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03 octubre 2026

Goethe y Mann. Una advertencia de la historia





Introducción por el editor del blog.

Ya hemos expresado en artículos anteriores sobre la preocupación y temor de que la militarización de la mentalidad alemana sigue vigente en sus élites, sin que sean capaces de percibir los ecos del pasado, es decir, aquellas eras del militarismo prusiano y el rearme alemán en la primera mitad del siglo XX.

Aquí le ofrecemos un par de curiosidades históricas de dos célebres alemanes de las letras que nos lleva a analizar los trágicos sucesos de las guerras mundiales, fueron visionados por hombres sabios como Johann Wolfgang von Goethe y Thomas Mann.

Goethe

Más allá de su genio literario, Goethe también intuía el alma germana. Durante la llamada ‘Guerra de Liberación’ a principios del siglo XIX contra Napoleón Bonaparte, a pesar de que Goethe fue “hijo de la Ilustración y admirador de Napoleón, a quien él creía que encarnaba los valores ilustrados, se mantuvo indiferente y advirtió a su pueblo sobre su abrazamiento del nacionalismo y el militarismo. Sentía que no se podía confiar en los alemanes para ejercer contención y racionalidad cuando estaban energizados por la ambición militar debido a lo que él entendía como la psique de un pueblo 'claustrofóbico' y sin salida al mar. Si se vieran estimulados a competir con otras potencias en el ámbito de la política internacional y la guerra, razonaba Goethe buscarían ampliar sus fronteras y se verían envueltos en esfuerzos militaristas que conducirían a excesos de control y, eventualmente, a un desastre previsible”.

En contrapartida, Goethe instó a los alemanes a invertir en "cultura y espíritu", que en ves de ese espíritu militar deberían centrarse en conquistar el mundo con el talento en todo el espectro de la música, la filosofía, el comercio y las ciencias. La gente no lo comprendió, pensaron que su postura antinacionalista y su renuncia a la guerra era una forma de traición.

Décadas después de su muerte, Prusia embanderó la unificación de los pueblos germanófonos, el nacimiento del Imperio Alemán llegó en 1871 con la derrota de Francia (guerra franco-prusiana 1871). El auge del militarismo quedó sellado con la destrucción de Alemania en dos sangrientas guerras mundiales, validando los temores de Goethe.


“Erwachende Germania” (El despertar de Germania), de Christian Köhler, 1849, La pintura representa una "Germania" alegórica, un anhelo por un segundo imperio, simbolizaba los esfuerzos de mediados del siglo XIX por unificar a los estados alemanes. Germania aparece como una guerrera, despertada de su letargo por la llegada de un poder maligno, protege con una mano la antigua corona imperial alemana y con la otra empuña su espada. Espíritus protectores flotan sobre ella: uno sostiene la balanza de la justicia y el otro, la bandera propuesta para una futura Alemania reunificada.


En el presente son escasos los filósofos alemanes que examinan el alma alemana, tal como lo hicieron figuras como Goethe, Holderlin, Heinrich Heine, Thomas Mann, entre otros. Thea Dorn (seudónimo de Christiane Scherer), coautora de “Die deutsche Seele” (El alma alemana, 2011), se lamenta la actual falta de pensadores alemanes. No es necesario aceptar un comentario filosófico para entender las implicaciones de que "Alemania está cayendo por la misma pendiente resbaladiza que ya siguió un par de veces en el último siglo", comentaba una persona ajena a la cultura alemana, el ministro de relaciones exteriores ruso, Sergey Lavrov.

Para la posguerra, se propuso el ‘Plan Morgenthau’, abandonado al poco, se pretendía desmilitarizar Alemania para que no fuera más una fuente del militarismo y nacionalismo ciego; en la práctica se hizo todo lo contrario, Occidente creó la Bundeswehr, sumándola a la OTAN. Según Lord Ismay esto serviría para "mantener fuera a la Unión Soviética, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo", reflejando la creencia entre los aliados europeos de que el poder militar Alemán se mantuviera limitado.

Conforme hemos explicado en dos ponencias anteriores, se quiere volver a construir un todopoderoso ejército, resurgiendo el militarismo alemán para -en esta ocasión- “defender” a Europa de la ya clásica “amenaza rusa”. Por el momento nos dicen que se trata solo de una demostración de fuerza, respaldada por la OTAN, para confrontar a Rusia debido a la guerra con Ucrania.

Thomas Mann

El novelista y ensayista alemán, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1929. Entre sus obras conocidas se encuentran 'Los Buddenbrook. Decadencia de una familia', ‘La muerte en Venecia’, ‘La montaña mágica’, ‘José y sus hermanos’ y ‘Doctor Fausto’.

Nos enfocaremos en un interesante ensayo literario que bien constituye un verdadero debate filosófico y cultural camuflado en narraciones, por eso suele decirse que Thomas Mann es considerado un escritor filósofo; aunque no lo fue en el sentido académico o profesional, no hace falta crear un sistema formal para dotar a la literatura de una profundidad filosófica. 

‘Alemania y los alemanes’ (Deutschland und die Deutschen) es un ensayo escrito por Thomas Mann en el año 1945, surgió como una conferencia magistral pronunciada por el autor en inglés, el 29 de mayo de 1945, en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en Washington D. C., pocas semanas después de la rendición de la Alemania nazi. A juzgar por los críticos, el ensayo es una pieza de una enorme honestidad intelectual donde el propio Mann no se sitúa por encima de sus compatriotas, sino que se incluye a sí mismo dentro de esa compleja herencia cultural alemana.

Posteriormente, el texto revisado se publicó en alemán en la revista ‘Die Neue Rundschau’ y, con los años, ha sido editado de forma independiente en formato de libro corto o dentro de antologías de los ensayos políticos de Mann.


‘Alemania y los alemanes’, originalmente surgida de una conferencia de Thomas Mann en la Biblioteca del Congreso en Washington, D.C., en junio de 1945. Mann es un notable representante de la cultura alemana y fue un crítico acérrimo del nazismo. En 1947, Mann preparó y revisó su texto original en alemán, siendo publicado en formato de libro. “Lejos de ser una simple condena del nacionalsocialismo, el ensayo investiga las raíces históricas, espirituales y culturales de la catástrofe alemana. Mann rechaza tanto la exoneración como la demonización simplista de Alemania, argumentando que el nacionalsocialismo no surgió como un fenómeno totalmente ajeno a la tradición alemana, sino más bien como una corrupción de elementos que también habían estado presentes en sus mayores logros culturales. Recurriendo a la literatura, la filosofía, la religión, la música y la historia, el texto examina las tensiones entre introspección y política, universalismo y nacionalismo, libertad y autoridad que moldearon el desarrollo del espíritu alemán desde Lutero hasta el siglo XX”. En la derecha se muestra una selección de discursos escritos por Thomas Mann y que fueron difundidos a través de la BBC dirigidos al pueblo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Fue editado posteriormente como libro: “¡Escucha, Alemania!”, subtitulado "Discursos radiofónicos contra el nazismo 1940-1945".



El dilema de las "dos Alemanias" es abordado por Mann en su ensayo escrito desde su exilio en Estados Unidos y tras haber obtenido la ciudadanía estadounidense. Thomas Mann aborda la psicología, la historia y las contradicciones de su país natal. Analiza figuras como Martín Lutero, Goethe, el Romanticismo alemán y Bismarck, buscando comprender cómo los impulsos creativos pudieron transformarse en fuerzas destructivas. La tesis central de su ensayo sostiene de forma contundente que no existen dos Alemanias: una buena, la de los poetas y filósofos, y otra mala, la de Hitler. Argumenta que solo hay una Alemania que, debido a su propia naturaleza histórica e introversión romántica, extravió sus mejores virtudes y las transformó en un mal absoluto.

Una referencia adicional sobre Thomas Mann. La conocida novela titulada: “Doctor Fausto” (título original en alemán: ‘Doktor Faustus: Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem’). En castellano también es normal encontrarlo como 'Doktor Faustus' o 'Doctor Faustus'. Como entendemos, su argumento reinterpreta el clásico mito alemán del ‘Fausto’ popularizado por Goethe. La novela funciona como una gran metáfora de la corrupción y caída de la Alemania de su tiempo. Mann trazó un paralelismo entre el pacto demoníaco del músico Adrian Leverkühn, el protagonista ficticio de la novela, como un artista atormentado y el descenso del pueblo alemán hacia el arcaísmo primitivo, el nazismo y el desastre de la Segunda Guerra Mundial. Mann la escribió totalmente durante su exilio en los Estados Unidos. Para los aspectos técnicos sobre la música, contó con la asesoría directa del célebre filósofo y musicólogo alemán Theodor W. Adorno. Aunque ‘Adrian Leverkühn’ es un personaje inventado por Thomas Mann, el autor se inspiró construyendo su personaje y destino a partir de la vida de cuatro figuras reales, el escritor tomó el método de composición dodecafónico de Arnold Schönberg, la no probada infección de sífilis de Friedrich Nietzsche y los graves trastornos mentales y declives de Robert Schumann y Hugo Wolf.

En resumen, “El pacto fáustico” representa la perdición de Alemania. Mann explica en su texto que el pueblo alemán actuó como Fausto: vendió su alma y su gran cultura al "demonio" del nacionalsocialismo a cambio de poder. Las siguientes ilustraciones clásicas de grabados medievales y renacentistas sobre el pacto con el diablo (como el clásico de Doktor Faustus) reflejan de forma literal esa "ceguera" y claudicación moral de la que habla el ensayo.


"Dr. Faustus raises the Devil", procedente de la recopilación Chap-books of the Eighteenth Century, publicada por John Ashton en 1882.


Sin embargo, debo decirlo: el ‘Doktor Faustus’ es otra historia.

Revisemos el tema que nos interesa ahora, debido a que se considera de importancia y, concuerda plenamente con las dos ponencias anteriores sobre la Alemania militarista del siglo XXI. La ponencia de Thomas Mann, 'Alemania y los alemanes', verificada y traducida, consta en los archivos digitales de “The Yale Review”, cuya página web, suele publicar piezas de su archivo tal y como aparecieron originalmente, sin alteraciones en la ortografía, el contenido o el estilo. (Por supuesto el texto al castellano es muy riguroso en la traducción y verificado si algún punto necesitó ser aclarado).

Buena lectura

Tito Andino

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Alemania y los alemanes


     Thomas Mann en 1916 (foto coloreada con IA) 


Thomas Mann
Texto seleccionado de los Archivos de Yale
"The Yale Review"
* Todo el material gráfico y sus notas a pie son responsabilidad del editor del blog


Cuando era joven, pensaba y decía que, una vez nacido en el mundo, era algo bueno y honorable perseverar mucho tiempo, vivir una vida plena y canónica y, como artista, ser característicamente fructífero en todas sus etapas. Pero tenía muy poca confianza en mi propia cualificación y solidez biológica, y la resistencia que, sin embargo, he demostrado, me parece menos una prueba de mi propia paciencia vital que una prueba de la paciencia del genio de la vida hacia mí -algo inmerecido, un acto de gracia. Y la gracia siempre es asombrosa e inesperada. Quien lo experimenta cree que está soñando.

Me parece un sueño ser y estar aquí. Debería tener que ser algo distinto a un poeta para aceptarlo como algo normal. No hace falta mucha fantasía para encontrar la vida fantástica. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué ola de sueño me arrastró desde el rincón más remoto de Alemania, donde nací y donde, al fin y al cabo, pertenezco, a este país, para vivir aquí como estadounidense, hablando con los estadounidenses? No es que lo considere inapropiado. Al contrario, lo apruebo plenamente -el destino se ha encargado de ello. Tal y como están las cosas hoy, mi tipo de germanismo encaja más bien en la hospitalaria Panópolis, el universo racial y nacional llamado América. Antes de convertirme en estadounidense, me habían permitido ser checo. Fue muy amable y merecía mi gratitud, pero carecía de toda lógica. Del mismo modo, solo necesito imaginar que por azar me hubiera convertido en francés, inglés o italiano para percibir con la mayor satisfacción cuán mucho más apropiado fue que me hiciera estadounidense. Todo lo demás habría significado un distanciamiento demasiado estrecho y demasiado definido de mi existencia. Como estadounidense soy ciudadano del mundo -y eso concuerda con la naturaleza original del alemán, a pesar de su aislamiento, su timidez ante el mundo, y es difícil decir si esta timidez está arraigada en la arrogancia o en un provincialismo innato, un complejo internacional de inferioridad social -probablemente en ambos.


