A manera de prólogo
Muchos conocen el invaluable aporte de Marc Vidal, analista económico independiente y experto en transformación digital e inteligencia artificial, reconocido en listas como Forbes Top 100 Influencers y otras redes de relevancia internacional.
En una de sus últimas aportaciones en su canal de YouTube titulada “EEUU no necesitará invadir países. Está construyendo el mayor sistema de poder jamás creado”, examina cómo la regulación de la inteligencia artificial dejó de ser un debate ético para convertirse en una jugada de poder geopolítico y el por qué del país que construya primero todo eso será el que dicte las reglas que tú, yo, Europa entera tendrá que aceptar para poder jugar.
Mientras Estados Unidos y China construyen, Europa se posiciona como árbitro moral con una legislación avanzada. Sin embargo, quienes no desarrollan la tecnología por sí mismos no pueden, en última instancia, hacer cumplir las normas y deberán aceptar los estándares de otros.
El cambio de estrategia de Estados Unidos viene relacionado por varios factores, entre otros por su decadencia militar. Donald Trump dio un giro en la política, aplicando la regla del liderazgo a los países que van rezagados. Las regulaciones que impone Estados Unidos son cadenas que frenan y, cuando esas regulaciones van ganando se convierten en un muro para los competidores. Por ello, la industria no solo sigue funcionando, está transformándose, pero se convierte en obligatoria para otros.
Vidal habla del "Privilegio Exorbitante" del paso del control monetario del dólar al control de la Inteligencia Artificial, ese será el nuevo peaje global. Ese mismo "privilegio exorbitante" fue lo que permitió a Washington imprimir el dólar con la que el mundo comerciaba, a la vez que exportaba sus crisis. Hoy, probablemente se sustituirá el dólar por la infraestructura de IA (chips, sistemas, modelos, centros de datos), como chantaje político, quien fije ese patrón cobrará un peaje invisible en forma de dependencia tecnológica y de datos a cada ciudadano y gobierno del planeta.
A eso Vidal denomina "la interdependencia como arma silenciosa", la "correa tecnológica" porque cuando los hospitales, bancos, administraciones y ejércitos de un país operan bajo modelos de IA y chips fabricados a miles de kilómetros, no hay una simple relación comercial, existe una "correa de transmisión" donde el país proveedor decide cuándo tirar o aflojar, lo que convierte la regulación en una disputa por quién sostiene dicha correa.
Y la competencia es entre Estados Unidos y China, quedando la Unión Europea en medio de un dilema y riesgo, a manera de árbitro moral, pero sin poder. Mientras EE. UU. centraliza para dominar y China construye a velocidad de Estado, Europa ha optado por redactar las regulaciones más elegantes y sofisticadas sobre privacidad y ética digital. Vidal advierte que "regular es fácil cuando no construyes nada"; pero, -en realidad- quién construye el sistema escribe las reglas del futuro. Al igual que Keynes en Bretton Woods, Europa tiene ideas justas pero carece del poder real para imponerlas. El riesgo inminente es convertirse en una "estatua de mármol" perfecta pero irrelevante, ya que nadie negocia un estándar que no ha construido; simplemente lo acepta y asume una pérdida de soberanía.
Así pues, los modelos de IA, chips y datos se convierten en la nueva dependencia global y, por lógica, las regulaciones favorecerán siempre al país que va ganando. Debe quedar claro, la IA no va solo de chips, es la interdependencia como arma geopolítica. No es extrañeza alguna observar como en semanas pasadas el gobierno de Estados Unidos preparaba una regulación para obligar a los Países Bajos a prohibir a la empresa ASML vender a China cualquier máquina para la fabricación de chips. ASML, prácticamente es la única en el mundo que fabrica las máquinas de litografía que, a su vez, sirven para producir los microchips más complejos. China, no quiere quedarse atrás, sabe que le será vetado el acceso a este tipo de tecnología occidental, por eso también está dando pasos gigantescos al iniciar a producir sus propias máquinas de litografía DUV de inmersión desarrolladas en el país para fabricar chips, reducirá la dependencia de tecnología extranjera y reforzará su estrategia tecnológica soberana con la capacidad para fabricar semiconductores avanzados. Sin embargo, estas herramientas aún no pueden rivalizar con las máquinas de ASML; sin duda será una gran competencia por dominar el mercado de semiconductores y chips.
