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01 noviembre 2018

Nazismo y Monarquía (1)




por Tito Andino U.


¿Qué pasó con las casas reales alemanas durante el Tercer Reich?. ¿Cuáles eran los anhelos del Kaiser Guillermo II y de los pretendientes al trono?. ¿Querían o no los nazis aprovecharse de ellos para conquistar el poder?. ¿Deseaba Hitler ser coronado como Kaiser?. Incógnitas que iremos repasando en los siguientes artículos con la ayuda de un magnífico material disponible, cotejado con otras fuentes de información. 

La anterior entrega, El nazismo un ensayo imperial, ha dado mucho que hablar, muchas críticas negativas al artículo (de los neonazis, obviamente) acerca de las pretensiones imperialistas nazis; mas, los comentarios positivos son un reconocimiento a un esfuerzo investigativo serio. Sobre esos comentarios surge la idea de dar continuidad al tema sobre aquella etapa de la historia alemana. 

Un breve antecedente histórico es necesario en este punto. Es histórico y documentado que la Gran Guerra también tuvo tintes familiares. El Zar Nicolás II de Rusia, el Kaiser Guillermo II de Alemania y el Rey Jorge V del Reino Unido eran nietos de la Reina Victoria del Reino Unido, es decir, eran primos. Para aclarar mejor las cosas, Victoria era abuela directa de Jorge V y de Guillermo II, en cuanto a Nicolás II, su madre fue la hermana de la madre de Jorge, es decir, era nieto político de la Reina Victoria.

La princesa alemana Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld (alemana) fue la madre de la Reina Victoria (casada con el duque de Kent, Eduardo); el nombre secular de la futura reina Victoria era Alexandrina Victoria de Hannover (casa real de Hannover). La reina Víctoria casó con Alberto de Sajonia-Coburgo (es decir, con un alemán). La reina Victoria fue la última monarca de la casa de Hannover. Su hijo y sucesor, Eduardo VII, era miembro de la nueva casa real de Sajonia-Coburgo-Gotha.  

El monarca ruso y el británico fueron aliados y enfrentaron a su primo alemán, el conflicto puso punto final a los estados monárquicos de Alemania y Rusia. Terminada la guerra solo Jorge V conservó su imperio, Nicolás II fue ejecutado y Guillermo II se exilió en los Países Bajos (Holanda). El Rey Jorge, pasado algún tiempo, cambió el nombre de la familia para eliminar sus vínculos familiares que los ataba a los alemanes, adoptando el de Windsor

Es evidente que los emparentamientos de los hijos de la reina Victoria con las casas reales europeas buscaba mantener la estabilidad político y social en Europa, pero causó el efecto contrario con la llegada de la Gran Guerra. Una magnífica descripción de esos vínculos familiares y personalidades de los tres citados (quizá la más completa) fue escrita por la historiadora británica Miranda Carter, “The Three Emperors: Three Cousins, Three Empires and the Road to the World War One” (Los tres emperadores: tres primos, tres imperios y el camino hacia la Primera Guerra Mundial).


Hitler en escena




Sigue siendo polémico y materia de controversia actual entre los historiadores la real inclinación política de Hitler. Las siguientes líneas podrían ser vistas como contradictorias, pero no lo son. Debido a la compleja temática y sobre todo al indescifrable accionar de un delirante Adolf Hitler, quien se creía elegido por la "Providencia", debemos entender que asumía encontrarse por encima de cualquier doctrina. Iniciando su bullada actividad se declaró "revolucionario socialista"... pero nacionalista, no como los comunistas que eran "socialistas internacionales".

Algunos sostienen que fue un conservador (derecha política); otros siguen creyendo que nunca fue un conservador y eso, en parte, es cierto. No podríamos decir exactamente que era un conservador ya que despreciaba todas las instituciones tradicionalmente agrupadas en esa tendencia: la monarquía, la aristocracia y la religión judeo-cristiana, solo en ese sentido se apartaba de la derecha (pero le daba igual, trabajaba para ella y pactó con ella para asumir el poder). 

No obstante, la actividad política a lo largo de su carrera tampoco fue de izquierda, mucho menos "revolucionario". En este punto podemos señalar que imitó a Mussolini, "socialista" de discurso pero derechista en la norma (y en eso no hay ninguna diferencia con cualquier político demagogo, sea de derecha o de izquierda: hablar en nombre del pueblo, rasgarse las vestiduras por el pueblo, llevar a la guerra al pueblo, etc.)

Llama la atención esa admiración inicial de Hitler a Mussolini, cuando hizo su primera visita de Estado a Italia, pudo percatarse que quien manejaba los hilos era el Rey Víctor Manuel III, como jefe de estado, Mussolini era un simple jefe de gobierno. Luego, también tuvo que tragarse su orgullo y abrazar al rey Boris III de Bulgaria, a quien, para variar, aborrecía; tampoco apreciaba al rey Miguel de Rumania, y éstos nominalmente fueron sus aliados en la guerra.

