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07 diciembre 2020

Pearl Harbor y las guerras del Estados Unidos empresarial



 

Por Dr. Jacques R. Pauwels                              

Título original en inglés:                                                                    Fall 1941: Pearl Harbor and The Wars of Corporate America


Nota de introducción del editor del blog

La entreguerra no solo fue una etapa alborotada para las corporaciones internacionales, varias (sino muchas) vieron un horizonte próspero para los negocios y sin recato alguno colaboraron con el régimen nazi instaurado en Alemania en la década de 1930 a través de empresa subsidiarias controladas desde la matriz en Estados Unidos. No vale la pena hablar de un Henry Ford, de General Motor o las empresas petroleras de Rockefeller, ya no es novedad. Pero, debemos tener en cuenta algo simple, no se trataba de simples negocios. Ford, por ejemplo, era un reconocido antisemita condecorado por la Alemania nazi con la "Gran Cruz del Águila Alemana", 30 julio 1938, un distintivo honorífico para prominentes extranjeros, el más alto por cierto, un reconocimiento personal de Hitler, en esos tiempos Henry Ford ya no representaba a la empresa. Al poco, agosto de 1938, la "Orden del Águila Alemana" colgaba del cuello de un ejecutivo de General Motors, James Mooney, por servicios distinguidos al Imperio Alemán (Reich); la empresa subsidiaria de General Motors en la Alemania nazi era Opel Brandenburg. Tanto GM como Ford, por intermedio de sus subsidiarias alemanas (Ford-Werke) controlaban el 70% del mercado alemán del automotor, iniciada la guerra sus funciones variaron conforme las necesidades de la Wehrmacht.


Henry Ford condecorado con la Gran Cruz del Águila Alemana, 30 julio 1938

IBM, ITT son otros ejemplos, ya sabemos que la primera realizó trabajos para las "estadísticas" nazis, ITT no solo era especialista en comunicaciones, poseía el 25% de Focke-Wulf  por intermedio de su subsidiaria, C. Lorenz AG. En asuntos bancarios había parecida "colaboración" con instituciones como el Chase National Bank para el cambio de divisas y manipulaciones financieras. A todo ello sumememos que los Estados Unidos recibió con los brazos abiertos en la posguerra a cuanto ex nazi al que podía sacar provecho (Operación Paperclip).

En fin, estos temas son en la actualidad de amplio dominio público, también lo hemos revisado en otros artículos del blog. Como bien se dice en ocasiones y en diferentes ámbitos: "Nada personal, solo negocios". Pese a que el tema ya no es novedad el siguiente artículo aporta en la comprensión del papel del gobierno de los Estados Unidos y del círculo empresarial en el camino hacia la guerra. 

El Dr. Jacques R. Pauwels escribió "Fall 1941: Pearl Harbor and the Wars of Corporate America" (Otoño de 1941: Pearl Harbor y las guerras de las empresas estadounidenses), cuyo texto traducido viene a continuación.

T.Andino U. 


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Mito y realidad del ataque de Japón a Pearl Harbor hace 79 años, 7 de diciembre 1941

 

 

Mito: Estados Unidos se vio obligado a declarar la guerra a Japón tras un ataque japonés totalmente inesperado a la base naval estadounidense en Hawai el 7 de diciembre de 1941. Como Japón era aliado de la Alemania nazi, esta agresión hizo que automáticamente Estados Unidos entrara en guerra contra Alemania.


Realidad: Hacía tiempo que el gobierno Roosevelt deseaba entrar en guerra contra Japón y trató de desencadenarla por medio de un embargo al petróleo y otras provocaciones. Como Washington había descifrado los códigos japoneses, sabía que la flota japonesa se dirigía a Pearl Harbor, pero se alegró del ataque porque la agresión japonesa iba a hacer posible “vender” la guerra a la opinión pública estadounidense, la inmensa mayoría de la cual se oponía a ella.

También se suponía que un ataque por parte de Japón, a diferencia de un ataque estadounidense a Japón, evitaría una declaración de guerra por parte del aliado de Japón, Alemania, que estaba obligado por un tratado a ayudar solo en caso de que Japón fuera atacado. Sin embargo, por razones que nada tienen que ver con Japón o Estados Unidos, sino con el fracaso de la “guerra relámpago” de Alemania contra la Unión Soviética, el propio Hitler declaró la guerra a Estados Unidos pocos días después de Pearl Harbor, el 11 de diciembre de 1941.

Otoño de 1941. Tanto entonces como ahora, Estados Unidos estaba gobernado por una “élite del poder” formada por industriales, propietarios y gerentes de las principales empresas y bancos del país, que no suponían sino una pequeña parte de su población. Tanto entonces como ahora, estos industriales y financieros -el “Estados Unidos empresarial”- tenía estrechas relaciones con los más altos rangos del ejército, los “señores de la guerra” (como los ha denominado el sociólogo de la Universidad de Columbia C. Wright Mills, que acuñó el término “élite del poder”) (1) y para quienes años más tarde se erigiría un gran cuartel general, conocido como el Pentágono, a orillas del río Potomac.

En efecto, hacía décadas que existía el “complejo militar-industrial” cuando Eisenhower le dio ese nombre al final de su carrera como presidente y tras haberlo servido muy diligentemente. Hablando de presidentes: en las décadas de 1930 y 1940, de nuevo tanto entonces como ahora, la élite del poder permitió amablemente al pueblo estadounidense elegir cada cuatro años entre dos miembros de su propia élite (uno calificado de “republicano” y otro de “demócrata”, aunque pocas personas sepan cuál es la diferencia) para residir en la Casa Blanca con el fin de formular y administrar las políticas nacionales e internacionales. Estas políticas servían (y siguen sirviendo) a los intereses de la élite del poder, es decir, servían sistemáticamente para promover “los negocios”, una palabra en clave utilizada para designar la maximización de los beneficios de las grandes empresas y bancos que son miembros de la élite del poder.

Como francamente dijo el presidente Calvin Coolidge en una ocasión durante la década de 1920, “el negocio de Estados Unidos (del gobierno estadounidense) son los negocios”. En 1941 el inquilino de la Casa Blanca era un miembro bona fide (de buena fe) de la élite del poder, un vástago de una familia rica, privilegiada y poderosa: Franklin D. Roosevelt, al que se suele denominar “FDR” (por cierto, la riqueza de la familia Roosevelt se creó, al menos en parte, gracias al comercio de opio con China. Como escribió Balzac, “detrás de cada gran fortuna se oculta un crimen”).


Franklin D. Roosevelt en los años 30

Parece que Roosevelt sirvió bastante bien a la élite del poder puesto que se las arregló para ser nominado (¡difícil!) y elegido (¡relativamente fácil!) en 1932, 1936, y de nuevo en 1940. Fue un logro notable ya que los “sucios años treinta” fue una época difícil, marcada tanto por la “Gran Depresión” como por grandes tensiones internacionales que llevaron a la erupción de la guerra en Europa en 1939. El trabajo de Roosevelt (servir a los intereses de la élite del poder) estuvo lejos de ser fácil porque entre las filas de esa élite las opiniones diferían acerca de cómo podía servir mejor el presidente a los intereses empresariales. Por lo que se refiere a la crisis económica, algunos industriales y bancos estaban bastante contentos con el enfoque keynesiano del presiente, lo que se conocía como el “New Deal” y que suponía mucha intervención del Estado en la economía, mientras que otros se oponían firmemente a ese enfoque y pedían a gritos volver a la ortodoxia del laissez-faire. La élite del poder también estaba dividida respecto a cómo gestionar las relaciones exteriores.

