos, sus inversores y depositarios. Subir tipos en medio de una depresión fue básicamente echar gasolina al fuego. Claro que los 1860 bancos quebrando, un paro sin precedentes y una depresión como la copa de un pino no eran la mejor carta de presentación por muchos intereses que pagases, así que finalmente todos quisieron su oro y punto.

1933: Roosevelt expropia el oro.

Los primeros meses de 1933, aún con la administración Hoover se caracterizaron por un pánico absoluto debido a que las reservas de oro de la FED no paraban de bajar y los ciudadanos estaban atemorizados dado que no se les permitía sacar oro. Y Los inversores extranjeros querían deshacerse de todos los dólares anticipando que lo único que el nuevo presidente Roosevelt podría hacer es reducir la cantidad de oro por dólar, o bien suspender la convertibilidad como había hecho Gran Bretaña y otros muchos países.

Y eso fue exactamente lo que hizo Roosevelt nada más llegar a la Casa Blanca en marzo de 1933, declaró el Bank Holiday, cerró todos los bancos de EEUU una semana. Y acto seguido prohibió a todos los ciudadanos tener oro, tener oro en EEUU se convirtió en delito.

Mucha gente lo escondió y no lo entregó. Se creó un mercado negro del oro en el país más poderoso del mundo. Y eso implicaba multas, sanciones y hasta diez años de prisión. Podías guardarlo, sí. Pero ¿a quién se lo vendías? ¿Cómo comprabas una casa con lingotes que técnicamente, no deberías tener? El oro se había convertido en el activo más peligroso de América.

Ocho meses después, en enero de 1934, Roosevelt remató la jugada con la nueva Ley de Reserva de Oro. A partir de ahora, cada dólar valdría 0,88 gramos de oro.

1934: el dólar se devalúa un 41% en oro.

En la práctica, lo que antes comprabas por un dólar pasó a costarte un dólar con sesenta y nueve céntimos. El dólar había perdido el 41% de su contenido en oro. De un plumazo.

Sin votación. Sin debate. Sin previo aviso. Un regalo del 69% para el Tesoro americano. Pagado, como siempre, por los ciudadanos. Y aquí viene el detalle que lo dice todo. El día que esa orden entró en vigor, el New York Times no abrió con esa noticia. Abrió con el fin de la Ley Seca. Los americanos acababan de ser desvalijados por su propio gobierno… pero al menos ahora podían tomarse una cerveza. Y eso, al parecer, era lo importante.

(Nota del editor: En la siguiente entrada se analizará más detenidamente la expropiación del oro)


Izq. "Les he traído un donante!", publicada en la revista soviética ucraniana Perets., Valery Zelinsky, 1970. El mensaje principal de la ilustración es que la guerra ("Война") actúa como el donante necesario para mantener vivo al capitalismo ("Капіталізм"), que se muestra enfermo y herido. Derecha, "Cuando la medicina es impotente". La imagen enferma del Imperialismo dice: “Ya han pasado sesenta años desde que el 'Aurora' causó ese gran estallido, y a mí, con cada año que pasa, me retumba cada vez más fuerte en la cabeza". Valery Zelinsky, 1977


1936: el 50% del oro mundial en Estados Unidos

Con la libra fuera del juego, el sistema monetario internacional quedaba suspendido sobre un solo cable: el dólar. Y lo curioso es que la mayor expropiación forzosa de la historia reciente de Estados Unidos fue también su mayor golpe de suerte geopolítico.

Porque en cuanto se supo que el oro valía un 40% más en dólares, inversores de todo el mundo empezaron a enviar su oro a América. ¿Por qué guardarlo en París, Londres o Berlín, si en Nueva York te lo pagaban mejor? El oro cruzó el Atlántico en barco, en maleta, en todo lo que se pudiese. Y la Reserva Federal lo fue acumulando, dólar a dólar, onza a onza.

Al final de ese proceso, Estados Unidos había logrado algo que ningún Imperio en la historia había conseguido de forma tan limpia: hacerse con el 50% de las reservas de oro del mundo entero. Todo guardado en un búnker en Kentucky llamado Fort Knox.

