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20 diciembre 2021

La hora de los "electrónicos". La tortura en la segunda guerra mundial



 

El advenimiento de los "técnicos"


Primero vinieron... 


Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,

guardé silencio,

ya que no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

ya que no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté,

ya que no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,

no protesté,

ya que no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,

no había nadie más que pudiera protestar.


Esta es una de las muchas versiones poéticas creadas del texto de un discurso del pastor luterano alemán Martin Niemöller. El discurso estaba dirigido para la Iglesia Confesante de Fráncfort, el 6 de enero de 1946 (La Iglesia Confesante o Iglesia de la Confesión -Bekennende Kirche- fue un movimiento del cristianismo protestante fundado en Alemania en 1934 para oponerse al intento nazi de controlar las iglesias). Niemöller, en 1976, preguntado en una entrevista sobre los orígenes del poema expresó:  "No había acta ni copia de lo que dije, y es posible que lo formulase de manera diferente. Pero la idea era de todos modos: los comunistas, dejamos que eso sucediese tranquilamente; y los sindicatos, también dejamos que sucediese; e incluso dejamos que le sucediese a los socialdemócratas. Todo eso no era asunto nuestro. La Iglesia no se preocupaba por la política en absoluto en ese momento, y tampoco debía tener nada que ver con ellos...".

(Datos interpuestos por el editor del blog)

 

*****

La hora de los "electrónicos"




Antonio Frescaroli

Viene de la II Parte


Con los alemanes, la muerte y la tortura habían dado un decisivo paso adelante. Ambas habían dejado el estadio artesano para convertirse en un hecho exquisitamente técnico. La primera, la muerte, llegaba con el  monóxido de carbono, es decir, con la química; la segunda, la tortura pasaba a través de los tormentos de la duda, es decir, a través de la psicología.


En la Argelia de los años terribles de la insurrección y de la represión, muerte y tortura darán otro paso adelante. Se hacen "eléctricas". El torturador SS era un químico o psicólogo. El inquisidor paracaidista será un "electrotécnico".

El electrodo hace su aparición en las cárceles de Argel, de Orán. Representaba el último hallazgo científico aplicado a la extracción de una confesión de la verdad... Los siglos no han pasado en vano, la ciencia y la técnica han entrado en las cárceles. Lo que no cambia es la ferocidad...

Una de las preocupaciones del torturador moderno es que el interrogado sufra perfecta lucidez, una vez que se haya asegurado de esto, podrá continuar... No hay que decir que entre un "tratamiento" y otro hay intervalos más o menos largos, en el curso de los cuales el paciente es abofeteado, lanzado al alto como un saco de patatas, encarnecido, humillado. "Ahora verás como te decides hablar". Se pasa al "tratamiento" especial, al de las grandes ocasiones si el prisionero es un pez gordo, sabe mucho; es absolutamente necesario que hable...

Escenas semejantes eran frecuentes en la Argelia de los años 50. Para precisar, debemos decir que no era la primera vez que la tortura se expresaba en francés. Diez años antes, durante la ocupación alemana, la tortura habla hablado, más bien gritando, en francés: un francés con acento parisiense.


Carteles de propaganda de diversas milicias colaboracionistas de Vicky


Nos referimos a los torturadores de la Milicia de Vichy que operaron de 1942 a 1944 en París y la Francia ocupada. Por otra parte, y siguiendo dentro del tema, fue precisamente en París donde nació y se difundió, bajo la égida de la  Gestapo,  el uso de la tortura eléctrica

Esta forma de suplicio tenía su centro, su sede: 44, rue Le Pelletier, quinto piso, "Bureau 51". Parece que una segunda sede fue instalada en Tolosa por el inspector de policía Marty (condenado a muerte en 1948), el cual había tenido la ingeniosidad de recurrir a un eufemismo: no decía nunca "tortura eléctrica", sino "Radio Londres". "Radio Londres", si queremos llamarla así, es sin duda la última nacida de la imaginación torturadora del hombre, tiene pocos años de vida; y sin embargo cuenta ya con su literatura, y quien quiera orientarse, documentarse e incluso tener una cultura  acerca del tema, no tiene más que comenzar a hojear las páginas del libro de Elías Revel, "6ª Colonne".


Propaganda del gobierno de Vichy respaldando la política alemana contra los judíos 

Al hablar de la tortura eléctrica, hemos retrocedido unos años. Hemos caído en uno de los períodos más oscuros y más dramáticos de la reciente historia de Francia: en la Francia de la Resistencia y de la ocupación alemana. Detengámonos un momento. Es una parada que vale la pena hacer. En la Francia ocupada por los alemanes y gobernada por los polizontes del gobierno de Vichy, la tortura eléctrica no era el único instrumento para la búsqueda de la verdad.

En su desenfrenada y fanática persecución de la verdad los milicianos habían constituido una especie de ministerio que muchas veces -hay que decirlo- actuaba sin que lo supieran los mismos alemanes y el gobierno de Vichy. Se trataba de un conjunto de oficinas que, por una especie de comprensible pudor, se había querido llamar las "Oficinas para la extracción de confesiones y de informaciones" (Bureaux d´extraction d´aveux et de renseignements). Las confesiones y las informaciones eran extraídas con medios muchas veces medievales, por no decir rudimentarios, como por ejemplo la aplicación de fuego en los pies. Parece que alguien protestó contra este sistema: "Es cosa de Carlomagno", dijo, "No sabemos que de Carlomagno a esta parte el fuego queme menos", fue la respuesta. Así empezaron a aparecer los braseros. 


El cartel dice: "Des libérateurs? ¡La libération par l'armée du crime!" (¿Libertadores? ¡Liberación por el ejército del crimen!). El Affiche Rouge (cartel rojo) es un conocido cartel de propaganda, distribuido por el gobierno francés colaboracionista de Vichy y las autoridades alemanas de ocupación. El cartel apareció en la primavera de 1944 en París, estaba destinado a desacreditar como terroristas a los 23 combatientes inmigrantes franceses de la Resistencia, miembros del Grupo Manouchian que serían capturados, torturados y ejecutados. Junto con estos carteles, los alemanes repartieron volantes que decían que la Resistencia estaba encabezada por extranjeros, judíos, desempleados y criminales; la campaña caracterizó a la Resistencia como una "conspiración de extranjeros contra la vida francesa y la soberanía de Francia" (citas tomadas de Wikipedia: Affiche Rouge)


No todos los medios de "extracción" que se usaban en estos "gabinetes de investigación" eran medievales. Había algunos de claro sabor modernista, el "Tercer Grado" (flagelación), por ejemplo, que entre otras cosas era de irrefutable origen americano, en vigor desde hacía años en diversas prisiones de los  Estados de la Confederación Norteamericana, en edición debidamente revisada y corregida a los funcionarios de policía para hacer "hablar" a los resistentes.

El "Tercer Grado" americano  una decena de años después será exhumado y aplicado en edición típicamente europea, más exactamente parisiense, por un especialista de la tortura. Hablamos del belga Delfanne, alias Masuy, que el Tribunal del Sena juzgará y condenará a muerte en 1947 por delitos y atrocidades cometidos contra los miembros de la Resistencia.