A los propietarios y altos directivos de muchas empresas estadounidenses (como Ford, General Motors, IBM, ITT, y la Standard Oil de Rockefeller en Nueva Jersey, ahora conocida como Exxon) les gustaba mucho Hitler. Uno de ellos, William Knudsen de General Motors, incluso calificó elogiosamente al Führer alemán de “milagro del siglo XX” (2). La razón de ello era que el Führer había armado a Alemania hasta los dientes para prepararse para la guerra y muchas sucursales alemanas de empresas estadounidenses se habían beneficiado generosamente del “boom del armamento” de ese país produciendo camiones, tanques y aviones en lugares como la fábrica Opel de GM en Rüsselsheim y la gran planta de Ford en Colonia, el Ford-Werke; y empresas como Exxon y Texaco habían ganado mucho dinero suministrando el combustible que los tanques de Hitler iban a necesitar para circular hasta Varsovia en 1939, hasta París en 1940 y (casi) hasta Moscú en 1941. ¡No es de extrañar que los directivos y dueños de estas empresas contribuyeran a la celebración de las victorias de Alemania contra Polonia y Francia en una gran fiesta en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York el 26 de junio de 1940!




A los “capitanes de la industria” estadounidenses, como Henry Ford, también les gustaba cómo Hitler había cerrado los sindicatos alemanes, prohibido todos los partidos obreros y enviado a los simpatizantes comunistas y a muchos socialistas a campos de concentración. Querían que Roosevelt tratara de la misma manera a los molestos líderes sindicales y a las personas “rojas” estadounidenses, que todavía eran numerosas en la década de 1930 y principios de los 40. Lo último que aquellos hombres querían era que Roosevelt implicara a Estados Unidos en una guerra al lado de los enemigos de Alemania, eran “aislacionistas” (o “no intervencionistas”) lo mismo que la gran mayoría de la opinión pública estadounidense en el verano de 1940: una encuesta de Gallup de septiembre de 1940 demostraba que el 88% de la población estadounidense quería permanecer al margen de la guerra que asolaba Europa (3) Así que no es de extrañar que no hubiera indicio alguno de que Roosevelt quisiera restringir el comercio con Alemania y mucho menos embarcarse en una cruzada contra Hitler. De hecho, en la campaña para las elecciones presidenciales de otoño de 1940 prometió solemnemente que “(nuestros) muchachos no van a ser enviados a ninguna guerra extranjera” (4).

El hecho de que Hitler hubiera aplastado Francia y otros países democráticos no preocupaba a los empresarios estadounidenses que hacían negocios con Hitler. De hecho, les parecía que el futuro de Europa pertenecía al fascismo, especialmente a la variante alemana de fascismo, el nazismo, más que a la democracia (para variar, el presidente de General Motors, Alfred P. Sloan, declaró entonces que era bueno que en Europa las democracias dieran paso “a un sistema alternativo (es decir, fascista) con líderes fuertes, inteligentes y agresivos que hacían que la gente trabajara más tiempo y más duro, y que tenían instinto de gángsteres, ¡todo buenas cualidades!”) (5). Sin lugar a dudas los industriales estadounidenses no querían que el futuro de Europa perteneciera al socialismo en su variedad evolutiva, y mucho menos revolucionaria (es decir, comunista), se iban a alegrar especialmente cuando aproximadamente un año después Hitler hizo lo que habían esperado mucho tiempo que hiciera, es decir, atacó a la Unión Soviética para destruir la patria de las personas comunistas y fuente de inspiración y apoyo para las personas “rojas” del mundo entero, incluido Estados Unidos.


Libros de Jacques R. Pauwels sobre el tema de este artículo


Mientras que muchas grandes empresas habían hecho jugosos negocios con la Alemania nazi, resultaba que otras ganaban mucho dinero en ese momento haciendo negocios con Gran Bretaña. Ese país, además de, por supuesto, Canadá y otros países miembros del Imperio Británico, era el único enemigo que le quedó a Alemania desde el otoño de 1940 hasta junio de 1941, cuando el ataque de Hitler contra la Unión Soviética hizo que Gran Bretaña y la Unión Soviética se convirtieran en aliados. Gran Bretaña necesitaba desesperadamente todo tipo de equipamiento para continuar su lucha contra la Alemania nazi, quería comprar la mayoría de este material a Estados Unidos, pero no podía hacer los pagos en metálico que exigía la legislación estadounidense “Cash-and-Carry” (pagar y llevar). Sin embargo, Roosevelt hizo posible que las empresas estadounidenses aprovecharan esta inmensa “oportunidad” cuando el 11 de marzo de 1941 introdujo su famoso programa “Lend-Lease” (préstamo-arriendo) que proporcionaba a Gran Bretaña un crédito prácticamente ilimitado para comprar en Estados Unidos camiones, aviones y otros equipamientos de guerra. Las exportaciones “Lend-Lease” a Gran Bretaña iban a generar unos beneficios inesperados, no solo debido al enorme volumen de negocios que implicaban, sino también porque estas exportaciones se caracterizaron por unos precios inflados y unas prácticas fraudulentas como la doble facturación.

Así pues, una parte del Estados Unidos empresarial empezó a simpatizar con Gran Bretaña, un fenómeno menos “natural” de lo que ahora podríamos creer (en efecto, después de la independencia de Estados Unidos la antigua madre patria había seguido siendo durante mucho tiempo el archienemigo del Tío Sam y todavía en la década de 1930 el ejército estadounidense tenía planes de guerra contra Gran Bretaña y de una invasión del Dominio Canadiense, planes en los que se incluía bombardear ciudades y el uso de gases venenosos) (6). Algunos portavoces de estos potenciales votantes pertenecientes al mundo industrial, aunque no muchos, incluso empezaron a apoyar la entrada de Estados Unidos en la guerra al lado de los británicos y se les empezó a conocer como “intervencionistas”. Por supuesto, muchas, si no la mayoría, de las grandes empresas estadounidenses habían hecho dinero gracias a sus negocios tanto con la Alemania nazi como con Gran Bretaña y puesto que el propio gobierno Roosevelt se estaba empezando a preparar para una posible guerra multiplicando los gastos militares y encargando todo tipo de equipamiento, también las grandes empresas estadounidenses empezaron a ganar cada vez más dinero suministrando a las propias fuerzas armadas de Estados Unidos todo tipo de material de guerra (7).


Si había una cosa en la que podían estar de acuerdo todos los líderes del Estados Unidos empresarial, con independencia de sus simpatías individuales por Hitler o Churchill, era lo siguiente: la guerra en Europa en 1939 era buena, incluso magnífica, para los negocios. También estaban de acuerdo en que cuanto más durara la guerra mejor sería para todos ellos. 


