Caricatura soviética. "El objetivo del capitalismo es siempre uno: Explotación. Opresión. Guerra. !Para que la pobreza y la muerte de las masas le proporcionen el máximo beneficio!". Ivan
Maksimovich Semenov, 1953
Versión original
Canal Liberalístico
(Youtube) / Transcripción de audio-video.
El material gráfico que acompaña este trabajo de 'Liberalístico' es adicionado por el editor de este blog.
Continuamos con la serie de artículos sobre economía global. Este y el anterior artículo son transcripciones textuales del canal de Youtube LIBERALÍSTICO, sitio que resalta, entre otras temáticas el campo del conocimiento en la economía y la neurociencia. Hay una razón obvia para esta selección en medio de tantos estudios académicos, el mencionado canal destaca por las sencillas y rápidas explicaciones, consigue mantener al lector (en su caso al suscriptor) atento y con interés de principio a fin. "¿De dónde salen conceptos como libertad, igualdad, justicia o bien común? ¿Por qué cambian de significado? ¿Quién decide qué es normal, qué es moral...? ¿Cómo se ha moldeado nuestra forma de pensar y obedecer?"
Discurso de vida
5 de abril 1933: El trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Delano Roosevelt, acaba de firmar una orden ejecutiva que obliga a los ciudadanos estadounidenses a entregar todo su oro al gobierno. Sus monedas, sus lingotes, sus certificados de oro. Todo. Dentro de un mes, poseer oro en Estados Unidos será delito. Y quien se niegue a entregarlo podrá enfrentarse a una multa de hasta 10.000 dólares, diez años de prisión… o ambas cosas a la vez.
A continuación, van a dar lectura a una orden ejecutiva verídica. Una orden emitida por el gobierno de Estados Unidos, el 5 de abril de 1933. La orden que, de un día para otro, obligó a millones de personas a entregar su oro y quedarse, a cambio, con billetes de la Reserva Federal sin respaldo alguno. Billetes que, apenas unos meses después, serían devaluados un 40%.
“A la atención de James Farley, director general de correos. Publique este anuncio en un lugar visible. Bajo orden ejecutiva del presidente, emitida el 5 de abril de 1933, todas las personas están obligadas a entregar, con fecha límite el 1 de mayo de 1933, a un banco de la Reserva Federal, sucursal o agencia, o a cualquier banco miembro del Sistema de la Reserva Federal, todas las monedas de oro, lingotes de oro y certificados de oro que ahora posean.Orden ejecutiva.Prohibir el atesoramiento de moneda de oro, lingotes de oro y certificados de moneda de oro. En virtud de la autoridad que me confiere la sección 5B de la Ley del 6 de octubre de 1917, enmendada por la sección 2 de la Ley del 9 de marzo de 1933, titulada “Una ley para proporcionar alivio en la emergencia nacional existente en la banca y para otros fines”, en la que, en la ley de enmienda, el Congreso declaró que existe una emergencia grave, y Franklin D. Roosevelt, presidente de los Estados Unidos de América, declaró que dicha emergencia nacional sigue existiendo, y de conformidad con dicha sección, prohíbo por la presente el acaparamiento de monedas de oro, lingotes de oro y certificados de oro dentro del territorio continental de los Estados Unidos por parte de individuos, sociedades, asociaciones y corporaciones, y por la presente prescribo las siguientes normas para llevar a cabo los propósitos de esta orden...”.
No es un país en guerra. No hay invasión extranjera. No hay catástrofe natural. Es el gobierno de la nación más poderosa del mundo diciéndole a su propia gente: entrégueme usted el oro. Quédese usted con este papelito, que ya no es un certificado de oro. Y confíe.
Caricatura soviética. "Cultura del Capitalismo". 'La civilización americana es la civilización más fea de nuestro planeta' (cita de Máximo Gorki). Artista Veniamin Briskin, 1952.
¿Cómo se llega a eso? ¿Cómo acaba un Estado democrático confiscando por la fuerza el dinero real de sus ciudadanos y dándoles papelitos a cambio? Eso es exactamente lo que vamos a explicar hoy.