Georges Delfanne, alias Christian Masuy (1913 - 1947) colaborador y espía belga durante la ocupación alemana. Antes de la guerra, Delfanne era un militante rexista de extrema derecha y se ganó la confianza de Léon Degrelle (general de las Waffen SS). Reclutado por los servicios de inteligencia alemanes (Abwehr).  Espió al ejército belga antes de la invasión alemana. En 1940 fue enviado a Francia, bajo la ocupación se convirtió en auxiliar de la Gestapo, presentándose a veces como "jefe de contra-espionaje" en su sector. Organizó la infiltración de las redes de la Resistencia francesa, arrestó a más de 800 trabajadores de la Resistencia, algunos de los cuales interrogó y torturó. Al final de la guerra, huyó a España, pero fue perseguido por los estadounidenses, juzgado en Francia, condenado a muerte y fusilado el 1 de octubre de 1947.

Masuy no representa en absoluto el tipo de torturador sádico que se complace con los gritos de su víctima, que hace daño por hacerlo. Masuy no odia a su víctima. En cierto modo, la respeta, incluso se podría decir que la admira. Hay episodios desconcertantes que arrojan una luz siniestra sobre este extraño tipo de torturador frio y de buenas maneras. Se sabe, por ejemplo, que estrechaba calurosamente la mano de su víctima, después de haberla sometido a tortura, no desdeñando invitarla a beber una copa juntos.

Un día le tocó pasar una velada en compañía de un prisionero "resistente". Cuando terminó la velada, Masuy le comunicó que debía prepararse: "Lo lamento, señor: además, usted ya sabe lo que le espera después del postre". Le esperaba el suplicio de la bañera. Era su suplicio preferido. A Masuy no le habían gustado nunca aquellos desordenados "passages à tabac", en uso desde hacía tiempo en las prisiones de la Tercera República, que consideraba manifestaciones bestiales e ilógicas. 

"Un prisionero, cualquiera que sea el delito que se le impute, es sagrado". ¿Por qué pegarle hasta la sangre? Lo que cuenta es la verdad. Para conseguirla, decía Masuy, no hay ninguna necesidad de bestialidades, de hacer que le estallen a uno las venas del cuello, ofreciendo a la víctima misma un espectáculo tan indecoroso que debería dar vergüenza.

El "suplicio de la bañera" no era tampoco de su invención. Mansuy se contentaba con ser solamente un teórico, más bien el teórico. Su procedimiento tenía el rigor científico de los grandes experimentos de laboratorio. Desde el punto de vista mecánico la operación era de una simplicidad extremada: el paciente era bien atado y luego sumergido en una bañera de agua helada. A los primeros síntomas de asfixia, era inmediatamente sacado. Se le hacía recobrar la respiración; luego, de nuevo, otra inmersión, luego otra más.

En un momento determinado, Masuy -que gustaba de seguir personalmente todas las fases del suplicio- indicaba que el "tratamiento" debía considerarse terminado. Sacaban cuidadosamente al paciente, lo friccionaban, lo calentaban y le invitaban a beber un vasito de coñac para "entonarse". Seguía una especie de "recepción" oficial, en el curso de la cual la víctima era felicitada por su valor. "Hombres como usted merecen toda mi estimación", decía Masuy. "Amigo mío, ha demostrado tener coraje". Pausa. Luego: "Lamentablemente vuestro valor ha sido inútil... porque ha habido otro que ya ha hablado". La astucia psicológica era muy sutil, casi todos caían. Muchas de las confesiones las obtuvo, no en la bañera, entre un síntoma y otro de asfixia; sino sentados junto a una mesa, una vez terminado el "tratamiento", ante una botella de coñac. La trampa no solo era sutil sino también cínica, y suponía una especie de inteligencia.

En este punto preciso, quizá por primera vez en la historia de los sufrimientos humanos, la tortura acude a la filosofía. Con Masuy, aparece, siniestra y paradójica, una nueva disciplina: la filosofía al servicio de la tortura. Era, en el fondo, la filosofía del contra-espionaje. 

He aquí las nuevas ideas esenciales de la nueva "doctrina", como Masuy mismo, en el curso del proceso que había de condenarlo a la pena capital, expuso ante los jueces y los abogados asombrados. Dijo más o menos estas palabras: "Señores, tratemos de no ser hipócritas y, al menos por una vez, de llamar a las cosas por su verdadero nombre. La guerra es un acto de violencia que no conoce límites. No soy yo quien lo dice, sino el gran Clausewitz. ustedes saben bien lo que es el espionaje; es un modo desleal de llevar la guerra. Todo está permitido en el espionaje. Me parece que no hay necesidad de discutirlo. Un espía que tuviera escrúpulos, ¿qué clase de espía sería? El Intelligence Service ha sido lo que ha sido y ha hecho lo que ha hecho, y yo soy el primero en reconocer sus méritos y su superioridad, porque ha tenido verdaderos espías, decididos a todo y dispuestos a todo, tanto a pasar sobre cadáveres como sobre principios morales.

"Decidme ahora: ¿Por qué lo que está tácitamente permitido en el espionaje no ha de estar permitido al contra-espionaje? ¿Cuál es la misión del contra-espionaje? El mismo nombre lo dice: destruir el espionaje. ¿Y cómo  sino sirviéndose de los mismos medios? Bien, señores, yo no hecho otra cosa que contra-espionaje. He ejercido mi oficio. Lo he hecho sin odio y sin resentimiento. Yo mismo he  sido torturado por un servicio secreto aliado. Es natural que no sienta ningún cariño por mis verdugos. También ellos han desempeñado simplemente su oficio. Han cumplido su deber. Todo consiste en ejercer ese oficio y en cumplir ese deber sin rencor. La lucha por la posesión de una información es como una pelea sobre el ring. Se pega hasta la sangre y, terminado el combate, se da la mano".

El, Masuy, había realizado su combate. La lucha había terminado, y salía vencido. Todo terminaba aquí. Tal vez esperaba que alguien viniera a estrecharle la mano. Las cosas fueron de otro modo. Le condenaron a muerte.


***

FIN

Fuente:

"Historia de la Tortura a través de los siglos". Antonio Frescaroli, editorial De Vecchi S.A., Barcelona,1972

18 octubre 2021

Napoleón entre la guerra y la revolución



por Jacques R. Pauwels

Viene de la Parte II


III parte


La Revolución Francesa no fue un simple acontecimiento histórico, sino un proceso largo y complejo en el que se pueden identificar varios estadios diferentes. Algunos de estos estadios eran incluso de naturaleza contrarrevolucionaria, por ejemplo la "revuelta aristocrática" al principio. Dos fases, sin embargo, fueron indudablemente revolucionarias.


La primera etapa fue "1789", la revolución moderada. Puso fin al "Antiguo Régimen" con su absolutismo real y feudalismo, el monopolio del poder del monarca y los privilegios de la nobleza y la Iglesia. Los importantes logros de "1789" también incluyeron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la igualdad de todos los franceses ante la ley, la separación de la Iglesia y el Estado, un sistema parlamentario basado en una franquicia limitada y, por último, pero no menos importante, la creación de un Estado francés "indivisible", centralizado y moderno. Estos logros, que equivalen a un importante paso adelante en la historia de Francia, fueron consagrados en una nueva Constitución que fue promulgada oficialmente en 1791.

El Antiguo Régimen de Francia anterior a 1789 había estado íntimamente asociado con la monarquía absoluta. Bajo el sistema revolucionario de "1789", por otro lado, se suponía que el rey debía encontrar un papel cómodo dentro de una monarquía constitucional y parlamentaria. Pero eso no funcionó debido a las intrigas de Luis XVI, y así surgió un tipo radicalmente nuevo de estado francés en 1792, una república. "1789" fue posible gracias a las intervenciones violentas de la "turba" parisina, los llamados "sans-culottes", pero su resultado fue esencialmente obra de una clase moderada de personas, exclusivamente miembros de la alta burguesía, la clase media-alta. Sobre las ruinas del Antiguo Régimen, que había servido a los intereses de la nobleza y de la Iglesia, estos caballeros erigieron un Estado que se suponía que estaba al servicio de los burgueses.