Hitler hubiese tomado, en su tiempo, como un insulto calificarlo como conservador ya que despreciaba a los Habsburgo y todo lo que significaba el Imperio Austro-Húngaro, dónde había nacido, lo aborrecía, insistía que los "judíos" Habsburgo favorecían a los eslavos. La alianza entre Austria-Hungría y Alemania en la primera guerra mundial, era para él una "alianza profana", una "hipocresía de los Habsburgo, que permitió a los gobernantes austriacos crear la apariencia externa de que Austria era un estado alemán", eso está escrito, no es invención. Esa enorme incoherencia hitleriana fue la razón para que se enrole como voluntario en un regimiento bávaro del "puro" Imperio Alemán; luego vendría su codicia de unificar a los austriacos, por constituir parte de los pueblos germánicos en un solo Imperio. 

En su mundo de contradicciones, Hitler el austríaco "socialista" anti Habsburgo era, a la vez, un pro-monárquico de las élites alemanas de quienes se desilusionó al poco.

Fue una familia real alemana, la Casa de Wittelsbach, la que recibió el apoyo del pueblo ante el fallido golpe de Estado del 8 y 9 de noviembre de 1923 de un ingenuo Hitler que aspiraba obtener el apoyo de los numerosos monárquicos aglutinados tras la figura del príncipe heredero Ruperto (Rupprecht) de Baviera, quien, desde el inicio, denunció a los nazis. 





Entonces, el odio de Hitler a la monarquía alemana se derramó ante tal desprecio, al poco quedó reflejado en el "Mein Kampf". Solo a partir de esa humillación tomó -supuestamente- la línea "socialista" para denunciar a la "aristocracia judía" y esbozar una futura "Nueva Alemania" en que prevalecería una aristocracia de la raza y de la sangre, una raza de señores que aboliría, según él, toda distinción entre clases ("aplicable" solo a la "raza aria").

¿Cómo conseguiría eso? Siendo una incipiente fuerza política que condenaba con vehemencia a los conservadores, aristocráticos, monárquicos, industriales y financieros "judíos" -aglutinados en la derecha-, se acercó a ellos, consiguió su apoyo y selló alianzas que le llevaron al poder. Con ello ratificó que sus enemigos eran los auténticos socialistas y comunistas contra quienes despotricaba abiertamente, acusándolos de seguir la línea del judaísmo internacional.

Era evidente que no fue un "revolucionario socialista"; y, por descontado, tampoco era un conservador; sus inclinaciones más bien monárquicas eran peculiares, propias de un caso patológico que se agudizó al ser humillado por los monárquicos; el "nacionalsocialismo", igualmente era puro cuento. Entonces, políticamente que era Hitler? 

Siguiendo sus líneas y comportamientos personales, no hay duda que su inclinación ideológica iba a la derecha, pero rechazaba los partidos políticos de esa tendencia (conservadores, monárquicos). Para él no existía otra opción que su propia doctrina; por todo lo que significó el nazismo esa corriente fue una expresión radical de derechas, una variante de eso que en general denominamos fascismo, creado precisamente para combatir a la izquierda y al naciente movimiento obrero. 

Otro rasgo peculiar de la personalidad política de Hitler constituyeron sus aspiraciones señoriales, sus delirantes sueños por ser aclamado como futuro Kaiser de los alemanes. Su concepción del mundo lo delata irremediablemente como un nacionalista monárquico, pero no vasallo de un señor, él era la encarnación de ese Señor. 

Hitler rechazaba la monarquía existente, al mismo tiempo, admiraba a unos cuantos emperadores que, según él, "aparecían a intervalos tan infrecuentes", -y él se consideraba un caso infrecuente-. Solo la grandiosidad de la Providencia permitiría que él forme parte de ese círculo de figuras casi divinas.

Como vemos, una valoración de las inclinaciones políticas de Hitler no puede ser explicada a la sana luz de una crítica racionalista, sino como un caso clínico y hasta mistérico (de misticismo). El mismo Hitler se encargó de aclarar que quien cree conocer al nacionalsocialismo solo como una fuerza política es que no conoce nada. La propia organización de su movimiento y las reglas del ala paramilitar (SS) nos adentran en un mundo muy alejado de la política cotidiana tal como la conocemos; muchos de esos líderes, Himmler, por ejemplo, pertenecían a grupos esotéricos extremistas. Hitler hablaba de crear una orden de Caballeros Iniciados, la "Orden Negra" (en las SS). (Esto ya lo hemos tratado en otras ponencias:  La Alemania nazi y la Rusia soviética: Sustitutivos de la fe y Pseudo ciencia en el país nazi  ).