Porque detrás de esa orden hay cuarenta años de historia monetaria, una guerra mundial, varias crisis y una cadena de decisiones que fueron vaciando el dinero de contenido, promesa a promesa, hasta que el día que la gente quiso refugiarse en el oro… el Estado lo prohibió por la fuerza.
Empecemos desde el principio.
EL PATRÓN ORO CLÁSICO (1870 – 1914)
Durante más de cuarenta años, entre 1870 y 1914, el mundo funcionó bajo un sistema monetario llamado Patrón Oro: cada moneda nacional equivalía a una cantidad fija y conocida de oro. Una libra esterlina eran 7,3 gramos de oro fino. Un dólar, 1,5 gramos. Un franco francés, 0,3 gramos. Un marco alemán, 0,36 gramos. Y así todas las monedas. El tipo de cambio entre dos monedas era, por tanto, pura matemática. Bastaba con calcular cuánto era 1 kg de oro en las diferentes monedas y obtenías tipos de cambio fijos entre todas ellas.
Pero cuidado, porque aquí suele aparecer un malentendido muy común. El patrón oro no significaba que todo el mundo fuera por la calle pagando el pan, el alquiler o el billete de tren con monedas de oro. ¡No! No funcionaba así… En la vida cotidiana la gente usaba billetes, monedas de cobre, monedas de plata, letras de cambio, depósitos bancarios y todo tipo de instrumentos de pago que, en esencia, eran deudas. Lo que importaba era la promesa que había detrás de esos billetes o de esos contratos.
Eran derechos de cobro donde literalmente ponía: “si usted presenta esto en este banco, le entregaremos X gramos de oro”. Y cualquiera, en cualquier momento, podía exigir esa conversión.
El oro no era el medio de pago. Era la garantía última. El ancla que mantenía todo en su sitio. Pero… esa ancla tenía una consecuencia política enorme, que es exactamente la razón por la que los gobiernos siempre han odiado el patrón oro: les impedía gastar más de lo que tenían.
Bueno. En realidad, no era tan absoluto. A finales del siglo XIX ya no todo el dinero estaba respaldado al cien por cien por oro físico. Había bastantes más billetes y promesas de oro, que oro disponible. Y esto era, ya entonces, un asunto jurídicamente muy controvertido. Porque la pregunta era evidente: ¿hasta qué punto es legítimo prometer oro que no se tiene?
Lo importante ahora es entender esto: el respaldo del patrón oro no era una equivalencia física perfecta entre billetes y gramos de oro. Era un sistema de convertibilidad: mientras el público creyera que podía convertir sus billetes en oro cuando quisiera, el sistema funcionaba. Por tanto, una cosa es el sistema del patrón oro que significa que la deuda que circula como medio de pago, en última instancia está respaldada por oro. Y otra cuestión diferente es si jurídicamente se debería permitir a los bancos emitir deuda, billetes, sobre un oro que no poseen. Esto último se conoce como el debate del coeficiente de caja. En cualquier caso, incluso sin un coeficiente de reserva en oro del 100% sobre los billetes emitidos, la confianza durante el patrón oro tenía una diferencia fundamental respecto a la confianza actual.
Entonces, si la confianza se rompía, había una prueba final. El oro. Hoy, si la confianza se rompe, solo queda otra promesa. Y luego otra. Y luego otra… El patrón oro tenía muchos defectos, muchas tensiones y muchas grietas. Pero tenía una virtud que los sistemas posteriores fueron perdiendo poco a poco: obligaba a que las promesas monetarias tuvieran algún tipo de límite externo.
Izq. "El rostro del fascismo", Viktor Deni, periódico Pravda 1927. Derecha, El rostro del capitalismo. Hipocresía y propaganda: "Parches nuevos en un abrigo viejo". Autor: Fedir Kozlynsky, Revista soviética ucraniana Perets, 1965
Y ese límite se notaba especialmente cuando un país importaba más de lo que exportaba. Cuando eso ocurría, empezaba a perder oro, tiene que pagar oro a otros países por esas importaciones y los países le exigen oro a cambio. Al perder oro, se reduce su base monetaria. No puede emitir tantos billetes, porque hay menos oro que los respalde. Y con menos dinero en circulación, los precios bajan. Si hay el mismo número de bienes, pero menos dinero para intercambiar por esos bienes, el precio de esos bienes tenderá a caer. Del mismo modo, como el dinero es más escaso, los tipos de interés subirán y eso hará que se reduzca el crédito. Pero, al mismo tiempo, esa bajada de precios hace que los productos de ese país sean más competitivos para los compradores extranjeros y, en consecuencia, las exportaciones suben. ¿Y qué ocurre paralelamente con las importaciones? Pues que bajan, porque importar se vuelve más difícil y más caro. Y si poco a poco, las exportaciones suben y las importaciones bajan, el déficit se corrige solo.