Volviendo al campo meramente político, es lo que Albert Hirschman fijaba para el comercio: dependencia y presión política, eso que se suele decir “comercio entre países” o “cooperación pacífica” genera dependencias asimétricas que pueden transformarse en armas. “Si un país pequeño vende casi todo a un país grande, el grande no necesita invadirlo, ¿verdad? Basta con que un día cierre la frontera comercial para ponerlo de rodillas”, razona Vidal.
En otras palabras, el sistema lo escribe quien construye y luego nos impone (gobierna) a los demás. Es lo que pasó con el Imperio británico, una época fue el centro del mundo y dejó de serlo sin que se lo viera venir; igual podría decirse ahora de los Estados Unidos porque “las hegemonías no caen con un estruendo, con unos truenos, con una catástrofe. Se erosionan en silencio mientras otro en otra parte está colocando los cimientos del siguiente sistema sin pedir permiso”. Y eso está por dilucidarse entre China y Estados Unidos.
"Regular la inteligencia artificial no basta" -dice Vidal- "la clave es quién la controla”. La pregunta de verdad es, ¿quién la está construyendo? Por qué ese y solo ese escribirá las reglas que después todos vamos a tener que firmar sin haber estado en la sala, por mucho que queramos regular éticamente, si no lo construimos será casi imposible.
“¿Construyes tus propias reglas, algo que sea personal, propio, íntimo, a título individual u obedeces las de otros? A mí me sirve de elección, quizás sea la más sencilla. En cualquier juego que importe tu carrera, tu negocio, tu manera de entender lo que viene, conviene preguntarse si estás construyendo algo propio o si te estás limitando a cumplir las reglas que otro escribió para ti. Porque entre construir y obedecer hay toda una distancia, la distancia del mundo. Y esa distancia casi siempre debería de ser así, la deberías de decidir tú”.
Demos paso a la ponencia central de este post.
T. Andino
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Autor © Desconocido
La geografía invisible del poder israelí
Fundación Cultura Estratégica
Lorenzo Maria Pacini
Profesor asociado de Filosofía Política y Geopolítica, UniDolomiti de Belluno. Consultor en Análisis Estratégico, Inteligencia y Relaciones Internacionales
El mapa oculto por los servidores y la ilusión de las fronteras digitales
La soberanía de los datos es el nuevo petróleo, pero mientras Asia Occidental extrae la materia prima los gigantes tecnológicos extranjeros la refinan.
El 10 de junio de 2025, dos ejecutivos de Microsoft Francia comparecieron ante una comisión de investigación del Senado francés encargada de examinar la contratación pública y la soberanía digital. La audiencia transcurrió en el habitual tono tranquilizador hasta que una pregunta cambió por completo el ambiente:
- ¿Podría la empresa garantizar que los datos de los ciudadanos franceses, incluso si se alojan en servidores ubicados en Francia, nunca se transferirían a una autoridad extranjera sin el consentimiento del gobierno francés?
Anton Carniaux, director de asuntos públicos y legales de la filial, respondió bajo juramento con cuatro palabras:
- "No, no puedo garantizarlo".
Esa declaración rompió con años de retórica corporativa basada en frases como "regiones de nube locales", "infraestructura confiable" y "residencia de datos". Francia podía alojar los servidores, los ciudadanos franceses podían generar los datos y las instituciones francesas podían pagar por el servicio, pero la autoridad última podía residir en otro lugar. La comisión llegó a una conclusión clara: Microsoft no podía garantizar la soberanía sobre los datos que alojaba. Este intercambio revela una realidad con consecuencias específicas, incluyendo -y quizás sobre todo- para Asia Occidental: la ubicación física de los datos ya no coincide con su ubicación política.