El Kaiser Guillermo II, último Emperador de Alemania y último Rey de Prusia. A la derecha, Adolf Hitler, autonombrado Führer de los alemanes.



Por otro lado, el Kaiser Guillermo II, en un infundado temor, creía que otras casas reales, como los Habsburgo (Casa Real de Austria. Como sabemos, los Habsburgo ocuparon un largo periodo el trono del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1438 y 1740); o, los Wittelsbach (Casa Real de Baviera), pretendan también reclamar la corona abdicada por los Hohenzollern

La verdad es que, tanto los austriacos como los bávaros y todas sus ramas eran probados antinazis. El Príncipe Ruperto de Baviera y el Archiduque de Austria, Otto, tuvieron que exiliarse y algunos miembros de su familia terminaron en los campos de concentración. Los Habsburgo ya habían dejado de ser competencia hace mucho tiempo, no obstante, Hitler y los nazis los declararon enemigos del estado, dictándose leyes en su contra. Así que, tal fue la paranoia de Guillermo II que inicialmente abrazó a los nazis para impedir la "competencia" al trono. 


En la posguerra hubo aspiraciones por restaurar esas monarquías pero, en el caso bávaro, fueron las fuerzas de ocupación estadounidenses las que se opusieron. 

Guillermo II tenía una sola voluntad, restaurar la monarquía, exclusivamente para él o sus descendientes; sobra decir que quien podía conceder tal acto de "magnificencia" era el nuevo "Führer" de los alemanes, Adolf Hitler, solo él podía restaurar a los Hohenzollern en el trono del Reich, un triste y mal sueño del ex Kaiser. El único que aspiraba legitimarse y erigirse -por derecho propio- como nuevo Emperador del Reich de los Mil Años- no era otro que el aprendiz de guía espiritual de los germanos, Adolf Hitler y eso solo podía hacerlo mediante la guerra de conquista y con los símbolos imperiales germánicos que iba apoderándose.

En los años de lucha por el poder, los viejos y conservadores monárquicos creían poder utilizar al cabo "socialista" que causaba revuelo en las calles, pese a ello sabían darse su lugar, repudiaban a Hitler y él correspondía con creces esos sentimientos. Hitler, un hombre sin escrúpulos, se valió de la monarquía y de la clase aristocrática, les resultaba interesantes para sus propósitos: legitimarse en el poder y recibir apoyo para sus guerras imperiales. Esos pasos le permitirían en el futuro aspirar a cosas más grandes -la Corona del Reich-. 

Inicialmente el venerado anciano, mariscal Paul von Hindenburg, se burló de la idea de convertir al "cabo bohemio" en canciller, dijo en broma que él "no lo haría ni director de correos de Bohemia mucho menos canciller". Mientras tanto, varios miembros de la realeza y aristocracia optaron por seducir a los nazis enrolándose en sus filas, pensaban que desde esa posición podrían consolidar una restauración monárquica, se engañaban.



Hitler junto al mariscal Paul von Hindenburg



Hoy sabemos con tanta certeza que las insinuaciones nazis de restaurar en el poder al Kaiser Guillermo II era una jugarreta para conseguir el voto de los monárquicos, a la vez que ganaba apoyo popular, inicialmente el Kaiser lo creyó. Ese ridículo idilio no duró mucho tiempo, Guillermo II calificaría al Führer alemán como deshonesto y loco de poder, la respuesta de Hitler fue denunciar al Kaiser como "amante de los judíos". Ya era tarde, la dictadura y el camino del Imperio Hitleriano había iniciado, lo único que importaba en adelante era la figura Mesiánica de Hitler.

Tras el fracaso del golpe de estado, el 20 de julio de 1944, Hitler vio la oportunidad de eliminar definitivamente a quienes temía y odiaba -la aristocracia-, fue precisamente en esos círculos donde nació la conspiración. Fue implacable en su persecusión, encomendó la tarea a Heinrich Himmler. Apenas dos semanas después del fallido plan, se decretó la doctrina de la "sippenhaft", es decir, la "culpa de la sangre" o "responsabilidad de sangre", supuestamente basada en una antigua tradición germánica. La norma hitleriana declaraba a la traición como una manifiestación de la sangre enferma, no solo del culpable, sino la de todos los integrantes de su familia. Himmler tenía claras las órdenes de su amo: "todos serían exterminados, hasta el último integrante del clan", era evidente que conforme la "sippenhaft", "habrá que extinguir hasta el último miembro de la familia del conde Stauffenberg".