1944: el 75% del oro mundial en Estados Unidos 

El dólar había ganado. No por ser mejor. No por ser más honesto. Sino por ser el último en caer. Pero ¿cómo se tradujo todo ese oro en dominio mundial? ¿Cómo pasó el dólar de ser la moneda más fuerte a ser la moneda del mundo? Eso ocurrió en el verano de 1944, en un hotel de Bretton Woods, en una conferencia que cambiaría las reglas del juego para siempre.

Continuará.......

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* Original de Canal Liberalístico (YouTube). 

19 agosto 2026

¿Fue intencionado el fracaso militar en Dieppe -19 agosto 1942-?




Por el Dr. Jacques R. Pauwels
Investigación Global (2012)
Título original en inglés: The Allies Second Front in World War II: Why Were Canadian Troops Sacrificed at Dieppe?
El material ilustrativo es añadido por el editor del blog.



Nota de introducción sobre el autor

El Dr. Pauwels nacido en Bélgica, es ciudadano canadiense desde hace varias décadas, académico e historiador, es autor de, entre otras investigaciones, "El mito de la guerra buena: América en la Segunda Guerra Mundial", (James Lorimer, Toronto, 2002). Sin dejar a un lado a destacados historiadores contemporáneos -no cabe duda- que una verdadera investigación revisionista de la segunda guerra mundial está constituida en el trabajo del Dr. Jacques R. Pauwels, quien se ha opuesto pública y férreamente al impacto publicitario de los Estados Unidos y de naciones europeas por intentar reescribir la historia de ese periodo histórico desde un conveniente punto de vista occidental, la historia oficial que nos venden por todos los medios y que favorecen a los intereses geopolíticos de los Estados Unidos y la OTAN. 

Cuando hablamos sobre revisionismo histórico, nos referimos a las verdaderas investigaciones de gente cualificada y no a las pesudo posiciones "históricas" que fueron muy populares en décadas pasadas con ridículas argumentaciones de fanáticos partidarios del fascismo y sin el menor respaldo que la ciencia de la historia requiere para ello, el "revisionismo" neo-nazi de la segunda guerra mundial tuvo un impacto negativo en las conciencias de una generación que aún perdura. Y, a ello debemos agregar la arrogancia imperturbable de los Estados Unidos, quienes se declaran los portadores de la "verdad" e intentan nuevamente en el siglo XXI reescribir -otra vez- la historia de la segunda guerra mundial.

El Dr. Pauwels ha demostrado con su invaluable investigación que no será fácil para la propaganda alterar el curso de la historia. Por sentado, su tarea es titánica, está luchando contra el Poder de los medios y del dominio geopolítico global, por desenmascarar el mito de la "guerra buena" estadounidense y de sus aliados europeos. Trabajos como los que dará lectura a continuación son planteados como hipótesis, porque la "ciencia oficial" escrita por los EE. UU. y sus aliados en Europa, han desbordado el ámbito literario con numerosas y convenientes afirmaciones y -como en este caso- sin el respaldo de archivos históricos sobre el caso en particular. Hay muchos acontecimientos de la guerra mundial que siguen manteniendo un estatus de secreto. Afortunadamente el Dr. Pauwels no está solo en esta lucha por investigar la verdadera historia, a sus 80 años sigue activo, pueden revisar parte de trabajo en su página web:  https://www.jacquespauwels.net

Lamentando no haber podido compartir -aún- todo su trabajo, una selección de artículos del Dr. Pauwels han sido reproducidos en este blog. El lector puede acceder a ellos buscando la etiqueta: Jacques R. Pauwels (en la barra lateral derecha de este blog). 

Aquí les presentamos uno de sus tantos artículos de gran interés histórico-político. Buena lectura.


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¿Por qué se sacrificaron tropas canadienses en Dieppe?
El “Segundo Frente” Aliado en la Segunda Guerra Mundial

 



La marea de la Segunda Guerra Mundial cambió a principios de diciembre de 1941, cuando una contraofensiva del Ejército Rojo frente a Moscú señaló el fracaso de la estrategia de Blitzkrieg de Hitler. Ese revés condenó a la Alemania nazi a perder una guerra que tuvo que librar sin el beneficio del petróleo caucásico y otros recursos que esperaba obtener mediante una rápida victoria sobre la Unión Soviética. 