"Le Paris des sans-culottes Guide du Paris révolutionnaire 1789-1799", del Dr. Jacques R. Pauwels, es la fuente del presente artículo del mismo autor.

Políticamente, estos sólidos caballeros provenían del embrionario partido político de los Feuillants, posteriormente del de los Girondinos (miembros de la burguesía de Burdeos, gran puerto a orillas del estuario de la Gironda, cuya riqueza se basaba no solo en el comercio de los esclavos y del vino). En París, la guarida de los leones revolucionarios, los sans-culottes, y los revolucionarios más respetables pero aún radicales conocidos como los jacobinos.

La segunda etapa revolucionaria fue "1793". Esa fue la revolución "popular", radical e igualitaria, con derechos sociales (incluido el derecho al trabajo) y reformas socio-económicas relativamente profundas, reflejadas en una constitución promulgada en el año revolucionario I (1793), que nunca entró en vigor. En esa etapa, incorporada por el famoso Maximilien Robespierre, la revolución estaba socialmente orientada y preparada para regular la economía nacional, limitando así la libertad individual en cierta medida, "pour le bonheur commun", es decir, en beneficio de toda la nación. Dado que el derecho a la propiedad se mantuvo, se puede describir "1793" en la terminología contemporánea como "socialdemócrata", en lugar de verdaderamente "socialista".

"1793" fue obra de Robespierre y los jacobinos, especialmente los jacobinos más ardientes, un grupo conocido como los Montagne, la "montaña", porque ocupaban las filas más altas de escaños en la legislatura. Eran revolucionarios radicales, predominantemente de origen pequeñoburgués o de clase media-baja, cuyos principios eran tan liberales como los de la alta burguesía. Pero también buscaban satisfacer las necesidades elementales de los plebeyos parisinos, especialmente los artesanos que constituían una mayoría entre los sans-culottes. Los sans-culottes eran gente común, fueron las tropas de asalto de la revolución: la toma de la Bastilla fue uno de sus logros. Robespierre y sus jacobinos radicales los necesitaban como aliados en su lucha contra los girondinos, los revolucionarios moderados de la burguesía, pero también contra los contrarrevolucionarios aristocráticos y eclesiásticos.


La toma de la Bastilla del pintor francés Jean Pierre Houel. En el centro se aprecia el arresto del marqués de Launay.

La revolución radical fue en muchos sentidos un fenómeno parisino, una revolución hecha en, por y para París. Como era de esperar, la oposición emanaba principalmente de fuera de París, específicamente, de la burguesía de Burdeos y otras ciudades provinciales, ejemplificada por los girondinos, y de los campesinos del agro. Con "1793", la revolución se convirtió en una especie de conflicto entre París y el resto de Francia.


La contrarrevolución – encarnada por los aristócratas que habían huido del país, los emigrados, sacerdotes y campesinos sediciosos en la Vendée y en otras partes de las provincias – era hostil a "1789" así como "1793" y quería nada menos que un regreso al Antiguo Régimen; en la Vendée, los rebeldes lucharon por el rey y la Iglesia. En cuanto a la burguesía rica, estaba en contra de "1793" pero a favor de "1789". A diferencia de los sans-culottes parisienses, esa clase no tenía nada que ganar más que mucho que perder con el progreso revolucionario radical en la dirección indicada por los montagnards y su constitución de 1793, promoviendo el igualitarismo y el estatismo, es decir, la intervención estatal en la economía. Pero la burguesía también se opuso a un regreso al Antiguo Régimen, que habría puesto al Estado de nuevo al servicio de la nobleza y la Iglesia. "1789", por otro lado, dio lugar a un estado francés al servicio de la burguesía.


Un retour en arrière a la revolución burguesa moderada de 1789 –pero con una república en lugar de una monarquía constitucional– fue el objetivo y en muchos sentidos también el resultado del "Termidor", el golpe de Estado de 1794 que puso fin al gobierno revolucionario –y a la vida– de Robespierre. 


La "reacción termidoriana" produjo la Constitución del año III que, como ha escrito el historiador francés Charles Morazé, "aseguró la propiedad privada y el pensamiento liberal y abolió todo lo que parecía empujar la revolución burguesa en la dirección del socialismo". La actualización termidoriana de "1789" produjo un estado que ha sido descrito correctamente como una "república burguesa" (république bourgeoise) o una "república de los propietarios" (république des propriétaires).

Así se originó el Directorio, un régimen extremadamente autoritario, camuflado por una fina capa de barniz democrático en forma de legislaturas cuyos miembros eran elegidos sobre la base de un sufragio muy limitado. Al Directorio le resultó insoportablemente difícil sobrevivir mientras se dirigía entre, a la derecha, una Escila monarquita que anhelaba un regreso al Antiguo Régimen y, a la izquierda, un Carybdis de jacobinos y sans-culottes deseosos de volver a radicalizar la revolución. Varias rebeliones realistas y (neo)jacobinas estallaron, y cada vez el Directorio tuvo que ser salvado por la intervención del ejército. Uno de estos levantamientos fue sofocado en sangre por un general ambicioso y popular llamado Napoleón Bonaparte.


Napoleón Bonaparte

Los problemas fueron finalmente resueltos por medio de un golpe de Estado que tuvo lugar el 18 de Brumario del año VIII, 9 de noviembre de 1799. Para evitar perder su poder a manos de los realistas o los jacobinos, la burguesía acomodada de Francia entregó su poder a Napoleón, un dictador militar que era a la vez confiable y popular. Se esperaba que el corso pusiera al Estado francés a disposición de la alta burguesía, y eso es exactamente lo que hizo. Su tarea primordial era la eliminación de la doble amenaza que había acosado a la burguesía. El peligro monárquico y por tanto contrarrevolucionario fue neutralizado por medio del "palo" de la represión, pero aún más por la "zanahoria" de la reconciliación. Napoleón permitió que los aristócratas emigrados regresaran a Francia, recuperaran sus propiedades y disfrutaran de los privilegios impuestos por su régimen no solo a los burgueses ricos, sino a todos los propietarios. También reconcilió a Francia con la Iglesia firmando un concordato con el Papa.

Para deshacerse de la amenaza (neo)jacobina y evitar una nueva radicalización de la revolución, Napoleón se basó principalmente en un instrumento que ya había sido utilizado por los girondinos y el Directorio, a saber, la guerra. De hecho, cuando recordamos la dictadura de Napoleón, no pensamos tanto en los acontecimientos revolucionarios en la capital, como en los años 1789 a 1794, sino en una serie interminable de guerras libradas lejos de París y en muchos casos mucho más allá de las fronteras de Francia


Eso no es una coincidencia, porque las llamadas "guerras revolucionarias" fueron funcionales para el objetivo primordial de los campeones de la revolución moderada, incluidos Bonaparte y sus patrocinadores: consolidar los logros de "1789" e impedir tanto un regreso al Antiguo Régimen como una repetición de "1793".