Pero algo inesperado ocurrió, Himmler, el perro fiel de Hitler, no se atrevió aplicar la doctrina del todo, el Reichsführer de las SS sentía (en el fondo) adoración por la aristocracia y la alcurnia. Él decidió que "la sangre de familias como los Stauffenberg era demasiado preciosa como para malgastarla indiscriminadamente. En dicha sangre residía la pujanza y el vertu de los futuros dirigentes de Alemania. Así fue como la mayoría de los Stauffenberg se libraron del exterminio. Muchos fueron enviados a campos de internamiento. Distanciaron a los parientes y separaron a los niños de sus padres para confiarlos al cuidado del Estado. Las esposa e hijos de Claus y Berthold von Stauffenberg sobrevivieron, lo mismo que el otro hermano, Alexander, que no participó en la conspiración".

Cuentan los redactores del libro "Secret Germany" que ni los propios investigadores de las SD (servicio de seguridad de las SS) se escaparon de esa admiración hacia sus víctimas, los investigados e interrogados oficiales aristocráticos de la Wehrmacht. Ernst Kaltenbrunner, Jefe del SD, a petición de Hitler tuvo que ordenar redactar un informe detallado sobre la conspiración y sus promotores. Tal debió ser la profunda consternación del SS y de Hitler que no se habló del tema, el concluyente informe terminó con un carpetazo. La realidad era que los propios nazis no dejaron de sentir admiración por esos hombres de distinguida personalidad y alta graduación. El informe describía a Stauffenberg como "un hombre realmente universal" y "un espíritu ígneo que fascinó y sirvió de fuente de inspiración a todos los que estuvieron en contacto con él"

Sería especular sobre la reacción de Hitler ante ese informe,  aunque sus reacciones eran ya conocidas ante la adversidad, es lógico suponer que su silencio se debía a las conclusiones del SD, aquellos hombres -los conspiradores- actuaron por patriotismo y no por traición, a esas alturas de 1944 ni el más fervoroso nazi podía desconocer el desastre al que habían sido conducidos por su Führer y sus pretendidas ínfulas imperiales. 

Conclusiones:


La corona, el orbe y el cetro de los Habsburgo, fueron sustraídos por Hitler del Palacio Imperial de Hofburg de Viena, antigua residencia de los Habsburgo, durante su visita a la ciudad tras el Anschluss (12 marzo 1938). Hitler aprovechó su discurso pronunciado en el Palacio de Hofburg, el 15 de marzo, para apoderarse de las joyas de la corona.


El "triunfo" de Hitler contra la monarquía se consolidó en la posguerra, un proceso que culminó con la desaparición de algunas monarquías europeas como la italiana, serbia, búlgara y rumana y la imposibilidad de rehabilitarlas en Alemania y Austria. El "socialismo" de Hitler produjo un acontecimiento no programado, el imperialismo, en estricto sentido, empezó a sucumbir en el mundo, dando pasó a las repúblicas presidenciales y parlamentarias y la aparición de las superpotencias mundiales y el manejo del mundo por otras vías (la globalización económica).

Hitler perdió la guerra, sí; consiguió que Alemania sea destruida, también. Pero, no necesariamente sus verdaderos patrocinadores fueron derrotados; al contrario, los grandes industriales y banqueros, las empresas internacionales, los supremacistas europeos salieron airosos de los procesos judiciales a los que se vieron sujetos como cómplices del nazismo, erigiéndose, una vez más,  como la nueva fuerza motora del destino económico y político de la vieja Europa. 

La hora de los políticos había terminado era el momento de dar paso a la gran industria que estableció -desde entonces- la regla básica: enemigos y amigos son la misma cosa en política, izquierda y derecha irán tras los mismos objetivos (hasta hoy). 


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II parte

Nota de Introducción del redactor del blog


Las siguientes ponencias no son de mi autoría, no es uno, son varios artículos unificados, no obstante, por su larga temática serán presentados, aun, en las dos siguientes entradas del blog. Originalmente están redactados en la lengua inglesa, me he dado el trabajo de traducirlos, respetando su contenido original y el pensamiento de su autor. Me he decantado por esta serie de artículos porque -salvo la exagerada defensa al "honor" del Kaiser Guillermo II y de las élites monárquicas- lo cual no es necesariamente falso, si suele -el autor- mostrar su inclinación por sobreproteger (en demasía) las fantasías, autoengaños y humillante posición de algunos miembros de la nobleza alemana ante el nazismo.
La siguiente lectura y las que vendrán (en dos futuras entradas) son autoría de un pro monarquista inglés, "The Mad Monarchist", (obviamente su redactor prefiere el anonimato). Debo dejar aclarado que no comparto su enfoque ideológico, mi interés es puramente histórico -como lo he repetido en muchas oportunidades-. Que el título citado no sea menospreciado, su contenido es altamente fiable y documentado; en rasgos generales, se ajusta a los acontecimientos de la historia que nos interesa para nuestro propósito. El autor expresa: "Este es un blog pro-monarquía escrito por un monárquico". La advertencia está dada, así como la necesaria explicación.