La geografía clásica del poder enseña que la soberanía ocupa territorio. El petróleo pertenece al Estado bajo cuyo suelo se encuentra; los puertos están bajo la autoridad del país en cuyas costas se ubican; los oleoductos siguen las fronteras que cruzan. En esta tradición, el poder se interpreta en la superficie de la tierra. Los datos siguen una geografía diferente.
Un historial médico puede crearse en Riad, almacenarse en Baréin, procesarse mediante un algoritmo entrenado en Estados Unidos y gestionarse a través de una filial europea. ¿Qué Estado lo controla realmente? La respuesta convencional atribuye los datos al individuo, la empresa o el gobierno que los generó. En la práctica, la propiedad importa menos que el control. El verdadero poder reside en quien pueda acceder, procesar, transferir, restringir o exigir legalmente la divulgación de la información.
Este principio lo enuncia inequívocamente el propio Departamento de Justicia de Estados Unidos en virtud de la Ley CLOUD, los proveedores sujetos a la jurisdicción estadounidense pueden ser obligados a entregar datos mediante procedimientos legales válidos, "independientemente de dónde los almacene la empresa". Washington presenta la ley como una herramienta legítima para obtener pruebas electrónicas. A nivel geopolítico, permite que la jurisdicción estadounidense se extienda a través del control corporativo, alcanzando información almacenada mucho más allá del territorio estadounidense. El nuevo mapa del poder no solo se define por fronteras, cables y centros de datos, sino también por domicilios sociales, claves de cifrado, obligaciones legales, administradores de sistemas y los estados capaces de obligarlos a cooperar.
En Asia Occidental, los gobiernos están invirtiendo fuertemente en computación en la nube, inteligencia artificial, identidad digital, ciudades inteligentes y servicios públicos basados en datos. Arabia Saudita aspira a convertirse en una economía de datos líder; los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Omán y Turquía están ampliando sus capacidades de gestión y gobernanza de la información.
La capacidad física también se concentra en unos pocos centros regionales: una evaluación del Banco Mundial de 2025 contabilizó treinta y nueve centros de datos en los Emiratos Árabes Unidos y treinta y tres en Arabia Saudita, cifras inferiores al promedio de los países de altos ingresos (ochenta y uno), pero significativamente superiores al resto de la región.
La transición es cuantificable. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, en 2024, el 70% de la población de los estados árabes utilizaba Internet, en comparación con el 68% a nivel mundial. Sin embargo, el promedio regional oculta una brecha de 82 puntos porcentuales entre las economías menos y más conectadas, mientras que las suscripciones de banda ancha fija siguen siendo menos de la mitad de la cifra global. La expansión digital es rápida y, al mismo tiempo, profundamente desigual.
El panorama de proveedores, por otro lado, está altamente concentrado. Según Synergy Research Group, en el tercer trimestre de 2025, Amazon, Microsoft y Google representaron el 63% del gasto empresarial global en infraestructura en la nube, en un mercado trimestral que había crecido de 68 mil millones de dólares a 107 mil millones de dólares solo dos años antes.
Los países que están construyendo rápidamente sus propios sistemas digitales están entrando en un mercado ya estructurado en torno a la dependencia. Un gobierno puede exigir que los datos de los ciudadanos permanezcan dentro de las fronteras nacionales mientras confía a una empresa extranjera la gestión de la plataforma, la actualización del software, el suministro del modelo de IA o el control de capas críticas del sistema. Esto crea la apariencia de soberanía sin su sustancia.
La localización de datos solo responde a una pregunta: ¿dónde se almacena la información? Deja abiertas las preguntas cruciales: ¿Quién controla las claves de cifrado? ¿Quién actualiza el software? ¿Quién puede suspender el servicio? ¿Qué leyes nacionales rigen al proveedor? ¿Quién puede obligar a su divulgación y quién posee la capacidad de computación necesaria para extraer valor estratégico de ella? Mantener los servidores dentro de las fronteras nacionales no los coloca bajo control nacional.
