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21 mayo 2020

Inicio de la Guerra Fría



    Conferencia de Potsdam julio - agosto 1945 (foto colorizada)


Nota de introducción por el redactor del blog


75 años tras la Liberación de Europa

En el período actual de reestructuración del mundo, las grandes potencias proceden a revisar su interpretación de la Segunda Guerra Mundial, cuestionan los mitos que servían de basamento al orden mundial y expresan nuevas interpretaciones capaces de justificar sus proyectos. En esta tercera parte de la entrevista del historiador Valentin Falin concedida a RIA-Novosti y publicada en castellano por Red Voltaire se ilustra el punto de vista ruso que pone en tela de juicio la sinceridad del antifascismo de Estados Unidos

En 1939, Roosevelt negociaba una alianza con el III Reich para impedir el éxito de la URSS en Finlandia; en 1945, los anglosajones, que se preparaban para proseguir la guerra volviéndose contra Moscú, reconstituían divisiones alemanas para atacar a la URSS.


Así que la historia no es nada nueva. No debemos ir muy lejos, el 19 de septiembre de 2019, en un vergonzoso pronunciamiento político sobre la supuesta "Memoria Histórica" europea para su porvenir, el Parlamento Europeo, a través de la Comisión Europea, eleva a la misma condición al nazismo y al comunismo, presentándose una larga Resolución condenando en primer lugar al comunismo y, como objeto subsidiario, al nazismo; entre otras cosas también señala que "es importante no olvidar cómo las Fuerzas Aliadas "liberaron" Auschwitz hace 75 años"... (?). Bueno, si esos son los políticos que dirigen la Unión Europea no dudamos de las consecuencias que acarreará el futuro con la educación de las nuevas generaciones de dirigentes. 

Desde hace más de cuatro años tengo archivado un artículo por lo demás esclarecedor, ha llegado el momento de destaparlo, pero como no es la materia central de este artículo, breves notas resumidas o citas textuales aclaran esa histeria europea (en un buen porcentaje) hacia la gigante nación rusa. 

"La rusofobia de Occidente es incurable" (Sputnik). La 'perversidad' de los rusos no se discute en Occidente. Ni los medios, ni los políticos se cansan de pregonarla. La sociedad occidental padece prejuicios negativos sobre Rusia, escribe el historiador suizo Guy Mettan. 

En su libro "Rusofobia, mil años de desconfianza", inicialmente publicado en Suiza, Rusia, Italia en 2016, llegó en inglés a los Estados Unidos en 2017 bajo el título: "CREATING RUSSOPHOBIA. From the Grat Religious Schism to Anti-Putin Hysteria". El autor señala que la rusofobia es anterior que la misma Rusia. Empezó con la división el Imperio Romano en la parte Occidental y Oriental, y, por supuesto, con la división religiosa entre los católicos y ortodoxos.

Prejuicios de esa época, "todos los pueblos orientales son bárbaros, sus líderes son autoritarios, están obsesionados con la expansión y sueñan con conquistar a Occidente noble e inocente". Es lo mismo que se lee en la actualidad. Dentro del marco de la historia contemporánea la rusofobia se agudizó a finales del siglo XVIII, en el reinado del rey francés Luis XV apareció un falso 'Testamento de Pedro el Grande', atribuyéndose al monarca, como "legado" a sus descendientes, el deber de "conquistar Occidente". Napoleón en 1812 la aprovechó para justificar su invasión a Rusia. Le seguirían los ingleses para utilizar el falso legado para la Guerra de Crimea (1853). A finales del siglo XIX el 'testamento' fue desmentido, pero el fraude perduró y se repite en el presente. En Ucrania (2014) el mismo pretexto -impulsado por los Estados Unidos- condujeron al golpe de Estado en Kiev. 

Señala Mettan que "para los medios occidentales, Rusia sigue siendo 'una amenaza', mientras dos ideas preconcebidas se mantienen. "Occidente siempre representa 'las fuerzas del Bien': los valores comunes, la democracia, la libertad etc., y Rusia, por su parte, 'promueve' la autocracia, el nacionalismo y el rechazo a la libertad personal".

Es el enfoque que se impone en la opinión pública que sirve de fundamento para la expansión y militarización de la OTAN hacia Europa del Este. 

"Los periodistas occidentales se comportan no como profesionales de la información, sino como directores del cine, que ya tienen establecido un guión en que los países occidentales son 'buenos' y Rusia es 'mala'. Este tipo de manipulación de la conciencia es la base del contenido mediático en Occidente", afirma Guy Mettan.


(Fotografías, mapas y notas a pie de foto son agregadas por el editor de este blog).

t. andino


Tercera y última parte

Inicio de la Guerra Fría
La Conferencia de Yalta ofrecía una oportunidad que no fue aprovechada


Interlocutor: Valentín Falin
Doctor en Historia.
Entrevistador:  Víctor Litovkin
Comentarista militar de Ria Novosti 
2005


La historia, su realidad y mitos, constituyen retos políticos permanentes. Valentín Falin ofrece una lectura de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista ruso, con frecuencia desconocido por el público occidental.



➤  Viktor Litovkin: Los expertos tienen al menos dos formas de comentar tales o más cuales acontecimientos históricos. Unos insisten en la imposibilidad de separarlos del contexto de la época en que se produjeron y, por consiguiente, en la necesidad de analizarlos teniendo en cuenta de manera obligatoria esa época. Otros afirman que sólo se puede entender profunda y correctamente lo que ocurrió hace mucho tiempo si partimos de las posiciones actuales. ¿Qué cree usted? ¿Cuál es su evaluación de los resultados de la Conferencia de Crimea de 1945?
Valentín Falin: En mi opinión, todo acontecimiento internacional, sobre todo importante, debe ser analizado desde el punto de vista del lugar que ocupa en la historia. Los acontecimientos no deben ser separados de su contexto, arrancados del medio en que germinaron.

Es conveniente no olvidar las consecuencias reales de estos hechos y las que se esperaban. En ese sentido, la Conferencia de Yalta ocupa un lugar poco común. Ha habido muchas alteraciones con relación a ella desde 1945 y, naturalmente, durante la Guerra Fría. Las alteraciones no han desaparecido. Existen en la actualidad y se multiplican.

Para excluir o anular los intentos de aquellos que tratan de «volver a escribir la historia» al evaluar lo que pasó en Yalta, me referiré, esencialmente, a las fuentes estadounidenses, a los participantes inmediatos en el hecho, en especial a Roosevelt y a su secretario de Estado, Edward Stettinius.

Industrial eminente y figura muy influyente en los medios de negocios y políticos de Estados Unidos, Edward Stettinius ocupó ese puesto hasta el fallecimiento de Franklin Delano Roosevelt (12 de abril de 1945) y hasta el ascenso de su sucesor Harry Truman a la presidencia de Estados Unidos. Stettinius dejó interesantes memorias que contienen ricas y preciosas informaciones sobre lo ocurrido en Yalta, de lo cual fue testigo y participante inmediato.

Edward Stettinius estimaba que Yalta fue el punto culminante de la cooperación entre Estados Unidos, la Unión Soviética y, en parte, Gran Bretaña, cuando, después de Teherán y de la apertura del segundo frente, se estableció un clima de confianza entre las tres grandes potencias mientras que por otra parte los días de la Alemania fascista estaban contados y la Unión Soviética se había comprometido a declararle la guerra al Japón militarista.


Conferencia de Yalta, en la península de Crimea, Unión Soviética, del 4 al 11 de febrero 1945

Los estadounidenses y sus aliados se enfrentaban entonces a un problema: ¿cómo garantizar la paz después de la guerra? ¿Cómo crear un mundo donde catástrofes como la Segunda Guerra Mundial fueran imposibles?

Al referirme a las palabras de Edward Stettinius debo afirmar que la mayoría de las decisiones adoptadas en Yalta tenían como base los proyectos estadounidenses, no los nuestros. Por ejemplo, el comunicado final, como destaca el Secretario de Estado, es un proyecto puramente estadounidense. La URSS no hizo ninguna enmienda.