Sin embargo, la guerra estaba lejos de terminar y, por el momento, el Ejército Rojo seguía luchando con la espalda contra la pared, por así decirlo. Se recibió ayuda material de Estados Unidos y Gran Bretaña, pero lo que los soviéticos realmente necesitaban de sus aliados era una asistencia militar eficaz. Así que Stalin pidió a Churchill y Roosevelt que abrieran un segundo frente en Europa Occidental. Un desembarco angloamericano en Francia, Bélgica o Holanda habría obligado a los alemanes a retirar tropas del Frente Oriental y, por tanto, habría proporcionado a los soviéticos el alivio tan necesario.

En Gran Bretaña y en Estados Unidos, que había entrado en la guerra solo recientemente, en diciembre de 1941, los líderes políticos y militares estaban divididos respecto a las posibilidades y los méritos de un segundo frente. Varios comandantes del ejército británico y estadounidense -incluido el jefe de estado mayor estadounidense, George Marshall, así como el general Eisenhower- querían desembarcar tropas en Francia lo antes posible. Contaron con el apoyo del presidente Roosevelt, al menos al principio. Le había prometido a Churchill que Estados Unidos daría prioridad a la guerra contra Alemania y que más adelante saldaría cuentas con Japón; esta decisión pasó a conocerse como el principio de "Alemania Primero". En consecuencia, Roosevelt estaba ansioso por enfrentarse a Alemania de inmediato, y esta tarea requirió abrir un segundo frente. En mayo de 1942, Roosevelt prometió al ministro soviético de Asuntos Exteriores, Molotov, que los estadounidenses abrirían un segundo frente antes de que acabara el año.

El primer ministro británico Winston Churchill, por otro lado, era un abierto opositor a un segundo frente. Quizá temía, como sugieren algunos historiadores, que un desembarco en Francia pudiera provocar una duplicación de la guerra asesina asociada a los campos de batalla del norte de Francia durante la Primera Guerra Mundial. Pero es más probable que a Churchill le gustara la idea de que Hitler y Stalin se estuvieran aplicando una gran sangría mutuamente en el Frente Oriental, y que creyera que Londres y Washington se beneficiarían de una guerra estancada en el Este. Como ya contaba con casi tres años de experiencia bélica, Churchill tuvo mucha influencia en Roosevelt, un recién llegado a la guerra en Europa. Por tanto, es comprensible que la opinión del líder británico prevaleciera finalmente y que los planes para abrir un segundo frente en 1942 fueran descartados discretamente. En cualquier caso, el propio Roosevelt descubrió que este curso de acción -o más bien, la inacción- abría algunas perspectivas atractivas.


Cartel de propaganda soviético, con su sincera creencia de que había una Alianza militar contra la Alemania nazi. La caricatura pertenece al colectivo Kukryniksy, 1942: "Cortaremos todos los caminos del malvado enemigo, no escapará de la soga, no escapará de esto!"


Por ejemplo, le permitió, a pesar del principio de "Alemania primero", comprometer discretamente una alta parte de personal y equipo en la guerra del Pacífico, que era muy "suya" guerra, y donde los intereses estadounidenses estaban más directamente en juego que en Europa. Él y sus asesores militares y políticos también empezaron a darse cuenta de que derrotar a Alemania requeriría enormes sacrificios, que el pueblo estadounidense no estaría encantado de hacer. Aterrizar en Francia equivalía a saltar al ring para un enfrentamiento con un formidable rival alemán y, aunque finalmente tuviera éxito, sería un enfrentamiento sangriento y costoso. ¿No era mucho más sensato mantenerse a salvo al margen, al menos por el momento, y dejar que los soviéticos se enfrentaran a los nazis?

Con el Ejército Rojo proporcionando la carne de cañón necesaria para derrotar a Alemania, los estadounidenses y sus aliados británicos podrían minimizar sus propias pérdidas. Mejor aún, podrían aumentar su fuerza para intervenir decisivamente en el momento justo, como un deus ex machina, cuando tanto el enemigo nazi como el aliado soviético estarían exhaustos. Con Gran Bretaña a su lado, Estados Unidos podría entonces desempeñar un papel principal en el bando de los vencedores, actuar como árbitro supremo en el reparto de los botines de la supuesta victoria común y crear un "nuevo orden" de su agrado en Europa. En la primavera y verano de 1942, con nazis y soviéticos atrapados en una batalla titánica, observados desde la distancia por los terceros beneficiados "anglosajones", parecía que tal escenario podría ocurrir. 