Con su política de terror, conocida como la Terreur (el Terror), Robespierre y los Montagnards habían buscado no solo proteger sino también radicalizar la revolución. Eso significó que "interiorizaron" la revolución dentro de Francia, sobre todo en el corazón de Francia, la capital, París. No es casualidad que la guillotina, la "navaja revolucionaria", símbolo de la revolución radical, se instalara en medio de la Plaza de la Concordia, es decir, en medio de la plaza en medio de la ciudad en el centro del país. Para concentrar su propia energía y la energía de los sans-culottes en la internalización de la revolución, Robespierre y sus camaradas jacobinos –en contraste con los girondinos– se opusieron a las guerras internacionales, que consideraban un desperdicio de energía revolucionaria y una amenaza para la revolución. Por el contrario, la interminable serie de guerras que se libraron después, primero bajo los auspicios del Directorio y luego por Bonaparte, equivalieron a una externalización de la revolución, una exportación de la revolución burguesa de 1789. Internamente, sirvieron simultáneamente para evitar una mayor internalización o radicalización de la revolución al estilo de 1793.

La guerra, el conflicto internacional, sirvió para liquidar la revolución, el conflicto interno, la guerra de clases. Esto se hizo de dos maneras. En primer lugar, la guerra hizo que los revolucionarios más ardientes desaparecieran de la cuna de la revolución, París. Inicialmente como voluntarios, demasiado pronto como reclutas innumerables jóvenes sans-culottes desaparecieron de la capital para luchar en tierras extranjeras, con demasiada frecuencia nunca regresaron. Como resultado, en París solo quedaba un puñado de combatientes varones para llevar a cabo acciones revolucionarias importantes como la toma de la Bastilla, demasiado pocos para repetir los éxitos de los sans-culottes entre 1789 y 1793; esto quedó claramente demostrado por el fracaso de las insurrecciones jacobinas bajo el Directorio. Bonaparte perpetuó el sistema del servicio militar obligatorio y la guerra perpetua"Fue él -escribió el historiador Henri Guillemin- quien envió a los jóvenes plebeyos potencialmente peligrosos lejos de París e incluso hasta Moscú, para gran alivio de los burgueses adquicios (gens de bien)".



'Retrato ecuestre de Napoleón I', de Joseph Chabord, 1810. 


En segundo lugar, la noticia de grandes victorias generó orgullo patriótico entre los sans-culottes que se habían quedado en casa, un orgullo que debía compensar el menguante entusiasmo revolucionario. Con un poco de ayuda para formar el dios de la guerra, Marte, la energía evolutiva de los sans-culottes y del pueblo francés en general podría así dirigirse a otros canales, menos radicales en términos revolucionarios. Esto reflejó un proceso de desplazamiento por el cual el pueblo francés, incluidos los sans-culottes parisienses, perdieron gradualmente su entusiasmo por la revolución y los ideales de libertad, igualdad y solidaridad no solo entre los franceses sino con otras naciones; en cambio, los franceses adoraban cada vez más al becerro de oro del chovinismo francés, la expansión territorial a las fronteras supuestamente "naturales" de su país, como el Rin, y la gloria internacional de la "gran nación" y –después del 18 de Brumario– de su gran líder, que pronto sería emperador: Bonaparte.

Así también podemos entender la reacción ambivalente de los extranjeros a las guerras y conquistas francesas de esa época. Mientras que algunos –por ejemplo, las élites del Antiguo Régimen y los campesinos–  rechazaron la Revolución Francesa en todo, otros sobre todo jacobinos locales, como los "patriotas" holandeses la acogieron calurosamente, muchas personas vacilaron entre la admiración por las ideas y los logros de la Revolución Francesa y la repulsa por el militarismo, el chauvinismo sin límites y el imperialismo despiadado de Francia después de Termidor, durante el Directorio y bajo Napoleón.


La entrada del emperador Napoleón con su personal el 9 de octubre de 1811 en Amsterdam, obra del pintor holandés Mattheus Ignatius van Bree (entre 1812-1813)

Muchos no franceses lucharon con admiración y aversión simultáneas por la Revolución Francesa. En otros, el entusiasmo inicial cedió tarde o temprano a la desilusión. Los británicos, por ejemplo, dieron la bienvenida a "1789" porque interpretaron la revolución moderada como la importación a Francia del tipo de monarquía constitucional y parlamentaria que ellos mismos habían adoptado un siglo antes en el momento de su llamada Revolución Gloriosa.  

Después de "1793" y el Terror asociado con él, sin embargo, la mayoría de los británicos observaron los acontecimientos al otro lado del Canal con repulsa. Las Reflexiones sobre la Revolución en Francia de Edmund Burke – publicadas en noviembre de 1790 – se convirtieron en la Biblia contrarrevolucionaria no solo en Inglaterra sino en todo el mundo. A mediados del siglo 20, George Orwell iba a escribir que "para el inglés promedio, la Revolución Francesa no significa más que una pirámide de cabezas cortadas". Lo mismo podría decirse de prácticamente todos los no franceses (y muchos franceses) hasta el día de hoy.


Napoleón en la batalla de Austerlitz, óleo de François Gérard (1805). La batalla de Austerlitz tuvo lugar el 2 de diciembre de 1805

Fue para poner fin a la revolución en la propia Francia, entonces, que Napoleón la secuestró de París y la exportó al resto de Europa. Para evitar que la poderosa corriente revolucionaria excavara y profundizara su propio cauce –París y el resto de Francia–, primero los termidorianos y más tarde Napoleón hicieron que sus turbulentas aguas desbordaran las fronteras de Francia, inundando toda Europa, volviéndose así vasta, pero poco profundas y tranquilas.


Para sacar la revolución de su cuna parisina, para poner fin a lo que en muchos sentidos fue un proyecto de los jacobinos pequeño-burgueses y sans-culottes de la capital, y a la inversa, para consolidar la revolución moderada querida por los corazones burgueses, Napoleón Bonaparte fue la elección perfecta, incluso simbólica. Nació en Ajaccio, la ciudad de provincia francesa que resultó ser la más alejada de París. Además, era "un hijo de la alta burguesía corsa", es decir, el vástago de una familia que podría describirse igualmente como alta burguesa pero con pretensiones aristocráticas, o bien como nobleza menor pero con un estilo de vida burgués.

En muchos sentidos, los Bonaparte pertenecían a la alta burguesía, la clase que, en toda Francia, había logrado alcanzar sus ambiciones gracias a "1789", y más tarde, ante las amenazas tanto de la izquierda como de la derecha, intentó consolidar este triunfo a través de una dictadura militar. Napoleón encarnaba a la alta burguesía provincial que, siguiendo el ejemplo de los girondinos, quería una revolución moderada, cristalizada en un Estado, democrático si cabe pero autoritario si fuera necesario, que se permitiera maximizar su riqueza y poder. Las experiencias del Directorio habían revelado las deficiencias a este respecto de una república con instituciones relativamente democráticas, y fue por esa razón que la burguesía finalmente buscó la salvación en una dictadura.


Napoleón cruzando los Alpes, obra de Jacques-Louis David.

La dictadura militar que reemplazó a la "república burguesa" post-termidoriana apareció en escena como un deus ex machina en Saint-Cloud, un pueblo a las afueras de París, en "18 Brumario del año VIII" (9 de noviembre de 1799). Este paso político decisivo en la liquidación de la revolución fue simultáneamente un paso geográfico lejos de París, lejos del semillero de la revolución, lejos de la guarida de los leones de los jacobinos revolucionarios y sans-culottes. Además, la transferencia a Saint-Cloud fue un paso pequeño pero simbólicamente significativo en la dirección del campo mucho menos revolucionario, si no contrarrevolucionario. Saint-Cloud se encuentra en camino de París a Versalles, la residencia de los monarcas absolutistas de la época prerrevolucionaria. El hecho de que se hubiera producido allí un golpe de Estado que dio lugar a un régimen autoritario fue el reflejo topográfico del hecho histórico de que Francia, después del experimento democrático de la revolución, se encontró de nuevo en el camino hacia un nuevo sistema absolutista similar al que Versalles había sido el "sol". Pero esta vez el destino era un sistema absolutista presidido por un Bonaparte en lugar de un Borbón y –mucho más importante– un sistema absolutista al servicio de la burguesía y no de la nobleza.