Gran Bretaña se limitó, en lo esencial según Stettinius, a realizar comentarios estilísticos. Las afirmaciones de algunos de que «Stalin podía más que Roosevelt» o de que «se había aprovechado de la enfermedad de este último» no tienen nada que ver con la verdad.

➤  Viktor Litovkin: ¿Por qué deseaba tanto Roosevelt que se realizara el encuentro de Crimea? ¿Por qué se mostró tan comprensivo con relación a las preocupaciones de Stalin sobre la forma de construir el mundo de postguerra?
Valentín Falin: Roosevelt retomó varias veces las ideas que le había expuesto a Molotov en junio de 1942, durante el encuentro de Washington, según las cuales veía un mundo de postguerra sin armas. A propósito, el término de «mundo de los tres o cuatro policías» comenzó a circular a partir de entonces.

Según Roosevelt, sólo Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y tal vez China podían tener fuerzas armadas y esas fuerzas deberían incluso ser limitadas. Los demás países, tanto los agresores -Alemania, Japón e Italia- como sus satélites debían ser completamente desarmados. Otros, incluso los que formaban parte de la coalición antihitleriana, Francia, Polonia, Checoslovaquia, también debían ser desarmados porque, según la tesis de Roosevelt, «Economía mundial saludable y carrera armamentista son incompatibles».

Según Roosevelt, las fuerzas armadas que quedarían en tres o cuatro Estados sólo podrían ser utilizadas con la aprobación general y jamás contra una de esas potencias. Como destacó el Presidente estadounidense, esas fuerzas armadas sólo debían ser movilizadas para sofocar desde su génesis toda posible nueva guerra o agresión.

Como es natural, Roosevelt partía de la experiencia de la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, cuando la carrera armamentista engendraba la agresión, cuando constituía el preludio de la agresión, y cuando, las estadísticas lo demuestran, la carrera armamentista desencadena por si misma, en siete u ocho casos de diez, esta agresión, esta guerra. Es muy extraño que se inicien hostilidades en un contexto en el que no hay, o casi, carrera armamentista. La historia también nos da pruebas de ello...


El presidente Franklin D. Roosevelt

➤  Viktor Litovkin:  Perdón, no entiendo muy bien. Es evidente que Roosevelt no era ingenuo y no podía dejar de darse cuenta de la existencia de contradicciones fundamentales entre Estados Unidos y la Unión Soviética, entre la ideología comunista y, si lo prefiere, la ideología, los principios y la práctica de la democracia, del hecho de que la unión entre esos dos extremos diametralmente opuestos solo podía ser provisional y jamás permanente. ¿Por qué imaginaba entonces un mundo futuro sin armas? ¿No era esto una perfecta utopía?
Valentín Falin: Roosevelt no era un político ingenuo. Era un militar que había sido viceministro de las fuerzas navales de Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial. Y no debemos olvidar que los estadounidenses participaron en ese conflicto del lado de la Entente.

Allí, adquirió Roosevelt una experiencia que -diría yo- no estaba desprovista de ese germen de hegemonía que siguió siendo característico del desarrollo de Estados Unidos a lo largo del siglo XX.

Por otra parte, Roosevelt comprendía muy bien quién era Stalin. Veía perfectamente que bajo esa apariencia de marxista-leninista dogmático se ocultaba en realidad un prágmatico convencido hasta la dédula de los huesos. Para Stalin, la ideología no era más que una cobertura, un camuflaje, si usted prefiere. Y Estados Unidos -testimonios de Churchill, del propio Roosevelt e incluso de Hitler lo confirman- no consideraba a Stalin como un comunista.

El problema de la ideología como tal tenía un significado para el público, pero cuando era preciso tomar una decisión histórica, fundamental, siempre quedaba relegado a un segundo plano. ¿Sabe usted cómo saludó Roosevelt a Stalin en Teherán?

- No.

Valentín Falin: «¡Saludamos a un nuevo miembro de nuestra familia democrática!» Son esas las palabras que dirigió a Stalin al inaugurar la conferencia. En ese sentido, Roosevelt veía incluso a Churchill con un ojo más crítico. Sobre todo a causa de la propensión de este último a blandir las armas, a utilizarlas contra todos aquellos que, por una razón u otra, no satisfacían al primer ministro británico.

Roosevelt adoptó en especial una actitud muy negativa con relación a la brutalidad excesiva de las tropas británicas que habían causado numerosas víctimas entre los miembros de la resistencia griega que no querían someterse a las tropas de ocupación inglesas. De hecho, la resistencia griega había liberado su propio país antes de la llegada de los ingleses y querían instaurar un régimen democrático en lugar de ver subir al trono un rey impuesto por Londres.

Sabiendo todo esto, debemos utilizar los clichés ideológicos con mucha prudencia.

A comienzos de los años 30, antes de reconocer a la Unión Soviética, Roosevelt se interesaba por las ideas socialistas. En su época de gobernador frecuentaba círculos que organizaban debates sobre el tema. Fue el único presidente de Estados Unidos que tuvo un comportamiento tan «sedicioso».

Pero en su caso el momento crucial con relación a Stalin y a nuestro país tuvo lugar a mediados de los años 40, cuando se iniciaron en nuestro país «procesos ejemplares». Cambió entonces de actitud respecto del gobierno soviético.

Inmediatamente después del desencadenamiento de lo que se denomina la «guerra de invierno de la Unión Soviética y Finlandia», llegó incluso a interrogarse, en diciembre de 1939 y en enero de 1940, sobre la necesidad de romper las relaciones diplomáticas con la URSS, de volverse atrás en su reconocimiento de la Unión Soviética y sostuvo negociaciones con Kerenski sobre la creación de un gobierno ruso en el exilio.

Si tomamos en cuenta todos estos aspectos, aunque estoy dejando a un lado otros hechos de excepcional importancia, en especial los intentos de Roosevelt para crear a inicios de 1940, con el pretexto de ayudar a Finlandia, un frente antisoviético común del cual formarían parte la Alemania nazi, la Italia fascista y todas las democracias occidentales (proyecto que fracasó porque los alemanes decidieron atacar Francia; Washington fue informado de ello y el proyecto fue retirado), nos daremos cuenta entonces de que no debemos hacer de Roosevelt un retrato monocromo y considerarlo como un liberal, enamorado, o casi, de la Unión Soviética...

No, era un político sobrio y perspicaz, que pensaba que el poder económico de Estados Unidos, incluso cuando no existieran fuerzas de disuasión, bastaba para garantizar su papel de líder en el mundo. Recordemos que la producción industrial de Estados Unidos representaba del 60 al 70% de la producción total del planeta.



Roosevelt y Churchill, durante la Conferencia de Casablanca, 1943

Washington controlaba las finanzas mundiales y el comercio planetario. A partir de ahí llevaba a cabo su plan, adoptado en 1943, que consistía en controlar los principales yacimientos de materias fisibles y de otro tipo. Si no entendemos eso, no entenderemos nada de lo que pasó después.

Edward Stettinius escribe: en 1942, Estados Unidos estaba al borde de la catástrofe. Si los rusos no hubieran resistido en Stalingrado, si la batalla del Volga hubiera terminado como había imaginado Hitler, el Reich habría conquistado Gran Bretaña, establecido su control total sobre África y el Medio Oriente con todos sus recursos petroleros y hubiese conquistado América Latina, con consecuencias desastrosas para Estados Unidos.

Esta es la visión que tenían los estadounidenses de sus perspectivas durante la Segunda Guerra Mundial. En el caso de Roosevelt, la unión con Stalin no era en ningún sentido fruto del azar.