"La guerra", Hans Thoma, 1907. Se trata de una inquietante pintura alegórica del artista alemán conocido por combinar iconografía mitológica y romántica con el nacionalismo germánico y un simbolismo personal. Este óleo se conserva actualmente en el Museo Städel de Fráncfort.


Voy a escribir aquí sobre Alemania y los alemanes -una tarea arriesgada, no solo porque el tema es tan complejo, tan inagotable, sino también por las emociones violentas que lo rodean hoy. Abordarlo puramente psicológicamente, sine ira et sine studio, parecería casi inmoral ante lo indescriptible que esta desafortunada nación ha hecho al mundo. ¿Debería un alemán evitar este tema hoy en día? Pero apenas habría sabido qué otro tema elegir, y, más allá de eso, es casi imposible concebir una conversación que sobresalga hoy a lo puramente personal y que no inevitablemente se centre en el problema alemán, el enigma en el carácter y destino de este pueblo que indudablemente ha dado a la humanidad mucho de grande y hermoso, y sin embargo, una y otra vez ha impuesto cargas fatales al mundo. El horrible destino de Alemania, la tremenda catástrofe en la que ahora culmina su historia moderna, despierta nuestro interés, aunque este interés carece de simpatía. Cualquier intento de suscitar simpatía, de defender y excusar a Alemania, sería ciertamente una tarea inapropiada para alguien de nacimiento alemán hoy en día. Hacer el papel de juez, maldecir y condenar a su propio pueblo en acuerdo con el odio incalculable que han avivado, para felicitarse con suficiencia como "la buena Alemania" en contraste con la malvada y culpable Alemania de allí, con la que no tiene nada en común -eso tampoco sería digno de alguien de origen alemán. Para cualquiera que haya nacido alemán, tiene algo en común con el destino alemán y la culpa alemana. La retirada crítica de ella no debe considerarse deslealtad. Las verdades que uno intenta decir sobre su pueblo solo pueden ser producto de un autoexamen.

Ya he caído de algún modo en el complejo mundo de la psicología alemana con el comentario sobre la combinación de amplitud y aislamiento, de cosmopolitismo y provincialismo en el carácter alemán. Creo que esta observación, que data de mi juventud, es correcta. Un viaje fuera del Reich, por ejemplo cruzando el lago de Constanza, hacia Suiza, era un viaje fuera de lo provincial al mundo -por extraño que parezca considerar al pequeño país Suiza como "mundo" en comparación con el gran y poderoso Reich alemán con sus gigantescas ciudades. Aun así, era perfectamente cierto: Suiza, neutral, multilingüe, bajo influencia francesa, respirando aire occidental -a pesar de su formato en miniatura- era en realidad mucho más europea, mucho más "mundial", que el coloso político del norte, donde la palabra "internacional" hacía tiempo que se consideraba un insulto y donde el provincialismo arrogante había contaminado la atmósfera y la había estancado.

Esta era la forma moderna y nacionalista del viejo aislamiento y de la melancólica ineptitud alemana ante el mundo, los cuales, junto con una suerte de universalismo filisteo -un cosmopolitismo en camisón, por así decirlo-, habían conformado la imagen de lo alemán. Este estado mental, este cosmopolitismo alemán provinciano y ajeno al mundo, siempre tuvo algo de grotescamente fantasmal, algo veladamente misterioso; una cualidad de demonismo secreto que yo fui capaz de percibir de manera muy particular. Pienso en ese rincón del mundo alemán que constituyó el primer marco de mi existencia, y desde donde la ola onírica de la vida me arrastró aquí: fue la antigua ciudad de Lübeck, cerca del mar Báltico, que fue el umbral de la Liga Hanseática, fundada antes de mediados del siglo XII y elevada al rango de ciudad imperial libre por Barbarroja en el XIII. El excepcionalmente hermoso Ayuntamiento, que mi padre, como senador, frecuentaba, se completó el mismo año en que Martín Lutero colocó sus Tesis en el portal de la iglesia del castillo de Wittenberg, al comienzo de la era moderna. Pero así como Lutero, el Reformador, tenía bastante de hombre medieval y luchó con el Diablo toda su vida, nosotros que vivimos en la ciudad protestante de Lübeck, incluso el Lübeck que se había convertido en miembro republicano del Reich de Bismarck, nos movíamos en una atmósfera de la Edad Media gótica -y no solo pienso en el horizonte con sus torres puntiagudas, portones y muros, de las emociones humorísticamente macabras que emanaban de los frescos de la Danza de la Muerte en la iglesia de Santa María, de los callejones torcidos y de aspecto embrujado que a menudo llevaban el nombre de los antiguos gremios, los Fundidores de Campanas, los Carniceros, y de las pintorescas casas burguesas. No, en la atmósfera misma algo se había aferrado al estado mental de, digamos, las últimas décadas del siglo XV, la histeria de la Edad Media moribunda, algo de epidemia espiritual latente. Es extraño decir algo sobre una ciudad comercial moderna y sensatamente sobria, pero era concebible que allí estallara de repente una Cruzada Infantil, una Danza de San Vito, un brote de fanatismo religioso acompañado de procesiones místicas del pueblo, o algo similar -en resumen, se percibía un sustrato antiguo y neurótico, un estado espiritual arcano que se evidenciaba externamente por los muchos "personajes" que se encontraban en tal ciudad, excéntricos e inofensivos que viven dentro de sus muros y que, en cierto sentido, pertenecen tanto a su escena como a los edificios antiguos. Por ejemplo, había cierto tipo de anciana con los ojos vidriosos y una muleta, que se rumoreaba medio con humor que era bruja; un hombre, retirado con un sueldo modesto, con una nariz escarlata y verrugosa y algún tipo de tic nervioso, con hábitos ridículos, como un llanto estereotipado e involuntario de pájaro; una mujer con un peinado absurdo que deambulaba por las calles con un vestido de cola de estilo anticuado, con un aire de altiva altanería, y seguida por una séquito de perros carlinos y gatos. Y los niños, los pilluelos de la calle, forman parte de la escena: siguen a estos personajes, burlándose de ellos y huyendo en un pánico supersticioso cuando aquellos se vuelven.


Izquierda: “Germania”, pintado por el artista alemán Philipp Veit en 1848. Germania es la personificación alegórica y femenina de la nación alemana, fue creada para colgarse en la Iglesia de San Pablo de Fráncfort durante las reuniones del Parlamento de Fráncfort. Derecha: Se trata de otra representación de “Germania” de  Philipp Veit, trazada entre 1834 y 1836. La obra original se conserva en el Städel Museum de Fráncfort del Meno, Alemania. En general, “Germania” representa la personificación nacional y la unidad del pueblo alemán. El árbol de roble tradicionalmente se asocia con la fuerza y la historia germánica.


Realmente no sé por qué estoy evocando estos primeros recuerdos aquí y ahora. ¿Es porque experimenté "Alemania" por primera vez, visual y espiritualmente, en la forma de esta escena de ciudad pintorescamente venerable, y porque intento sugerir una unión secreta del espíritu alemán con lo demoníaco, una tesis que, efectivamente, forma parte de mi experiencia interior, pero no es fácilmente defendible? El héroe de nuestra mayor obra literaria, el Fausto de Goethe, es un hombre que se sitúa en la línea divisoria entre la Edad Media y el Humanismo, un hombre de Dios que, por un impulso presuntuoso de conocimiento, se entrega a la magia, al Diablo. Donde la arrogancia intelectual se empareja con lo espiritual obsoleto y arcaico, ahí está el dominio del Diablo. Y el Diablo, el Diablo de Lutero, el Diablo de Fausto, me parece una figura muy alemana, y el pacto con él, el pacto satánico, de ganar todos los tesoros y el poder de la tierra durante un tiempo a costa de la salvación del alma, me parece algo sumamente típico de la naturaleza alemana. Un pensador y buscador solitario, teólogo y filósofo en su celda que, en su deseo de disfrutar y dominar el mundo, intercambia su alma con el Diablo -¿no es este el momento adecuado para ver a Alemania en esta imagen, el momento en que Alemania está siendo literalmente llevada por el Diablo?

Es un grave error por parte de la leyenda y la historia no conectar a Fausto con la música. Debería haber sido musical, debería haber sido músico. La música es un reino demoníaco; Kierkegaard, un gran cristiano, lo demostró de forma más convincente en su dolorosamente entusiasta ensayo sobre el Don Juan de Mozart. La música es arte cristiano con un prefijo negativo. La música es a la vez orden calculado e irracionalidad que genera caos, rica en conjuración y gestos de encantamiento, en la magia de los números, la más irreal y, sin embargo, la más apasionada de las artes, mística y abstracta. Si Fausto ha de ser el representante del alma alemana, tendría que ser musical, porque la relación del alemán con el mundo es abstracta y mística, es decir, musical -la relación de un profesor con un toque de demonismo, torpe y al mismo tiempo lleno de arrogante conocimiento de que supera al mundo en "profundidad".

¿En qué consiste esta profundidad? Simplemente la musicalidad del alma alemana, aquello que llamamos su interioridad, su subjetividad, el divorcio de lo especulativo del elemento sociopolítico de la energía humana, y la completa predominancia de lo primero sobre lo segundo. Europa siempre lo sintió y entendió sus aspectos monstruosos y desafortunados. En 1839 Balzac escribió: "Si los alemanes no saben tocar los grandes instrumentos de la libertad, aún así saben naturalmente tocar todos los instrumentos de música". Es una buena observación, y no es el único comentario llamativo de este tipo que hizo el gran novelista. En el "Primo Pons" dice sobre el músico alemán Schmucke, una figura maravillosa: "Schmucke, que, como todos los alemanes, era muy fuerte en armonía, orquestó las partituras, mientras Pons aportaba la melodía". Correcto, los alemanes son principalmente músicos de la vertical, no de la horizontal, grandes maestros de la armonía - en la que Balzac incluye el contrapunto-  que de la melodía; son instrumentistas más que glorificadores de la voz humana, mucho más inclinados hacia lo docto y espiritual en la música que hacia aquello que hace feliz por la vía melódica. Han dado al mundo occidental tal vez su música más hermosa y socialmente unificadora, pero ciertamente la más profunda y significativa, y el mundo no ha retenido su agradecimiento ni alabanza. Al mismo tiempo, se ha sentido y se siente más fuerte que nunca que tal musicalidad del alma se paga cara en otra esfera: la política, el ámbito de la convivencia humana.

Martín Lutero, una encarnación gigantesca del espíritu alemán, fue excepcionalmente musical. Confieso sinceramente que no le quiero. El germanismo en su estado puro, separatista, antirromano, antieuropeo, me sorprende y asusta, incluso cuando aparece bajo la apariencia de libertad evangélica y emancipación espiritual; y lo específicamente luterano, la rudeza colérica, la invectiva, el echar pestes y el enfurecimiento, la grosería extravagante junto con una tierna profundidad de sentimiento y con la superstición más torpe y la creencia en demonios, íncubos y niños cambiados- despierta mi antipatía instintiva. No me habría gustado ser invitado a cenar en la mesa de Lutero; probablemente me habría sentido tan cómodo como en la acogedora casa de un ogro, y estoy convencido de que me habría llevado mucho mejor con León X, Giovanni de' Medici, el humanista amable, a quien Lutero llamaba "La puerca del demonio, el Papa". Además, ni siquiera acepto la necesidad del contraste entre la robustez popular y los buenos modales, antítesis de Lutero y del refinado Erasmo. Goethe ha superado este contraste y lo reconcilia. Representa la fuerza bien educada y civilizada y la robustez popular, el demonismo urbano, el espíritu y la sangre a la vez, es decir, el arte. Con él, Alemania dio un gran avance en la cultura humana -o debería haberlo logrado, pues en realidad siempre estuvo más cerca de Lutero que de Goethe. Y nadie puede negar que Lutero fue un hombre tremendamente grande, grande en el sentido más alemán, grande y alemán incluso en su dualidad como fuerza liberadora y también reaccionaria, un revolucionario conservador. No solo reconstituyó la iglesia; en realidad salvó el cristianismo. Los europeos suelen acusar a la naturaleza alemana de irreligiosidad, de paganismo. Eso es muy discutido. Alemania ciertamente se tomó el cristianismo más en serio que cualquier otro país. En el Lutero alemán, el cristianismo se tomaba en serio a sí mismo infantil y rústico en una época en la que no se tomaba en serio en absoluto en otros lugares. La revolución de Lutero preservó el cristianismo -de la misma manera en que el New Deal pretende preservar la economía capitalista- aunque el capitalismo se niegue a comprenderlo.