Por cierto, la esperanza de un conflicto largo y prolongado entre Berlín y Moscú se reflejó en numerosos artículos de prensa estadounidenses y en el comentario muy publicitado ya pronunciado por el senador Harry S. Truman el 24 de junio, 1941, solo dos días después del inicio del ataque nazi a la Unión Soviética: "Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, para que el mayor número posible de personas mueran en ambos bandos".

Por supuesto, los estadounidenses y británicos no podían revelar las verdaderas razones por las que no deseaban abrir un segundo frente. En cambio, fingieron que sus fuerzas combinadas aún no eran lo suficientemente fuertes para tal empresa. Se decía entonces -y aún se afirma ahora- que en 1942 británicos y estadounidenses aún no estaban preparados para una gran operación en Francia. Supuestamente, primero debía ganarse la guerra naval contra los submarinos alemanes para salvaguardar los transportes transatlánticos de tropas necesarios. Sin embargo, las tropas habían sido transportadas con éxito desde Norteamérica a Gran Bretaña durante bastante tiempo, y en el otoño de ese mismo año los estadounidenses no tendrían ningún problema para desembarcar una fuerza considerable en el lejano norte de África, en el mismo lado del peligroso océano Atlántico. (Estos desembarcos, conocidos como Operación Torch, que implicaron la ocupación de colonias francesas como Marruecos, no obligaron a los alemanes a transferir tropas desde el Frente Oriental, no proporcionaron ningún alivio a los soviéticos y, por tanto, no pueden interpretarse como la apertura de un segundo frente).


Cartel soviético, Boris Efimov y N.A. Dolgorukov, 1941. "Si los alemanes quieren tener una guerra de exterminio, la conseguirán"


En realidad, ya era posible en el verano de 1942 desembarcar una fuerza considerable en Francia o en cualquier otro lugar de Europa Occidental y abrir un segundo frente. El ejército británico se había recuperado de los problemas de 1940, y un gran número de tropas estadounidenses y canadienses se habían unido a ellos en las Islas Británicas y estaban listos para la acción. Además, no era un secreto que los alemanes tenían relativamente pocas tropas disponibles para defender miles de kilómetros de la costa atlántica, y estas tropas también resultaban ser de calidad considerablemente inferior a sus fuerzas en el Frente Oriental. En la costa atlántica, Hitler contaba con unas 60 divisiones a su disposición, generalmente consideradas de segunda categoría, mientras que nada menos que 260 divisiones alemanas combatieron en el este. Es un hecho, además, que en la costa francesa en 1942 las tropas alemanas aún no estaban tan fuertemente atrincheradas como lo estarían después, es decir, en el momento de los desembarcos en Normandía en junio de 1944; la orden de construir las fortificaciones del famoso Muro del Atlántico solo fue dada por Hitler en agosto de 1942, y la construcción se prolongaría desde el otoño de 1942 hasta la primavera de 1944.

Stalin, que sabía que las defensas alemanas en Europa Occidental eran débiles, continuó presionando a Londres y Washington para desembarcar en Francia. Churchill también sufrió una considerable presión interna a favor de un segundo frente, por ejemplo, por parte de miembros de su propio gabinete, como Richard Stafford Cripps, y especialmente del lado de los sindicatos, cuyos miembros simpatizaban con la difícil situación de los soviéticos. Afortunadamente, el alivio de esta presión implacable llegó de repente al primer ministro británico en forma de una tragedia que pareció demostrar de forma concluyente que los Aliados occidentales aún no eran capaces de abrir un segundo frente: el 19 de agosto de 1942, un contingente de soldados aliados envió en misión desde Inglaterra al puerto francés de Dieppe, aparentemente en un intento de abrir algún tipo de "segundo frente", fueron trágicamente derrotados allí por los alemanes.