En 1945, cuando los estadounidenses llegaron a Yalta, Roosevelt estaba aún bajo los efectos:

a) de la derrota que los alemanes habían infligido al ejército estadounidense durante la batalla de las Ardenas; b) del hecho de que fuera Stalin quien los salvara al lanzar antes de tiempo, a solicitud de Estados Unidos, una ofensiva en el este, obligando así a los nazis a retirar del oeste un tercio de sus fuerzas comprometidas en esta operación.

Y comprendió finalmente que las promesas de Churchill de que los anglosajones ajustarían cuentas a Alemania en cualquier momento y dejarían a los rusos desilusionados al detenerlos en cualquier parte del Vístula, en el peor caso en el Oder, no valían nadaNo era una política práctica sino pura fantasía. 

Era preferible entonces no romper las relaciones con Rusia y seguir cooperando con ella para que el mundo de la posguerra fuese visible, previsible, para que dejara de encerrar las amenazas que se habían abatido sobre Estados Unidos y respondiera, al menos en algo, a las ideas que él (Roosevelt) tenía de la democracia, de la justicia humana y social.

➤  Viktor Litovkin: Pero volvamos a la Conferencia de Yalta. ¿De quién fue la idea, aprobada en ese marco, de crear la Organización de Naciones Unidas? ¿Quién propuso dividir al mundo de posguerra en zonas de influencia a la largo de la línea Curzon, algo que los polacos y los países bálticos no han dejado hasta hoy de reprocharle a Stalin?
Valentín Falin: La idea de la ONU pertenece a Roosevelt. Fue mencionada por primera vez en Teherán y tomó forma en Yalta. Stalin insistía en que la sede de esta organización fuera Nueva York. ¿Por qué? ¿Recuerda usted la Sociedad de las Naciones? En un primer tiempo los estadounidenses apoyaron esta iniciativa pero acabaron por no avalarla y no formaron parte, por consiguiente, de la Sociedad de las Naciones.

Stalin creía que Estados Unidos utilizaría la misma jugarreta, diciendo por ejemplo «ayer, evidentemente, estábamos a favor, pero hoy...» Y al proponer que la Organización tuviera su sede del otro lado del Atlántico esperaba que eso ayudaría a los estadounidenses a no escapar de la cooperación internacional.

Ahora bien, las reacciones generales de la prensa estadounidense con relación a la Conferencia de Yalta fueron muy positivas, incluso elogiosas para Roosevelt. Es cierto que hubo críticas, estimuladas desde Londres por Churchill. Sus autores exigían el cese de la cooperación con la Unión Soviética, preconizaban el dominio de Estados Unidos en el mundo. Se llegó a decir que como el moro, «la URSS había desempeñado su papel y ya no era necesaria».

Teniendo presentes estas opiniones y declaraciones provenientes de Londres, el 25 de marzo de 1945, en su último mensaje al Congreso, el presidente Roosevelt subrayaba (y cito):


«Para las generaciones futuras, el destino de Estados Unidos y del mundo entero depende de la aplicación concienzuda de los acuerdos concluidos entre los aliados en Teherán y en Yalta». Y en ese caso, advertía el presidente de Estados Unidos: «los norteamericanos no pueden contentarse con una solución intermedia. Debemos aceptar la responsabilidad de la cooperación internacional, pues de otra forma tendremos que asumir la de un nuevo conflicto mundial».

En el mismo mes de marzo -existen documentos que lo confirman- circulaban comentarios sobre los «supuestos acuerdos de Yalta» en el Departamento de Estado, dirigido ya por Stettinius, quien había reemplazado a Hull, conocido por su antisovietismo.

Algunos funcionarios los calificaban incluso de «simples declaraciones», tratando evidentemente de minimizar su alcance. Truman, quien llegó al poder el 23 de abril y no sabía aún que los estadounidenses desarrollaban la bomba atómica, declaró

Se acabó la cooperación con los rusos, llegó el momento de pasar a una nueva etapa. Se fijó como objetivo «borrar a Yalta».


Carteles ilustrados de la Unión Soviética en que se enfatiza la unión de los Aliados en su lucha contra el nazismo. (Colección Kukryniksy)

Los expertos se acordarán en aquellos momentos de los mensajes elogiosos que Churchill dirigía a Stalin para agradecerle la ayuda que prestaron en enero a los aliados y que les ahorró nuevas conmociones y para exaltar a nuestras fuerzas armadas cuya gloria «no se empañará jamás». Todo esto salía de la pluma de Churchill.

Lea su mensaje de felicitación con motivo del Día del Ejército Rojo, el 23 de febrero de 1945. En esa misma época, da la orden de recoger las armas alemanas y almacenarlas por si estallaba un conflicto con la Unión Soviética. En marzo de 1945, ordena a sus jefes de estado mayor preparar una operación contra la Unión Soviética con la participación de las fuerzas de Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, el cuerpo expedicionario polaco y... alemanes.

Los británicos contaban con diez divisiones alemanas que se habían reunido voluntariamente a los Alidos occidentales en la etapa final de la guerra. Desarmadas desde el punto de vista formal, pero no disueltas, estas divisiones se entrenaban a diario en el Schleswig-Holstein previendo, no debemos excluir la posibilidad, que pudieran realizar nuevas «hazañas» en el Este. El inicio de la nueva guerra estaba fijado para el 1º de julio de 1945.

Pero cometeríamos un error si pensáramos que los británicos fueron los únicos que actuaron de ese modo y que los estadounidenses permanecían fieles a sus compromisos de aliados. El general Patton, comandante de las fuerzas blindadas de Estados Unidos, no aceptaba detenerse en las líneas de demarcación concertadas entre Washington, Moscú y Londres y quería lanzarse sobre Stalingrado. ¡No para terminar con los comunistas o la Unión Soviética, sino para acabar con los «descendientes de Gengis Kan»!



Churchill consideraba que «cuanto más al este detengamos a los bárbaros rusos, mejor será». Tenía en mente el Plan Rankin, un plan secreto que debía «desalojar» a Overlord, el plan de apertura del segundo frente. Ahora bien, en virtud del plan Rankin, los anglosajones, con el apoyo de los alemanes, debían tomar el control no sólo de Berlín y de Hamburgo, sino también de Varsovia, Praga, Budapest, Viena, Bucarest, Sofía y Belgrado.

Eso dicen los documentos y no podemos cambiarlos. Y si nuestros socios no alcanzaron sus objetivos, no es por no haberlo deseado sino porque la Unión Soviética y, en primer lugar, nuestras fuerzas armadas, lo impidieron.

Las palabras falsas y excesivas con relación a los acuerdos de Yalta constituyen un ultraje a la memoria del principal artesano de esos acuerdos, Franklin Roosevelt. Su mensaje al Congreso -ya citado aquí- era un testamento político en el que hacía saber lo que necesitaban el mundo entero y Estados Unidos, lo que había que hacer para que triunfaran los ideales de justicia, para prevenir nuevas guerras y nuevos desastres de ese tipo. La fidelidad a los acuerdos de Crimea debía representar una oportunidad para el mundo. Lamentablemente no supimos aprovecharla.

➤  Viktor Litovkin: Pero aún no ha respondido usted a la pregunta de saber de quién fue en Yalta la idea de dividir el mundo en zonas de influencia siguiendo la línea Curzon.
Valentín Falin: No hubo zonas de influencia. La idea de la línea Curzon se remonta a 1919, en el marco de una conferencia en la que participaron Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. «Entre ellos tres», esos países trazaron la línea al partir del principio étnico, compartiendo los territorios donde la población era esencialmente ucraniana, bielorrusa o polaca. Esta línea no delimitaba esferas de influencia sino esferas de intereses entre Stalin y Hitler en septiembre de 1939.

En sus negociaciones con la URSS, los británicos afirmaban que la línea Curzon pasaba al este de Lvov. Pero nuestros representantes pusieron sobre la mesa de negociaciones el mapa que mostraba por donde pasaba en realidad. El asunto no volvió a ser mencionado.