¡No hay dudas sobre la grandeza de Lutero! Fue su trascendental traducción de la Biblia la que realmente creó el idioma alemán, que Goethe y Nietzsche finalmente perfeccionaron; y fue también él, quien mediante la ruptura de las cadenas escolásticas y la renovación de la conciencia, promovió tremendamente la libertad de investigación, de crítica y de especulación filosófica. Al establecer la relación directa del hombre con su Dios, avanzó la causa de la democracia europea; porque "cada hombre es su propio sacerdote", eso es democracia. La filosofía idealista alemana, el refinamiento de la psicología mediante el examen pietista de la conciencia individual, finalmente la autoconquista de la moralidad cristiana por razones morales -porque esa fue la acción o fechoría de Nietzsche- todo eso proviene de Lutero. Fue un héroe liberador -pero al estilo alemán, pues no sabía nada de la libertad. No hablo ahora de la libertad del cristiano, sino de la libertad política, la libertad del ciudadano -esta libertad no solo le dejó frío, sino que sus impulsos y demandas le resultaron profundamente repugnantes. Cuatrocientos años después de su época, el primer presidente de la República Alemana, un socialdemócrata, pronunció las palabras: "Odio la revolución como el pecado". Eso era genuinamente luterano, genuinamente alemán. De la misma manera, Lutero odiaba la revuelta campesina que, inspirada evangélicamente como fue, si hubiera tenido éxito, habría dado un giro más feliz a la historia alemana, hacia la libertad. Sin embargo, Lutero no vio en ello más que una distorsión de su obra de liberación espiritual, y por eso se enfureció y se enfureció contra ella como solo él podía hacer. Dijo que los campesinos debían ser asesinados como perros rabiosos, y les dijo a los príncipes que ahora podían obtener el reino de los cielos masacrando a las bestias campesinas. Lutero, el hombre del pueblo alemán, asume gran parte de responsabilidad por el triste final de este primer intento de revolución alemana, por la victoria de los príncipes y por todas sus consecuencias.

En aquel entonces, vivía en Alemania un hombre que tiene mi especial simpatía, Tilman Riemenschneider, maestro del arte religioso, escultor y tallador en madera, ampliamente famoso por la excelencia fiel y expresiva de sus obras, su profunda pintura de altares y sus castos relieves, que adornaban los lugares de culto de toda Alemania. El maestro había ganado gran respeto, tanto como hombre como ciudadano, en su entorno inmediato, la ciudad de Würzburg, donde era miembro del Consejo. Nunca esperó involucrarse en la política, en los asuntos mundiales -ese pensamiento estaba lejos de su modestia natural y de su amor por su trabajo libre y pacífico. No había nada de demagogo en él. Pero su corazón, que latía con calidez por los pobres y oprimidos, le obligó a apoyar a los campesinos, cuya causa reconocía como justa y agradable ante Dios, contra los señores, obispos y príncipes, cuyo favor fácilmente podría haber conservado. Conmovido por los grandes y fundamentales contrastes de la época, se sintió obligado a salir de su ámbito de vida artística puramente espiritual y estética a convertirse en un luchador por la libertad y la justicia. Sacrificó su propia libertad por la causa que consideraba más alta que el arte y la digna calma de su existencia. Fue su influencia, principalmente, la que llevó a la ciudad de Würzburg a negarse a prestar servicio militar para la "Fortaleza", el príncipe-obispo, y, en general, a adoptar una actitud revolucionaria contra él. Riemenschneider pagó caro por ello. Porque tras el aplastamiento de la revuelta campesina, las potencias victoriosas a las que se había enfrentado se vengaron cruelmente de él; lo sometieron a prisión y tortura, y emergió de aquella terrible emergencia como un hombre roto, incapaz ya de despertar las bellezas ocultas en la madera y la piedra.

Hombres así los hemos tenido en Alemania en todas las épocas. Pero no representan el tipo específicamente monumental alemán. Ese tipo está representado por Lutero, el teólogo musical. En el ámbito político, avanzó solo hasta el punto de decidir que ambos partidos, príncipes y campesinos, estaban equivocados, una actitud que pronto le llevó a arremeter con furia desbocada solo contra los campesinos. Su interioridad estaba en pleno acuerdo con la amonestación de San Pablo: "Saliendo cada alma, sométase a las potestades superiores". Pero estas palabras se referían a la autoridad del imperio mundial romano, que era el prerrequisito previo y el ámbito político para la religión cristiana mundial, mientras que en el caso de Lutero se trataba de la autoridad reaccionaria y mezquina de los príncipes alemanes. Su servilismo antipolítico, producto de la interioridad y el desapego del mundo del alemán musical, no solo fue responsable de la actitud obsequiosa y secular de los alemanes hacia sus príncipes y hacia el poder del Estado, no solo creó en parte y fomentó en parte el dualismo alemán entre la más audaz especulación, por un lado, y la inmadurez política, por el otro. Sino que también, y principalmente, es típico de una manera monumental y desafiante de la escisión puramente alemana entre el impulso nacional y el ideal de libertad política. Pues la Reforma, al igual que el posterior levantamiento contra Napoleón, fue un movimiento nacionalista en pos de la libertad.


Tres ediciones diferentes del 'Dr. Faustus' de Thomas Mann


Hablemos por un momento de la libertad: la peculiar perversión que este concept ha sufrido, y sufre hasta el día de hoy, a manos de un pueblo tan importante como el alemán, da mucho que pensar. ¿Cómo fue posible que incluso el nacionalsocialismo, terminado ahora en la ignominia, pudiera adoptar el nombre de un «movimiento de liberación alemán», cuando, según la opinión universal, semejante abominación no puede tener nada que ver con la libertad? Esta denominación era expresión no solo de un insolente desafío, sino también de una malinterpretación fundamental del concepto de libertad, que dejó sentir sus efectos en la historia alemana una y otra vez. La libertad, en un sentido político, es primordialmente una cuestión de moralidad política interna. Un pueblo que no es internamente libre ni responsable ante sí mismo no merece la libertad externa; no puede sentarse en los concilios de la libertad, y cuando utiliza esa sonora palabra, su aplicación es errónea. El concepto alemán de libertad siempre estuvo dirigido hacia el exterior; significaba el derecho a ser alemán, únicamente alemán, nada más y nada más allá de eso. Era un concepto de protesta, de defensa egocéntrica contra todo lo que tendiera a limitar y restringir el egoísmo nacional, a domarlo y a dirigirlo hacia el servicio de la comunidad mundial, el servicio a la humanidad. Individualismo obstinado hacia el exterior, en sus relaciones con el mundo, con Europa, con la civilización, este concepto alemán de libertad se comportaba internamente con un grado asombroso de falta de libertad, de inmadurez, de torpe servilismo. Era una mentalidad de esclavo militante, y el nacionalsocialismo llegó tan lejos en la exageración de esta incongruencia entre el deseo externo e interno de libertad que llegó a concebir la esclavización del mundo por parte de un pueblo que estaba, él mismo, esclavizado en su propio hogar.

¿Por qué el afán alemán de libertad debe equivaler siempre a una esclavitud interna? ¿Por qué tuvo finalmente que culminar en un ataque contra la libertad de todos los demás, contra la libertad misma? La razón es que Alemania nunca ha tenido una revolución y nunca ha aprendido a combinar el concepto de nación con el concepto de libertad. La «nación» nació en la Revolución Francesa; es un concepto revolucionario y liberal que incluye lo humanitario; internamente significaba libertad, externamente significaba Europa. Todas las cualidades gratas del espíritu político francés se basan en esta afortunada unidad; todas las cualidades restrictivas y deprimentes del entusiasmo patriótico alemán descansan en el hecho de que esta unidad nunca se alcanzó. Podría decirse que el concepto mismo de «nación», en su afinidad histórica con el de libertad, es ajeno a Alemania. Podría considerarse un error llamar nación a los alemanes, sin importar si lo hacen ellos mismos u otros. Es erróneo usar la palabra «nacionalismo» para referirse a su fervor patriótico: es un uso indebido de una idea francesa y genera malentendidos. No se debe aplicar el mismo nombre a dos cosas distintas. La idea alemana de libertad es de carácter racial (völkisch) y antieuropea; siempre está muy cerca de lo barbárico cuando no estalla, de hecho, en una barbarie abierta y declarada, como en nuestros días. Las cualidades estéticamente repulsivas y rudas que se adhieren a sus portadores y defensores ya desde las Guerras de Liberación, a las fraternidades estudiantiles y a tipos como Jahn y Massmann, son evidencia de su carácter desdichado. Ciertamente, Goethe no era ajeno a la cultura popular; escribió no solo la clasicista 'Ifigenia', sino también obras tan ultra-alemanas como el 'Fausto I', 'Goetz' y los 'Aforismos en rima'. Sin embargo, para exasperación de todos los patriotas, su actitud ante las guerras contra Napoleón fue de completa frialdad, no solo por lealtad a su par, el gran Emperador, sino también porque se sentía repelido por el elemento barbárico-racial de este levantamiento. Nunca se recalcará lo suficiente la soledad de este gran hombre, que aprobaba todo lo que fuera de naturaleza amplia y generosa, el germanismo supranacional y universal, la literatura universal; su dolorosa soledad en la Alemania de su tiempo, agitada patriótica y «liberalmente». Los conceptos determinantes y dominantes en torno a los cuales giraba todo para él eran la cultura y la barbarie; y le tocó en suerte pertenecer a un pueblo cuya idea de libertad se convierte en barbarie, porque solo está dirigida hacia el exterior, contra Europa.

Esta es una desgracia, una maldición, una tragedia perpetua que encuentra una expresión añadida en el hecho de que incluso la actitud de rechazo de Goethe hacia el protestantismo político sirvió únicamente como confirmación y profundización del dualismo luterano entre la libertad espiritual y la política en toda la nación, y particularmente entre los líderes intelectuales; de modo que se les impidió aceptar el elemento político dentro de su concepto de cultura. Es difícil determinar hasta qué punto los grandes hombres imprimen su sello sobre el carácter de un pueblo y moldean su forma, y hasta qué punto ellos mismos son su personificación, su expresión. Lo que es seguro es que la relación de los alemanes con la política es negativa, una falta de aptitud. La evidencia histórica radica en el hecho de que todas las revoluciones alemanas fracasaron: la de 1525, la de 1813, la de 1848 -que naufragó en las rocas de la impotencia política de la burguesía alemana- y, finalmente, la de 1918. Otra evidencia reside también en la torpe y siniestra interpretación errónea que los alemanes atribuyen con tanta facilidad a la idea de la política cada vez que la ambición los impulsa a involucrarse en ella.

La política ha sido llamada el «arte de lo posible», y en realidad es un reino afín al arte en la medida en que, al igual que este, ocupa una posición de mediación creativa entre el espíritu y la vida, la idea y la realidad, lo deseable y lo necesario, la conciencia y el acto, la moralidad y el poder. Abarca mucho de lo que es duro, necesario, amoral; mucho de conveniencia y concesión a los hechos; mucho de la debilidad humana y mucho de lo vulgar. Sería difícil encontrar a un político, a un estadista, que haya logrado grandes cosas sin tener que preguntarse después si todavía podía considerarse un individuo decente. Y sin embargo, así como el hombre no pertenece únicamente al reino animal, la política no pertenece únicamente al reino del mal. Sin degenerar en algo diabólico y destructivo, sin distorsionarse hasta convertirse en enemiga de la humanidad y pervertir su creatividad transigente en una esterilidad vergonzosa y criminal, jamás puede renunciar por completo a sus componentes ideales y espirituales; nunca puede negar la parte moral y humanamente decente de su naturaleza para reducirse enteramente a lo inmoral y lo vulgar, a la mentira, el asesinato, el engaño y la fuerza. Eso ya no sería arte ni una ironía creativamente mediadora y actuante, sino un sinsentido ciego e inhumano que jamás podrá producir nada genuino, que solo alcanza un éxito transitorio y aterrador y que, tras un breve lapso, tiene un efecto destructor del mundo, nihilista y, finalmente, autodestructivo; pues lo totalmente inmoral es, por naturaleza, incapaz de sobrevivir.