El golpe de Estado de Saint-Cloud sobre una caricatura británica de James Gillray (Dominio público)


Con respecto a la revolución, la dictadura de Bonaparte fue ambivalente. Con su llegada al poder, la revolución se acabó, incluso liquidada, al menos en el sentido de que no habría ni más experimentos igualitarios (como en "1793") y no más esfuerzos para mantener una fachada republicano-democrática (como en "1789"). Por otro lado, los logros esenciales de "1789" se mantuvieron e incluso se consagraron.


Él estaba a favor de la revolución en el sentido de que estaba en contra de la contrarrevolución monárquica, y puesto que dos negativos se cancelan entre sí, un contrarrevolucionario es automáticamente un revolucionario, n'est-ce pas? Pero también se puede decir que Napoleón estaba simultáneamente en contra de la revolución: favoreció la revolución moderada y burguesa de 1789, asociada con los feuillants, girondinos y termidorinanos, pero estaba en contra de la revolución radical de 1793, obra de los jacobinos y sans-culottes

En su libro La Révolution, une exception française?, la historiadora francesa Annie Jourdan cita a un comentarista alemán contemporáneo que se dio cuenta de que Bonaparte "nunca fue otra cosa que la personificación de una de las diferentes etapas de la revolución", como escribió en 1815. Esa etapa fue la revolución burguesa, moderada, "1789", la revolución que Napoleón no solo debía consolidar dentro de Francia sino también exportar al resto de Europa.

Napoleón eliminó las amenazas realistas y jacobinas, pero prestó otro importante servicio a la burguesía. Dispuso que el derecho a la propiedad, piedra angular de la ideología liberal tan querida por los corazones burgueses, se consagrase legalmente. Y mostró su devoción a este principio al reintroducir la esclavitud, todavía ampliamente considerada como una forma legítima de propiedad. Francia había sido de hecho el primer país en abolir la esclavitud, concretamente en el momento de la revolución radical, bajo los auspicios de Robespierre. Lo había hecho a pesar de la oposición de sus antagonistas, los girondinos, señores supuestamente moderados, precursores de Bonaparte como defensores de la causa de la burguesía y de su ideología liberal, glorificando la libertad – pero no para los esclavos.


Bonaparte ante la esfinge, pintura de Jean-Léon Gérôme, c. 1868.

En "Napoleón", el historiador Georges Dupeux escribió, "la burguesía encontró un protector, así como un maestro". El corso fue sin duda un protector e incluso un gran defensor de la causa de los burgueses, pero nunca fue su amo. En realidad, desde el principio hasta el final de su carrera "dictatorial" fue un subordinado de los capitanes de la industria y las finanzas de la nación, los mismos caballeros que ya controlaban Francia en la época del Directorio, la "république des propriétaires", y que le habían confiado la gestión del país en su nombre. (NdelE. Aquí encontramos otra referencia velada sobre la sinarquía, ¿era Napoleón sinarquista?)

Financieramente, no solo Napoleón sino todo el Estado francés se hicieron dependientes de una institución que era -y ha seguido siendo hasta la actualidad- propiedad de la élite del país, a pesar de que esa realidad se ofuscó con la aplicación de una etiqueta que creó la impresión de que se trataba de una empresa estatal, el Banco de Francia, el banco nacional. Sus banqueros recaudaron dinero de la burguesía adinera y lo ponen a disposición, a tasas de interés relativamente altas, de Napoleón, que lo utilizó para gobernar y armar Francia, para librar una guerra interminable y, por supuesto, para jugar al emperador con mucha pompa y circunstancia.


Napoleón no era otra cosa que el mascarón de proa de un régimen, una dictadura de la alta burguesía, un régimen que supo disimularse detrás de una espato coreografía al estilo de la antigua Roma, evocando primero, más bien modestamente, un consulado y después un imperio jactancioso.

 

Napoleón entrando en Berlín, obra de Charles Meynier (1810).

Volvamos al papel de la interminable serie de guerras libradas por Napoleón, aventuras militares emprendidas para la gloria de la "gran nación" y su gobernante. Ya sabemos que estos conflictos sirvieron ante todo para liquidar la revolución radical en la propia Francia. Pero también permitieron a la burguesía acumular capital como nunca antes. Suministrando al ejército armas, uniformes, alimentos, etc., los industriales, comerciantes y banqueros se dieron cuenta de enormes ganancias. Las guerras fueron excelentes para los negocios, y las victorias produjeron territorios que contenían valiosas materias primas o podían servir como mercados para los productos terminados de la industria francesa. Esto benefició a la economía francesa en general, pero principalmente a su industria, cuyo desarrollo se aceleró considerablemente. En consecuencia, los industriales (y sus socios en la banca) fueron capaces de desempeñar un papel cada vez más importante dentro de la burguesía.

Bajo Napoleón, el capitalismo industrial, a punto de convertirse en típico del siglo XIX, comenzó a superar al capitalismo comercial, creador de tendencias económicas durante los dos siglos anteriores. Vale la pena señalar que la acumulación de capital comercial en Francia había sido posible sobre todo gracias a la trata de esclavos, mientras que la acumulación de capital industrial tuvo mucho que ver con la cadena prácticamente ininterrumpida de guerras libradas primero por el Directorio y luego por Napoleón. En este sentido, Balzac tenía razón cuando escribió que "detrás de toda gran fortuna sin fuente aparente se esconde un crimen olvidado".


El imperio de Napoleón hacia el año 1811

Las guerras de Napoleón estimularon el desarrollo del sistema industrial de producción. Al mismo tiempo, hicieron sonar la sentencia de muerte para el antiguo sistema artesanal a pequeña escala en el que los artesanos trabajaron de la manera tradicional y no mecanizada. A través de la guerra, la burguesía bonapartista no solo hizo desaparecer físicamente de París a los sans-culottes –predominantemente artesanos, comerciantes, etc.– sino que también los hizo desaparecer del paisaje socioeconómico. En el drama de la revolución, los sans-culottes habían jugado un papel importante. Debido a las guerras que liquidaron la revolución (radical), ellos, las tropas de asalto del radicalismo revolucionario, salieron de la etapa de la historia.

Gracias a Napoleón, la burguesía de Francia logró deshacerse de su enemigo de clase. Pero eso resultó ser una victoria pírrica. ¿por qué? El futuro económico no pertenecía a los talleres y a los artesanos que trabajaban "independientemente", poseían algunas propiedades, aunque solo fueran sus herramientas, y por lo tanto eran pequeñoburgueses, sino a las fábricas, sus propietarios, los industriales, pero también sus obreros, los asalariados y, por lo general, los trabajadores de las fábricas muy mal pagados. Este "proletariado" debía revelarse a la burguesía como un enemigo de clase mucho más peligroso de lo que los sans-culottes y otros artesanos habían sido jamás. Además, los proletarios pretendían provocar una revolución mucho más radical que la de Robespierre "1793". Pero esto iba a ser una preocupación para los regímenes burgueses que sucederían al del supuestamente "gran" Napoleón, incluyendo el de su sobrino, Napoleón III, denigrado por Víctor Hugo como "Napoleón le Petit".