En los momentos en que tratábamos de establecer relaciones de buena vecindad con los polacos, tanto durante la guerra como después de ella, modificamos esta famosa línea. Les devolvimos localidades, ciudades, sobre todo Bialystok (Bielostok), para poder decirles: estamos de acuerdo en que algo sea como ustedes lo desean pero, de forma general, respetaremos esta línea.

Y Stalin, cuando negociaba con Roosevelt con relación a la línea, no hablaba de establecer en Polonia un gobierno satélite. Estamos interesados -decía- en que Polonia sea gobernada por un gobierno con disposición amistosa hacia su vecino y no queremos que Polonia se convierta de nuevo en un puesto de avanzada o en corredor para golpear a Rusia, como ocurrió en la época de Napoleón y durante la Primera y la Segunda Guerras Mundiales.

➤  Viktor Litovkin: Pero en Yalta se habló también de la situación de los países bálticos, cuya adhesión a la URSS jamás fue reconocida por Estados Unidos.
Valentín Falin: El problema de los países bálticos es algo aparte. Lituania, Letonia y Estonia fueron arrancadas a Rusia cuando esta no era aún soviética. Estos países fueron ocupados por los alemanes. Como era de esperar, los gobiernos fantoches colocados a la cabeza de estos Estados pidieron estar bajo protectorado alemán.

Todo esto se produjo en septiembre de 1917. Y cuando estalla la Revolución de Octubre, en estos países aparecieron gobiernos allegados a los soviéticos, o simplemente soviéticos -¡esto es un hecho histórico!- que aplastaron rápidamente a las tropas alemanas estacionadas en los países bálticos.

Hay que señalar que, según el Tratado de Versalles, las tropas alemanas debían ser retiradas de los territorios que no formaban parte de la Alemania de los Káiseres. Ahora bien, los aliados obligaron de hecho a los alemanes a dejar sus tropas en Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia como garantía, así decían, de que el poder en esos países no cayera entre las manos de la «chusma» y que ese poder pasaría a manos de aquellos que convinieran a los aliados.

En 1921, con la participación de los británicos, Pilsudski lanzó contra Kiev una ofensiva preparada por los franceses. Se esperaba que prosiguiera la marcha hasta Moscú. En aquella época, los demócratas occidentales querían imponer a los alemanes la siguiente solución: los alemanes suministran las fuerzas que, desde los países bálticos, lanzan una ofensiva contra Petrogrado. Oficialmente, el comando de esta operación fue confiado al general Avalov pero, de hecho, debía ser asumido por generales alemanes.

Pero los alemanes comprendieron con celeridad a qué aventura los querían arrastrar y dijeron que no. Por esta razón la operación de Pilsudski, sin el apoyo del norte, fracasó. En ese contexto se cerró el Tratado de Paz de Riga de 1921 que debía impedir a los países bálticos lanzarse en el futuro a cualquier tipo de aventura.

Nosotros reconocimos su condición independiente. Hay que señalar que los estadounidenses reconocieron la independencia de Lituania, Letonia y Estonia dos años más tarde. Antes, apoyaban a Koltchak y a los otros representantes visibles de la guardia blanca que exigían la creación de una Rusia «unida e indivisible». Hasta una época determinada, la soberanía de los países bálticos no les interesaba para nada.



Esclarecedor mapa de la llamada "Guerra Civil Rusa" tras la Revolución de Octubre (1917), el mapa representa las operaciones militares entre 1918 - 1921. Las leyendas describen la situación. Este conflicto no fue solo nacional sino que contó con la participación directa y encubierta de otros estados (incluso tropas estadounidenses) ante el temor de que la doctrina bolchevique se afiance y se expanda por la región.

➤  Viktor Litovkin: Pero no se comprende porqué Estados Unidos aceptó que Lituania, Letonia y Estonia fueran incorporadas a la URSS después de la guerra.
Valentín Falin: Jamás lo aceptó. Este asunto no fue mencionado en la Conferencia de Yalta. En una entrevista, tal vez en Teherán, Roosevelt le propuso a Stalin organizar un referéndum en los países bálticos después de la guerra. Si estos países querían permanecer en el seno de la URSS, Estados Unidos prometía reconocer su nueva condición. Hasta donde sé, Stalin respondió: ya hubo un referéndum, no veo que otra cosa nueva podamos inventar.

Desde 1942, Roosevelt trataba de conseguir una entrevista particular con Stalin. Y creo que en ese caso nuestros dirigentes cometieron un grave error de cálculo. Según Harry Hopkins, consejero del presidente estadounidense, Stalin se habría asombrado al ver hasta que punto estaba dispuesto Roosevelt a acceder a los intereses legítimos de la Unión Soviética.

Ahora bien, apelando a pretextos diversos Stalin evitaba el encuentro, era preferible una reunión tripartita, proponía un encuentro entre sus representantes. La explicación de esta negativa tal vez se halle en el hecho de que Stalin sufrió un ligero ataque cerebral en 1943 y se vio incapacitado para el trabajo durante varios meses, pero nadie estaba al tanto de ello.

Las informaciones falsas que Churchill enviaba a Stalin por diversos canales también desempeñaron un papel nada desdeñable. Se supone que Churchill proponía a los estadounidenses que reconocieran las fronteras de la URSS de 1941, que ya incluían a Lituania, Letonia y Estonia, pero los estadounidenses se oponían a ello de manera sistemática.

Si lo hacían no era porque quisieran tanto a los países bálticos sino porque la proporción de inmigrantes lituanos, letones y estonios en el electorado de Roosevelt no era nada desdeñable. Y necesitaba sus votos en las elecciones. Consideraciones que lo mantenían, por así decir, amarrado.



Retrato del líder soviético Stalin

➤  Viktor Litovkin: ¿Cuál es el principal balance de la Conferencia de Yalta? ¿No es el hecho de que hayamos vivido sin guerras mundiales durante sesenta años? ¿Cuáles son, en su opinión, las lecciones de Yalta para los políticos actuales?
Valentín Falin: Antes de responder, quisiera mencionar otro detalle, sustancial según creo, de las negociaciones de Crimea y del que no quedó prácticamente ninguna huella escrita. Roosevelt le prometió a Stalin un crédito de 4.500 millones de dólares para la recuperación del país en el período de posguerra.

¿Por qué? A pesar de todo lo que le decían de Stalin -que era un dogmático comunista, un socialista hasta la médula-, el presidente sabía que Stalin proponía gran número de concesiones a los estadounidenses, condiciones excepcionales para las inversiones, que analizaba la idea de una economía de mercado en la URSS.

Y si esto no se materializó fue porque después de Roosevelt vino Truman, un hombre que al regresar a Estados Unidos luego de la conferencia de Postdam le ordenó a Eisenhower preparar el Plan Totality de guerra nuclear contra la Unión Soviética.

La primera versión de ese plan estuvo lista en diciembre de 1945. Luego vinieron otros planes, como Drop Shop y otros, que preveían desmembrar a la Unión Soviética en doce Estados, incapaces por sí mismos de alcanzar solos sus objetivos económicos y de defensa.

Pero, si hay que mencionar el alcance global de la Conferencia de Crimea, pienso que Yalta constituyó una de las mejores oportunidades que ha tenido jamás la humanidad desde los comienzos de su historia escrita, al menos desde el nacimiento de Cristo, de excluir totalmente la guerra de la vida de la humanidad, como fue inscrito en la Carta de la Organización de Naciones Unidas. Oportunidad que no fue aprovechada, y la responsabilidad principal recae sobre Washington.

En diciembre de 1945, Burns, el primer secretario de Estado de Truman, sostuvo negociaciones con Stalin en el marco de la Conferencia de Ministros de Relaciones Exteriores de Moscú. En su intervención, difundida por la radio el 30 de diciembre, señaló que luego de las negociaciones sostenidas con Stalin había comprendido que la paz equitativa, tal como la conciben los estadounidenses, era posible.