Palestina y los datos como arma
En ningún otro lugar son más evidentes las consecuencias de esta geografía oculta que en la Palestina ocupada. La guerra moderna depende cada vez más de la recopilación, el cruce y la interpretación de enormes cantidades de información. Los registros telefónicos, los identificadores biométricos, las comunicaciones interceptadas, los historiales de ubicación y las imágenes aéreas pueden transformarse en inteligencia militar mediante la computación en la nube y la inteligencia artificial.
El uso combinado de productos de Microsoft y OpenAI por parte del ejército israelí en marzo de 2024 había alcanzado un nivel de casi doscientas veces superior a la de la semana anterior al 7 de octubre de 2023. Los datos almacenados en los servidores de Microsoft se habían duplicado con creces, superando los 13,6 petabytes en julio de 2024, mientras que el uso de los servidores creció en casi dos tercios durante los dos primeros meses de la guerra. Según se informa, la plataforma Azure se utilizó para recopilar, transcribir y traducir información obtenida mediante vigilancia masiva, y parte de la inteligencia se cotejó con sistemas de adquisición de objetivos.
En septiembre de 2025, Microsoft desactivó ciertos servicios en la nube y de IA proporcionados a una unidad militar israelí después de que una auditoría interna confirmara que sus productos se estaban utilizando para la vigilancia masiva de palestinos; los datos en cuestión se almacenaban en las instalaciones en la nube de la empresa ubicadas en Europa.
Esta cadena de acontecimientos es reveladora:
Información recopilada en Palestina, procesada por una unidad militar israelí, alojada en Europa y, en última instancia, sujeta a una decisión tomada por una empresa estadounidense.
La limitación de esta medida es igualmente reveladora:
Como señaló Hossam Nasr, ex empleado de Microsoft y defensor de la campaña «No Azure para el Apartheid», la mayor parte del contrato con el aparato militar israelí permaneció intacta. Las grandes empresas tecnológicas ahora ocupan posiciones que antes estaban reservadas casi exclusivamente a los Estados: proporcionan capacidades utilizadas en operaciones de inteligencia, deciden si un cliente conserva el acceso, investigan presuntos abusos e imponen restricciones transfronterizas.
El propio Israel reconoce la importancia estratégica del control sobre la nube. El proyecto Nimbus, adjudicado a Google y Amazon Web Services, fue diseñado para proporcionar a los ministerios israelíes y organismos públicos relacionados una infraestructura integral en la nube. El contrato, valorado en 1200 millones de dólares, requería infraestructura local y se presentó como un medio para mantener la información gubernamental dentro de las fronteras del país. Sin embargo, los principales proveedores siguen siendo empresas estadounidenses, integradas en los sistemas legales y tecnológicos de Estados Unidos. Nimbus encarna la paradoja central de la soberanía de los datos: un gobierno puede exigir que la información permanezca dentro de su territorio mientras confía el almacenamiento, la computación y la gestión de la plataforma a empresas con sede en otros países. Israel negoció con firmeza para reducir esta vulnerabilidad. La mayoría de los países de Asia Occidental carecen del poder de negociación de Israel, de su integración tecnológica con Washington o de su capacidad para presionar a las grandes corporaciones estadounidenses.
En este caso, la soberanía también depende del poder de negociación. La disputa sobre los datos es, en última instancia, una lucha por tres derechos estratégicos.
- El primero es el derecho a recopilar: los gobiernos, las plataformas digitales, los operadores de telecomunicaciones, los bancos y los servicios de seguridad acumulan información sobre identidad, movimientos, comunicaciones, salud, consumo y comportamiento.
- El segundo es el derecho a procesar: los datos brutos adquieren valor estratégico solo si el actor posee los chips, algoritmos, plataformas en la nube y personal cualificado necesarios para procesarlos.
- El tercero es el derecho a obligar: la autoridad, reclamada por los gobiernos y los tribunales, para obligar a los proveedores a revelar, conservar, eliminar o restringir la información.
La concentración económica en torno a estos tres derechos se está intensificando. La UNCTAD informa que las cinco mayores multinacionales digitales han aumentado su participación combinada en las ventas del sector del 21 % en 2017 al 48 % en 2025, mientras que su participación en los activos aumentó del 17 % al 35 %. El control sobre los datos y la computación se acumula más rápido que la expansión de la infraestructura.