De los 6.086 hombres que lograron desembarcar, 3.623 -casi el 60%- fueron muertos, heridos o capturados. El Ejército y la Marina británicos sufrieron aproximadamente 800 bajas, y la RAF perdió 106 aviones. Los 50 Rangers estadounidenses que participaron en la incursión sufrieron 3 bajas. Pero la mayor parte de las pérdidas las sufrieron tropas canadienses, con casi 5.000 hombres como la mayor parte de toda la fuerza; ¡nada menos que 3.367 de ellos - 68%! - se convirtieron en bajas; unos 900 murieron, casi 600 resultaron heridos y el resto fue hecho prisionero. De pérdidas como estas, tradicionalmente se considera que "no fueron en vano"; pero, como era de esperar, los medios y el público quisieran saber cuáles habían sido los objetivos de esta redada y qué había logrado, especialmente en Canadá. Sin embargo, las autoridades políticas y militares solo ofrecieron explicaciones poco convincentes, aunque estas acabaron pasando a los libros de historia

Por ejemplo, Churchill presentó la incursión como una "exploración en fuerza", como una prueba necesaria de las defensas costeras alemanas. Pero, ¿realmente había que sacrificar miles de hombres para saber que los alemanes estaban fuertemente atrincherados en un puerto marítimo rodeado de altos acantilados, es decir, en una fortaleza natural? En cualquier caso, información crucial como la ubicación de búnkeres, posiciones de cañones y ametralladoras podría haberse obtenido mediante reconocimiento aéreo y mediante los servicios de combatientes de la resistencia local.

Hablando de la Resistencia, la incursión también se pretendía que elevaba la moral de los partisanos franceses y de la población francesa en general; si era así, era indudablemente contraproducente. De hecho, el resultado de la operación, una retirada ignominiosa de una playa llena de equipo y cadáveres abandonados, y la visión de soldados canadienses exhaustos y abatidos siendo llevados a un campo de prisioneros de guerra, no era probable que animara a los franceses. Si acaso, el asunto sirvió de material para el molino propagandístico de los alemanes, permitiéndoles ridiculizar la incompetencia de los Aliados, presumir de su propia destreza militar y, por tanto, desanimar a los franceses mientras daban un impulso a los propios civiles alemanes, que necesitaban mucho buenas noticias debido al constante flujo de malas noticias desde el Este.




Por último, pero no menos importante, también se afirmó que la Operación Jubilee fue un esfuerzo para proporcionar algo de ayuda a los soviéticos. Sin embargo, es evidente que Dieppe era solo un pinchazo, poco probable que tuviera alguna diferencia en lo que respecta a los combates en el Frente Oriental. No obligó a los alemanes a trasladar tropas del Este al Oeste; al contrario, tras Dieppe los alemanes podían estar razonablemente seguros de que en un futuro próximo no habría un segundo frente, por lo que realmente se sentían libres para transferir tropas del oeste al este, donde eran desesperadamente necesarias. Para el Ejército Rojo, por tanto, Dieppe no aportó alivio.

Los historiadores han estado en su mayoría encantados de regurgitar las racionalizaciones oficiales de Jubilee, y en algunos casos han inventado nuevas. Por ejemplo, recientemente se proclamó que la incursión en Dieppe también fue planeada, si no principalmente, con el propósito de robar equipos y manuales asociados con la máquina de códigos Enigma alemana, e incluso posiblemente todo o partes de la propia máquina. ¿Pero no habrían cambiado los alemanes sus códigos inmediatamente si la incursión hubiera logrado ese objetivo? (El argumento de que el plan era robar en secreto el material de Enigma, y que los asaltantes habrían volado las instalaciones antes de retirarse de Dieppe, destruyendo así pruebas de la retirada del equipo Enigma, no resulta convincente, porque presupone un alto grado de ingenuidad por parte de los alemanes).

Tras los desembarcos aliados en Normandía en junio de 1944, con nombre en clave Operación Overlord, se ideó una justificación aparentemente convincente para la Operación Jubilee. La incursión de Dieppe se reveló triunfalmente como un "ensayo general" para el exitoso desembarco en Normandía. Se suponía que Dieppe había sido una prueba de las defensas alemanas en preparación para el gran desembarco que aún estaba por venir. 

Lord Mountbatten, el arquitecto de Jubilee, quien fue -y sigue siendo- culpado por muchos del desastre, afirmó así que "la Batalla de Normandía se ganó en las playas de Dieppe" y que "por cada hombre que murió en Dieppe, al menos 10 más debieron ser perdonados en Normandía en 1944". Nació un mito: la tragedia de Jubilee había sido la condición sine qua non para el triunfo de Overlord.