Con excepción de los más fervientes intervencionistas pro-Gran Bretaña, también estaban de acuerdo en que no había ninguna prisa en que Estados Unidos interviniera activamente en esa guerra y desde luego tampoco en entrar en guerra con Alemania. Lo más ventajoso para el Estados Unidos empresarial era un escenario en el que la guerra en Europa durara lo más posible de modo que las grandes empresas pudieran seguir beneficiándose de suministrar equipamiento a los alemanes, a los británicos, a sus respectivos aliados y al propio Estados Unidos. Así, Henry Fordexpresó su esperanza de que ni los Aliados ni el Eje ganara (la guerra)” y sugirió que Estados Unidos suministrara a ambos bandos “las herramientas para seguir peleando hasta que ambos colapsaran”. Ford puso en práctica lo que predicaba y dispuso que sus fábricas en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y la Francia ocupada produjeran en serie equipamientos para todos los contendientes (8). Puede que la guerra fuera un infierno para la mayoría de la gente, pero para los “capitanes de la industria” estadounidenses, como Ford, era el paraíso.

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Conocidos militares estadounidenses prestaban su nombre y prestigio para la propaganda de las grandes empresas. En este caso se trata de publicidad, con enfoque patriótico, del gigante del acero estadounidense "The Timken Roller Bearing Company", que produjo millones de rodamientos para los Jeeps del ejército.


Se suele creer que el propio Roosevelt era intervencionista, pero sin lugar a dudas los aislacionistas eran mayoría en el Congreso y no parecía que Estados Unidos fuera a entrar pronto en la guerra, si es que entraba alguna vez. No obstante, debido a las exportaciones Lend-Lease a Gran Bretaña las relaciones entre Washington y Berlín se estaban deteriorando definitivamente, y en otoño de 1941 una serie de incidentes entre submarinos alemanes y destructores de la armada estadounidense que escoltaban buques de carga con destino a Gran Bretaña llevó a una crisis conocida como la “guerra naval no declarada”. Pero ni siquiera este episodio provocó la implicación de Estados Unidos en la guerra en Europa. El Estados Unidos empresarial se estaba beneficiando espléndidamente del status quo y simplemente no le interesaba una cruzada contra la Alemania nazi. A la inversa, la Alemania nazi estaba muy implicada en el gran proyecto de la vida de Hitler: su misión de destruir la Unión Soviética. Las cosas no habían ido como estaba previsto en esa guerra. Se suponía que el Blitzkrieg (ataque relámpago) lanzado en el este en junio de 1941 iba a “aplastar como un huevo a la Unión Soviética” en un plazo de 4 a 6 semanas, o así lo creían los expertos militares no solo de Berlín sino también de Washington. Sin embargo, a principios de diciembre Hitler todavía esperaba que los soviéticos ondearan la bandera blanca. Bien al contrario, el 5 de diciembre el Ejército Rojo emprendió repentinamente una contraofensiva frente a Moscú y de pronto los alemanes se vieron en un verdadero atolladero. Lo último que Hitler necesitaba en aquel momento era una guerra contra Estados Unidos (9).

En la década de 1930 el ejército estadounidense no tenía planes, ni los preparó, de luchar una guerra contra la Alemania nazi. Por otra parte, sí tenía planes de guerra contra Gran Bretaña, Canadá, México y Japón (10). ¿Por qué Japón? En la década de 1930 Estados Unidos era una de las principales potencias industriales del mundo y como todas las potencias industriales buscaba constantemente fuentes de materias primas baratas como caucho y petróleo, y mercados para sus productos acabados. Ya a finales del siglo XIX Estados Unidos había luchado constantemente por sus intereses a este respecto extendiendo su influencia económica e incluso a veces su influencia política directa por océanos y continentes. Esta política agresiva e “imperialista” (que defendieron incansablemente presidentes como Theodore Roosevelt, primo de FDR) había hecho que Estados Unidos controlara antiguas colonias españolas como Puerto Rico, Cuba y Filipinas, e incluso la hasta entonces independiente isla nación de Hawaii. También se había convertido en una gran potencia en el océano Pacífico e incluso en Lejano Oriente (11).


Aprovechando la fama de prestigiosos oficiales estadounidenses el fabricante de acero "The Timken Roller Bearing Company" envía mensajes patrióticos a la ciudadanía. 

Las tierras de las costas lejanas del océano Pacífico desempeñaron un papel cada vez más importante como mercados para los productos de exportación estadounidenses y como fuentes de materias primas baratas. Pero en la década de 1930 afectada por la Depresión, cuando se hacía más feroz la competencia por los mercados y los recursos, Estados Unidos se enfrentó a la competencia ahí de una agresiva potencia industrial rival, una potencia que necesitaba aún más petróleo y materias primas similares, además de mercados para sus productos acabados. Ese competidor era Japón, la tierra del sol naciente. Japón trataba de hacer realidad sus propias ambiciones imperialistas en China y en el sudeste asiático rico en recursos y, al igual que Estados Unidos, no dudó en utilizar la violencia para lograrlo, por ejemplo, librando una guerra despiadada contra China y creando un Estado cliente en la parte norte de ese país grande aunque débil. Lo que molestaba a Estados Unidos no era que los japoneses trataran a sus vecinos chinos y coreanos como Untermenschen (infrahumanos) sino que convirtieran esa parte del mundo en lo que ellos llamaban la Esfera de Co-Prosperidad de la Gran Asia Oriental, es decir, en un dominio económico propio, una “economía cerrada” en la que no había lugar para la competencia estadounidense. Lo que en realidad hacían los japoneses era seguir el ejemplo de Estados Unidos, que anteriormente habían transformado América Latina y gran parte del Caribe en el patio trasero económico exclusivo del Tío Sam (12).


El Estados Unidos empresarial estaba muy frustrado por haber sido expulsado del lucrativo mercado del Lejano Oriente por los “japos”, una “raza amarilla” a la que los estadounidenses en general habían empezado a despreciar ya en el siglo XIX (13).
 

Se consideraba a Japón un país arrogante aunque esencialmente débil y advenedizo al que el poderoso Estados Unidos podía “borrar fácilmente del mapa en tres meses”, como afirmó en una ocasión el secretario de la Armada Frank Knox (14). Y así ocurrió que durante la década de 1930 y principios de la de 1940 mientras que la mayoría de la élite del poder de Estados Unidos se oponía a la guerra contra Alemania, apoyaba casi unánimemente la guerra contra Japón, a menos que, por supuesto, Japón estuviera dispuesto a hacer concesiones importantes, como “compartir” China con Estados Unidos. El presidente Roosevelt ( que al igual que Woodrow Wilson no era en absoluto el pacifista que muchos historiadores afirman que era) estaba ansioso por librar esa “espléndida pequeña guerra” (una expresión que había acuñado el Secretario de Estado estadounidense, John Hay, en referencia a la guerra hispano-estadounidense de 1898, que era “espléndida” porque permitió a Estados Unidos apoderarse de Filipinas, Puerto Rico, etc.). El verano de 1941, después de que Tokio hubiera aumentado aún más su zona de influencia en el Lejano Oriente al ocupar la colonia francesa de Indochina rica en caucho y, como estaba desesperado sobre todo por conseguir petróleo, obviamente había empezado a codiciar la rica en petróleo colonia holandesa de Indonesia, al parecer FDR había decidido que era el momento oportuno para una guerra contra Japón, pero se enfrentaba a dos problemas. En primer lugar, la opinión pública se oponía firmemente a que Estados Unidos se implicara en ninguna guerra extranjera. En segundo lugar, la mayoría aislacionista en el Congreso podía no apoyar esa guerra por temor a que eso llevara automáticamente a Estados Unidos a la guerra contra Alemania.