El 5 de enero, Truman le dirigió una carta en la que le decía: «Lo que dijo es delirante. No necesitamos ningún compromiso con la Unión Soviética. Lo que necesitamos es la Pax Americana, conforme en un 80% con nuestros ideales.»

La fecha del 5 de enero de 1946 puede ser considerada como la del inicio formal de la Guerra Fría. Y usted sabe a dónde nos condujo.



El presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman desde 1945 a 1953

La lección principal de la Conferencia de Yalta es la siguiente: si hubiéramos tenido un enfoque razonable, y si hubiéramos manifestado en ese entonces el deseo de instaurar una paz satisfactoria para los intereses de todos los miembros de la comunidad internacional, hubiera sido posible encontrar antes soluciones convenientes para todos. Y es infinitamente más difícil hacerlo hoy. El mundo está sobresaturado de armas y muchas cosas dependen de circunstancias imprevisibles, de origen terrestre o no.

...Aviones B-52 estadounidenses transportaban cuatro bombas H de 25 megatones cada una, es decir 100 megatones por avión. Estos aparatos sufrieron tres averías. Uno de ellos se estrelló cerca de Chicago. Once de los doce fusibles de seguridad de una bomba no funcionaron. ¿Qué habría sido del mundo si el último dispositivo, el duodécimo elemento, hubiera fallado también?

Podemos calcular en la actualidad la cantidad de veces que el mundo ha estado al borde de una catástrofe global. Solo una razón superior ha preservado de la autodestrucción a la humanidad y la vida biológica en la tierra.

Todos los Estados del planeta deben por consiguiente actuar de forma tal que cada uno de sus pasos, grande o pequeño, tienda a hacer del mundo un sitio menos peligroso en todos los aspectos. Y naturalmente, más equitativo y más unido.


Fuente original de consulta en castellano
Red Voltaire

Otras fuentes de consulta:


Por qué la "Conferencia de Yalta" es tan importante en la historia?
¿Por qué se ignora el papel de la URSS en la victoria sobre el nazismo?
La rusofobia de Occidente es incurable
La Temprana ´Guerra Fría´: Planes de la OTAN - Pacto de Varsovia

17 mayo 2020

IIGM: La toma de Berlín por las tropas soviéticas





Conmemorando los 75 años de la Liberación de Europa. 

Nota de introducción por el editor del blog

Segunda parte de la entrevista al historiador ruso Valentín Falin, publicada por Ria Novosti en colaboración con la Red Voltaire, en una serie de tres publicaciones inéditas (marzo/abril 2005) en homenaje al 60 aniverdario del fin de la segunda guerra mundial. 

La temática continúa con algunos misterios y recónditos móviles del conflicto emanados de la apertura de archivos históricos recientemente expuestos a investigadores (inicios siglo XXI). Esta  segunda parte muestra la manipulación de los Aliados en la guerra, su estrategia de atrasar su ataque contra los nazis para que los soviéticos se debiliten ante las tropas hitlerianas o la tentación de buscar un compromiso con los nazis e incluso una alianza contra el peligro bolchevique, entre otros factores que determinaron ciertas decisiones, de la cúpula política y militar de la URSS, en el arduo camino a la Gran Victoria. 

Vale la pena citar a la erudita, pero criticada, profesora francesa (por sus inclinaciones políticas), Annie Lacroix-Riz, quien recalca que a lo largo de 75 años se ha venido construyendo el mito de que los anglosajones liberaron Europa. Y que no debe olvidarse que la prioridad de Washington y de Londres no era la lucha contra el nazismo sino contra el comunismo


Las tropas de Estados Unidos no derrotaron al Imperio Alemán (Deutsches Reich), conocido popularmente en la época hitleriana como el Tercer Reich (Tercer Imperio), cuyo nombre oficial sería desde 1943 Grossdeutsches Reich (El Gran Imperio Alemán), sino, ante todo, los soldados soviéticos del Ejército Rojo.

No debería ser necesario tener que seguir recordando que fueron los soviéticos quienes aplastaron a las fuerzas nazis y de sus países satélites en un número que suman las 607 divisiones; sus aliados occidentales (EEUU, Gran Bretaña, etc.) destruyeron 176 divisiones enemigas en Europa, Norte del África, Italia y en los territorios ocupados por el Imperio Japonés.


Ni hablar sobre la inmensa destrucción de las ciudades francesas y alemanas en las campañas de bombardeo de las fuerzas británicas y estadounidenses que causaron más víctimas civiles que la misma invasión alemana del Occidente de Europa... Y si de historia militar y estadísticas hablamos, alguien ha olvidado la ayuda soviética al iniciar una gran ofensiva no programada, a petición de los Aliados de Occidente cuando estaban siendo barridos en las Ardenas?, los nazis tuvieron que retirar grandes fuerzas para enviarlas de nuevo al Frente Oriental. Y la olvidada "Operación Bagatrión"? (también conocido como el "Día D soviético") que eclipsa a Stalingrado y a Kursk, siendo la operación militar que acabó definitivamente con los alemanes, se inició el 22 de junio de 1944, también para respaldar la apertura del frente occidental (invasión de Normandía). Un verdadero historiador no dudará en señalar que "Bagatrión" fue la batalla más decisiva en la guerra (y la menos recordada por los mismos historiadores en Occidente), es mucho más importante que Normandía... Por qué? 

La Wehrmacht destinó el 25% de sus fuerzas a frenar el avance aliado tras el desembarco de Normandía y el 75% de sus fuerzas militares para detener la ofensiva soviética (Operación Bagatrión). Tampoco deberíamos recordar que, probablemente, si el ejército rojo no realizaba esa ofensiva, Francia no hubiese podido ser liberada. El mundo ha olvidado "Bagatrión", aquella ofensiva representó el real hundimiento del Reich alemán. Las pérdidas alemanas bordearon las 400.ooo bajas entre muertos, heridos y capturados (60.000 muertos, 230.000 heridos y más de 100.000 prisioneros); y la pérdida de miles de vehículos y tanques de todo tipo; a saber, más que Stalingrado y Normandía juntas, supuso la llegada del ejército rojo a las puertas de Varsovia y la expulsión casi total de la Wehrmacht de la Unión Soviética. 

Sin embargo, hay quienes siguen insistiendo reescribir la historia de la segunda guerra mundial.

Buena lectura
T. Andino




Segunda parte II: 

Si no fuera por la toma de Berlín, Rusia se habría implicado en una Tercera Guerra Mundial 
Los Aliados no se apuraron en combatir a los nazis hasta 1944 para debilitar a los rojos soviéticos

Interlocutor: Valentín Falin
Doctor en Historia.
Entrevistador:  Víctor Litovkin
Comentarista militar de Ria Novosti 
2005




➤  Viktor Litovkin: -Hoy en día, la víspera del 60 aniversario de la Victoria, se han reavivado nuevamente las polémicas en torno a la Operación de Berlín que fue realizada por las tropas del 1er Frente Bielorruso en la fase final de la guerra. En Occidente todavía se oye el reproche de que la Unión Soviética y Gueorgui Zhukov sacrificaron numerosas vidas en aras de una efímera acción propagandística, la de enarbolar una bandera roja sobre el Reichstag. ¿Cuál es su opinión a este respecto?
Valentín Falin: Pues debería confesarle que yo también me he preguntado siempre si la Operación de Berlín realmente merecía el sacrificio de casi 120.000 soldados y oficiales soviéticos. ¿Eran justificadas tantas víctimas para que Berlín cayese bajo nuestro control? Y hablando así a solas conmigo mismo, no conseguía dar una respuesta inequívoca hasta que un día me leí la versión íntegra de varios documentos británicos, que habían sido clasificados como secretos hasta hace cinco o seis años, y pude comprobar aquellos datos con la información a la que había tenido acceso, por necesidades del trabajo, en la década del 50. Fue entonces cuando se disipó parte de mis dudas y muchas cosas se pusieron en su lugar. 