Los pueblos nacidos y capacitados para la política saben instintivamente cómo resguardar la unidad de la conciencia y la acción, del espíritu y el poder, al menos subjetivamente. Practican la política como un arte de la vida y del poder que no puede liberarse por completo de un rastro de mal vitalmente útil, pero que nunca pierde de vista lo más elevado: la idea, la decencia humana y la moralidad. En este aspecto sienten políticamente, y se las arreglan consigo mismos y con el mundo de esta manera. Semejante componenda con la vida, fundada en el compromiso, el alemán la considera hipocresía. Él no nació para componendas con la vida, y demuestra su falta de aptitud para la política al malinterpretarla de una manera torpemente sincera. Al no ser en absoluto malvado por naturaleza, sino poseedor de un don para lo espiritual y lo ideal, considera la política como nada más que falsedad, asesinato, engaño y violencia; como algo completa y unilateralmente inmundo. Y si la ambición terrenal lo incita a adoptar la política, la ejerce a la luz de esta filosofía. Cuando el alemán se dedica a la política, piensa que tiene que actuar de un modo que deje estupefacta a la humanidad; eso es lo que él considera política. Dado que piensa que es mal puro y sin mezcla, cree que tiene que ser un demonio para ejercerla.


Una fotografía de Thomas Mann en 1954, a la derecha, " ¡ Oid alemanes! ", se trata de la misma obra que aparece en la introducción a este ensayo (discursos radiofónicos transmitidos a través de la BBC); los títulos en castellano responde a las decisiones editoriales de los diferentes traductores a lo largo del tiempo (varían según la traducción y la edición). Pero, el título original en alemán de esta recopilación de alocuciones es "Deutsche Hörer !" (¡Oyentes alemanes!). " ¡Escucha, Alemania! ", fue el título más común durante décadas en el mundo hispanohablante (utilizado en ediciones clásicas americanas y europeas). "¡Oíd, alemanes! ", es el título elegido para las traducciones y reediciones más recientes. Esta fórmula es más fiel a la frase literal con la que Thomas Mann abría obligatoriamente cada uno de sus discursos en la BBC: "Deutsche Hörer!" (¡Oyentes alemanes! o ¡Oíd, alemanes!). Cualquiera sea el título, el contenido es el mismo: una recopilación histórica de los 59 textos breves que Mann grababa desde su exilio en EE. UU., se enviaban a Londres y la BBC emitía por onda larga hacia los hogares de la Alemania nazi entre 1940 y 1945.


Lo hemos visto. Se perpetraron crímenes que ninguna psicología puede excusar, y son los menos excusables de todos bajo el argumento de que eran superfluos. Porque eran superfluos; no eran esenciales y la Alemania nazi habría podido salir adelante sin ellos. Habría podido llevar a cabo sus planes de poder y conquista sin su ayuda. En un mundo que conoce los monopolios, los cárteles y la explotación, la idea del despojo monopolístico de todas las demás naciones por parte de las Industrias Göring no era nada nueva ni extraña. Lo vergonzoso del asunto fue que comprometió en demasía al sistema gobernante mediante una exageración torpe. Además, como idea, llegó un poco demasiado tarde: hoy, cuando la humanidad se esfuerza por alcanzar la democracia económica y lucha por un mayor grado de madurez social. Los alemanes siempre llegan demasiado tarde. Llegan tarde, como la música, que siempre es la última de las artes en expresar una condición del mundo, cuando esa condición del mundo se encuentra ya en sus etapas finales. Son abstractos y místicos, también, al igual que esta, su arte más querido: ambos hasta el punto de la criminalidad. Sus crímenes, repito, no fueron un factor necesario de su tardío embarque en la explotación; fueron un lujo en el que se complacieron debido a una predisposición teórica, en honor a una ideología: el fantasma de la raza. Si no sonara como una detestable condonación, podría decirse que cometieron sus crímenes por un idealismo quimérico.

A veces, particularmente al contemplar la historia alemana, uno tiene la impresión de que el mundo no fue creación exclusiva de Dios, sino una obra en cooperación con alguien más. A uno le gustaría adscribir a Dios el hecho misericordioso de que el bien pueda surgir del mal. Pero que el mal surja tan a menudo del bien es, obviamente, la contribución del otro sujeto. Los alemanes bien podrían preguntarse por qué su bien, en particular, se convierte tan a menudo en mal, se transforma en mal en sus manos. Tómese, por ejemplo, su universalismo y cosmopolitismo fundamentales, su ilimitación interior, que puede considerarse un accesorio espiritual de su antiguo reino supranacional, el Sacro Imperio Romano Germánico. Este es un rasgo sumamente valioso y positivo que, sin embargo, se transformó en mal mediante una suerte de inversión dialéctica. Los alemanes cedieron a la tentación de basar en su cosmopolitismo innato una pretensión de hegemonía europea, e incluso de dominación mundial, con lo cual este rasgo se convirtió exactamente en su opuesto, a saber: en el nacionalismo e imperialismo más presuntuosos y amenazantes. Al mismo tiempo, vieron que volvían a llegar demasiado tarde con su nacionalismo porque este ya había sobrevivido a su época. Por lo tanto, lo sustituyeron por algo más nuevo, más moderno: el ídolo racial, que prontamente los condujo a crímenes monstruosos y los sumergió en las profundidades de la desdicha.

O tómese esa cualidad de los alemanes que es, tal vez, la más notable de todas, designada como «interioridad» (Innigkeid), una palabra sumamente difícil de definir: en ella se mezclan la ternura, la profundidad de sentimiento, el ensueño desapegado del mundo, el amor por la naturaleza y la más pura sinceridad del pensamiento y de la conciencia; en resumen, todas las características del más alto lirismo se mezclan en ella. Incluso hoy, el mundo no puede olvidar lo que le debe a la interioridad alemana: la metafísica alemana, la música alemana y, especialmente, el milagro de la mentira alemana -un producto nacional único e incomparable- son frutos de esa interioridad. La gran hazaña histórica de la interioridad alemana fue la Reforma de Lutero: la llamamos una magna obra de liberación y, como tal, fue obviamente algo bueno. Pero es evidente que el demonio metió su mano incluso en aquella gesta. La Reforma provocó el cisma religioso de Occidente -una desdicha definitiva- y para Alemania trajo la guerra de los Treinta Años, la cual la despobló, retrasó fatalmente su cultura y, por medio del vicio y las epidemias, probablemente convirtió la sangre alemana en algo diferente y peor de lo que había sido en la Edad Media. Erasmo de Rotterdam, quien escribió el 'Elogio de la locura', un humanista escéptico con muy poca interioridad, era muy consciente de las implicaciones de la Reforma. «Cuando veáis surgir terribles cataclismos en el mundo», dijo, «recuerda que Erasmo lo predijo». Pero el venerable patán de Wittenberg, tremendamente cargado de interioridad, no era pacifista; estaba imbuido de una verdadera aceptación alemana de lo trágico y se declaró dispuesto a cargar «sobre su cuello» con la sangre que habría de correr.

El Romanticismo alemán, ¿qué es sino una expresión de esta finísima cualidad alemana, la interioridad? Mucho de lo que es melancólicamente nostálgico, fantásticamente espectral y profundamente grotesco, junto con un refinamiento artístico elevado y una ironía omnipresente, se conjugan en el concepto de Romanticismo. Pero estas no son las cosas en las que pienso primordialmente cuando hablo de Romanticismo. Se trata más bien de una cierta riqueza oscura y piedad -podría decirse, anticuarianismo- del alma que se siente muy cercana a las fuerzas ctónicas, irracionales y demoníacas de la vida, es decir, a las verdaderas fuentes de la existencia; y se resiste al enfoque puramente racionalista en virtud de su conocimiento más profundo, de su alianza más íntima con lo sagrado. Los alemanes son el pueblo de la contrarrevolución romántica contra el intelectualismo filosófico y el racionalismo de la Ilustración: una revuelta de la música contra la literatura, de la mística contra la claridad. El Romanticismo es cualquier cosa menos un sentimentalismo débil; es profundidad, consciente de su propia fuerza y plenitud. Es el pesimismo de la sinceridad que se pone del lado de todo lo existente, real e histórico, en contra tanto de la crítica como del reformismo meliorista; en resumen, del lado del poder contra el espíritu, y tiene en muy poca estima toda virtud retórica y disfraz idealista del mundo. Aquí radica la unión del Romanticismo con el Realismo y el maquiavelismo que celebraron sus triunfos sobre Europa en la persona de Bismarck, el único genio político que Alemania ha producido jamás. El deseo alemán de unidad e imperio, encauzado por Bismarck hacia sendas prusianas, fue incomprendido cuando se le interpretó, según el patrón habitual, como un movimiento de unificación de carácter nacional-democrático. Intentó ser exactamente eso en un momento dado, hacia el año 1848, aunque incluso los debates pangermanos del Parlamento de Fráncfort en la iglesia de San Pablo tenían un tinte de imperialismo medieval, reminiscencias del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero resultó que el camino europeo consuetudinario, nacional-democrático hacia la unidad, no era el camino alemán. Fundamentalmente, el imperio de Bismarck no tenía nada en común con la «nación» en el sentido democrático de la palabra. Era puramente una estructura de poder que aspiraba a la hegemonía de Europa y, a pesar de su modernidad, el imperio de 1871 se aferraba a los recuerdos de la gloria medieval, a la época de los gobernantes sajones y suabos. Esto mismo era el factor característico y amenazador: la mezcla de una robusta oportunidad y una eficiente modernidad, por un lado, y sueños del pasado, por el otro; en una palabra, un Romanticismo altamente tecnológico. Nacido de las guerras, el Profano Imperio Alemán de la nación prusiana nunca pudo ser otra cosa que un imperio de guerra. Como tal vivió, como una espina clavada en el costado del mundo, y como tal se encuentra ahora destruido.


Otto Dix, el artista alemán refleja en su obra expresionista la culpa de posguerra. Así como Mann escribe este ensayo en 1945, viendo a su patria completamente destruida moral y físicamente. Las obras del expresionismo alemán de la posguerra (primera guerra mundial), con sus líneas caóticas, tonos oscuros e imágenes de desolación, son el reflejo artístico exacto de la "Alemania rota" y del vacío espiritual que describe la última parte del estudio de Thomas Mann. Aquí constan dos ilustraciones de Otto Dix, izquierda:  "Die Skatspieler" - "Los jugadores de cartas", 1920, un posterior título: "Kartenspielende Kriegskrüppel" (Naipes para lisiados de guerra). Representa a veteranos discapacitados de la Gran Guerra jugando a las cartas, resaltan los muy distorsionados rasgos de sus lesionados cuerpos. En la derecha: "Prager Strasse" - "La calle Praga", 1920. Representa la calle Praga en Dresde luego de la Gran Guerra; el lienzo muestra a dos lisiados de guerra. Un personaje parece ser de clase media o alta, pero no tiene piernas, se mueve con la ayuda de una patineta y bastones. Lleva un bombín y una bonita chaqueta con una medalla prendida. El otro personaje lleva sombrero, barba y está mal vestido, mientras que sólo tiene un brazo, es un mendigo y pide limosna.



En la historia de las ideas, los méritos de la contrarrevolución romántica alemana son invaluables. El propio Hegel tiene una participación tremenda en ellos por el hecho de que su filosofía dialéctica tendió un puente sobre el abismo que la Ilustración racionalista y la Revolución Francesa habían abierto entre la razón y la historia. Su reconciliación de lo razonable con lo real dio un poderoso impulso al pensamiento histórico y, de hecho, creó la ciencia de la historia, la cual apenas había existido antes de esa época. El Romanticismo es esencialmente sumersión, especialmente sumersión en el pasado; es nostalgia por el pasado y, al mismo tiempo, es la apreciación realista de todo lo verdaderamente pretérito por derecho propio, con su color local y su atmósfera. No es de extrañar que el Romanticismo fuera particularmente propicio para la escritura de la historia e inaugurara, de hecho, la historia en su forma moderna.