El gobierno de los Estados Unidos también buscaba recursos financieros para lo que se denominó "esfuerzo de guerra". Los "Bonos de Guerra" ofrecidos al público estadounidense fue un programa que funcionó muy bien en la economía nacional.
  

Según el autor de un detallado y muy bien documentado estudio reciente, Robert B. Stinnett, la solución de Roosevelt a este problema doble fue “provocar a Japón a cometer un acto manifiesto de guerra contra Estados Unidos” (15). En efecto, en caso de un ataque japonés la opinión pública estadounidense no tendrá más opción que unirse tras la bandera (antes ya se había hecho que la opinión pública estadounidense se uniera de forma similar detrás de la bandera de las Barras y Estrellas, en concreto al inicio de la guerra hispano-estadounidense, cuando el barco de guerra estadounidense Maine que estaba de visita en La Habana se hundió misteriosamente en el puerto de esta ciudad, un acto del que inmediatamente se culpó a los españoles. Después de la Segunda Guerra Mundial se volvería a condicionar al pueblo estadounidense para que aprobara guerras, deseadas y aprobadas por su gobierno, por medio de provocaciones artificiosas, como el incidente del golfo de Tonkin en 1964). 

Por otra parte, según estipulaba el Tratado Tripartito firmado por Japón, Alemania e Italia el 27 de septiembre de 1940 en Berlín, los tres países se comprometían a ayudarse entre sí cuando una de las tres potencias fuera atacada por otro país, pero no cuando una de ellas atacara a otro país. Por consiguiente, en caso de un ataque japonés a Estados Unidos los aislacionistas, que eran no intervencionistas respecto a Alemania pero no respecto a Japón, no tenían que temer que un conflicto con Japón significara también la guerra contra Alemania.

Y así, después de que el presidente Roosevelt decidiera que “se debe ver que Japón hace el primer movimiento abierto” convirtió “el provocar a Japón a realizar un acto de guerra abierto en la principal política que guió sus acciones respecto Japón a lo largo del año 1941”, como escribió Stinnett. Entre las estratagemas utilizadas se incluía el despliegue de buques de guerra cerca de las aguas territoriales japonesas, e incluso dentro de ellas, aparentemente con la esperanza de desencadenar un incidente al estilo del Golfo de Tonkin que pudiera interpretarse como un casus belli. Sin embargo, fue más eficaz la implacable presión económica que se ejerció sobre el Japón, un país que necesita desesperadamente materias primas como el petróleo y el caucho y que, por lo tanto, probablemente considerara que esos métodos eran singularmente provocativos. En el verano de 1941 el gobierno de Roosevelt congeló todos los activos japoneses en Estados Unidos y emprendió una “estrategia encaminada a frustrar la adquisición por parte de Japón de productos petroleros”. En colaboración con los británicos y los holandeses, antijaponeses por sus propios motivos, Estados Unidos impuso unas severas sanciones económicas a Japón, incluido un embargo de productos petroleros vitales

La situación se deterioró aún más en otoño de 1941. Con la esperanza de evitar la guerra con el poderoso Estados Unidos, el 7 de noviembre Tokio ofreció aplicar en China el principio de relaciones comerciales no discriminatorias a condición de que los estadounidenses hicieran lo mismo en su propia esfera de influencia en América Latina. Sin embargo, Washington quería reciprocidad únicamente en la esfera de influencia de otras potencias imperialistas y no en su propio patio trasero, así que la oferta japonesa fue rechazada.

El objetivo de las continuas provocaciones estadounidenses a Japón era hacerle entrar en guerra y, de hecho, cada vez era más probable que lo hiciera. FDR confió más tarde a sus amigos que “este continuo clavar alfileres a serpientes de cascabel consiguió finalmente que este país mordiera”. El 26 de noviembre, cuando Washington exigió que Japón se retirara de China, las “serpientes de cascabel” de Tokio decidieron que ya tenían bastante y se prepararon para “morder”. Se ordenó a una flota japonesa partir hacia Hawaii para atacar a los buques de guerra estadounidenses que en 1940 FDR había decidido estacionar allí de forma bastante provocativa y tentadora para los japoneses. Como habían logrado descifrar los códigos secretos japoneses, el gobierno y los altos mandos del ejército estadounidenses sabían exactamente lo que la armada japonesa estaba planeando, pero no avisaron a los comandantes en Hawaii así que permitieron que ocurriera el “ataque sorpresa” contra Pearl Harbor el domingo 7 de diciembre de 1941 (16).




Al día siguiente a FDR le resultó fácil convencer al Congreso de que declarara la guerra a Japón y, como era de esperar, el pueblo estadounidense se unió tras la bandera, conmocionado por lo que al parecer era un cobarde ataque que él no podía saber había sido provocado, y esperado, por su propio gobierno. Estados Unidos estaba dispuesto a declarar la guerra a Japón y las perspectivas de una victoria relativamente fácil apenas se veían reducidas por las pérdidas sufridas en Pearl Harbor que, aunque aparentemente graves, distaban mucho de ser catastróficas. Los barcos hundidos eran viejos, “la mayoría de ellos reliquias de 27 años de la Primera Guerra Mundial” y estaban lejos de ser indispensables para una guerra contra Japón. Por otro lado, los modernos barcos de guerra, incluidos los portaaviones, cuyo papel en la guerra iba a resultar crucial, no habían sufrido daños ya que por casualidad (¿?) habían sido enviados a otra parte por órdenes de Washington y estuvieron a salvo en el mar cuando se produjo el ataque (17). Con todo, las cosas no salieron exactamente como se esperaba ya que unos días después, el 11 de diciembre, la Alemania nazi declaró inesperadamente la guerra lo que obligó a Estados Unidos a hacer frente a dos enemigos y a luchar una guerra mucho mayor de lo esperado, una guerra en dos frentes, una guerra mundial.

En la Casa Blanca no fue una sorpresa la noticia del ataque japonés a Pearl Harbor, pero la declaración alemana de guerra cayó allí como una bomba. Alemania no había tenido nada que ver con el ataque en Hawaii y ni siquiera conocía los planes japoneses, así que FDR no consideró pedir al Congreso que declarara la guerra a la Alemania nazi al mismo tiempo que a Japón. Es cierto que las relaciones de Estados Unidos con Alemania se habían deteriorado durante algún tiempo debido al apoyo activo de Estados Unidos a Gran Bretaña y el deterioro había llegado hasta la guerra naval no declarada del otoño de 1941. 