EL KAISER Y EL FÜHRER




Cuando el último Kaiser alemán, Wilhelm (Guillermo II) se exilió en Holanda en 1918, fue un hombre rechazado por su país, traicionado por su ejército y demonizado por el mundo; debemos comprender qué tan cerca estuvo de la humillación pública y de la ejecución después de la primera guerra mundial y cómo llegó ha adoptar su enfoque sobre la política alemana en los días previos a la segunda guerra mundial. 

El ex monarca caído tenía que impresionar. Después de ser vilipendiado en la prensa aliada desde 1914 como la misma encarnación del mal, no faltaron individuos poderosos que querían ver al último Kaiser alemán pagar con su vida la atrocidad masiva que fue la Gran Guerra. Los británicos fueron los más firmes a la hora de querer verlo ahorcado, los franceses, sorprendentemente, de una u otra manera, no se movieron tan terriblemente y los estadounidenses se opusieron a quitarle la vida al monarca caído. El rey británico George V se opuso a la idea pero, dado el clamor por ella en su propio país, no hablaría en nombre de su primo, el rey belga Alberto I, tal vez sorprendentemente o quizás no, se opuso a la ejecución del Kaiser y se manifestó en contra de tal cosa.



La primera ilustración representa al Kaiser Guillermo II intentando devorar el mundo en la IGM, la segunda refiere al poder de las naciones imperialistas de Europa y el reparto colonial de la China, en esa ilustración se aprecian los siguientes personajes: La Reina Victoria de Inglaterra, El Kaiser alemán, Guillermo II, el zar Nicolás II de Rusia, Marianne, el símbolo de la revolución francesa (representando a Francia) y, Meiji Tennó (Mutsuhito), emperador del Japón; atrás se observa al emperador chino protestando (gráficas y texto agregado por el redactor de este blog).


La falta de unidad aliada en el tema, la falta de cualquier precedente legal reconocido para hacerlo y la negativa de la reina Wilhelmina (Guillermina) de los Países Bajos a entregar a su huésped (como una cuestión de soberanía holandesa) significó que finalmente la cuestión se enterró después de 1920. Sin embargo, durante aproximadamente un año, Guillermo II tuvo que haber estado preocupado, ya que su vida estaba en juego, sintió una considerable amargura por haberse convertido en el chivo expiatorio de la locura asesina que se apoderó de Europa en agosto de 1914, y con razón, si era el culpable, no era más culpable que los líderes de Austria-Hungría, Serbia, Rusia, Gran bretaña y Francia. 



El príncipe heredero Guillermo, la princesa holandesa Juliana y el Kaiser


El Kaiser Guillermo II se veía a sí mismo como un hombre que había sido agraviado y así se comportó. Se negó a reconocer a la República de Weimar en Alemania y prometió que no volvería a pisar suelo alemán a menos que fuera como Rey de Prusia y Emperador Alemán. Cuando algunos sugirieron que su hijo, el príncipe heredero Wilhelm (Guillermo), se postulara para presidente junto con el mariscal de campo Hindenburg, el Kaiser rechazó la idea. Algo injustificado, pero también comprensible, fue que Guillermo II vio a Hindenburg como uno de sus traidores.

El Kaiser, por supuesto, siguió la política alemana bastante de cerca y esperaba que se presentara una oportunidad para restaurar la monarquía, incluso cuando admitió tristemente que esas segundas oportunidades rara vez se dan. Sus días se oscurecieron aún más en 1921 cuando falleció su amada esposa, la emperatriz Augusta Victoria. El Kaiser acompañó los restos de su esposa a la frontera alemana, pero no pudo ir más lejos. Sin embargo, unos 200.000 alemanes acudieron a llorarla, lo que se observó como una señal esperanzadora de que seguía habiendo un considerable apoyo monárquico en Alemania. Solo el año anterior, unos 5.000 hombres habían dado un golpe de estado en Berlín, bajo el liderazgo nominal de Wolfgang Kapp, que pretendía restaurar al Kaiser, pero fue rápidamente suprimido. En 1923, Hitler lanzó su Putsch (Golpe de la Cervecería) en Munich, reprimido aún más rápido, pero el Kaiser ciertamente no lo apoyó. Temía que detrás de esto hubiera un esfuerzo de la Casa Real Bávara de Wittelsbach para reemplazar a la Casa de Hohenzollern en el trono alemán. De hecho, sin embargo, el popular Príncipe heredero de Baviera se había negado a tener algo que ver con el salvaje plan de Hitler y se mantuvo firmemente opuesto a los nazis por el resto de su vida.