Las contribuciones del Romanticismo al reino de lo bello, como ciencia, como doctrina estética, son ricas y fascinantes. El positivismo y la Ilustración intelectualista no tienen la menor noción de la naturaleza de la poesía; solo el Romanticismo se la comunicó a un mundo que se moría de aburrimiento en un virtuoso academicismo. El Romanticismo poetizó la ética al proclamar el derecho de la individualidad y de la pasión espontánea. Rescató los tesoros de las canciones y los relatos desde las profundidades de la cultura popular del pasado; el Romanticismo fue la genial protectora de la ciencia del folclor que se presenta, en sus abigarrados colores, como una variedad de exotismo. La prioridad que concede a lo emocional sobre lo racional, incluso en sus formas arcanas de éxtasis místico e intoxicación dionisíaca, lo sitúa en una relación peculiar y psicológicamente muy fructífera con la enfermedad; el romántico tardío Nietzsche, por ejemplo, él mismo un espíritu elevado por la enfermedad a cumbres de un genio fatal, fue pródigo en sus elogios a la enfermedad como medio de conocimiento. En este sentido, incluso el psicoanálisis, que representa un gran avance hacia la comprensión del hombre desde el lado de la enfermedad, es una rama del Romanticismo.

Goethe definió lacónicamente lo clásico como lo sano y lo romántico como lo enfermizo. Una definición dolorosa para alguien que ama el Romanticismo hasta en sus pecados y vicios. Pero no se puede negar que, incluso en sus aspectos más bellos y etéreos, allí donde lo popular se une con lo sublime, lleva en su corazón el germen de la morbilidad, como la rosa lleva al gusano; su carácter más íntimo es la seducción, la seducción hacia la muerte. Esta es su paradoja confusa: si bien es el representante revolucionario de las fuerzas irracionales de la vida frente a la razón abstracta y el humanitarismo insulso, posee una profunda afinidad con la muerte en virtud de su propia entrega a lo irracional y al pasado. En Alemania, su verdadera patria, es donde ha conservado con mayor fuerza este dualismo iridiscente, como glorificación de lo vital en contraste con lo puramente moral, e igualmente como parentesco con la muerte. Como espíritu alemán, como contrarrevolución romántica, ha aportado impulsos profundos y vitalizadores al pensamiento europeo; pero, por otra parte, su orgullo de vida y muerte ha desdeñado aceptar cualquier instrucción correctora de Europa, del espíritu de la religión europea de la humanidad, de la democracia europea. En su ropaje político-realista de poder, como bismarckianismo, como victoria alemana sobre Francia, sobre la civilización, y mediante la erección del imperio del poder alemán, que aparentemente florecía con la salud más robusta, concitó el asombro del mundo, al tiempo que lo confundía y deprimía. Y tan pronto como el propio genio dejó de estar al timón de este imperio, mantuvo al mundo en un estado constante de zozobra.

Por lo demás, el reino del poder unificado fue una decepción cultural. Ninguna grandeza intelectual provino de la Alemania que una vez había sido la maestra del mundo. Solo era fuerte. Pero en esta fuerza y en toda su eficiencia organizada, el germen romántico de la enfermedad y de la muerte vivía y actuaba. El infortunio histórico, el sufrimiento y la humillación de una guerra perdida fueron su alimento. Y, reducida a un miserable nivel de masas, el nivel de un Hitler, el Romanticismo alemán estalló en una barbarie histérica, en una juerga y un paroxismo de arrogancia y crimen, que ahora encuentra su horrible final en una catástrofe nacional, un colapso físico y psíquico sin parangón.

La historia que he contado aquí en breves líneas es la historia de la «interioridad» alemana. Es una historia melancólica -la llamo así, en lugar de «trágica», porque el infortunio no debe jactarse-. Esta historia debería convencernos de una cosa: de que no hay dos Alemanias, una buena y una mala, sino una sola, cuyo mejor elemento se convirtió en mal por medio de una astucia diabólica. La Alemania malvada es meramente la Alemania buena extraviada, la Alemania buena en la desgracia, en la culpa y en la ruina. Por esa razón, es del todo imposible para alguien nacido allí renunciar simplemente a la Alemania malvada y culpable y declarar: «Yo soy la Alemania buena, noble y justa con la túnica blanca; os dejo a vosotros la tarea de exterminar a la malvada». Ni una sola palabra de todo lo que acabo de decir sobre Alemania, o que he intentado indicar, provino de un conocimiento ajeno, frío y objetivo; todo está dentro de mí, yo lo he vivido todo.

En otras palabras, lo que he intentado ofrecer aquí dentro de estos límites ha sido una pieza de autocrítica alemana; y verdaderamente, nada podría haber sido más fiel a la tradición alemana. La tendencia hacia la autocrítica, a menudo hasta el punto del autodesprecio y la autoexecración, es profundamente alemana; y resulta eternamente incomprensible cómo un pueblo tan inclinado al autoanálisis pudo jamás concebir la idea de la dominación mundial. La cualidad más necesaria para la dominación mundial es la ingenuidad, una feliz limitación e incluso una falta de propósito, pero ciertamente no una vida social extrema, como la alemana, en la que la arrogancia se une a la contrición. Nada de lo que un francés, un inglés o un americano haya dicho jamás abiertamente sobre su pueblo puede compararse remotamente con las verdades despiadadas que grandes alemanes -Hölderlin, Goethe, Nietzsche- han pronunciado sobre Alemania. En una conversación, al menos, Goethe llegó al extremo de desear una diáspora alemana. «Como los judíos», dijo, «¡los alemanes deben ser trasplantados y dispersados por el mundo!». Y añadió: «para desarrollar el bien que hay en ellos, plenamente y en beneficio de las naciones».

Este gran bien existe realmente, pero no pudo fructificar en la forma tradicional del Estado nacional. Las leyes de inmigración de los demás Estados probablemente impedirán de manera categórica esa dispersión por el mundo que Goethe deseaba para los alemanes y por la cual sentirán ahora una fuerte inclinación. Pero a pesar de todas las advertencias drásticas contra las expectativas excesivas que hemos recibido del vasto desempeño de la política de poder, ¿no podemos albergar la esperanza de que, tras esta catástrafe, se den los primeros pasos experimentales en dirección a una condición mundial en la que el individualismo nacional del siglo XIX se disuelva y finalmente desaparezca, y que ofrezca oportunidades más felices para el desarrollo de lo «bueno» en el carácter alemán que las insostenibles condiciones antiguas? ¿No debería ser posible, después de todo, que la liquidación del nazismo allane el camino para una reforma social mundial que ofrezca la mayor perspectiva de felicidad precisamente a las inclinaciones y necesidades de Alemania? Una economía mundial, la minimización de las fronteras políticas, una cierta despolitización de los Estados en general, el despertar de la humanidad a la comprensión de su unidad práctica, sus primeros pensamientos sobre un Estado mundial... ¿cómo podría todo este humanitarismo social -el verdadero objeto de la gran contienda-, que supera con creces los límites de la democracia burguesa, ser ajeno y repugnante al carácter alemán? En el aislamiento del alemán siempre hubo tanta nostalgia de compañía; de hecho, en el fondo de la misma soledad que lo hacía malvado, residía siempre el deseo de amar, el deseo de ser amado. Al final, el infortunio alemán es solo el paradigma de la tragedia de la vida humana. Y la gracia que Alemania necesita con tanta urgencia, la necesitamos todos nosotros.

01 agosto 2026

La búsqueda de la verdad: la enmarañada red de la epistemología



Desde los filósofos antiguos hasta las crisis modernas: ¿cómo sabemos lo que sabemos?
por Laura Knight-Jadczyk

Original en inglés: The Quest for Truth: The Tangled Web of Epistemology
From Ancient Philosophers to Modern Crises, How Do We Know What We Know?

Octubre de 2025


Nota previa. Este artículo está íntimamente relacionado con el artículo de la misma autora "Inteligencia Artificial: Epistemológicamente Inepta, Ontológicamente Ignorante" que trató totalmente sobre la IA, en esta entrada, la autora explica la filosofía puramente humana. Sin más que decir, una buena lectura.


Estoy bastante segura de haber mencionado una o dos veces en mis publicaciones recientes que he estado planeando escribir sobre epistemología. Seguro que lo he tenido mucho en mente durante las últimas semanas y cuanto más lo investigo y pienso en ello, más complicado parece.

Recientemente tuvimos invitados, una pareja joven, y durante la cena me preguntaron en qué estaba trabajando. Dije que estaba pensando en epistemología, no trabajando en ella. Marido y mujer se miraron e intercambiaron una especie de comunicación silenciosa, que ella luego explicó. Al parecer, su padre, profesor universitario, lleva 40 años escribiendo un libro sobre epistemología. Pensé: "¡Dios mío!". Trabajé en la investigación para mi libro sobre el cristianismo primitivo, intermitentemente, desde aproximadamente 1982 hasta que finalmente lo terminé en 2020. Son solo 38 años y estoy satisfecha con el trabajo que hice. Pero este pobre hombre, el padre de nuestro invitado, lleva trabajando en epistemología más tiempo y sigue trabajando sin, al parecer, ver un final a la vista.

Así que reflexioné mucho y estudié el asunto. Naturalmente, Grok se puso a prueba cuando lo envié a buscar datos que me ayudaran a reflexionar aún más. Ya no me sorprende que alguien pueda dedicarse a este tema durante 40 años sin un final a la vista.





¿Qué es la epistemología y qué hace?

La palabra epistemología proviene del griego epistēmē (ἐπιστήμη), que significa «conocimiento» o «comprensión», y logos (λόγος), que significa «estudio» o «discurso». Por lo tanto, epistemología significa literalmente el estudio del conocimiento. (No está relacionada con la palabra «epístola»; solo comparten un prefijo: epi).

Los epistemólogos son filósofos especializados en epistemología, la rama de la filosofía que examina la naturaleza, los orígenes, el alcance y los límites del conocimiento. Su trabajo consiste principalmente en analizar cuestiones fundamentales como: ¿Qué constituye el conocimiento? ¿Cómo distinguimos entre creencias justificadas y meras opiniones? ¿Cuáles son las fuentes del conocimiento (por ejemplo, la percepción, la razón, la memoria o el testimonio)? ¿Y cómo podemos responder al escepticismo sobre si realmente podemos saber algo?

En la práctica, los epistemólogos participan en una variedad de actividades:

- Desarrollan teorías y argumentos sobre conceptos como la creencia, la verdad, la justificación y la evidencia. Por ejemplo, podrían debatir si el conocimiento requiere certeza o si es posible tener conocimiento sin pruebas absolutas, a menudo mediante experimentos mentales.

- Muchos epistemólogos son académicos que dan conferencias en universidades, diseñan cursos sobre filosofía del conocimiento y orientan a estudiantes en el pensamiento crítico y el razonamiento lógico.

- Colaboran con campos como la ciencia cognitiva, la inteligencia artificial, el derecho o la educación para aplicar conocimientos epistemológicos, como la evaluación de la fiabilidad del testimonio de testigos oculares o la ética de la creencia en épocas de desinformación.

- En general, su función es más teórica que práctica: su objetivo es aclarar cómo los humanos alcanzan el éxito cognitivo (comprensión precisa) y evitan el fracaso (creencias falsas o ignorancia), en lugar de realizar experimentos empíricos como los científicos.

La epistemología afecta a la persona promedio de maneras sutiles pero profundas, influyendo en cómo navegamos la información, tomamos decisiones e interactuamos con el mundo. Los principios epistemológicos guían cómo evaluamos los riesgos, formamos opiniones y aprendemos de la experiencia. Por ejemplo, al decidir si confiar en un tratamiento médico, implícitamente recurrimos a ideas de evidencia y justificación para sopesar las opiniones de los expertos frente a anécdotas personales. En política, afecta cómo vemos la autoridad y la propaganda; en las relaciones, influye en la confianza y la comunicación al impulsar la reflexión sobre sesgos o suposiciones. Sin conciencia epistemológica, las personas pueden caer en cámaras de eco o dogmatismo, lo que lleva a peores resultados en la vida personal o profesional. Informa campos como la ciencia (p. ej., el método científico se basa en la justificación empírica) y el derecho (p. ej., los estándares de evidencia en los ensayos), que a su vez estructuran instituciones que impactan las rutinas diarias, desde las políticas de salud hasta las protecciones al consumidor.