Hay muchas personas dentro y fuera de Francia, incluidos políticos e historiadores, que desprecian y denuncian a Robespierre, los jacobinos y los sans-culottes debido al derramamiento de sangre asociado con su revolución radical y "popular" de 1793. La misma gente a menudo muestra una gran admiración por Napoleón, restaurador de la "ley y el orden" y salvador de la revolución moderada y burguesa de 1789


Condenan la interiorización de la Revolución Francesa porque fue acompañada por el Terreur, que en Francia, especialmente en París, hizo muchos miles de víctimas, y por ello culpan a la "ideología" jacobina y/o a la sangre presumiblemente innata de la "población". Parecen no darse cuenta –o no quieren darse cuenta– de que la externalización de la revolución por parte de los termidorios y de Napoleón, acompañada de guerras internacionales que se prolongaron durante casi veinte años, costó la vida a muchos millones de personas en toda Europa, incluidos incontables franceses. Esas guerras equivalían a una forma de terror mucho mayor y más sangrienta de lo que jamás habían sido los Terreur orquestados por Robespierre.


 Obra de Francois Flameng. Napoleón después de la Batalla de Waterloo (año desconocido)

Se estima que ese régimen terrorista ha costado la vida a unas 50.000 personas, lo que representa más o menos el 0,2 por ciento de la población de Francia. Es eso mucho o poco, pregunta el historiador Michel Vovelle, que cita estas figuras en uno de sus libros. En comparación con el número de víctimas de las guerras libradas por la expansión territorial temporal de la grande nación y por la gloria de Bonaparte, es muy poco. Solo la batalla de Waterloo, la batalla final de la carrera presumiblemente gloriosa de Napoleón, incluido su preludio, las meras "escaramuzas" de Ligny y Quatre Bras, causaron entre 80.000 y 90.000 bajas. Lo peor de todo es que muchos cientos de miles de hombres nunca regresaron de sus desastrosas campañas en Rusia. Terrible, n'est-ce pas? Pero nadie parece hablar nunca de un "terror" bonapartista, y París y el resto de Francia están llenos de monumentos, calles y plazas que conmemoran las hazañas presumiblemente heroicas y gloriosas de los más famoso de todos los corsos.


Napoleón retirándose de Moscú, por Adolph Northen (1851)

Al sustituir la guerra permanente por la revolución permanente dentro de Francia, y sobre todo en París, señalaron Marx y Engels, los termidorianos y sus sucesores "perfeccionaron" la estrategia del terror, en otras palabras, hicieron que fluyera mucha más sangre que en la época de la política de terror de Robespierre. En cualquier caso, la exportación o externalización, por medio de la guerra, de la revolución termidoriana (haut) burguesa, actualización de "1789", se cobró muchas más víctimas que el intento jacobino de radicalizar o internalizar la revolución dentro de Francia por medio de la Terreur.

Al igual que nuestros políticos y medios de comunicación, la mayoría de los historiadores todavía consideran que la guerra es una actividad estatal perfectamente legítima y una fuente de gloria y orgullo para los vencedores e, incluso para nuestros perdedores inevitablemente "heroicos". A la inversa, las decenas o cientos de miles, e incluso millones de víctimas de la guerra –ahora llevada a cabo principalmente como bombardeos desde el aire y, por lo tanto, masacres realmente unilaterales, en lugar de guerras– nunca reciben la misma atención y simpatía que las víctimas mucho menos numerosas del "terror", una forma de violencia que no está patrocinada, al menos no abiertamente, por un Estado y, por lo tanto, es tildada de ilegítima.

Me viene a la mente la actual "guerra contra el terrorismo". En lo que respecta a la superpotencia que nunca ha cesado de hacer la guerra, esta es una forma de guerra permanente y ubicua que estimula el chauvinismo irreflexivo y que agita la bandera entre los estadounidenses comunes y corrientes: ¡los "sans-culottes" estadounidenses! – al tiempo que proporcionaba a los más pobres puestos de trabajo en la marina. Para gran ventaja de la industria estadounidense, esta guerra perpetua da a las corporaciones estadounidenses acceso a materias primas importantes como el petróleo, y para los fabricantes de armas y muchas otras empresas, especialmente aquellas con amigos en los pasillos del poder en Washington, funciona como una cornucopia de ganancias altísimas. Las similitudes con las guerras de Napoleón son obvias. ¿Cómo lo vuelven a decir los franceses? "Plus ça change, plus c'est la même chose".


 El regreso de Napoleón de Elba. Pintura de Karl Stenben, 1834


Con Napoleón Bonaparte, la revolución terminó donde se suponía que debía terminar, al menos en lo que respecta a la burguesía francesa. Con su llegada a escena, triunfó la burguesía. No es casualidad que en las ciudades francesas a los miembros de la élite social, conocidos como les notables, es decir, empresarios, banqueros, abogados y otros representantes de la alta burguesía, les guste congregarse en cafés y restaurantes que llevan el nombre de Bonaparte, como ha observado el brillante sociólogo Pierre Bourdieu.

La alta burguesía siempre ha permanecido agradecida a Napoleón por los eminentes servicios que prestó a su clase. El más destacado de estos servicios fue la liquidación de la revolución radical, de "1793", que amenazaba las considerables ventajas que la burguesía había adquirido, gracias a "1789", a expensas de la nobleza y la Iglesia. Por el contrario, el odio de la burguesía a Robespierre, mascarón de proa de "1793", explica la ausencia casi total de estatuas y otros monumentos, nombres de calles y plazas, que honren su memoria, a pesar de que su abolición de la esclavitud representó uno de los mayores logros en la historia de la democracia en todo el mundo.


Napoleón en Santa Elena, por François-Joseph Sandmann.

Napoleón también es venerado más allá de las fronteras de Francia, en Bélgica, Italia, Alemania, etc., sobre todo por la burguesía acomodada. La razón de ello es, sin duda, que todos esos países seguían siendo sociedades feudales, cuasi-medievales, donde sus conquistas hicieron posible liquidar sus propios Regímenes e introducir la revolución moderada, que ya había sido en Francia, de mejoras considerables para toda la población (excepto la nobleza y el clero, por supuesto) pero también de privilegios especiales para la burguesía. Eso probablemente también explica por qué, en Waterloo hoy, no Wellington, sino Napoleón es la estrella indiscutible de la feria turística, por lo que los turistas que no saben mejor podrían tener la impresión de que fue él quien ganó la batalla.


Estatua de Napoleón en Waterloo  y  su escudo de armas

Abdicación de Napoleón en Fontainebleau, por Paul Delaroche (1845).

Dr. Jacques R. Pauwels 

10 octubre 2021

Bonaparte, la "Unión Europea" y la Revolución




Recopilación y resumen de varios textos. 

Viene de la Parte I


Parte II


"La campaña napoleónica fue una campaña de la Unión Europea de la época. Entonces, no estaba unido por un mercado común de mano de obra y capital, sino por un genio que se había arrastrado fuera de la revolución como una víbora fuera del fuego; un genio en el que muchos vieron si no al propio "anticristo", al menos a su precursor".


"Cuando Napoleón cruzó el río Nieman y dijo sobre Rusia: "Que su destino pase", ¿podríamos llamarla agresión a Rusia por parte de una ´Unión Europea´ del siglo XIX?


Como quiera que se quiera llamarlo, con la excepción de los Balcanes, que estaban bajo control de los turcos, todo el resto de Europa había sido arrastrada a esta campaña: Prusia, Austria y Suiza como aliados, y Polonia, España e Italia como vasallos. Eso no deja a casi nadie más. Por supuesto, cuando se escribe sobre historia no se puede usar terminología moderna en tiempo pasado. Pero un polemista puede hacer lo que un erudito no puede". 