Había varios grupos monárquicos en Alemania, pero el partido político más asociado con el deseo de restaurar el imperio era el Duitse Nationale Volkspartij (DNVP) (Partido Nacional Popular de Alemania). Sin embargo, aunque los monárquicos constituían una gran parte de su membresía, no era un partido puramente monárquico y, a medida que el éxito electoral total continuaba eludiéndolos, muchos comenzaron a desviarse hacia una alianza con el creciente poder del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP); los nazis. Eventualmente, el DNVP se uniría en una coalición con los nazis, pero fue solo un ejemplo de muchos en que Hitler cortejaba a los monárquicos cuando podían serle útiles y dejarlos caer tan pronto como sus objetivos fueran alcanzados. Cuando Hitler se convirtió en un importante jugador en el escenario político alemán, inició algunos esfuerzos para cortejar al exiliado Kaiser, agregando respetabilidad aristocrática a su movimiento, al tener la mayor parte de su apoyo en la clase media y baja. Su elección para esta campaña fue su teniente más simpático, el ex piloto de la Primera Guerra Mundial, Hermann Goering.


                                          Hermann Goering


En enero de 1931, Goering visitó por primera vez al Kaiser en su casa de Doorn. Fue una visita breve y algo tormentosa. La princesa Hermine (la segunda esposa del Kaiser) declaró que la conversación entre los dos se había calentado bastante, probablemente debido a que el Kaiser estaba en desacuerdo y no estaba acostumbrado a ser desafiado. Por su parte, la princesa Hermine tenía cierta esperanza con respecto a los nazis, pero Guillermo II desconfiaba de ellos. Para alguien que había estado cerca de la política durante tanto tiempo como él, parecía haber algo desagradable en ellos. Cuando Goering regresó en mayo de 1932 se quedó por una semana y luego hubo informes de que el Kaiser había sido completamente conquistado, en realidad el Kaiser adoptó una actitud de esperar y ver, aunque elogió los cambios positivos que se produjeron con la toma del poder nazi (y nadie niega que existieran), nunca lo aceptaron y advirtió a su familia que mantuviera la distancia.

Cuando, en su segunda visita, Goering afirmó estar a favor de restaurar el trono imperial (desde luego, no era como se suponía, que sería el sucesor designado de Hitler), el Kaiser defendió a sus compañeros de la realeza alemana e insistió en que tal cosa no sería suficiente, ya que toda la "hermandad de príncipes" también tenía que ser rehabilitada. Los monárquicos bávaros y de otros estados alemanes deben recordar que en su regateo el antiguo rey de Prusia no los había abandonado.

Si el Kaiser hubiera leído "Mein Kampf", podría haber sabido que Hitler no era un amigo del antiguo Reich. Afirmó claramente que su intención era un estado racial en lugar de una monarquía restaurada y que no tenía más que desprecio por el Kaiser, y lo culpaba por los errores de la Primera Guerra Mundial (él, por supuesto, continuaría para hacerlo más grande). Tal como estaba, el Kaiser aprobó la votación del DNVP junto a los nazis con la esperanza de poder ayudar a lograr la suficiente mayoría ante la izquierda y conseguir una votación sobre la restauración de la monarquía. Sin embargo, en cuanto a los propios nazis, el Kaiser pudo observar que la supuesta proclama de representar algo nuevo era simplemente un esfuerzo por colocar ambos movimientos juntos sin ninguna coherencia. Él había estado el tiempo suficiente en esos manejes y sabía que no había una "tercera" dirección. Uno podía ir a la izquierda o a la derecha, pero cualquier esfuerzo para ir juntos era falso y estaba condenado al fracaso

El Kaiser escribió en 1930 sobre el nacionalsocialismo. “Social = nacional! - Socialismo = Bolchevismo = antinacional e internacional... Este socialismo es, por lo tanto, irreconciliable con la idea de lo nacional". El socialismo con cualquier otro nombre, para el Kaiser, era todavía el mismo veneno que había sido predicado por Thomas Paine, Karl Marx, los Comuneros de París y Vladimir Lenin.

La princesa Hermine, que en realidad había conocido alguna vez a Hitler, se mantuvo esperanzada y, después de la visita de Goering, le preguntó a su esposo si Goering podría tener algún lugar de honor, si se cumplían sus esperanzas, en el imperio alemán restaurado. El Kaiser permaneció dudoso y dijo que, en el mejor de los casos, podría darle el mando de la fuerza aérea. Se mostró más positivo acerca de las perspectivas de Mussolini y del fascismo italiano que se mantenía bajo la monarquía y que se remonta a la tradición e historia italiana de la Roma imperial. Sin embargo, cuando envió a uno de sus cortesanos a Roma para transmitir sus saludos a Mussolini, el Duce se negó a verlo, así que eso fue el final de ese intento. 