El fracaso de la epistemología

Me parece bastante obvio que, de alguna manera, la epistemología ha perdido su rumbo, al menos en Occidente. Existe un debate sustancial en análisis recientes sobre una percepción de disminución en los resultados educativos y la retención de conocimientos en los países occidentales. Por ejemplo, los puntajes de las pruebas estandarizadas en lectura, matemáticas y ciencias se han estancado o disminuido en muchos países, incluido Estados Unidos, donde las evaluaciones nacionales muestran descensos desde la década de 1990, exacerbados después de la COVID-19. Los críticos argumentan que esto refleja fallas sistémicas: currículos obsoletos que priorizan las pruebas estandarizadas sobre el pensamiento crítico, capacitación docente inadecuada y un alejamiento de materias fundamentales como historia y educación cívica. En Europa, surgen problemas similares, con informes que destacan el fracaso escolar vinculado a disparidades socioeconómicas y estructuras rígidas que no se adaptan a las necesidades modernas. Algunos atribuyen esto a un "embrutecimiento" más amplio, donde la memorización reemplaza la comprensión profunda, lo que lleva a un menor conocimiento cívico entre los jóvenes.


               Una manifestación contra la guerra de Vietnam, 1968. © Archivo Bettmann


Las democracias occidentales se han enfrentado a una turbulencia innegable, con una creciente polarización, desconfianza institucional y estancamiento político. En Estados Unidos, por ejemplo, la confianza pública en el gobierno se ha desplomado desde la década de 1970, alcanzando mínimos históricos en medio de acontecimientos como la guerra de Irak, las crisis financieras y las recientes elecciones. Europa lidia con problemas similares: el Brexit, los auges populistas en Italia y Francia, y la fragmentación de la UE en torno a la migración y la economía. Los críticos describen esto como un "declive de la democracia", donde las élites no abordan la desigualdad, lo que genera desilusión entre los votantes y tendencias autoritarias. A nivel mundial, la influencia de Occidente disminuye a medida que las potencias no occidentales ascienden, y los errores en política exterior aceleran este proceso.

Parece que estamos experimentando una "rebelión epistémica" donde los hechos se fracturan según líneas partidistas, erosionando la realidad compartida. ¿Podemos rastrear esto hasta la epistemología? Desde la década de 1980, influencias como el posmodernismo, el relativismo y la teoría crítica han cobrado prominencia, desafiando las nociones tradicionales de verdad objetiva. El posmodernismo, popularizado por pensadores como Foucault y Derrida, enfatiza que el conocimiento se construye socialmente, está cargado de poder y es relativo, rechazando las verdades universales en favor de múltiples perspectivas. La teoría crítica extiende esto para criticar las estructuras de opresión, influyendo en el mundo académico y el activismo. Todas estas influencias parecen haber fomentado el relativismo, donde los hechos se vuelven subjetivos, permitiendo la desinformación y la "gnosis" basada en la identidad por encima de la evidencia. Si el conocimiento se considera fluido, la educación podría priorizar la "experiencia vivida" sobre los hechos, y la política se convierte en cámaras de resonancia. Esto ha llevado a lo que consideramos cambios posmodernos que erosionan la moralidad objetiva y la verdad en las universidades desde las décadas de 1940 y 1960, lo que ha llevado al nihilismo social. Las ciencias sociales se han convertido en "amenazas para la sociedad libre" a través de la teoría crítica dogmática. Quienes critican esta narrativa defienden estos cambios como progresistas, que permiten voces marginadas y critican los sistemas "objetivos" defectuosos (por ejemplo, la ciencia sesgada). Alternativas como el realismo crítico proponen equilibrar el relativismo con el rigor empírico. Si la epistemología desempeña un papel, podría ser en cómo hemos priorizado las narrativas subjetivas sobre la evidencia rigurosa.

Por supuesto, la antigua epistemología tenía problemas que la hacían susceptible de ser superada y desmantelada por los llamados progresistas. Hace mucho tiempo, se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra (y que la Tierra era plana). Ahora sabemos que eso no es cierto. Pero, en aquel entonces, se consideraba un conocimiento seguro; se creía cierto, basado en observaciones hasta donde alcanzaban.

La epistemología tradicional, arraigada en la filosofía occidental (p. ej., Descartes, Kant), fue moldeada durante mucho tiempo por académicos varones en instituciones dominadas por hombres. Esto condujo a un énfasis en la razón, a la dependencia de la observación estandarizada y a la priorización del desapego y la objetividad. No pretendo ser feminista, pero es cierto que, durante mucho tiempo, el conocimiento producido por instituciones dominadas por hombres, como el mundo académico y la ciencia, marginó gravemente a las mujeres, la mitad de la población mundial. Un ejemplo de ello es que la investigación médica se ha centrado históricamente en la fisiología masculina en detrimento de las mujeres y los niños.

Esta dominación masculina de lo que se considera conocimiento, es decir, verdad, nos ha acompañado durante muchísimo tiempo. Aristóteles, en su Historia de los Animales (Libro II, Parte 3), afirma: «Los machos tienen más dientes que las hembras en el caso de los hombres, las ovejas, las cabras y los cerdos». Esta no es una afirmación directa sobre el número de dientes humanos, sino una generalización basada en una aparente ausencia de observación, que afirma categóricamente que hombres y mujeres difieren de una manera particular sin evidencia de que realmente cuenten los dientes. La afirmación no verificada de Aristóteles ejemplifica cómo la epistemología dominada por los hombres ignoró las realidades de las mujeres durante buena parte de la historia de la humanidad.

Otro supuesto "conocimiento" que me pone la presión arterial por las nubes fue la suposición despreocupada de la profesión médica de que los bebés no sentían dolor. Al menos hasta la década de 1990, practicaban cirugías rutinarias, incluyendo cirugías a corazón abierto, en bebés utilizando solo paralíticos y sin analgésicos. Les cuento que estuve en la consulta cuando circuncidaron a un bebé, y los gritos y sollozos de ese bebé me perseguirán toda la vida. Sin embargo, el médico se quedó allí, afirmando con sensatez que los bebés realmente no sienten dolor como los adultos. No lo creí y NO permití que circuncidaran a mi hijo.

¿Por qué se creyeron esta disparatada locura? Los profesionales médicos creían firmemente que el sistema nervioso de los bebés no estaba lo suficientemente desarrollado para procesar el dolor, basándose en modelos neurocientíficos obsoletos. Estudios de principios del siglo XX (por ejemplo, la investigación de la década de 1940 sobre los reflejos neonatales) sugerían que los bebés carecían de percepción cortical del dolor, ignorando evidencias conductuales como el grito y el llanto.

¿Qué demonios? ¿Puedes creerlo?

La suposición de que los bebés no sienten dolor se justificó mediante estudios que ignoraron por completo las señales conductuales y fisiológicas y se adhirieron firmemente a los modelos científicos abstractos y antropocéntricos por encima de la evidencia experiencial. La jerarquía, dominada por los hombres, valoró lo que denominaron «datos objetivos» y desestimó la experiencia vivida o la información que les proporcionaban sus cuidadoras, que generalmente eran mujeres. Esta suposición era, de hecho, FALSA.

Otro verdadero desastre: A mujeres con diversos síntomas, como ansiedad, fatiga, problemas neurológicos, depresión, dificultad para respirar, desmayos, conducta sexual inapropiada y muchos más, se les diagnosticaba rutinariamente «histeria» debido a un «útero errante». Los tratamientos incluían internarlas en manicomios donde se les infligían todo tipo de horrores creativos, o ser entregadas a médicos especializados en provocar orgasmos llamados «paroxismos histéricos».

Considere también la talidomida, cuya seguridad se probó solo en hombres, pero luego se recetó a mujeres embarazadas para las náuseas matutinas. Como resultado, más de 10.000 niños nacieron con graves defectos congénitos.

Posteriormente, se realizaron lobotomías a más de 40.000 personas solo en Estados Unidos para curar afecciones como la depresión y la esquizofrenia. Se suponía que la neurocirugía podía curar el comportamiento sin considerar en absoluto los posibles efectos a largo plazo.

Estos son solo algunos fallos graves, incluso catastróficos, del conocimiento cuando la adquisición de conocimiento se adhirió a un conjunto determinado de estándares y normas epistemológicas. Estos descuidos reflejan fallos sistémicos en la epistemología. El problema residía en que las instituciones dominadas por hombres excluían o marginaban las perspectivas y la contribución de las mujeres al conjunto de la información. Estos sesgos debían abordarse, y me alegra que así fuera, pero una vez que la «epistemología feminista» se afianzó, fue como dejar entrar el camello en la tienda.

Lo que observamos es que limitar su alcance condujo a fallas en la epistemología normativa; constituyó una limitación en el enfoque y la aplicación epistemológica. Lo mismo aplica a las estructuras de poder basadas en el género que determinan qué se considera conocimiento, justificación y verdad. El análisis de los sesgos sistémicos debería ser una función dentro del propio campo. La epistemología, per se, en sí misma, debería reconocer a la humanidad en su conjunto, incluyendo a la mitad femenina, así como las diferencias raciales en relación con la salud, la inteligencia, etc.

También creo que la “teoría de género” se perfila como otro fracaso catastrófico de la epistemología, esta vez dominada por el feminismo.





Una breve historia de la epistemología

Como ya se mencionó, los epistemólogos son filósofos especializados en epistemología. Se supone que los antiguos griegos fueron los primeros en dedicarse a la epistemología, aunque en aquel entonces no la llamaban así, y los debates han sido intensos y acalorados desde entonces.

Filósofos antiguos como Heráclito y Parménides debatieron la fiabilidad de la percepción sensorial frente al pensamiento racional. Heráclito argumentaba que todo está en constante cambio, cuestionando el conocimiento estable, mientras que Parménides priorizaba la razón sobre los sentidos, afirmando que la realidad es inmutable.

A través de su método de cuestionamiento, Sócrates exploró el conocimiento como creencia justificada, enfatizando el autoexamen y los límites del entendimiento humano, como se ve en su famosa afirmación: “Sé que no sé nada”.

Platón formalizó la epistemología en obras como Teeteto, donde definió el conocimiento como «creencia verdadera y justificada» (una definición aún debatida). En su Alegoría de la Caverna (La República), distinguió entre las apariencias sensoriales y el verdadero conocimiento de las Formas eternas, accesible a través de la razón.


La alegoría de la cueva de Platón


Aristóteles adoptó un enfoque más empírico, argumentando que el conocimiento comienza con la experiencia sensorial, pero se refina mediante la razón y la lógica. Sus Analítica Posterior expuso una teoría del conocimiento científico basada en la observación, la inducción y el razonamiento silogístico. Lástima que no la aplicara esto a contar dientes.

Pirro y escépticos posteriores como Sexto Empírico cuestionaron la certeza del conocimiento, argumentando que las percepciones y creencias conflictivas hacen que el conocimiento absoluto sea inalcanzable y abogando por la suspensión del juicio.

Agustín integró las ideas platónicas con la teología cristiana, argumentando que la iluminación divina permite cierto conocimiento, ya que la razón humana por sí sola es falible. Enfatizó la fe como fuente de comprensión.


Avicena (Ibn Sina)


Pensadores como Al-Farabi, Avicena (Ibn Sina) y Averroes (Ibn Rushd) preservaron y ampliaron la epistemología aristotélica. Avicena distinguía entre el conocimiento empírico y las verdades necesarias conocidas a través del intelecto, mientras que Averroes enfatizaba la demostración racional.

Tomás de Aquino sintetizó a Aristóteles con la teología cristiana, argumentando que el conocimiento surge de la experiencia sensorial procesada por el intelecto. Distinguió el conocimiento natural (de la razón) del conocimiento revelado (de la fe).

El nominalismo de Guillermo de Ockham desafió las verdades universales, enfatizando la experiencia individual y el escepticismo acerca de las afirmaciones metafísicas, sentando las bases para enfoques empíricos posteriores.