Sin que ningún político tenga que decidir nada. No era agradable, ni mágico… pero el patrón oro sí que tenía su propio mecanismo de ajuste automático para impedir un déficit estructural: si un país vivía por encima de sus posibilidades, perdía oro. Y si perdía oro, perdía poder y perdía control. No podía esconder el problema eternamente debajo de una montaña de deuda pública, tipos artificiales y comunicados tranquilizadores. Al final, tendría que ajustarse y, precisamente por eso, era tan incómodo para los Estados, que veían limitada su capacidad de endeudamiento y, con ello, su poder.
Ahora bien, tampoco hay que imaginar a lo países enviándose cofres de oro cada vez que compraban trigo, carbón, acero o maquinaria. No funcionaba así. Un país podía pagar importaciones con exportaciones, con crédito, con letras de cambio, con saldos bancarios o con compensaciones financieras. El oro solo aparecía al final. Como juez último. Como liquidación definitiva cuando los desequilibrios se acumulaban demasiado. Y aquí aparece otro detalle técnico, pero muy importante. No olvidemos que transportar oro era caro. Había que custodiarlo, asegurarlo, moverlo, protegerlo. No era lo mismo transferir una anotación bancaria que enviar metal físico de un país a otro. Por eso, en la práctica, los tipos de cambio podían fluctuar ligeramente alrededor de la paridad oficial. A esos límites se les llamaba puntos de oro.
Mientras el tipo de cambio se moviera dentro de esa pequeña banda, no merecía la pena enviar oro físicamente. Pero si el cambio se desviaba demasiado, entonces aparecía una oportunidad de arbitraje. Es decir: alguien podía comprar barato en un lugar, vender caro en otro y ganar dinero simplemente aprovechando la diferencia. Y esa oportunidad de beneficio empujaba el sistema de nuevo hacia el equilibrio. La idea más importante detrás del sistema del patrón oro es que no necesitaba que un comité decidiera cada mañana cuál debía ser el tipo de cambio correcto. El arbitraje, los incentivos y el mercado hacían ese trabajo con mucho gusto.
Y hubo un sitio donde se especializaron mucho y, además muy bien en hacer ese trabajo. Durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, la libra esterlina fue la gran moneda internacional y Londres el corazón financiero del mundo. Más concretamente, la City. Y, dentro de la City, una calle que se convirtió casi en el símbolo del capitalismo financiero británico: Lombard Street.
Allí se concentraban los bancos, las grandes aseguradoras… desde allí se movía toda la arquitectura invisible que sostenía el comercio internacional del imperio económico británico. Un imperio que, por aquel entonces, dominaba las rutas comerciales, las finanzas, los seguros y el crédito internacional. Antes de la Primera Guerra Mundial, los EEUU de América, todavía miraban desde la segunda fila. Pero ese mundo tenía una debilidad. Una debilidad muy antigua, que aparece una y otra vez en la historia del dinero: la guerra.
"La devaluación del dólar y el tipo de cambio flotante", de la serie "Capitalismo sin máscara". Los personajes con sombreros de copa en una balsa improvisada representan a los capitalistas o banqueros occidentales, a merced de las inestables "olas" del mercado. La balsa lleva una bandera con la inscripción "Tipo de cambio flotante". Un hombre se está cayendo de la balsa sobre una tabla que dice "Devaluación del dólar". La traducción del texto en la esquina superior derecha: "Las olas arrojan una balsa destartalada - Ahora se sumerge, ahora flota... - Tipo de cambio libremente flotante - Un recurso muy dudoso". Autor: V. Gryzlov, 1977.
PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914 – 1922)
Cuando los Estados, y no digamos los Imperios, hacen eso que tanto les gusta hacer -entrar en guerra-, descubren rápidamente que la disciplina monetaria del patrón oro es muy incómoda. Un ejército cuesta dinero. Las armas cuestan dinero. Los barcos, los uniformes, la munición, los suministros, la propaganda… todo cuesta dinero. Y si un Estado quiere financiar una guerra emitiendo billetes, pero esos billetes pueden convertirse en oro, el público puede acudir al banco y exigir el oro. Cosa que la gente suele hacer cuando se entra en guerra, no vaya a ser que haya que salir huyendo. Y justo entonces aparece la temida corrida bancaria. Para evitarlo, muchos gobiernos suspendían la convertibilidad. Por ejemplo, Reino Unido la suspendió durante más de 20 años durante las guerras napoleónicas entre 1797 y 1821. Luego la volvió a suspender durante la primera guerra mundial en 1914. Y también lo hicieron Alemania, Francia, Rusia… prácticamente todos los países europeos, porque todos necesitaban poder financiar la guerra sin limitaciones y el oro se lo impedía.
Lo que hacían era muy sencillo; emitían más billetes que oro, con lo cual circulaban derechos de cobro sobre un oro que no existía. En realidad, era una estafa piramidal, los primeros que acudiesen a retirar el oro cuando se permitiese la convertibilidad cobrarían el oro y cuando ya no quede más oro o se nieguen a entregarlo te quedas sin oro, con un bonito papel firmado. Pero entre tanto, los Estados prohibían a sus ciudadanos exigir el oro y de ese modo podían emitir billetes sin respaldo sin miedo a una corrida bancaria, y con ello financiar la guerra. Y ya pensarían después cómo volver a ponerlo todo en orden.
El problema es que ese “después” llegó en 1919, con el fin de la primera guerra mundial. Y, para aquel entonces, el problema era gigantesco. Los Estados habían emitido tantos billetes y acumulado tanta deuda que volver al patrón oro clásico era casi imposible.
Porque para regresar a la antigua paridad, una moneda tenía que volver a valer oficialmente lo mismo en oro que antes de la guerra. De cara a sus ciudadanos se suponía que simplemente habían suspendido temporalmente esa convertibilidad. Pero ya hemos visto que la realidad era muy distinta, durante el conflicto los gobiernos habían emitido tantos billetes que el oro que tenían en reservas no guardaba ninguna proporción con el dinero en circulación. La consecuencia era que tu moneda quedaba sobrevalorada, y eso era un problema enorme: tus exportaciones se vuelven muy caras, tu industria pierde competitividad, y para recuperar el equilibrio necesitas una deflación interna brutal: bajar precios, bajar salarios, recortar gasto, contraer el crédito y provocar un ajuste social durísimo. Todo esto en plena posguerra. En otras palabras, fingir que con el dinero no había pasado nada implicaba hacer trabajar a todo el país mucho más duro que antes y por mucho menos, sin capacidad de ahorro, hasta que el equilibrio se reajustara solo.
A pesar de todo, algunos países lo intentaron. Reino Unido fue el caso más sonado: en 1925, Churchill decidió volver a la paridad de antes de la guerra. La idea era recuperar el prestigio y la solidez de la libra. Demostrar que Gran Bretaña seguía siendo Gran Bretaña, pero fue un desastre. Keynes lo criticó públicamente y con mucha rabia, escribió un panfleto titulado “Las consecuencias económicas del Sr. Churchill”, donde le dijo de todo menos bonito. Y lo cierto es que Keyne tenía razón, advirtió de unas consecuencias que se cumplieron y la economía británica pagó el precio durante años. Entró en una espiral de desempleo crónico y estancamiento, y las industrias exportadoras, como el carbón quedaron aplastadas por una libra sobrevalorada que no les permitía competir en el mercado. Seis años después, en 1931 Reino Unido, abandona finalmente el Patrón oro.
Su experimento demostró las consecuencias de incumplir las promesas que implica el patrón oro. Pero lo más revelador no es que fracasara, eso se veía venir… lo más revelador es que, curiosamente, la lección que los Estados extrajeron de aquel fracaso no fue "hay que ser más disciplinados con el gasto". Fue: "el patrón oro es demasiado rígido. Necesitamos algo más flexible".