Se dice que se había aprendido una lección militar muy importante en Dieppe, a saber, que las defensas costeras alemanas eran especialmente fuertes en y alrededor de los puertos. Por esta razón, presumiblemente, los desembarcos de Normandía tuvieron lugar en el tramo de costa sin puerto al norte de Caen, con los Aliados trayendo consigo un puerto artificial, con nombre en clave Mulberry. ¿Pero no era evidente que los alemanes estarían más fortificados en puertos marítimos que en pequeños balnearios insignificantes? ¿Realmente fue necesario sacrificar a miles de hombres para aprender esa lección? Y también hay que preguntarse si la información, obtenida de una "prueba" de las defensas costeras alemanas en el verano de 1942, seguía siendo relevante en 1944, especialmente porque fue principalmente en 1943 cuando se construyeron las formidables fortificaciones del Muro Atlántico. Si Dieppe era un "ensayo general", ¿por qué el evento principal no se representó hasta dos años después? ¿No es absurdo proclamar Jubilee como un ensayo para una operación que ni siquiera se había concebido aún? Finalmente, la ventaja de las lecciones aprendidas en Dieppe, si es que había alguna, casi con toda seguridad se veía contrarrestada por el hecho de que en Dieppe los alemanes también habían aprendido lecciones, y posiblemente más útiles, sobre cómo los Aliados eran probables -y poco probables- desembarcar tropas. La idea de que la tragedia de Jubilee fue una condición previa para el triunfo de Overlord, entonces, es simplemente un mito útil.


Otra muestra de la fe que tenía la URSS hacia sus aliados occidentales, Boris Efimov celebra en esta caricatura de 1943, titulada: "Túnez - Stalingrado", dirigida a la población soviética con una supuesta sincronía militar de los Aliados, elevando la moral de la población, la Unión Soviética ya no luchaba sola contra la maquinaria de guerra nazi. El texto inferir dice: "... por primera vez durante la guerra, el ataque contra el enemigo desde el este por parte del Ejército Rojo se ha fusionado con el ataque desde el oeste por parte de las tropas de nuestros aliados, en un golpe único y común". (Stalin 1 may 1943). El texto explica visualmente las dos grandes flechas rojas que atenazan a Hitler. La flecha del este representa la victoria soviética en Stalingrado, mientras que la del oeste representa la victoria aliada (británica y estadounidense) en Túnez, marcando el fin de las campañas en el norte de África en mayo de 1943.


Entonces, incluso hoy, la tragedia de Dieppe sigue envuelta en desinformación y propaganda. Pero quizá podamos vislumbrar la verdad sobre Dieppe encontrando inspiración en un viejo dilema filosófico: si uno busca fracasar, y lo hace, ¿fracasa o tiene éxito? Si se buscó un éxito militar en Dieppe, la incursión fue sin duda un fracaso; pero si se buscaba un fracaso militar, la incursión era un éxito. En este último caso, deberíamos indagar sobre el verdadero objetivo de la redada o, dicho en términos funcionalistas, sobre su función "latente" o oculta, más que "manifiesta".

Hay muchas indicaciones de que el fracaso militar fue intencionado. Primero, la ciudad de Dieppe era, y se sabía que era, un lugar eminentemente defendible y, por tanto, necesariamente una de las posiciones alemanas más fuertes en la costa atlántica de Francia. Cualquiera que llegara allí en ferry desde Inglaterra ve inmediatamente que este puerto, rodeado de altos y empinados acantilados, en su momento repletos de ametralladoras y cañones, debió de ser una trampa mortal para los atacantes. Los alemanes no podían creer lo que veían cuando se encontraron atacados allí. Uno de sus corresponsales de guerra, que presenció la inevitable masacre, describió la incursión como "una operación que violó todas las reglas de la lógica y estrategia militar". Otros factores, como una mala planificación, preparaciones insuficientes y equipamiento inferior (como tanques que no podían cruzar los guijarros de la playa de Dieppe), hacen que parezca más probable que el objetivo fuera el fracaso militar en lugar del éxito.