René Descartes buscó un conocimiento cierto para contrarrestar el escepticismo, con su famosa declaración «Cogito, ergo sum» («Pienso, luego existo») en Meditaciones sobre la Primera Filosofía. Argumentó que las ideas claras y distintas, fundamentadas en la razón, proporcionan un conocimiento fundamental, estableciendo así el racionalismo.


Pienso, luego existo


En Un ensayo sobre la comprensión humana, John Locke rechazó las ideas innatas y propuso que la mente es una tabula rasa (pizarra en blanco) que se llena con la experiencia sensorial. El conocimiento surge de la sensación y la reflexión, aunque limitado por la percepción humana.

El empirismo y el escepticismo radicales de David Hume en Tratado de la naturaleza humana cuestionaron la causalidad y la inducción, argumentando que el conocimiento se basa en impresiones e ideas, sin certeza más allá de la experiencia inmediata.

En la Crítica de la razón pura, Immanuel Kant revolucionó la epistemología con su «giro copernicano», argumentando que la mente estructura activamente la experiencia mediante categorías como el espacio y el tiempo. El conocimiento es una síntesis de datos sensoriales y conceptos a priori, ni puramente racionalista ni empirista.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel consideraba el conocimiento como un proceso dinámico e histórico que se desarrolla mediante el razonamiento dialéctico. En su Fenomenología del espíritu, argumentó que el conocimiento absoluto surge mediante el desarrollo de la conciencia.

El empirismo de John Stuart Mill, en Un sistema de lógica, enfatizó el razonamiento inductivo y el método científico, basándose en Hume y Locke.

Filósofos estadounidenses como Charles Peirce y William James introdujeron el pragmatismo, vinculando el conocimiento con las consecuencias prácticas. La máxima pragmática de Peirce vinculaba la creencia con los resultados observables, mientras que James enfatizaba los aspectos experienciales y funcionales de la verdad.

Bertrand Russell y G. E. Moore enfatizaron la claridad y la lógica. Los Problemas de la Filosofía de Russell exploraron el conocimiento por contacto directo (experiencia directa) frente a la descripción.

El Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein y las posteriores Investigaciones Filosóficas centraron su atención en el papel del lenguaje en la configuración del conocimiento.


Ludwig Wittgenstein, filósofo


El Círculo de Viena (p. ej., Moritz Schlick, Rudolf Carnap) argumentó que el conocimiento significativo debe ser empíricamente verificable, descartando las afirmaciones metafísicas. Esta perspectiva fue cuestionada por Karl Popper, quien enfatizó la falsabilidad en La lógica del descubrimiento científico. Un ejemplo sencillo que explica este conflicto:


Tomemos la teoría “Todos los cisnes son blancos”.

Verificabilidad (estilo Círculo de Viena): Se podrían ver miles de cisnes blancos y decir que está "verificado". Pero eso no basta: habría que comprobar cada cisne que haya existido, lo cual es imposible.

Falsabilidad (método Popper): La teoría es científica porque puede ser refutada: basta con encontrar un cisne negro (como hicieron los europeos en Australia) y queda refutada. La ciencia avanza intentando (y a menudo fracasando) refutar ideas, lo que conduce a mejores teorías. Lo importante es que la teoría PUEDE SER refutada, no que lo haya sido o lo sea. El mero potencial de ser refutada es suficiente. Cualquier cosa que se formule de forma que no sea susceptible de refutación no puede ser científica.

Popper usó esto para criticar cosas como el marxismo o el psicoanálisis freudiano, llamándolos pseudociencia porque podían explicar cualquier cosa (no eran refutables), mientras que la relatividad de Einstein hacía predicciones audaces que podían ser probadas y potencialmente refutadas (por ejemplo, la curvatura de la luz durante un eclipse).


Karl Popper


A principios de la década de 1960, Edmund Gettier desafió la definición de «creencia verdadera justificada» de Platón con casos que demostraban que las creencias verdaderas justificadas podían ser verdaderas por pura suerte. En el artículo de 1963 titulado «¿Es la creencia verdadera justificada conocimiento?», creó lo que se denomina «Problemas Gettier», que muestran casos en los que una creencia es verdadera, está justificada y se mantiene, pero no cuenta como conocimiento. Según el modelo JTB (Justified True Belief 0 Creencia Verdadera Justificada), una persona sabe algo si:


La creencia es verdadera.
La persona la cree.
La creencia está justificada.


Gettier presentó escenarios donde se cumplen estas condiciones, pero la verdad de la creencia depende de la suerte, más que de una conexión entre la justificación y la verdad. Por lo tanto, según Gettier, la JTB no puede llamarse «conocimiento». He aquí uno de los ejemplos clásicos:

El candidato al empleo: Smith solicita un empleo y tiene pruebas sólidas (justificación) de que Jones lo conseguirá (p. ej., su jefe se lo dijo). Smith también sabe que tiene diez monedas en el bolsillo. Se forma la creencia: «Quien consiga el trabajo tendrá diez monedas en el bolsillo». Sin que Smith lo sepa, él consigue el trabajo, no Jones, y él, por pura casualidad, efectivamente tiene diez monedas en su propio bolsillo. Su creencia es verdadera, justificada y creída, pero es verdadera por pura suerte, no porque su justificación (sobre Jones) fuera correcta.

Edmond Gettier


Gettier y sus experimentos mentales provocaron un debate epistemológico que aún continúa, al igual que otros debates. (De nuevo, simpatizo con el libro de hace 40 años). La solución más prometedora para los Problemas de Gettier me parece la de Timothy Williamson, quien argumenta que el conocimiento es un concepto primitivo, no reducible a JTB u otras condiciones. Afirma que el conocimiento es un estado mental distinto de la creencia, y los casos de Gettier muestran las limitaciones de JTB para captarlo. Obviamente, esta perspectiva es controvertida porque prácticamente descarta todas las demás soluciones. Infórmese sobre los problemas de Gettier. Verá que añadir condiciones para reforzar la postura JTB simplemente no funciona. Luego, eche un vistazo a la obra de Williamson, "El conocimiento y sus límites". Cuando Williamson argumenta que el conocimiento es un concepto "primitivo", se refiere a que es fundamental e inanalizable: no puede descomponerse ni definirse en términos de conceptos más simples y básicos sin caer en la circularidad o la pérdida de significado. En la epistemología tradicional, el conocimiento se considera compuesto (p. ej., JTB), pero Williamson lo rechaza, considerando que tales análisis están condenados al fracaso, como lo demuestran los problemas de Gettier y otros contraejemplos. En cambio, el conocimiento es un «primitivo teórico»: un componente básico de la epistemología, como la «masa» en física o el «punto» en geometría, que comprendemos a través de su papel en las teorías, más que por descomposición. El conocimiento es conceptualmente anterior a otras nociones epistémicas. Comprendemos conceptos como la justificación o la evidencia por referencia al conocimiento, no al revés.

Pensadores como Michel Foucault y Thomas Kuhn analizaron el conocimiento tal como lo moldean el poder, la cultura y los paradigmas. La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn introdujo cambios de paradigma, mientras que epistemólogas feministas como Sandra Harding exploraron cómo el género influye en la producción de conocimiento. Y, a partir de ahí, todo parece indicar que fue cuesta abajo.

La epistemología reciente explora el contextualismo (el conocimiento depende del contexto, p. ej., Keith DeRose), la epistemología de la virtud (centrada en las virtudes intelectuales, p. ej., Ernest Sosa) y la epistemología bayesiana (que utiliza la probabilidad para modelar la actualización de creencias). La epistemología social, que incluye el trabajo de Alvin Goldman, examina el conocimiento colectivo e institucional.


Principales teorías actuales

Muchos de los problemas que preocupaban a los antiguos siguen plagando el campo. Así que, en realidad, si las cosas no se han resuelto en los últimos 2500 años, ¿qué son 40 años para escribir un libro? Puedes ver a qué me refiero con la siguiente lista de las principales teorías que se debaten actualmente.

- Empirismo: El conocimiento proviene principalmente de la experiencia sensorial. Figuras clave como John Locke y David Hume argumentan que adquirimos conocimiento mediante la observación y la experiencia, y que la mente comenzando como una "hoja en blanco" (tabula rasa).

- Racionalismo: La razón es la fuente primaria del conocimiento. Pensadores como René Descartes e Immanuel Kant enfatizan las ideas innatas o el razonamiento lógico como fundamento de cierto conocimiento, independientemente de la información sensorial.

- Constructivismo: El conocimiento se construye a través de las experiencias individuales y las interacciones sociales. Jean Piaget y Lev Vygotsky sugieren que construimos la comprensión interpretando activamente el mundo, moldeado por la cultura y el contexto.

- Escepticismo: Cuestiona la posibilidad de un conocimiento cierto. Los escépticos pirrónicos (p. ej., Sexto Empírico) y la duda metodológica de Descartes cuestionan si realmente podemos saber algo, destacando la incertidumbre o los límites de la justificación.

- Pragmatismo: El conocimiento está ligado a las consecuencias prácticas y la utilidad. Charles Peirce y William James argumentan que las creencias se justifican si funcionan en la práctica, priorizando la experiencia y los resultados sobre la verdad absoluta.

- Coherentismo: El conocimiento surge de un sistema coherente de creencias. En lugar de un fundamento único, las creencias se justifican si encajan consistentemente en una red de ideas interconectadas (p. ej., W.V.O. Quine).

Fundacionalismo: El conocimiento se basa en creencias básicas y evidentes que sirven de fundamento a otras creencias justificadas. La frase «Pienso, luego existo» de Descartes ejemplifica esta búsqueda de puntos de partida indudables.

- Confiabilismo: El conocimiento se produce mediante procesos fiables. Alvin Goldman sugiere que una creencia está justificada si resulta de un proceso (p. ej., la percepción, la memoria) que produce creencias verdaderas de forma fiable.

- Epistemología social: El conocimiento es inherentemente social y se moldea mediante prácticas colectivas, testimonios e instituciones. Pensadores como Alvin Goldman y Miranda Fricker exploran cómo los factores sociales influyen en nuestro conocimiento.

- Epistemología Feminista: Examina cómo el género influye en la producción de conocimiento. Académicas como Sandra Harding critican la epistemología tradicional por sus sesgos masculinos y abogan por la "teoría del punto de vista", donde las perspectivas marginalizadas generan perspectivas únicas.

- Epistemología naturalizada: El conocimiento debe estudiarse científicamente. Quine argumenta que la epistemología debería integrar los hallazgos de la psicología y las ciencias cognitivas para comprender cómo formamos creencias.





Epistemología y verdad

Como ya se mencionó, el estudio del conocimiento es también, casi por definición, el estudio de la verdad. ¿Cómo sabemos qué es verdad? En epistemología, el conocimiento se define clásicamente (Platón) como creencia verdadera justificada (JTB). Para que una creencia cuente como conocimiento, debe alinearse con la verdad (corresponder a la realidad), ser creída por el individuo y estar respaldada por una justificación adecuada. Por lo tanto, la verdad es un componente central del conocimiento. Pero aquí las cosas se complican un poco. ¡Existen diferentes teorías de la verdad!

- Teoría de la Correspondencia: La verdad se da cuando una creencia coincide con la realidad (p. ej., «La nieve es blanca» es verdadera si la nieve es realmente blanca). La pregunta entonces es: ¿cómo podemos conocer verdaderamente la realidad y que lo que sabemos o creemos saber sobre ella es realmente lo que es?

- Teoría de la coherencia: La verdad se da cuando una creencia encaja consistentemente en un sistema de creencias. Esto podría ser complicado si todo en el sistema es falso.

- Teoría Pragmática: La verdad es lo que funciona o resulta útil en la práctica. Esto no está nada mal. Creo que el Universo podría autocorregirse y, si algo no funciona o resulta útil, hay que probar otra cosa.

- Teoría deflacionaria: La verdad es simplemente una etiqueta para las afirmaciones que aceptamos, sin un significado metafísico más profundo. Lamentablemente, este parece ser el estado del mundo actual, con infinitas cámaras de resonancia.