Sin embargo, como ya hemos visto, la élite del poder estadounidense no sentía la necesidad de intervenir en la guerra en Europa. Fue el propio Hitler quien declaró la guerra a Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941 para gran sorpresa de Roosevelt. ¿Por qué? Solo unos días antes, el 5 de diciembre de 1941, el Ejército Rojo había emprendido una contraofensiva frente a Moscú, lo que provocó el fracaso del Blitzkrieg en la Unión Soviética. Ese mismo día Hitler y sus generales se dieron cuenta de que ya no podían ganar la guerra. Pero cuando solo unos pocos días después el dictador alemán se enteró del ataque japonés a Pearl Harbor, parece que consideró que una declaración de guerra alemana al enemigo estadounidense de sus amigos japoneses llevaría a Tokio a corresponder con una declaración de guerra contra el enemigo soviético de Alemania, aunque no lo exigiera el Tratado Tripartito.

Con el grueso del ejército japonés estacionado en el norte de China y, por lo tanto, capaz de atacar inmediatamente a la Unión Soviética en la zona de Vladivostok, un conflicto con Japón habría obligado a los soviéticos a estar en la extremadamente peligrosa situación de una guerra en dos frentes, lo que abriría la posibilidad de que Alemania todavía pudiera ganar su “cruzada” antisoviética. Hitler creyó entonces que podría exorcizar el espectro de la derrota llamando a una especie de deus ex machina japonés a acudir a la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. Pero Japón no cayó en la trampa de Hitler. Tokio también despreciaba al Estado soviético, pero como ya estaba en guerra contra Estados Unidos no se podía permitir el lujo de una guerra en dos frentes y prefirió poner todos sus recursos en una estrategia “meridional” con la esperanza de ganar el gran premio del rico en recursos sudeste de Asia en vez de embarcarse en una aventura en los inhóspitos confines de Siberia. Solo muy al final de la guerra, tras la rendición de la Alemania nazi, se iban a producir hostilidades entre la Unión Soviética y Japón. En todo caso, debido a la innecesaria declaración de guerra de Hitler, a partir de entonces Estados Unidos también fue un participante activo en la guerra en Europa, con Gran Bretaña y la Unión Soviética como aliados (18).


Carteles propagandísticos después de Pearl Harbor

En los últimos años el Tío Sam ha ido a la guerra con bastante frecuencia, pero invariablemente se nos pide que creamos que lo hace por razones puramente humanitarias, esto es, para prevenir holocaustos, para impedir que los terroristas cometan todo tipo de maldades, para deshacerse de malvados dictadores, para promover la democracia, etc. (19)

Al parecer, los intereses económicos de Estados Unidos o, más exactamente, de las grandes empresas estadounidenses nunca están implicados en esas guerras. A menudo se comparan estas guerras con la “guerra buena” arquetípica de Estados Unidos, la Segunda Guerra Mundial, en la que se supone que el Tío Sam fue a la guerra sin más razón que defender la libertad y la democracia, y luchar contra la dictadura y la injusticia (por ejemplo, en un intento de justificar su “guerra contra el terrorismo” y “vendérsela” a la opinión pública estadounidense George W. Bush comparó rápidamente los atentados del 11 de septiembre con el ataque a Pearl Harbor). Sin embargo, este breve examen de las circunstancias de la entrada de Estados Unidos en la guerra en diciembre de 1941 revela un panorama muy diferente. La élite del poder estadounidense quería la guerra contra Japón y hacía tiempo que estaban preparados los planes para esa guerra. En 1941 Roosevelt organizó diligentemente esa guerra, no debido a una agresión no provocada de Tokio y sus horribles crímenes de guerra en China, sino porque las empresas estadounidenses querían una parte de la exquisita gran “tarta” de los recursos y mercados del Lejano Oriente

Por otro lado, como las principales empresas estadounidenses estaban haciendo negocios maravillosos en y con la Alemania nazi, se beneficiaban generosamente de la guerra que había provocado Hitler y, por cierto, le proporcionaban el equipamiento y el combustible necesarios para su Blitzkrieg, definitivamente la élite del poder de Estados Unidos no quería la guerra contra la Alemania nazi, a pesar de que había muchas razones humanitarias de peso para emprender una cruzada contra el verdaderamente malvado “Tercer Reich”.


Antes de 1941 no había ningún plan de guerra contra Alemania y en diciembre de 1941 Estados Unidos no fue voluntariamente a la guerra contra Alemania, sino que “se vio empujado” a esa guerra por culpa del propio Hitler.

 

 

El gobierno de los Estados Unidos tras la declaración de guerra de Hitler no tuvo más que reconocer que "éste es el enemigo"; en igual sentido, a regañadientas, las grandes corporaciones industriales tuvieron que aceptar los hechos, Hitler era una amenaza para su libertad de comercio mundial, no por ello sus subsidiarias en Alemania dejaron de producir recursos materiales para la guerra de los nazis.

Las consideraciones humanitarias no desempeñaron papel alguno en los cálculos que llevaron a Estados Unidos a participar en la Segunda Guerra Mundial, la "guerra buena" original de este país. Y no hay razón para creer que lo hicieran según los cálculos que, más recientemente, llevaron a Estados Unidos a librar supuestas “guerras buenas” en tierras desdichadas como Irak, Afganistán y Libia, o que lo harían en una guerra que puede avecinarse contra Irán.

El Estados Unidos empresarial desea ansiosamente una guerra contra Irán ya que alberga la promesa de un vasto mercado y gran cantidad de materias primas, especialmente petróleo. Como en el caso de la guerra contra Japón, están preparados los planes para esa guerra y el actual inquilino de la Casa Blanca parece igual de ansioso que FDR de hacer que ocurra. Además, de nuevo como en el caso de la guerra contra Japón, ha habido provocaciones, esta vez en forma de sabotaje e intrusiones por medio de drones, así como por medio del despliegue a la vieja usanza de barcos de guerra justo al límite de las aguas territoriales de Irán. Washington está otra vez “clavando alfileres a serpientes de cascabel”, al parecer con la esperanza de que la “serpiente de cascabel” iraní devuelva el mordisco y justifique así una “espléndida pequeña guerra”. Sin embargo, como en el caso de Pearl Harbor, la guerra que salga de ahí puede resultar ser otra vez mucho más grande, larga y desagradable de lo esperado.


Jacques R. Pauwels


Notas:

1. C. Wright Mills, The Power Elite, Nueva York, 1956.

2. Citado en Charles Higham, Trading with the Enemy: An Exposé of The Nazi-American Money Plot 1933-1949, Nueva York, 1983, p. 163.

3. Robert B. Stinnett, Day of Deceit: The Truth about FDR and Pearl Harbor, Nueva York, 2001, p. 17.

4. Citado en Sean Dennis Cashman, America, Roosevelt, and World War II, Nueva York y Londres, 1989, p. 56; .

5. Edwin Black, Nazi Nexus: America’s Corporate Connections to Hitler’s Holocaust, Washington/DC, 2009, p. 115.

6. Floyd Rudmin, “Secret War Plans and the Malady of American Militarism”, Counterpunch, 13:1, 17-19 de febrero de 2006. pp. 4-6

7. Jacques R. Pauwels, The Myth of the Good War : America in the Second World War, Toronto, 2002, pp. 50-56 (El mito de la guerra buena: EE.UU en la Segunda Guerra Mundial, Hondarribia, Hiru, 2002, traducción de José Sastre). Las fraudulentas prácticas del “Lend-Lease” se describen en Kim Gold, “The mother of all frauds: How the United States swindled Britain as it faced Nazi Invasion”, Morning Star, 10 de abril de 2003.