Y para darle forma a esa flexibilidad, convocaron una conferencia.
Abril de 1922. Génova, Italia.
34 países se reúnen en busca de acuerdos para reconstruir el comercio y el sistema financiero internacional tras la Primera Guerra Mundial. El sistema monetario está destrozado, nadie tiene suficiente oro para volver a la paridad de antes de la guerra, y hace falta inventar algo que suene a orden sin serlo del todo.
A esa solución la llamaron “patrón cambio oro”.
Izq. “Sociedad de Naciones. Internacional Amarilla. ¡Capitalistas de todos los países unidos!”, Víktor Deni, 1920. Derecha, caricatura soviética de M. Abramov, el texto dice lo siguiente: "A juzgar por el proyecto de reforma fiscal presentado no hace mucho por la administración de EE. UU., los que peor la pasan en América son... las corporaciones y los bancos más grandes. Es precisamente para sus ingresos que se ha previsto, de manera conmovedora y atenta, la mayor reducción de impuestos. El grueso de la carga fiscal recae, «por tradición», sobre los sectores menos favorecidos de la población. Ya están acostumbrados... Mientras tanto, unos 34 millones de estadounidenses viven en la miseria, encontrándose, por culpa de la sociedad burguesa, por debajo de la llamada «línea oficial de pobreza»." Revista Krokodil, 1985
EL PATRÓN CAMBIO ORO de Entreguerras (1922 – 1944)
¡Ojo a lo que se les ocurrió! En el patrón oro clásico, cada moneda prometía unos gramos concretos de oro. Pues bien… en el patrón “cambio oro”, esa relación se volvió indirecta. El retorno parcial al patrón oro se logró permitiendo a los bancos centrales mantener parte de sus reservas en monedas que, a su vez, eran directamente intercambiables por oro. Algunos países seguían prometiendo una cantidad fija de oro. Pero otros, en lugar de prometer oro, prometían divisas de países que, a su vez, prometían una cierta cantidad de oro. Y aquí empieza la cadena.
Y hay un detalle que resume perfectamente el espíritu de todo esto: los ciudadanos ya no recibirían monedas de oro a cambio de sus billetes, como ocurría antes de la guerra. Si querías canjear, tenías que hacerlo en grandes lingotes de oro, completamente inútiles para las transacciones del día a día. Es decir: la convertibilidad seguía existiendo sobre el papel. Pero en la práctica, la habían hecho imposible para cualquier ciudadano normal. El oro quedaba en las bóvedas. Y la gente, con sus promesas.
¿Y qué países podían prometer oro en aquel momento y parecer creíbles? Principalmente dos: Reino Unido y Estados Unidos. La libra seguía siendo una moneda central, pero Gran Bretaña ya no era la potencia financiera incontestable que era antes. Estados Unidos, en cambio, había salido de la guerra mucho más fuerte que nadie.
Mientras Europa se destruía a sí misma, EEUU acumuló más oro que ningún otro país. Y no solo eso, también una enorme capacidad industrial y un poder financiero sin rival en aquel entonces. Y por eso, las monedas elegidas para ser convertibles fueron la libra y el dólar.
Un país podía emitir billetes respaldados por libras o dólares. Y esas libras o dólares, a su vez, prometían ser convertibles en oro. Sobre el papel, el sistema seguía conectado al oro en última instancia. Pero en la práctica, la distancia entre el ciudadano y el oro era cada vez mayor. Ahora había una promesa apoyada sobre otra promesa. Y esa promesa, a su vez, descansaba sobre otra. Esta estafa que crearon en 1922 en Génova tenía un pie a cada lado del Atlántico, pero el centro financiero, el corazón de este nuevo sistema, ya no estaba en Londres, estaba en Nueva York. Pasó de Lombard Street a Wall Street. La libra había reinado durante décadas, pero el dólar había logrado, por fin, conquistar el trono.
Pero antes de que pudiera sentarse en él, llegó algo que nadie había visto venir con esa magnitud. Una de las mayores crisis económicas de la historia de Estados Unidos. La Gran Depresión.