Un país que controla solo el primer derecho es un proveedor de materias primas digitales; uno que controla la recopilación de datos y la computación puede convertirse en una potencia digital; un actor capaz de ejercer los tres posee algo cercano a la soberanía digital.
Lo que está en juego económicamente está aumentando rápidamente. La UNCTAD estima que el mercado mundial de inteligencia artificial crecerá de 189.000 millones de dólares en 2023 a 4.800.000 millones de dólares en 2033, un aumento de veinticinco veces en una década. Las regiones que suministran datos pero carecen de la infraestructura informática y la propiedad intelectual necesarias para procesarlos corren el riesgo de retener solo una parte mínima de ese valor.
En el siglo XX, el valor estratégico residía no solo en la extracción de petróleo, sino también en su refinación, transporte, fijación de precios y financiación. En el siglo XXI, la misma distinción se aplica a los datos: Asia Occidental puede generar la materia prima, pero el poder decisivo reside en las "refinerías de datos", es decir, en las plataformas en la nube, los modelos de IA y los sistemas informáticos que transforman la información en beneficios, inteligencia y poder geopolítico.
Más allá del colonialismo digital
La solución no es el aislamiento tecnológico. Ningún Estado de Asia Occidental puede reproducir por sí solo todas las capas de la infraestructura tecnológica global, y sustituir la dependencia de los proveedores estadounidenses por una dependencia total de plataformas chinas o de otro tipo simplemente desplazaría el centro de gravedad externo. El riesgo que se debe evitar es que la liberación de la dependencia del petróleo se convierta en colonialismo digital: un escenario en el que las empresas de la región generen los datos mientras que las plataformas extranjeras sean propietarias de la infraestructura, extraigan su valor y mantengan el control del acceso. Lo que se necesita es autonomía tecnológica distribuida.
Sobre esta base, se puede establecer un orden de prioridades concreto. La adquisición de servicios en la nube debe tratarse como una decisión de seguridad nacional, no como una gestión informática rutinaria. Los contratos deben especificar: quién controla las claves de cifrado, cómo se gestionarán las solicitudes legales extranjeras y si los datos y las aplicaciones pueden migrarse a otro proveedor. Los datos de salud, defensa, biométricos, judiciales y del registro civil requieren una protección más estricta que la información comercial ordinaria. Los gobiernos deben invertir en capacidades de nube regionales interoperables, estándares abiertos, auditoría independiente y la capacidad de mantener servicios esenciales en caso de que un proveedor extranjero revoque el acceso. Sobre todo, la soberanía de los datos debe ir más allá del almacenamiento para abarcar toda la cadena: recopilación, clasificación, procesamiento, acceso, intercambio y eliminación.
Durante más de un siglo, la importancia geopolítica de Asia Occidental se ha cartografiado a través de campos petrolíferos, oleoductos, puertos, estrechos y bases militares. Estas estructuras siguen siendo centrales, pero otra red estratégica se ha extendido sobre ellas: una compuesta por bases de datos, contratos en la nube, jurisdicciones legales, sistemas de identidad, modelos de IA y autorizaciones invisibles. El control de los datos otorga a los estados y las corporaciones el poder de cartografiar las sociedades, interpretar sus comportamientos, anticipar sus cambios políticos y económicos, y traducir ese conocimiento en acciones.
Los estados de Asia Occidental están construyendo rápidamente la infraestructura digital sobre la que se sustentarán sus economías e instituciones públicas. Sin embargo, gran parte de la autoridad que gobierna esos sistemas permanece fuera de la región. En el siglo XXI, el control sobre un territorio dependerá cada vez más del control sobre los datos que revelan a su gente, instituciones y recursos.
La pregunta planteada al Senado francés en junio de 2025 claramente trasciende las fronteras de Francia: quienes no pueden garantizar el destino de sus datos no gobiernan plenamente su propio territorio.
Y con esos datos, literalmente, se puede hacer cualquier cosa.
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