8. Citado en David Lanier Lewis, The public image of Henry Ford: an American folk hero and his company, Detroit, 1976, pp. 222, 270.

9. Jacques R. Pauwels, “70 Years Ago, December 1941: Turning Point of World War II”, Global Research, 6 de diciembre de 2011

10. Rudmin, op. cit.

11. Véase Howard Zinn, A People’s History of the United States, s.l., 1980, p. 305 ff. (La otra historia de los Estados Unidos, ed. rev. y corr. por el autor, Hondarribia, Hiru, 2005, traducción de Toni Strubel).

12. Patrick J. Hearden, Roosevelt confronts Hitler: America’s Entry into World War II, Dekalb/IL, 1987, p. 105.

13. “Anti-Japanese sentiment”, Wikipedia

14. Patrick J. Buchanan, “Did FDR Provoke Pearl Harbor?”, Global Research, 7 de diciembre de 2011. Buchanan se refiere a un libro nuevo de George H. Nash, Freedom Betrayed: Herbert Hoover’s Secret History of the Second World War and its Aftermath, Stanford/CA, 2011.

15. Stinnett, op. cit., p. 6.

16. Stinnett, op. cit., pp. 5, 9-10, 17-19, 39-43; Buchanan, op. cit.; Pauwels, The Myth…, pp. 67-68. Para la intercepción por parte de Estados Unidos de mensajes cifrados japoneses véase Stinnett, op. cit., pp. 60-82. La cita sobre las "serpientes de cascabel” proviene de Buchanan, op. cit.

17. Stinnett, op. cit., pp. 152-154. 

18. Pauwels, “70 Years Ago…”

19. Véase Jean Bricmont, Humanitarian imperialism: Using Human Rights to Sell War, Nueva York, 2006.

15 octubre 2020

Cuando el mundo contuvo el aliento: Altona (VI)



Por Paul Hynes

Historia Alternativa


Los ¿Y si... ? de la Operación Barbarroja


En esta serie he contemplado cómo los cambios en la estrategia alemana y soviética podrían haber alterado la historia y la suerte de cada lado, pero ahora que estamos en su fin, me gustaría finalmente considerar qué podría haber sucedido si en lugar de la palabra clave ´Dortmund´, en su lugar, se hubiese enviado el mensaje a los comandantes alemanes en el frente con la palabra clave ´Altona´, la señal que indicaría que Barbarroja había sido cancelada, o al menos pospuesta.



El 14 de junio de 1941, los comandantes alemanes que reunían sus fuerzas en la frontera soviética recibieron el mensaje "Dortmund". El nombre de la ciudad en el río Ruhr era la palabra en clave preestablecida de que los preparativos finales para la Operación Barbarroja debían comenzar como preludio del comienzo de la invasión de la Unión Soviética; a partir de este momento no podría haber marcha atrás. Esta fue la culminación de meses de planificación y preparación alemana, y más de una década de condicionamiento ideológico por parte del régimen nazi. Iba a ser el paso crucial en los planes nazis para el dominio europeo, y eventualmente global, pero, en retrospectiva, muchos han argumentado que fue la mayor locura de Hitler.

Es difícil imaginar tal escenario. Hitler había hablado de invadir la Unión Soviética ya en 1922 y lo había estado discutiendo como una realidad militar desde el verano de 1940. Sin embargo, la planificación real de Barbarroja solo comenzó en diciembre de 1940 y antes de eso podría haber sido posible que Hitler podría haber sido persuadido de perseguir diferentes objetivos, al menos como preludio de su eventual ambición.

Para averiguar por qué pudo haber sucedido esto, debemos volver a un viaje en tren realizado en otoño del año anterior, uno que marcaría el curso de la historia europea.


Estrategia mediterránea de Hitler: octubre de 1940

 



El 23 de octubre de 1940, el tren personal de Hitler llegó a la localidad francesa de Hendaya, cerca de la frontera española, donde lo esperaba Francisco Franco, el dictador español. Hitler esperaba convencer a Franco de que se uniera al esfuerzo de guerra del Eje contra Gran Bretaña, a quien Alemania aún no había logrado someter. Con la Luftwaffe derrotada en los cielos del sur de Inglaterra, se había visto obligado a posponer su planeada invasión de Gran Bretaña y ahora estaba buscando nuevas formas de llevar a los británicos a la mesa de negociaciones. Si Franco aceptaba unirse a la guerra, o al menos permitir el tránsito de tropas alemanas por territorio español, entonces la Wehrmacht podría atacar Gibraltar.

Al día siguiente, Hitler se reuniría con el mariscal Philippe Petain, jefe del Estado francés (más conocido como la Francia de Vichy basado en la ciudad balneario en la que estaba situado su gobierno) en la comuna de Montoire. El régimen de Vichy había caído en la órbita alemana desde que firmaron el armisticio que sacó efectivamente a Francia de la guerra, pero el estado mantuvo una gran autonomía, lo que llevó a Hitler a parlamentar con el envejecido dictador francés. Hitler esperaba llevar a Vichy a la guerra contra el Reino Unido o, al menos, permitir que el Eje usara más el imperio francés en el norte de África y Oriente Medio para atacar al Imperio Británico.

 

Si Hitler hubiera podido convencer a estos hombres de que se pusieran del lado del Eje, o al menos proporcionar el uso de su territorio para las operaciones del Eje, sería de gran ayuda para el aliado italiano de Hitler, Benito Mussolini, en su invasión de Egipto


Este esfuerzo había tenido un comienzo lento, pero aún parecía que podría tener éxito en capturar el Canal de Suez, lo que permitiría un avance del Eje hacia el Medio Oriente hasta la India. Desde allí, el Eje no solo tendría el control total sobre el Mediterráneo, sino que podría causar tal daño al Imperio Británico que tendrían que pedir la paz mientras colocaban a los alemanes a una distancia de ataque de los campos petrolíferos soviéticos en el Cáucaso. El almirante alemán Erich Raeder, uno de los defensores más entusiastas de esta estrategia, argumentó que invadir la Unión Soviética sería mucho más fácil si esto se lograra.



Es poco probable que la obsesión de Hitler por destruir la Unión Soviética se haya aliviado alguna vez, pero si hubiera podido estar convencido de que una estrategia mediterránea podría sacar a Gran Bretaña de la guerra y crear condiciones más favorables para un golpe contra Stalin, es posible que lo haya considerado. En nuestro tiempo, Hitler dejó de albergar tales pensamientos después de que tanto Franco como Pétain se negaron a facilitar tal estrategia, pero si hubieran aceptado, con una mezcla de zanahorias y palos, al menos permitir que las tropas del Eje usaran su territorio, es muy posible que Barbarroja habría sido pospuesto.


Con las fuerzas del Eje centradas por completo en la destrucción del Imperio Británico, la victoria aliada se habría convertido en una perspectiva vaga y distante. Con la cooperación española, los alemanes habrían logrado aislar y, finalmente, capturar Gibraltar, mientras que el uso del norte de África francés facilitaría mucho el envío de suministros a las fuerzas del Eje en el norte de África. 