LA GRAN DEPRESIÓN
Jueves Negro - 24 de octubre de 1929
La bolsa de Nueva York se desploma. Ese día se comercializaron 12,9 millones de acciones, una cifra sin precedentes para la época. El lunes siguiente cae otro 13%. Y el martes, el mercado colapsa definitivamente. Lo que vino después fue la mayor catástrofe económica del siglo XX. Miles de bancos cerraron, muchas empresas quebraron, el consumo cayó en picado y millones de personas perdieron su empleo.
En 1932 el número de desempleados ascendía a 40 millones de personas en todo el mundo. El comercio internacional se hundió. Los precios de las cosechas cayeron hasta un 70% en algunos países. Y la gente, aterrorizada, hizo lo que siempre ha hecho la humanidad cuando pierde la confianza en el sistema: empezó a acumular oro.
Izq. “Gulliver en Estados Unidos (Desempleo en EEUU)”. "La cifra de desempleados en EE. UU. alcanza los 5 millones de personas (de los periódicos)". Autor: Boris Moiséevich Shapoval, datada entre 1930-1934. Derecha, “Desempleo. Viejo invitado en el Nuevo Mundo” (inflación, desempleo, crisis). Valeriy Glyvenko, Revista Perets, 1975
Y ahí estaba el problema para el gobierno estadounidense, que era, junto con Reino Unido, quien soportaba en última instancia la presión sobre el oro. La Reserva Federal exigía que al menos el 40% de cada billete emitido estuviera respaldado por oro. Pero con la gente retirando oro del sistema a marchas forzadas, la Fed se quedaba sin margen para crear dinero. Y sin dinero nuevo, sin crédito, sin liquidez, la economía se asfixiaba cada día más y más.
Franklin D. Roosevelt lleva apenas unas semanas en la presidencia cuando se enfrenta a la decisión. El sistema bancario está prácticamente paralizado. Las reservas de oro casi agotadas. Y el país hundiéndose. El 5 de abril de 1933 firma la Orden Ejecutiva 6102. De la noche a la mañana, poseer oro en Estados Unidos se convierte en un delito.
Todos los ciudadanos tienen hasta el 1 de mayo, menos de un mes, para entregar sus monedas, lingotes y certificados de oro, so pena de una multa de hasta 10.000 dólares, diez años de prisión, o ambas cosas a la vez. Es decir: el mismo Estado que durante décadas había dicho que sus billetes eran convertibles en oro, ahora decía exactamente lo contrario. “Entrégueme usted el oro. Quédese usted con el papel. Y confíe”.
Pero esta vez, la confianza ya no era una promesa. Era una orden. Y si hacía falta, una orden a punta de pistola. Cuando el ciudadano quiso refugiarse en el oro, el Estado descubrió algo muy sencillo: que no podía permitir que la gente escapara del sistema monetario que él mismo estaba intentando salvar. Roosevelt confiscó el oro de los estadounidenses. Después de eso, Estados Unidos devaluó el dólar. Y el oro que ayer te obligaban a entregar por 20 dólares la onza, poco después valía 35.
Esta orden es una de las grandes escenas olvidadas de la historia monetaria moderna. Porque demuestra algo muy incómodo: que incluso un país democrático, constitucional, con una tradición centenaria de respeto a la propiedad privada, puede pasarte por encima en cuanto el sistema que ha construido empieza a tambalearse. Y cuando eso ocurre, la confianza deja de ser confianza. Se convierte en lo que siempre estuvo debajo: obligación. Coacción. Una orden a punta de pistola disfrazada de emergencia nacional.
Ayer fue el oro. Mañana puede ser tu cuenta bancaria, tu vivienda o tu bitcoin. Porque el Estado, cuando necesita salvarse a sí mismo, siempre recuerda lo que es: el único actor dentro de un territorio que puede obligarte a hacer algo... por la fuerza.
Y lo más fascinante de todo es lo que vino después.
Porque este mismo Estado que confiscó el oro de sus ciudadanos, que los obligó a usar un papel que meses después devaluó un 40%... acabó siendo presentado ante la historia como el salvador. El héroe que rescató al mundo de la Gran Depresión. Como en toda buena leyenda, hacía falta un monstruo, hacía falta una crisis... y hacía falta alguien que apagara el incendio. Aunque fuera el mismo que lo había prendido.
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Original de Canal Liberalístico