Por otro lado, la operación de Dieppe, incluido su sangriento fracaso, tenía sentido si se ordenaba con un propósito "latente" no militar. Las operaciones militares se llevan a cabo con frecuencia para lograr un objetivo político, y parece que ese fue el caso en Dieppe en agosto de 1942

Los líderes políticos de los Aliados occidentales en general, el liderazgo político británico en particular, y el primer ministro Churchill, sobre todo, se encontraron bajo una presión constante para abrir un segundo frente, no estaban dispuestos a abrir tal frente, pero carecían de una justificación convincente para su inacción. El fracaso de lo que podría presentarse como un intento de abrir un segundo frente, o al menos como preludio a la apertura de un segundo frente, sí proporcionó tal justificación. Visto así, la tragedia de Dieppe fue sin duda un gran éxito, incluso un doble éxito. Primero, la operación podía ser, y era, presentada como un intento desinteresado y heroico de ayudar a los soviéticos. En segundo lugar, el fracaso de la operación parecía demostrar con demasiada claridad que los Aliados occidentales aún no estaban preparados para abrir un segundo frente. Si Jubilee pretendía silenciar las voces que clamaban por la apertura de un segundo frente, fue sin duda un gran éxito. El desastre de Dieppe silenció la demanda popular de un segundo frente y permitió que Churchill y Roosevelt siguieran indecisos mientras nazis y soviéticos se masacraban mutuamente en el Este.


Dos carteles de propaganda soviética. Izquierda: “... EL "NUEVO ORDEN" EN EUROPA Y LA "NOTORIA FUNDACIÓN" DE ESTE ORDEN REPRESENTAN UN VOLCÁN, LISTO PARA EXPLOTAR EN CUALQUIER MOMENTO Y SEPULTAR EL CASTILLO DE NAIPES IMPERIALISTA ALEMÁN” (Stalin). 1942, B.Efimov y N. Dolgorukov.  Derecha: "El juicio está en curso", 1944, N. Dolgorukov.



La motivación política de Dieppe explicaría por qué los corderos que fueron llevados al matadero no eran estadounidenses ni británicos, sino canadienses. De hecho, los canadienses constituyeron la carne de cañón perfecta para esta empresa, porque sus líderes políticos y militares no pertenecían al exclusivo club del alto mando británico-estadounidense que planeó la operación, y que obviamente habrían sido reacios a sacrificar a sus propios hombres. Nuestra hipótesis también explica por qué los británicos también participaron, pero en números mucho menores, y por qué los estadounidenses enviaron solo una fuerza simbólica.

Tras la tragedia de Dieppe, incluso Stalin dejó de suplicar un segundo frente. Los soviéticos acabarían consiguiendo uno, pero solo mucho más tarde, en 1944, cuando Stalin dejó de pedir tal favor. Sin embargo, en ese momento, los estadounidenses y británicos tenían sus propios motivos urgentes para desembarcar en la costa de Francia. De hecho, tras las batallas de Stalingrado y Kursk, cuando las tropas soviéticas avanzaban implacablemente hacia Berlín, "se volvió imperativo para la estrategia estadounidense e inglesa", como han escrito dos historiadores estadounidenses (Peter N. Carroll y David W. Noble), "desembarcar tropas en Francia y avanzar hacia Alemania para mantener la mayor parte de ese país fuera de manos (soviéticas)". Cuando finalmente se abrió un segundo frente en Normandía en junio de 1944, no se hizo para ayudar a los soviéticos, sino para evitar que los soviéticos ganaran la guerra por sí mismos.

Los soviéticos finalmente consiguieron su segundo frente cuando ya no lo querían ni lo necesitaban. (Esto no significa que no recibieran con agrado los desembarcos en Normandía, o que no se beneficiaran de la apertura tardía de un segundo frente; al fin y al cabo, los alemanes siguieron siendo un oponente extremadamente duro hasta el final). En cuanto a los canadienses, que habían sido sacrificados en Dieppe, también recibieron algo, es decir, montones de elogios de los hombres en la cúpula militar y política. El propio Churchill, por ejemplo, declaró solemnemente que el Jubilee había sido "la clave del éxito de los desembarcos en Normandía" y "una contribución canadiense de suma importancia para la victoria final." Los canadienses recibieron prestigiosos premios, incluyendo nada menos que tres Cruces Victoria. El mérito hiperbólico y el número inusualmente alto de VCs probablemente reflejaban el deseo de las autoridades de expiar su decisión de enviar a tantos hombres en una misión suicida para lograr objetivos altamente cuestionables y políticos.


Dr. Jacques R. Pauwels

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