Epistemología cristiana

En una subsección de mi libro, De Pablo a Marcos, presenté un análisis del Evangelio de Marcos que se basó en gran medida en la interpretación de Joel Marcus (Duke Divinity School). Marcus argumentó que la epistemología de Marcos se basaba en una cosmovisión apocalíptica donde el verdadero conocimiento es un don divino, revelado a individuos selectos (los elegidos) y ocultado a los demás por la voluntad de Dios. El texto se basa en Marcos 4:11-12, donde Jesús distingue entre los de adentro (discípulos) que reciben el «secreto del reino de Dios» y los de afuera que son cegados deliberadamente. Esto se relacionó con Daniel 10:20-21, los textos de Qumrán y la teología paulina (p. ej., 2 Tes. 2:9-12), siendo el resultado un marco coherente donde la revelación divina triunfa sobre el razonamiento humano o la experiencia sensorial, alineándose con el énfasis de la tradición apocalíptica en revelar verdades ocultas.

En ese texto se plantearon problemas de Gettier, pero no exploré si las creencias de los discípulos, incluso siendo verdaderas, no se consideran conocimiento en el sentido de Gettier. Los problemas más importantes eran, por supuesto, que si el conocimiento depende de la voluntad divina, no está claro cómo los humanos pueden verificar o justificar creencias de forma independiente si la cognición humana no es fiable sin la intervención divina. El escenario presentaba claramente la capacidad humana para adquirir conocimiento como gravemente disminuida, y a los humanos como receptores, en mayor o menor medida, pasivos. Otro problema es: si la justificación es revelación divina, y solo los elegidos la reciben, ¿cómo se puede distinguir la verdadera revelación del engaño? (Suponiendo que numerosos grupos afirmaran tener revelación divina, como es el caso en la realidad). Además, en ese texto, cito 2 Tesalonicenses 2:9-12, donde Dios envía engaño a los injustos, lo que complica la fiabilidad de las revelaciones percibidas. Si Dios puede enviar tanto la verdad como los engaños, ¿quién recibe qué?

En el libro tenía otras preocupaciones, así que pasé por alto los problemas epistemológicos en favor de mi objetivo: que el texto sugería que existen diferentes tipos de humanos, algunos que pueden "oír y ver" y otros que no. Creo que esa sería una versión muy impopular de la realidad hoy en día; sin duda, poco representativa de la DEI (Nota del editor: la Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) en el ámbito religioso representa un compromiso profundo para asegurar que todas las personas, sin importar sus características personales, antecedentes o identidades, no solo sean bienvenidas en un espacio de fe, sino que también tengan igualdad de oportunidades para participar, contribuir y sentirse plenamente valoradas dentro de esa comunidad).

La afirmación del texto de Marcos de que solo quienes poseen "órganos espirituales" pueden percibir la verdad corre el riesgo de un cierre epistémico, donde solo los individuos predestinados pueden acceder al conocimiento. Esto contradice principios epistemológicos como la accesibilidad universal (EDI) y no explica cómo los elegidos pueden confirmar su estatus sin depender circularmente de la revelación divina. Si la verdad está oculta a la mayoría de los humanos y solo se revela a los elegidos, ¿cómo puede verificarse? El texto sugiere que los demonios y Satanás también conocen la verdad (p. ej., Marcos 1:24), lo que complica la fiabilidad de la revelación, ya que seres malignos comparten el mismo conocimiento. ¿Tienen los elegidos responsabilidades epistémicas?

La epistemología de Marcos difiere de teorías tradicionales como el empirismo y el racionalismo. El empirismo postula que el conocimiento surge de la experiencia sensorial, pero Marcos sugiere que los sentidos humanos no son confiables sin la revelación divina (p. ej., Marcos 4:12). El racionalismo enfatiza la razón, pero Marcos describe el razonamiento humano como limitado, e incluso los discípulos malinterpretaron a Jesús (Marcos 8:17). En cambio, la epistemología de Marcos se alinea más estrechamente con una forma de fiabilismo divino, donde el conocimiento proviene de un proceso divino confiable (revelación), pero se restringe contextualmente a los elegidos. A diferencia del fiabilismo estándar, que evalúa los procesos de formación de creencias (p. ej., la percepción) para una confiabilidad general, el marco de Marcos requiere selección divina, lo que plantea preguntas sobre accesibilidad y verificación.

Curiosamente, las afirmaciones de Gettier encuentran un ejemplo en la narrativa de Marcos. La confesión de Pedro, "Tú eres el Mesías" (Marcos 8:29), es verdadera y justificada (basada en los milagros y enseñanzas de Jesús), pero errónea porque Pedro malinterpreta el rol sufriente del Mesías (Marcos 8:31-33). Esto se asemeja a un caso de Gettier: la creencia de Pedro es verdadera, pero no es conocimiento, ya que su verdad depende de la identidad de Jesús más que de la justificación incompleta de Pedro. De manera similar, la declaración del centurión, "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Marcos 15:39), es verdadera y posiblemente justificada (presenciar la muerte de Jesús), pero su estatus como conocimiento no está claro sin confirmación divina, dado el énfasis apocalíptico en las verdades ocultas. La epistemología de Marcos aborda esto implícitamente al sugerir que el verdadero conocimiento requiere no solo justificación, sino también alineación divina, donde la comprensión del creyente coincide con la intención de Dios. Sin embargo, esto plantea un problema: si la justificación depende únicamente de la revelación divina, ¿cómo pueden los elegidos verificar sus creencias sin confiar circularmente de la voluntad de Dios?


           © Georg Pencz/Museo Metropolitano de Arte.    La parábola del sembrador


En el texto de Marcos, la acción humana es limitada, pero no inexistente. Marcos 4:9, «El que tenga oídos para oír, que oiga», y Marcos 13:33-37, que insta a la vigilancia, sugiere que los elegidos deben responder activamente a la revelación divina. Por ejemplo, la parábola del sembrador (Marcos 4:1-20) implica que solo la «buena tierra» (los elegidos por Dios) puede recibir la palabra; sin embargo, la exhortación a «oír» sugiere cierta capacidad para cultivar la receptividad.

La epistemología de Marcos se alinea con la teoría de la correspondencia de la verdad, donde la verdad refleja la realidad divina. Sin embargo, la verificación es problemática: los demonios también conocen la identidad de Jesús (Marcos 1:24), lo que sugiere que el conocimiento sobrenatural no es inherentemente confiable. La perspectiva apocalíptica del texto -que la verdad completa se aguarda en la escatología (1 Corintios 13:12)- complica las teorías pragmáticas, donde la verdad es lo que funciona en la práctica. La comprensión parcial de los discípulos (p. ej., Marcos 8:17) carece de utilidad inmediata, lo que refuerza el enfoque escatológico.

Joel Marcus describe la epistemología de Marcos como un “choque de reinos” (p. 567), donde el reino de Dios, revelado a través de Jesús, se opone al de Satanás, que ciega a la humanidad. La Parábola del Sembrador (Marcos 4:1-20) ilustra esto: la “palabra” (la verdad de Dios) florece en “buena tierra” pero es frustrada por los agentes de Satanás (por ejemplo, las preocupaciones mundanas). La Parábola del Hombre Fuerte (Marcos 3:23-30) refuerza esto, representando a Jesús saqueando la casa de Satanás, recuperando a los elegidos. El pecado imperdonable (blasfemia contra el Espíritu Santo) subraya lo que está en juego: rechazar la revelación divina nos alinea con Satanás. Esta batalla cósmica alcanza su punto máximo en la cruz (Marcos 15:39), donde el reconocimiento del centurión de Jesús como el Hijo de Dios marca el primer reconocimiento humano de la verdad completa. Marcos argumenta que esto señala el «cambio de los tiempos» (p. 574), aunque los falsos profetas (Marcos 13:22) sugieren que la influencia de Satanás persiste. Los elegidos deben permanecer vigilantes, alineándose con el albedrío limitado mencionado anteriormente.

La persistente incomprensión de los discípulos (p. ej., Marcos 6:52, 8:17, 14:68-71) pone de relieve los límites del conocimiento humano, incluso entre los elegidos. Las negaciones de Pedro (Marcos 14:68, 71) reflejan la ceguera de los "forasteros", sugiriendo que la revelación divina es imperfecta hasta lo escatológico. Esto concuerda con los textos de Qumrán (1QS 9:18), donde incluso los justos pueden ser extraviados. El ciego parcialmente curado (Marcos 8:24) simboliza esto, al ver a los "hombres como árboles que caminan", lo que refleja la comprensión incompleta de los discípulos. (Marcus, J., 1984. "Marcos 4:10-12 y la epistemología de Marcos". Journal of Biblical Literature, 103.4, pp. 557-574.)


La idea del mundo



Nota aclaratoria: En las teorías del idealismo analítico de Bernardo Kastrup, M.A.L. significa "Mind at Large" (Mente Ampliada o Mente en Grande).
Más o menos en el mismo espíritu que la obra de Timothy Williamson, La idea del mundo (2019) de Bernardo Kastrup presenta un marco metafísico de idealismo analítico, postulando que la realidad es fundamentalmente mental -una conciencia universal o “mente en general” (MAL)- y que los fenómenos físicos, incluyendo el mundo material y las mentes individuales, son expresiones disociadas (o “alteración”) de esta conciencia singular. Kastrup argumenta que lo que percibimos como el universo físico es la “imagen” de los procesos mentales dentro de MAL, similar a un sueño, con observaciones empíricas (por ejemplo, mecánica cuántica, neurociencia) mejor explicadas por el idealismo que por el materialismo. Las mentes individuales son disociaciones localizadas de MAL, que experimentan la realidad a través de una interfaz filtrada, y el verdadero conocimiento implica acceder a la realidad mental subyacente más allá de las apariencias sensoriales.

Las afirmaciones centrales de Kastrup reformulan los fundamentos de la epistemología:

Según Kastrup, el mundo físico es una apariencia extrínseca de los procesos mentales en MAL. Los eventos físicos son como representaciones gráficas de dinámicas mentales más profundas, no hechos materiales independientes. Es decir, los fenómenos físicos son símbolos de pensamientos en MAL.

Kastrup propone además que las mentes humanas individuales son como las personas con trastorno de identidad disociativo (DID) dentro de MAL, con acceso limitado a la consciencia universal. El verdadero conocimiento implica trascender la frontera disociativa para acceder a los estados mentales intrínsecos de MAL, similar a "despertar" de un sueño. El empirismo tiene límites en el modelo de Kastrup. Los datos sensoriales (el "escritorio") son una representación filtrada, propensa a la distorsión. La neurociencia respalda esto: la percepción es un modelo construido por el cerebro, no la realidad pura.

Las ideas de Kastrup son tan sensatas y convincentes que deben analizarse en detalle, influyen en mis propios argumentos. Y sí, estoy dando vueltas en torno a la hipótesis del Sistema de Control Hiperdimensional y a lo que ocurre con la epistemología ante los Señores Supremos de la Entropía.


* Nota final agregada por el editor del blog: 

Repitamos. En las teorías del idealismo analítico de Bernardo Kastrup, M.A.L. significa "Mind at Large" (Mente Ampliada o Mente en Grande).

Este concepto es fundamental en su filosofía y se refiere a:

La Consciencia Cósmica/Universal: Kastrup postula que la realidad no es física, sino fundamentalmente mental. "Mind at Large" es el sustrato universal de la consciencia en el que todo existe, la "mente" que sueña toda la realidad sin saber que está soñando.

El "Soñador" Universal: MAL actúa como el "soñador" que genera la realidad que percibimos, siendo el primitivo ontológico de su teoría (lo que existe por derecho propio).

La Mente Disociada: Según Kastrup, nuestras mentes individuales son simplemente partes disociadas, o "alters" (alteraciones), de esta Mente Ampliada, de la misma manera que los personajes de un sueño son disociaciones de la mente del soñador.

Materia como representación: La materia o el mundo físico, en esta visión, es simplemente cómo aparecen las regularidades y patrones de la Mente Ampliada (MAL) ante nuestras mentes limitadas.

En resumen, MAL es la Consciencia Cósmica que abarca todo lo que existe, siendo las mentes humanas partes "disociadas" o fragmentos de ella.

Para Kastrup, MAL es la ignorancia de nuestra conexión fundamental con la Mente Cósmica, manifestada a través de un ego contraído que actúa con indiferencia o crueldad al olvidar que el "otro" es también uno mismo.



 Laura Knight-Jadczyk

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