Cuando Hitler comenzó sus conversaciones con el mariscal de campo Hindenburg, presidente de Alemania, al Kaiser le disgustó toda la escena, aún considerando a Hindenburg como un traidor y descartando a Hitler como "un tonto". Cuanto más subían los nazis, menos probable era que hicieran algún favor a los monárquicos. En lo que se refería a Hitler, dar al jubilado monarca alemán una pensión como antiguo jefe de estado era más que suficiente.


Kaiser Guillermo II, último emperador de Alemania


Algunos de los sentimientos privados del Kaiser se filtraron a la dirección nazi, Guillermo II hizo todo lo posible para separar a su familia de ellos. Despidió a su abiertamente cortesano pro-nazi, Leopold von Kleist, instó a su hijo, el príncipe Augusto Guillermo (August Wilhelm) y su nieto a abandonar el Partido Nazi, así como al hijo de la princesa Hermine, Georg (aunque no lo escucharon). Cuando uno de sus ex cortesanos solicitó permiso para presentarse a un cargo como nazi, el Kaiser se negó porque cualquiera que trabajara para él no debería tener nada que ver con la política (ya que consideraba ilegítimo a todo gobierno alemán). Cuando el hombre protestó, defendiendo a los nazis, el Kaiser lo tomó como prueba suficiente de que no era un monárquico leal y nunca lo había sido. No habría más visitas de funcionarios nazis de alto rango, lo que fue tan bueno para el Kaiser, que estaba más feliz de tener como invitados en su cumpleaños a los depuestos reyes de Sajonia y Wurttemberg.


Los nazis finalmente llegaron al poder, con algunos miembros del DNVP en la coalición, algunos plantearon el tema de una restauración, pero no encontraron apoyo y después del incendio del Reichstag y la asunción de Hitler de los poderes dictatoriales, cualquier posibilidad realista de trabajar dentro del sistema para traer al Kaiser de vuelta llegó a su fin.

A partir de ese momento, toda esperanza del Kaiser para volver a disfrutar de su posición dependía puramente de la generosidad de Hitler o del derrocamiento de su régimen. No era probable que se produjera un derrocamiento, Hitler disfrutaba de un amplio apoyo popular y estaba reprimiendo con éxito a quienes se oponían a él. 

Un objetivo temprano, por supuesto, fueron los judíos. Los historiadores críticos han tratado de representar al Kaiser como un antisemita y ciertamente hizo algunas declaraciones antisemitas, pero sería un engaño total si lo mostráramos como su posición en favor de los nazis. Cuando el Kaiser condenó a "los judíos", lo hizo en el contexto de condenar a una variedad de pueblos que creía que lo habían traicionado. Cuando los nazis iniciaron su primera persecución organizada de judíos, el Kaiser se disgustó y dijo que le avergonzaba ser alemán por primera vez en su vida. Pensó que tales actividades mostraban al régimen nazi como mafiosos, indignos de una posición de liderazgo nacional. Aún así, por el momento, se tenía que tener cuidado de no ofender a Hitler o habría significado la ruina para todos.


El Kaiser Guillermo II y la princesa Hermine

El 75 cumpleaños del Kaiser fue un punto de inflexión. Hubo celebraciones públicas en Alemania que Hitler ordenó suspender. Luego siguió la prohibición de todas las organizaciones monárquicas, algo que Guillermo II consideró "un acto de guerra contra la Casa de Hohenzollern". Incluso la princesa Hermine, que había sido la más esperanzadora en cuanto a que los nazis eran el atajo a la restauración, finalmente perdió sus gafas de color rosa y dejó de sentir simpatía por el nuevo régimen. El Kaiser se alienó aún más cuando los nazis comenzaron a eliminar de la vista pública cualquier rastro persistente del pasado monárquico. 

El odio mutuo del gobierno nazi en Berlín y la corte en el exilio en Doorn fue obvio y cada vez era más profundo. En términos de política, el Kaiser aprobó que Hitler ignorara el Tratado de Versalles, el respaldo a los militares y los pasos tomados para reparar las quejas alemanas, pero desaprobó el programa antisemita. En cualquier trato con el régimen en Alemania fue educado y correcto, pero sabía que solo habían estado tratando de usarlo y por eso tuvo cuidado de mantener un espacio entre él y ellos. Cuando llegó la guerra en 1939, el Kaiser dudó que Hitler finalmente tuviera éxito.