Aunque es probable que la invasión de Egipto por parte de Mussolini hubiera terminado en un desastre para los italianos como sucedió en nuestro tiempo, cuando llegó la ayuda alemana, podría hacerlo en cantidades mucho mayores sin la necesidad de acumular recursos para el Frente Oriental. Con el uso de los puertos de Vichy en el norte de África y una cantidad mucho mayor de camiones disponibles, es probable que el Afrika Korps de Erwin Rommel podría haber al menos duplicado su tamaño de una división blindada a dos. Rommel, que nunca fue un fanático de los aspectos prácticos de la guerra como es la logística, habría sido mucho más capaz de avanzar sobre Alejandría y El Cairo y, finalmente, Suez en el verano de 1941.

Aún habría fallado; la infraestructura de Libia era tan deficiente que solo se podría haber confiado en una sola carretera incluso con un mayor número de camiones disponibles, con Egipto planteando dificultades aún mayores: cualquier avance en el Canal de Suez habría dependido en gran medida de la captura del vital puerto egipcio de Alejandría, y el Eje todavía tendría que depender principalmente del puerto libio de Trípoli. La distancia entre Alejandría y Trípoli es mayor que la que hay entre Berlín y Moscú, y a pesar de todos los beneficios de la colaboración francesa de Vichy, los tanques de Rommel todavía tendrían que detenerse antes de su objetivo. A fines de 1941, los planes de Hitler habrían estado en ruinas, pero los Aliados habrían ganado poco más que un punto muerto.


La guerra anglo / estadounidense-nazi: 1941-19??

 



Aunque el hecho de que los soviéticos no estuvieran en guerra con los alemanes habría cambiado la imagen estratégica de Japón, es probable que todavía hubieran firmado el Pacto de No Agresión con los soviéticos en abril de 1941, lo que los habría liberado para trasladarse al sur. 


Es probable que los alemanes todavía hubieran declarado la guerra a los estadounidenses poco después de que Japón entrara en la guerra, viendo que era mejor comenzar la guerra en sus propios términos como lo hicieron históricamente, pero no obstante, Estados Unidos con su vasto poder industrial ahora estaría del lado aliado.

El hecho de que los estadounidenses y los británicos pusieran en común sus recursos significa que el Eje habría sido retirado gradualmente del norte de África, ya sea por un avance sangriento hacia el oeste desde Egipto o junto con los desembarcos estadounidenses en el norte del África francés como en nuestro tiempo. Esto último probablemente habría sido una empresa más arriesgada con Vichy cooperando activamente con el esfuerzo de guerra del Eje y Rommel habría estado mucho más seguro defendiendo Libia, pero en última instancia se habría visto obligado a retirarse a Europa, con planes ya en marcha para cambiar el continente en una fortaleza fascista. 

Por el bien del escenario, asumiremos que Hitler no ordena una invasión de la Unión Soviética en 1942 o más adelante, lo que no es demasiado inverosímil si consideramos que su enfoque podría haber permanecido en el Mediterráneo mucho más que en nuestro tiempo, y posteriormente al enfrentarse a una invasión angloamericana.

Con la guerra en el norte de África, el foco de atención de ambas partes se volvería hacia Europa, donde un punto muerto probablemente duraría algún tiempo. Sin la guerra en el este, los alemanes habrían podido concentrar muchos más esfuerzos en la construcción de fortificaciones y la producción de armas y aviones antiaéreos para evitar que los aliados se establecieran en el continente. Los alemanes habrían podido guarnecer fuerzas mucho más grandes en Europa occidental de las que podían permitirse en nuestro tiempo, mientras que la Unión Soviética habría seguido siendo un apoyo para su economía de guerra en lugar de un drenaje. Es probable que Stalin hubiera comenzado a subir los precios y exigir el pago por adelantado, ya que quedó claro que la Unión Soviética ya no estaba en peligro inminente, pero es difícil ver cómo las cosas podrían haber empeorado para los alemanes de lo que era el Frente Oriental en nuestro tiempo. Para los aliados, derrotar a Alemania habría sido una tarea abrumadora.




Históricamente, el "Programa de la Victoria" estadounidense había proyectado inicialmente el objetivo de movilizar a 11 millones de hombres en un ejército de más de 200 divisiones para fines de 1944. Se pensaba que el Ejército Rojo podría colapsar y que los aliados occidentales tendrían que luchar contra Alemania. sin ayuda. Con los soviéticos manteniéndose neutrales, esto habría sido una realidad y Estados Unidos tendría que intentar esta costosa expansión. Históricamente, los estadounidenses habían llegado a la conclusión, a principios de 1943, de que un ejército de 200 divisiones no era plausible sin una interrupción importante de la economía estadounidense, con una expansión limitada a 8,2 millones de hombres. Estos 8,2 millones de hombres, junto con los 3 millones de hombres del ejército británico, habrían tenido que ser responsables en gran parte de la liberación de Europa. 

A modo de comparación, las cifras de bajas militares del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial varían entre 8 y 11 millones de muertos. Para 1945, los aliados probablemente estarían listos para comenzar la liberación de Europa, prometiendo un baño de sangre que ampliaría la capacidad aliada, y mucho menos la resolución pública, de ganar la guerra hasta casi el punto de ruptura.

Sería en el verano de 1945 cuando los aliados adquirirían un arma para romper de manera decisiva el estancamiento y potencialmente prevenir una costosa invasión de Europa. Es difícil decir dónde habría caído la primera bomba atómica sobre Alemania, históricamente nunca se compiló una lista de objetivos, pero es probable que haya sido una ciudad de gran valor económico y / o militar. Berlín probablemente no habría sido un objetivo al menos no inicialmente, por lo que los Aliados podrían asegurarse de que hubiera un gobierno que realmente pudiera aprobar una rendición, pero aunque el liderazgo nazi sin duda se habría sorprendido por el poder destructivo de la bomba atómica, es improbable que hubiera sido suficiente para hacerlos rendirse. Hitler había planeado reducir toda Alemania a escombros si se enfrentaba a la derrota.

Después de todo, una invasión aliada de Francia habría sido necesaria e incluso con la supremacía aérea sobre Francia y las bombas atómicas cayendo sobre las ciudades alemanas, el conflicto resultante habría sido un baño de sangre para ambos lados. Con los aliados teniendo que usar una lenta guerra de desgaste contra masivas filas del ejército alemán, no es improbable que hubieran comenzado a emplear armas nucleares tácticas, con los alemanes tal vez recurriendo a la guerra química en la desesperación. El empuje aliado hacia el este habría sido tan horrible como el empuje soviético hacia el oeste en nuestro tiempo, si no más.