La determinación soviética de tomar Berlín y colocarse en la línea demarcadora que había sido trazada durante la reunión de Stalin, Roosevelt y Churchill en Yalta obedecía, en grado considerable, a un objetivo de suma importancia: hacer cuanto estuviera a nuestro alcance para prevenir los planes aventureros que venía tramando el líder británico con el apoyo de algunos sectores influyentes dentro de EE.UU. e impedir que el conflicto derivase en una III Guerra Mundial, en la que Rusia se vería enfrentada a sus aliados de ayer.




➤  Viktor Litovkin: - ¿Cómo era posible? Si la coalición antinazi estaba en el auge de su gloria y eficiencia...
Valentín Falin: Lamentablemente, la vida es pródiga en cataclismos. Difícilmente podríamos encontrar a otro político del siglo XX que fuera equiparable a Winston Churchill en cuanto a la habilidad para despistar a gente propia y ajena. El ministro de Guerra en la Administración de Roosevelt, Henry Stimson, describía la actuación del premier británico como «la modalidad más desenfrenada del alboroto». Y en lo que más progresó el futuro sir Winston era en las intrigas y en la política farisaica en relación con la Unión Soviética.


De izquierda a derecha: Stalin de la Unión Soviética, Roosvelt presidente de los Estados Unidos y Churchill, primer ministro británico. 

En sus mensajes a Stalin, Churchill «rezaba por que la alianza anglo-soviética fuese una fuente del bien para ambos países, las Naciones Unidas y el mundo entero» y deseaba «un éxito absoluto para esa empresa noble», refiriéndose así a la extensa ofensiva que el Ejército Rojo venía preparando con mucha prisa en todo el Frente Este en enero de 1945, cuando Washington y Londres suplicaban a Moscú una ayuda urgente para los aliados cuya situación en Ardenas y Alsacia era crítica.

Eso, de palabra. Y en realidad Churchill se sentía libre de cualquier compromiso ante la Unión Soviética y hasta intentó, en vísperas de la cumbre de Yalta, orientarle al presidente Roosevelt hacia una confrontación con Moscú. Fracasando en su propósito, el premier se embarcó en aquella singladura a solas.

Fue en aquellas fechas cuando Churchill ordenó almacenar las armas de trofeo alemanas con vistas a su eventual uso contra la URSS e internar en el sur de Dinamarca y en la tierra de Schleswig-Holstein, por divisiones, a los soldados y oficiales de la Wehrmacht que se rendían a las tropas británicas. Más adelante veremos el objetivo general de este plan malicioso engendrado por el líder inglés.

Recordemos que tanto en el plano formal como en la práctica, el Segundo Frente abierto en Occidente dejó de existir en marzo de 1945. Las unidades alemanas se rendían o bien se iban replegando hacia el Este, sin oponer resistencia digna a los aliados.

La táctica de los alemanes consistía en retener, dentro de lo posible, las posiciones a lo largo de la línea de confrontación germano-soviética hasta que el Frente Oeste, ya virtual en aquellas fechas, y el Frente Este, existente en realidad, se fundieran en uno solo para que las tropas americanas y británicas pudieran relevar a las unidades de la Wehrmacht en la tarea de contrarrestar la «amenaza soviética» que se iba cerniendo sobre Europa.

Los aliados occidentales habrían podido avanzar hacia el Este más rápido de lo que hicieron, si las planas mayores de Montgomery, Eisenhower y Alexander hubieran coordinado mejor sus acciones y fuerzas y hubiesen gastado menos tiempo en las querellas internas y en la búsqueda del denominador común.

Mientras Roosevelt estaba vivo, Washington no se apresuraba a poner cruz y raya en la cooperación con Moscú, por diversos motivos. Para Churchill en cambio, era necesario deshacerse de los rusos porque habían cumplido ya su misión.


Vehículo soviético en las calles de Berlín


Preguntémonos cuál debía haber sido la reacción de los dirigentes soviéticos después de que se enteraron del doble juego de Churchill.

¿Reconfortarse con la idea de que la victoria conjunta estaba cerca y que cada una de las tres potencias, mediante los acuerdos logrados, podría establecer el control en la zona de su responsabilidad?

¿Confiar en las decisiones tomadas con respecto a Alemania y sus satélites? 

¿O resultaba más seguro atenerse a los datos fidedignos sobre la traición que se estaba tramando y en la que Churchill involucraba a Truman, a sus asesores Leahy y Marshall, al jefe del servicio de inteligencia norteamericana Donovan y a otros cargos parecidos? 

- No tengo respuesta.

Recordemos que la reunión de Yalta terminó el 11 de febrero. En la mañana del día siguiente, 12 de febrero, los mandatarios americano y británico se fueron a casa. En Crimea se acordó que la aviación de las tres potencias se atendrían en sus operaciones a ciertas zonas delimitadas, pero ya en la noche del 12 al 13 de febrero los bombarderos de los aliados occidentales arrasaron la ciudad de Dresden y más tarde las fábricas más importantes en Eslovaquia y en la futura zona de ocupación soviética en Alemania, para que los rusos no pudieran quedarse con las instalaciones productivas.

En 1941 Stalin sugirió que la aviación británica y americana bombardease los campos petroleros de Ploesti, usando para ello los aeródromos de Crimea, pero nadie quiso hacerlo en aquel entonces. Los ataques aéreos fueron realizados solamente en 1944, cuando las tropas soviéticas se habían acercado a ese centro petrolero que venía suministrando el combustible a Alemania desde principios de la guerra.

➤  Viktor Litovkin: ¿Y Dresden? ¿Por qué estorbaba a los aliados?
Valentín Falin: Uno de los principales objetivos del ataque aéreo contra Dresden eran los puentes del Elba. El planteamiento de Churchill, compartido por los americanos, era retener al Ejército Rojo en el Este, a la mayor distancia posible.

➤  Viktor Litovkin: ¿Quiere decir que la destrucción de la ciudad fue una especie de efecto colateral?
Valentín Falin: Son los llamados costes de la guerra. Aunque también había otro motivo. En el briefing pre-vuelo se les había dicho a los pilotos británicos que demostrasen a los Soviets todas las capacidades de la aviación de bombardeo aliada, cosa que hicieron en varias ocasiones. En abril de 1945 lanzaron bombas contra Potsdam. Destruyeron Oranienburgo.

Supuestamente por una equivocación de los pilotos que en teoría habían apuntado contra la sede de la Lüftwaffe en Zossen, según nos explicaron más tarde. Era una de esas incontables declaraciones para despistarnos. El bombardeo de Oranienburgo, donde se encontraban laboratorios alemanes que trabajaban con el uranio, se llevó a cabo por una orden de Marshall y Leahy, para que las instalaciones, personal, equipos y materiales no cayeran en nuestras manos. Todo quedó pulverizado.

Cuando centramos hoy la mirada en los acontecimientos de aquella época tenaz y nos esforzamos por analizar, dentro del sistema de coordenadas vigente entonces, por qué la dirección soviética aceptó un sacrificio tan grande en la recta final de la guerra, tenemos que preguntarnos si había o no un margen de maniobra. Aparte de las tareas inmediatas de la campaña bélica era necesario solucionar las charadas políticas y estratégicas a largo plazo, en particular, oponer diques ante los planes aventureros de Churchill.



Tropas soviéticas en el Reichstag

➤  Viktor Litovkin: ¿No podíamos acaso decirles a los aliados que estábamos al tanto de sus planes y que los considerábamos inadmisibles? ¿Haber expuesto esa alevosía a la luz pública?
Valentín Falin: No estoy seguro de que hubiera surtido efecto. Se hizo un intento por influir en los socios mediante un buen ejemplo. A través del diplomático Vladímir Semenov se que Stalin invitó a su despacho a Andrei Smirnov, en aquel entonces jefe del tercer departamento europeo en el ministerio de Exteriores soviético, para debatir con él, con la participación de Semenov, las eventuales variantes de acción en los territorios incluidos dentro de la zona de responsabilidad soviética.