Estas interesantes reflexiones las encontramos en "The Forerunner of the European Union" (El precursor de la Unión Europea) ensayo de Andrey Tkachev (2018 - Oriental Review), citaremos algunos extractos a manera de resumen.


La Unión Europea surgió cuando nació y no antes, sobre la base de una unión europea del carbón y el acero tras la segunda guerra mundial. A más del dinero, consiste en unir a la élite industrial europea para beneficiarse mutuamente, se trata que  nunca más tengan que guerrear entre sí

 

"Es una cuestión de élites y de beneficios estupendos de las grandes industrias. Si te cuentan otro cuento de hadas sobre las pequeñas y medianas empresas y los derechos del "pequeño" hombre, no te derritas. Recuerda: primero vienen los combustibles fósiles, luego la fundición y el laminado de metal y otras alegrías industriales que están lejos de ser glamurosas. Solo después de estos vienen peluqueros, maquilladores, diseñadores de interiores, entretenimiento televisivo y veterinarios para mascotas domésticas. Tal es la lógica de la economía. Si hay fábricas habrá centros comerciales, bares y guarderías. Si no tienes el primero, no tendrás el resto, a pesar de la canción y el baile sobre los aumentos presupuestarios y los derechos civiles. Olvídalo".


Si Napoleón fue el precursor de la UE, entonces solo fue un niño en comparación con esta pandilla incolora de burócratas grises, que cantan canciones sobre la igualdad. 

 

A la izquierda, retrato de Napoleón, obra de Hippolyte Delaroche. A la derecha,    retrato de Napoleón, de Jacques-Louis David (1812). Sin duda las dos pinturas representan a Bonaparte en su gabinete de trabajo, en el palacio de las Tullerías.


En el siglo XVI, más precisamente, 1596, fue el año de la Brest Unia. No estaban interesados en las fábricas porque no había fábricas. La riqueza se medía por la cantidad y la calidad de las tierras y la capacidad de trabajo de los sujetos en esas tierras. El verdadero poder en aquellos días se encontraba en la esfera de la ideología. Y la ideología en aquel bendito siglo XVI era religiosa hasta la médula. Así, la Europa católica del siglo XVI con su centro en Roma, más exactamente, en el Vaticano, ofreció a los eslavos orientales una unión (unia, en latín) y dijo:


"Aceptad nuestra fe, porque somos más elevados que tú. Sin nosotros y sin nuestra fe no salvarán sus almas. Sin nosotros serán esclavos y pastores de cerdos. Pero con nosotros, serás tan digno como nosotros, y entrarás en el Paraíso incluso antes de morir. Aceptad nuestra fe y someteos voluntariamente. Si no, entonces te obligaremos a hacerlo, por tú propio bien; porque Dios a través de nuestro Papa nos ha dado el derecho de hacer esto".


Esta fue la Unión Europea del siglo XVI. Ni carbón, ni acero, ni LGBT, ni créditos al consumo, solo la misma arrogancia de un colonizador con respecto a los aborígenes; y el mismo orgullo e impenitencia. Esencialmente es "satanismo" escondido bajo la máscara del cristianismo; y hoy el cansado satanismo se esconde bajo la máscara de la filantropía liberal. Nuestros antepasados incultos no fueron privados ni de sabiduría ni de intuición natural, ni de un sentido de dignidad. En respuesta a las ofertas de tales sindicatos se arremangaron y se prepararon para una lucha. Así fue en aquel bendito siglo XVI, que fluyó de manera uniforme hacia el bendito siglo XVII, llevando consigo sus cuestiones sin resolver. 

En su conjunto, la idea de la Unia sufrió la derrota. Pero no de inmediato y no en todas partes. Logró infectar una parte del cuerpo previamente sano. La Unia ganó fuerza en el oeste de Ucrania y parcialmente en el oeste de Bielorrusia. En estas regiones nació un fenómeno: la fe oriental con una pizca de ritos occidentales y la obediencia a Roma; o, por el contrario, la fe occidental con ritos orientales. Nadie puede averiguar cuál es más correcta.

En el siglo XXI topamos un problema de finales del siglo XVI. La Unia, que ha desgarrado Ucrania más de una vez en la historia y ha llevado a la partición de Polonia. La Unia está en el centro de todos los problemas históricos de Ucrania, como lo ha demostrado todo su pasado y aún más la historia contemporánea, es capaz no solo de provocar peleas, sino también de enfurecer y armar, de encontrar a la ligera enemigos en la persona de los hermanos de sangre y de sancionar el derramamiento de sangre. 

Dicen que todo es a favor de la tolerancia europea, pero en los hechos aboga por la "Kristallnacht"; en palabras, es por amor sin barreras, pero en hechos, por nazificación con todas las consecuencias del procedimiento. Después de varios siglos la gente puede acostumbrarse a cualquier error, o llegar a amar cualquier distorsión. Pero objetivamente hablando, la naturaleza de esta distorsión no cambia. Solo crece en la conciencia de aquellos que están acostumbrados a ella. Sin embargo, la amenaza que conlleva no ha ido a ninguna parte, razona inteligentemente Andrey Tkachev.




Sobre los actos revolucionarios


Una premisa fundamental que no siempre nos resulta manifiestamente obvia son las revoluciones con su inicial y sutil tinte de aparente sinceridad, pocas o ninguna provocan las anheladas reformas proclamadas por los revolucionarios, analiza con toda sinceridad John Kozy, de quien resumimos las siguientes líneas de su ensayo escrito en 2011, "A Revolting World. The Forces of Reaction never rest" (Un mundo repugnante. Las Fuerzas de Reacción nunca descansan).


Por ejemplo, la Revolución Americana. Los Estados Unidos de América nacieron en medio de la violencia revolucionaria, pero esa revolución se deshizo tan pronto como se adoptó la Constitución, es decir, el acto revolucionario violento fue bien visto hasta 1776 (Declaración de Independencia), pero no después de 1789 (año que se aprueba la Constitución). ¡Los mismos revolucionarios se volvieron reaccionarios! (reacción-reaccionario). 


¿Qué dice la Declaración de Independencia de  1776

Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. - Que para asegurar estos derechos, los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus poderes justos del consentimiento de los gobernados, - Que siempre que cualquier forma de gobierno se vuelva destructiva de estos fines, es el derecho del pueblo alterarla o abolirla e instituir un nuevo Gobierno, asentando sus fundamentos en tales principios y organizando sus poderes de tal forma que les parezca más probable... cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo Objeto, muestra un plan para reducirlos al Despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, deshacerse de tal Gobierno... ”. 


Como vemos se describe las condiciones válidas que originan las revoluciones del presente, no obstante ahora se dice a los oprimidos del mundo que solo deben involucrarse en transiciones “pacíficas”. La Revolución Americana desapareció con el Artículo III, Sección 3 de la Constitución: "La traición contra los Estados Unidos, consistirá únicamente haciendo la guerra contra ellos, o adhiriéndose a sus enemigos, brindándoles ayuda y consuelo". 