Después de la conquista de Polonia, un cortesano escribió a Hitler (como no lo haría el Kaiser) señalando que nueve príncipes prusianos habían servido en el frente. Después de la invasión y ocupación alemana de los Países Bajos una guardia de honor fue colocada en Doorn. Churchill, una vez su enemigo, se había ofrecido a llevar al Kaiser a Inglaterra, pero Guillermo II se negó, prefiriendo quedarse donde estaba y, en cualquier caso, no toleraría "escapar" de las tropas alemanas. El régimen nazi expresó su disgusto porque desde Doorn no recibió una palabra formal sobre la victoria nazi sobre Francia, el Kaiser finalmente envió un mensaje de felicitación. Aunque el Kaiser ciertamente disfrutó de la derrota de Francia como venganza de 1918, su mensaje fue poco bien recibido, ya que el Kaiser se refirió a las tropas victoriosas como "su" ejército y expresó su esperanza que la monarquía sea restaurada. Hitler, al leer el mensaje, se refirió al Kaiser como "un idiota". En su casa, el Kaiser a menudo salía a charlar con los guardias alemanes y, para horror de los estrictos tipos nazis, estos hombres pronto comenzaron a llamar la atención, saludando y tratando al Kaiser como si aún fuera su soberano. Hitler estaba menos que satisfecho.

No mucho después, el 3 de junio de 1941 falleció el Kaiser Guillermo II. Hitler todavía estaba pensando en usar al ex monarca para sus propios fines. Imaginó un elaborado funeral de estado en Berlín, con Hitler jugando al doliente, caminando detrás del ataúd para aparecer como el "legítimo" sucesor del pasado líder imperial. Sin embargo, este sueño se vino abajo cuando se produjo la última voluntad del Kaiser. Guillermo II había sospechado que tales ambiciones estaban en la mente de Hitler y él prohibió tal acto. Si Alemania no lo tuviera de vuelta en vida, no lo tendrían de vuelta en la muerte. Expresó su deseo de ser enterrado en su finca en Doorn, que su funeral sea simple y que no se permita ningún concurso nazi. Hitler estaba furioso e inmediatamente prohibió a los oficiales alemanes que aparecieran uniformados en el servicio, se negó enviar algún funcionario nazi de alto rango, pero sí envió una corona de flores, asegurándose de que estuviera cubierta con una gran esvástica en un último acto de maldad.


Funeral del Kaiser Guillermo II, último emperador de Alemania y Rey de Prusia. En la foto Seyss-Inquart, Mackensen, Canaris, Christiansen, Haase y Densch. (Doorn - Países Bajos, 9 Jun 1941).


A pesar de la orden de Hitler, varios oficiales alemanes uniformados asistieron al servicio funeral (hubo una pequeña delegación oficial) como el almirante Wilhelm Canaris, jefe de inteligencia militar, el general Friedrich Christiansen de las fuerzas de ocupación alemanas en los Países Bajos, el almirante Hermann Densch, el comandante del III Cuerpo General Kurt Haase y otros. El comisionado nazi de los Países Bajos, Arthur Seyss-Inquart, fue el funcionario político de más alto rango presente, pero el asistente más prominente fue el mariscal de campo August von Mackensen, quien apareció con su antiguo uniforme de Húsares de la Guardia, agarrando la batuta de mariscal que el Kaiser le había entregado en la Primera Guerra Mundial, el veterano de 91 años era un monárquico comprometido. Sospechoso de "deslealtad" al régimen nazi, el Almirante Canaris, como la mayoría sabe, fue ejecutado posteriormente por ese cargo después que se descubriera que estaba trabajando activamente para sabotear al Partido Nazi. El mismo Hitler, por supuesto, tendría un tipo de funeral muy diferente, sus restos se rociaron con gasolina y se quemaron en una zanja.




El Führer nazi y el Kaiser alemán nunca se encontraron y se mantuvieron en desacuerdo hasta el final. Sin embargo, Hitler hizo el único servicio al Kaiser, sin darse cuenta, dio al mundo un nuevo villano alemán contra el que luchar. 

Después del régimen nazi de Adolf Hitler, pocas personas pudieron provocar tanta indignación contra el Kaiser. Los esfuerzos para vincular a los dos demostraron ser intelectualmente débiles y muy pocos los tomaron en serio. Hitler fue el nuevo cochero y el estado nazi, el nuevo ejemplo del mal perfecto en el escenario mundial. El viejo Kaiser se desvaneció rápidamente de la memoria en favor del nuevo antagonismo global. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, el nombre de Kaiser Wilhelm II fue invocado de una manera bastante extraña. En su opinión disidente en el juicio de crímenes de guerra de Tokio, el juez indio Radhabinad Pal reunió al Kaiser con Hitler y los aliados, comparó el uso de la bomba atómica por parte de Estados Unidos con "las directivas del emperador alemán durante la Primera Guerra Mundial y de los líderes nazis durante la Segunda Guerra Mundial". Fue una comparación extraña, pero probablemente la última vez que el Kaiser estuvo vinculado a Hitler en el escenario mundial.


"The Mad Monarchist"
The Kaiser and the Führer 

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Nazismo y Monarquía (2)

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El nazismo, un ensayo imperial
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