Smirnov informó que las tropas rusas, persiguiendo al enemigo, sobrepasaron en Austria la línea de demarcación acordada en Yalta y propuso retener estas nuevas posiciones para ver cómo se comportaría EE.UU. en situaciones similares.

Stalin lo interrumpió diciendo que estaba equivocado y le dictó el texto de un cable que debía enviarse a los aliados: «Las tropas soviéticas, persiguiendo a las unidades de la Wehrmacht, se vieron obligadas a cruzar la línea que habíamos acordado anteriormente. Quisiera confirmar por la presente que, una vez terminadas las operaciones bélicas, la parte soviética se encargará de retirar sus tropas poniéndolas dentro de los límites establecidos para las respectivas zonas de ocupación».

➤  Viktor Litovkin: ¿El telegrama aquel se envió a Londres y a Washington?
Valentín Falin: No se a dónde ni a quién. Tampoco se si se envió por la vía militar o por la política. Solo estoy reproduciendo lo que me contó un testigo de aquel episodio. También es cierto que nuestro planteamiento no le causó ninguna impresión a Churchill.

Después del 12 de abril de 1945, cuando murió Roosevelt, él empezó a presionar muy fuerte sobre Truman persuadiéndole que no hace falta cumplir los acuerdos de Teherán y Yalta. Según él, era hora de crear nuevas situaciones que requerirían de soluciones diferentes. ¿Qué clase de soluciones?

Las potencias occidentales, en opinión del premier británico, se habían colocado por una evolución natural de los acontecimientos en unas posiciones más avanzadas hacia el Este, y era donde las «democracias» debían afianzarse.

Churchill se oponía a la conferencia de Potsdam o cualquier otra reunión que formalizara la victoria rindiendo el tributo a la aportación hecha por la Unión Soviética. Según la lógica del primer ministro, se presentaba ante Occidente la oportunidad de aprovechar un momento en que la URSS tenía recursos prácticamente agotados, retaguardia demasiado extensa, tropas cansadas de la guerra y equipos desgastados, por lo cual era necesario lanzarle un reto a Moscú y obligarla, ante la alternativa de otra guerra penosa, a plegarse al dictado de los anglosajones.



Conferencia de Potsdam, 17 julio - 2 agosto 1945. Nuevos protagonistas, a la izquierda Clement Attlee elegido primer ministro británico, sucesor de Winston Churchill (que también participó en la Conferencia); el presidente de los Estados Unidos Harry S. Truman; y, Stalin por la Unión Soviética.

Quisiera subrayar aquí que no es una especulación ni tampoco una hipótesis sino la constatación de un hecho con nombre propio. A principios de abril o, según otros datos, a finales de marzo de 1945, Churchill ordenó que se procediera con la máxima urgencia a los preparativos de la Operación «Impensable», nueva guerra que tenía que empezar el de julio de 1945 y en la cual deberían participar las tropas estadounidenses, británicas, canadienses, el cuerpo expedicionario polaco y diez o doce divisiones alemanas, aquellas que se mantenían sin disolver en la tierra de Schleswig-Holstein y en el sur de Dinamarca.

La verdad es que el presidente Truman se abstuvo de apoyar aquella idea jesuita, por ponerle un término suave. Como mínimo, por dos razones. Primero, porque la opinión pública en Estados Unidos no estaba dispuesta a aceptar una traición tan cínica a la causa de las Naciones Unidas.

➤ Viktor Litovkin: Vamos, semejante perfidia...
Valentín Falin: Sí. Pero no era ésta, probablemente, la causa principal. Los generales norteamericanos defendieron la necesidad de mantener la cooperación con la URSS hasta que capitulara Japón. Además ellos suponían, al igual que los militares británicos, que era más fácil desatar una guerra contra la Unión Soviética que terminarla con éxito. El riesgo les parecía demasiado grande.

Preguntémonos otra vez cómo debía haber actuado la cúpula militar de la URSS ante las informaciones de ese tipo. La Operación de Berlín, si usted prefiere, era una reacción al Plan «Impensable». La hazaña realizada por los soldados y oficiales rusos en aquella batalla era una advertencia a Churchill y sus coidearios.

La autoría del guión político de la Operación de Berlín pertenece a Stalin. A su vez, Gueorgui Zhukov fue el autor general de su componente militar y también el hombre que más tarde se vio obligado a asumir el fuego de las críticas por el elevado coste de aquella batalla grandiosa que se desarrolló en las inmediaciones de Berlín y dentro de la capital alemana.

En parte, las críticas obedecían a motivos emocionales. El mariscal Konstantín Rokossovski se había acercado más que Zhukov hacia Berlín y, probablemente, ya se estaba preparando mentalmente para aceptar las llaves de la capital del Tercer Reich.

Sin embargo, el alto estado mayor le encomendó a Rokossovski otra misión, tal vez, porque Stalin mostraba preferencia por un jefe militar de carácter más duro. Otro mariscal ruso, Iván Kónev, también se vio relegado a un segundo plano durante la Operación de Berlín. Se afligió mucho, él mismo me lo confesó un día...




➤  Viktor Litovkin: Claro, también él estaba más cerca de Berlín que Zhúkov en abril de 1945...
Valentín Falin: Sea como fuere, el escogido fue el mariscal Zhúkov, quien pasaba por ser la mano derecha del Comandante en jefe. La inminente caída de Berlín, por tanto, resaltaba la gloria militar del «mismísimo», el cual estaba dirigiendo esa mano derecha.

Parece que en aquellas fechas Stalin todavía no era demasiado perceptible al cotilleo de los chismosos, quienes le atribuían a Zhúkov ciertas frases acerca de los graves errores cometidos por el máximo dirigente tanto en 1941 como en otros períodos...

➤  Viktor Litovkin: ¿Qué ha sido entonces Berlín para nosotros?
Valentín Falin: El asalto a Berlín y la Bandera de la Victoria enarbolada sobre el Reichstag representaban, desde luego, más que un símbolo o una nota final de la guerra. Y menos aún, se trataba de una acción propagandística. Era una cuestión de principios para el Ejército entrar en la guarida misma del enemigo y así marcar el fin de la guerra más difícil en la historia de Rusia.

Era de allí, desde Berlín según creían los combatientes, de donde había salido la fiera nazi que trajo innumerables penurias al pueblo de la Unión Soviética, Europa y del mundo entero. El Ejército Rojo llegó a aquel lugar para inaugurar un nuevo capítulo en la historia de Rusia, Alemania y toda la humanidad...




Fijémonos en los documentos que se estaban elaborando por encargo de Stalin en la primavera de 1945, en los meses de marzo, abril y mayo. Un investigador objetivo se dará cuenta de que no era un sentimiento de venganza lo que determinaba la futura línea de la URSS.

Los dirigentes soviéticos sugerían tratar a Alemania como a un Estado derrotado, y a los alemanes, como a un pueblo responsable de haber desencadenado la guerra. Pero nadie se proponía convertir su derrota en un castigo sin prescripción y sin cabida para un futuro más digno. Stalin estaba poniendo en la práctica una consigna que había planteado en el año 1941: los Hitlers vienen y se van pero Alemania y el pueblo alemán se quedan.

Lógicamente, era necesario hacer que los alemanes contribuyesen a la recuperación de la «tierra arrasada» que habían dejado como herencia en los territorios ocupados. Para indemnizar todas las pérdidas y los daños ocasionados a la URSS no habría bastado siquiera la totalidad del patrimonio nacional de Alemania.

Coger cuanto fuera posible sin asumir como lastre la manutención de los propios alemanes, «pillar a tope», en éstos términos nada diplomáticos Stalin guiaba a sus subalternos en el tema de las compensaciones. Ni un clavo estaría de más para sacar de las ruinas a Ucrania, Bielorrusia o las regiones céntricas de Rusia que tenían destruidas más de un 80% de las instalaciones industriales. Un tercio de la población perdió sus viviendas.