¿Quién en Estados Unidos diría hoy que todos los estadounidenses son creados iguales? No se ha establecido la Justicia, ni promovido el bienestar general. "La Revolución Estadounidense, como todas las revoluciones de la historia, se ha deshecho. Parece que se necesitan más que manifestaciones callejeras pacíficas para resucitarlo", afirma John Kozy (ex militar, profesor de filosofía y lógica y escritor de los Estados Unidos en "Un mundo repugnante. Las Fuerzas de la Reacción nunca descansan")


La Revolución Francesa 

 

Tuvo lugar entre 1789 y 1799 durante el cual se produjeron cambios sociales y políticos radicales. La monarquía absoluta se derrumbó y la sociedad francesa experimentó una transformación épica. Los privilegios feudales, aristocráticos y religiosos fueron abandonados debido a la presión de los grupos políticos liberales y las masas en las calles. Las viejas ideas sucumbieron a los principios ilustrados de ciudadanía y derechos inalienables. Los principios republicanos fueron las canciones liberales de la época.


Luego vino la reacción. Cuando la Convención Nacional Francesa buscó exportar la revolución, se formó una coalición militar compuesta por España, Nápoles, Gran Bretaña, Holanda, Austria y Prusia. Las fuerzas republicanas fueron dirigidas por Napoleón Bonaparte y cuando prevalecieron, Napoleón se convirtió en Emperador


Izquierda Napoleón I con túnica de coronación, pintado por François Gérard. (Rijksmuseum de Ámsterdam); Derecha, Napoleón en su trono imperial, por Jean Auguste Dominique Ingres, 1806.

La revolución murió en manos del general a quien se le encomendó protegerla. Cuando el ejército de Napoleón fue finalmente derrotado en Waterloo, el Congreso conservador de Viena revirtió los cambios políticos que se habían producido. La monarquía fue restaurada y Luis XVIII se convirtió en rey. Francia no abandonó la monarquía hasta finales del siglo XIX, un siglo después de que comenzara la revolución. ¿Se restauraron los principios republicanos? Pregúntale a cualquier francés. ¿Liberté, égalité, fraternité? Ni por asomo.



"Es mucho más fácil lograr una revolución exitosa que construir y preservar un gobierno humano y funcional. Las fuerzas de la reacción nunca descansan y han logrado deshacer la mayor parte de las revoluciones populares de la historia. Los revolucionarios deben reconocer que su primera tarea es defender a sus gobiernos recién formados de los reaccionarios, porque una vez que los reaccionarios pongan el pie en la puerta, no se detendrán hasta que se deshaga la revolución", concluye sabiamente Kozy.


Notas explicativas adicionales


Sobre el CÓDIGO NAPOLEÓNICO. Su nombre oficial es Código Civil Francésaprobado por la Ley del 21 de marzo de 1804, vigente en el presente con numerosas e importantes reformas. Creado por una comisión a la que le fue encomendada la recopilación de la tradición jurídica francesa durante el gobierno de Napoleón Bonaparte (Primer Consulado). Antes de este instrumento jurídico Francia no tenía un solo conjunto de leyes; la ley se basaba en costumbres locales, exenciones, privilegios y fueros especiales otorgados por reyes u otros señores feudales. 


 Consagración del emperador Napoleón I 






"Consagración del emperador Napoleón I y coronación de la emperatriz Josefina en la Catedral de Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804" (título oficial de la obra). Autor: Jacques-Louis David (terminada en 1808). La escena central detalla cuando Joséphine se arrodilla ante Napoleón durante su coronación en Notre Dame. Detrás de él se sienta el Papa Pío VII.
Personajes de la pintura 
1 Napoleón I (1769-1821) está de pie, vestido con túnicas de coronación similares a las de los emperadores romanos. Otros son simplemente espectadores pasivos. En el cuadro actual es posible ver el contorno de lo que se pintó originalmente: Napoleón sosteniendo la corona sobre su propia cabeza, como colocándose sobre sí mismo.
2 Joséphine de Beauharnais (1763-1814) está arrodillada en posición sumisa, como exige el Código Civil francés. Recibió la corona de manos de su esposo, no del Papa. 
3 Maria Letizia Ramolino (1750-1836), madre de Napoleón, fue colocada en las gradas por el pintor. Ocupa un lugar más importante que el Papa. En realidad, ella no asistió a la ceremonia para protestar por el roce de Napoleón con sus hermanos Lucien y Joseph. El padre de Napoleón, Carlo Buonaparte, murió en 1785. María Letizia pidió al pintor que le concediera un lugar de honor. 
4 Luis Bonaparte (1778–1846), quien al comienzo del imperio recibió el título de Gran Condestable, Rey de Holanda, en 1806. Se casó con Hortense de Beauharnais, la hija de Josefina.
5 Joseph Bonaparte (1768-1844), que no fue invitado y no asistió debido a una discusión con Napoleón. Por eso tampoco asistió su madre. Después de la coronación, recibió el título de príncipe imperial. Luego fue rey de Nápoles en 1806 y de España en 1808.
6 El joven Napoleón Carlos Bonaparte (1802–1807), hijo de Luis Bonaparte y Hortense de Beauharnais.
7 Las hermanas de Napoleón. En la réplica, el vestido de la hermana favorita de Napoleón será de color rosa. Este es el único cambio en la réplica a pesar de estar pintado de memoria.
8 Charles-Francois Lebrun (1739–1824), el tercer cónsul junto a Napoleón y Cambacérès. Bajo el Primer Imperio, ocupó el lugar de príncipe-architrésorier. Tiene el cetro.
9 Jean Jacques Régis de Cambacérès (1753–1824), arzobispo príncipe del imperio. Toma la mano de la justicia.
10 Louis-Alexandre Berthier (1753–1815), ministro de Guerra del Consulado. Mariscal del Imperio en 1805. Mantiene el mundo coronado por una cruz.
11 Talleyrand (1754-1836), gran chambelán desde el 11 de julio de 1804.
12 Joachim Murat (1767–1815), mariscal del imperio, rey de Nápoles después de 1808, cuñado de Napoleón y esposo de Caroline Bonaparte.
13 El Papa Pío VII (1742-1823) se contentó con bendecir la coronación. Está rodeado de dignatarios clérigos, nombrados por Napoleón desde el Concordato. Para no poner en peligro el nuevo equilibrio entre Iglesia y Estado, el Papa aceptó asistir a la coronación. El papa fue pintado originalmente con las manos cruzadas sobre su regazo, pero Napoleón, supuestamente alegando que el Papa no estaba presente para hacer nada, ordenó que la pintura lo representara ungiendo los procedimientos.
14 En las gradas también se representa al pintor Jacques-Louis David.
15 También estuvo presente Halet Efendi, embajador otomano. 
16 Dom Raphaël de Monachis, monje greco-egipcio y miembro del Institut d'Égypte está representado entre los hombres del clero, de pie a la derecha del obispo, con barba y capucha roja.
17 La dama portadora de la túnica al frente, justo detrás de Josephine, en el lado derecho desde el punto del visor de imágenes, es Elisabeth-Hélène-Pierre de Montmorency-Laval, madre del político Sosthènes II de La Rochefoucauld. Ella era una dama de la corte de Josephine. (Cita tomada de la Wikipedia)


* "Antes de coronarse emperador, Napoleón buscó la aprobación en un plebiscito amañado en el que 3.572.329 votaron a favor y 2.567 en contra. El plebiscito fue un referéndum nacional, por el cual los votantes no podían debatir los temas involucrados. Napoleón no confiaba en las opiniones de los votantes, por lo que hizo que sus leales agentes contaran los votos para asegurarse de que los resultados fueran los deseados. Además, se registró cada “sí” o “no”, junto con el nombre y la dirección del votante. El ministro de policía, Joseph Fouché, suprimió rápidamente cualquier crítica. La combinación de un estado policial despiadado y elecciones amañadas se convirtió en un elemento básico de los regímenes dictatoriales populistas hasta el presente".


Continuaremos con Bonaparte...


fuentes originales principales:

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