Alrededor de 80.000 km de raíles en el territorio ruso - más que el conjunto de los ferrocarriles alemanes antes de la Segunda Guerra Mundial - habían sido volados, reducidos por los nazis a una chatarra deforme, y hasta las traviesas quedaban rotas.

Al mismo tiempo, los mandos militares soviéticos recibieron la firme orden de poner cese a las arbitrariedades inevitables en toda guerra en relación con los civiles, en primer lugar, las mujeres y los niños. Los violadores debían entregarse a los tribunales de guerra. Hubo de todo.

Paralelamente Moscú exigía represalias severas contra cualquier arremetida o acto de subversión que pudiera producirse en Berlín o dentro de la zona de ocupación soviética por culpa de «elementos incorregibles o no rematados».

No faltaban, por cierto, quienes quisieran disparar a las espaldas de los vencedores. La caída de Berlín fue el 2 de mayo, pero los «combates locales» se prolongaron por diez días más. Iván Zaitsev, quien trabajaba en la embajada soviética en Bonn, me confesó una vez que siempre había tenido «más suerte que nadie»: la guerra finalizó el 9 de mayo y a él le tocó pelear en Berlín hasta el día 11. A las tropas soviéticas se oponían en Berlín las unidades de la SS procedentes de 15 países. Junto con los nazis alemanes estaban allí los de Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y vaya a saber de dónde más...

➤  Viktor Litovkin: ¿Pero la toma de Budapest se prolongó por más tiempo que la de Berlín, no?
Valentín Falin: Budapest es un caso aparte. Estamos hablando de Berlín ahora. Lo que pasaba allí provocaba mucho dolor de cabeza a los mandos soviéticos. Establecer el control sobre esa ciudad era una tarea complicadísima. Para acceder a Berlín, no bastaba con pasar los altos de Zeelow o superar, con bajas muy considerables, las siete líneas habilitadas para una defensa duradera.

En las afueras de la capital alemana y en las principales arterias urbanas estaban enterrados los carros de combate, que hacían las veces de puestos de fuego blindados. Cuando las unidades soviéticas salieron, por ejemplo, a la Frankfurter Allee, una avenida que conducía hacia el centro, les recibió una ráfaga de fuego que se cobró muchas víctimas...



➤  Viktor Litovkin: ¿Esa calle se había llamado Hitler Strasse antes de la guerra?
Valentín Falin: La siguieron llamando así hasta mayo de 1945. Los tanques enemigos se encontraban en todos los puntos clave a lo largo de esa calle, y sus tripulantes estaban disparando a bocajarro contra la infantería, los camiones y los carros de combate soviéticos con la desesperación de personas condenadas. La Wehrmacht quería organizar en las calles de Berlín un segundo Stalingrado, esta vez, en el Spree.

Cuando pienso en todo ello, no dejo de sentir cierta desazón. ¿No habría sido mejor acaso tomar Berlín en un cerco y esperar a que se rindiera? ¿Realmente era tan necesario izar la bandera sobre el edificio de Reichstag, maldita sea? Centenares de soldados rusos murieron durante aquel asalto.

Por supuesto, es difícil juzgar a los vencedores y a los vencidos a posteriori. Eran, probablemente, las razones de calibre estratégico las que primaron en aquellas fechas. Las potencias occidentales, cuando estaban reduciendo a escombros Dresden, intimidaban a Moscú con el potencial de su aviación de bombardeo.

Stalin, seguramente, también quería enseñarles a los autores del Plan «Impensable» que el Ejército soviético tenía un enorme poderío de fuego y choque, aludiendo así a que el desenlace de la guerra se decide en la tierra, no en el aire ni en el mar.




➤  Viktor Litovkin: ¿Podríamos afirmar que la toma de Berlín frenara a Londres y a Washington en la tentación de empezar la III Guerra Mundial?
Valentín Falin: Una cosa es evidente. La batalla de Berlín fue un balde de agua fría para muchos cerebros calenturientos, con lo cual cumplió su misión política, psicológica y militar.

El éxito relativamente fácil de la primavera de 1945 embriagaba a un montón de gente en Occidente. Bastaría con citar el caso del general estadounidense George S. Patton, quien exigía histéricamente no detenerse en el Elba y mover las tropas norteamericanas a través de Polonia y Ucrania hacia Stalingrado para terminar la guerra en el mismo lugar donde Hitler había sufrido una derrota.

A los rusos Patton los llamaba «descendientes de Gengis Khan». Tampoco Churchill se preocupaba mucho por el lenguaje y aplicaba a los rusos los epítetos de «bárbaros» y «monos salvajes». Es decir, la «teoría de los infrahombres» no era un monopolio alemán.

La muerte de Roosevelt provocó un cambio casi relámpago en las directrices de la política norteamericana. En su última alocución al Congreso de EE.UU., el 25 de marzo de 1945, el presidente advertía que la nación estadounidense debía asumir la responsabilidad por la cooperación internacional o, de lo contrario, sería responsable de un nuevo conflicto a escala mundial.

Esta advertencia o legado político no perturbó a su sucesor, Truman, quien anunció por primera vez, en una reunión celebrada el 23 de abril en la Casa Blanca, su propia línea a corto plazo: la capitulación de Alemania era una cuestión de varios días, a partir de lo cual las trayectorias de la URSS y EE.UU. iban a divergir radicalmente. El equilibrio de los intereses era una tarea para flojos y lo que primaría en adelante era la Pax Americana.

Truman estaba a un paso de declarar sin más dilaciones, a bombos y platillos, el término de la cooperación con Moscú. Y lo habría hecho si no fuera por la oposición de los militares estadounidenses. De haberse producido una ruptura con la URSS, Washington habría tenido que acabar con Japón por cuenta propia, lo cual le habría costado según las estimaciones del Pentágono entre uno y dos millones de vidas de «chavales americanos».

Así que los militares de EE.UU., guiándose por razones propias, impidieron en abril de 1945 una avalancha política. Pero no fue por mucho tiempo.

La «ofensiva contra Yalta» se llevó a cabo de forma implícita, poniéndose en escena la capitulación de Alemania en Reims, un acuerdo separado que se enmarcaba en el Plan «Impensable».

Otro testimonio de que las relaciones entre los antiguos aliados ya estaban tocando fondo tras la caída de Berlín fue el rechazo de Eisenhower y Montgomery a la participación en un desfile conjunto que se pensaba organizar con motivo de la victoria en la capital alemana. Ellos dos, junto con Zhúkov, debían pasar revista a las tropas.


➤  Viktor Litovkin: ¿Es por eso por lo que el Desfile de la Victoria fue celebrado en Moscú?
Valentín Falin: No. Aquel desfile en Berlín también llegó a celebrarse, en julio de 1945, pero el mariscal Zhúkov pasó revista a solas. Y el Desfile de la Victoria en Moscú, como es sabido, fue el 24 de junio.



Las secuencias fotográficas corresponden a Berlín, 12 de julio de 1945. En una ceremonia junto a la Puerta de Brandenburgo, el Mariscal Montgomery condecora a varios generales soviéticos. 

(Nota del Editor del blog: Hubo un desfile conjunto: URSS, EEUU, Gran Bretaña y Francia en Berlín, el 7 de septiembre de 1945, cerca del Reichstag y la Puerta de Brandenburgo. Representantes: por la URSS Mariscal Zhúkov; General Georg Patton, por los Estados Unidos; General Brain Robertson por Gran Bretaña; y, General Marie-Pierre Koenig, de Francia. Se le denomina el "desfile olvidado" ya que no es mencionado casi nunca en fuentes occidentales. El 8 de mayo de 1946, primer aniversario de la rendición alemana, se celebró en Berlín el desfile de la Victoria, participando las cuatro potencias, frente a la Puerta de Brandenburgo, igualmente olvidado por la historia.

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