Eventualmente, el peso del avance aliado, los levantamientos en las naciones ocupadas y las repetidas bombas atómicas causarían el colapso de la infraestructura de Alemania y su esfuerzo de guerra con ella. Eventualmente, los aliados de Alemania la habrían abandonado ya sea por elección o por un colapso similar, pero es posible que los Aliados hayan tenido que avanzar hasta Polonia, dependiendo de dónde Hitler o un sucesor igualmente fanático eligieran para hacer su última resistencia

Es difícil predecir cuándo habría terminado la guerra, aunque para 1948 Estados Unidos habría comenzado a producir armas nucleares en masa, si no lo hubieran logrado antes. Es difícil decir qué bandera se habría izado sobre el Reichstag o si el Reichstag todavía estaría en pie.

Europa se habría arruinado, probablemente incluso peor de lo que pasó históricamente, no solo con la destrucción causada por la guerra en sí, sino también por el impacto de un gobierno nazi por años más largo. La neutralidad de la Unión Soviética habría evitado a los ciudadanos soviéticos la pesadilla de la ocupación nazi, pero aquellos que ya estaban bajo la ocupación alemana habrían tenido que soportarla posiblemente durante más años

Las muertes en el Holocausto aumentaron año tras año hasta 1944, cuando alcanzaron su punto máximo; a fines de ese año, el avance soviético se había convertido en un impedimento directo para el funcionamiento de los campos de exterminio de los nazis en Europa del Este, mientras que quienes dirigían el genocidio intentaban encubrir sus crímenes ante la inminente derrota. Si el resultado de la guerra hubiera estado todavía en duda, el genocidio industrializado habría continuado hasta que se produciese la derrota fnal de los nazis. Al mismo tiempo, es posible que los alemanes hubieran seguido adelante con sus planes de colonizar Polonia con colonos alemanes; planes que en nuestro tiempo se retrasaron y finalmente abandonaron debido a las demandas del Frente Oriental. Sin él, el plan alemán de asesinar a 20 millones de polacos para dar paso al "espacio vital" podría haberse realizado.

 

Conclusión: "Esa era la unión que derribará a los fascistas" ("That´s the union that´ll tear the fascists down, down, down", en el texto original inglés)

 

A menudo, al imaginar escenarios de historia alternativos, se da cuenta de que el pasado puede no haber resultado muy diferente después de todo, pero si estos eventos hubieran ocurrido, es muy posible que la Europa del presente sería irreconocible para la nuestra


La victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial fue un esfuerzo de equipo, uno que involucró al Ejército Rojo haciendo la peor parte de la lucha real. El costo de la victoria para la Unión Soviética, su país arruinado y la pérdida de innumerables vidas, es único en la historia de la humanidad. Si bien los aliados occidentales sin duda los ayudaron en este esfuerzo, no es difícil imaginar cuán difícil hubiera sido la tarea de derrotar a la Alemania nazi si los soviéticos hubieran permanecido neutrales. Con el tiempo, Europa aún habría sido liberada, siempre que el público estadounidense y británico hubiera podido contener los nervios, pero el trauma que persiste en muchas familias de la ex Unión Soviética habría sido nuestro para soportarlo. 

 

Paul Hynes

Ir a la V Parte

09 octubre 2020

Cuando el mundo contuvo el aliento: El Primer rayo (V)



por Paul Hynes
Historia Alternativa


Los ¿Y si...? de la Operación Barbarroja

Para los alemanes que se despertaron el domingo por la mañana del 22 de junio de 1941, la noticia de que su país estaba en guerra con la Unión Soviética les fue entregada con la habitual grandilocuencia y mentiras de la propaganda nazi. Se les dijo que esta nueva guerra no era una invasión, sino un ataque preventivo, necesario para hacer frente al "complot ruso-anglosajón soviético" para destruir Alemania que estaba a punto de completarse. 

En su declaración de esa mañana, Adolf Hitler habló con gran indignación por las ficticias violaciones fronterizas por parte de aviones soviéticos y las refriegas entre el Ejército Rojo y la Wehrmacht provocadas por la agresión soviética y cómo, como siempre afirmó, había hecho todo lo posible para tratar de preservar la paz. 


Imagen modificada por Andy Cooke de una subida por el usuario de Wikimedia "DIREKTOR", derivada de un fotograma de la animación GIF Archivo: Segunda guerra mundial, publicado bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported.


El pueblo alemán estaba acostumbrado a poner los ojos en blanco ante este tipo de fabricaciones y, aunque lamentablemente ha resistido en algunos rincones la teoría de la extrema derecha de una supuesta conspiración, la "Controversia de los planes ofensivos soviéticos" ha sido universalmente descartada por todos los historiadores creíbles

Alemania había estado preparándose activamente para invadir la Unión Soviética desde diciembre de 1940, había sido el sueño de Hitler durante décadas, la noción de que el ataque alemán fue un ataque preventivo es fácilmente desacreditada. Del mismo modo, no hay evidencia real de que la Unión Soviética se estuviera preparando para atacar a Alemania a fines de junio de 1941; de hecho, sus preparativos para una guerra defensiva estaban siendo obstaculizados por un liderazgo que estaba desesperado por tratar de evitar cualquier acumulación militar que pudiera interpretarse como una "provocación".

Pero es difícil no preguntarse si deberían haberlo hecho o no.

Si los soviéticos hubieran atacado antes de que los alemanes estuvieran listos para lanzar su propia invasión, ¿podrían haber logrado destruir la amenaza alemana y poner fin a la Segunda Guerra Mundial, antes de que hubiera alcanzado su crescendo? 

El general más famoso del Ejército Rojo parecía pensar que sí. 


Mayo de 1941: la propuesta de Zhukov


El General de ejército Georgy Zhukov en los duros días de 1941; a la derecha, retrato de 1944 de Zhukov como Mariscal de la Unión Soviética.


En la primavera de 1941, Georgy Zhukov aún no era el héroe nacional en el que se convertiría a lo largo de su servicio en la Gran Guerra Patriótica, pero su puesto como viceministro de Defensa le dio un cierto nivel de influencia dentro de la jerarquía soviética y, como tal, su estrategia propuesta fue redactado el 15 de mayo de 1941 con la esperanza de llamar la atención de Stalin.

Zhukov argumentó en su plan que la guerra con Alemania era ahora inminente y, como tal, el Ejército Rojo no debería sentarse y esperar a ser víctima. En su lugar, deberían atacar antes de que se completaran los preparativos alemanes para "adelantarse al desarrollo enemigo y atacar al ejército alemán cuando esté en proceso de despliegue". 

El plan era destruir las fuerzas alemanas que se concentraban en Polonia y Prusia Oriental (Kaliningrado moderno), que estimó en alrededor de 100 divisiones, en un ataque de tres frentes desde el sur, norte y noroeste. Si todo iba bien, Varsovia y Cracovia serían liberadas en cuatro semanas con la Wehrmacht destruida en el proceso. Las operaciones posteriores verían al Ejército Rojo tomar el resto de Polonia y Prusia Oriental. Si esto pudiera lograrse y si los aliados de Alemania se mantenieran a raya, Berlín y Praga habrían estado a menos de 200 millas de distancia sin nada entre el Ejército Rojo y la victoria final. 

Alemania había derrotado a Francia en seis semanas, la Unión Soviética habría derrotado a Hitler en un mes. 

Con la movilización completa, el Ejército Rojo superaría en número a los alemanes en personal, tanques y aviones, aunque se estaba acabando el tiempo tanto para completar esta preparación como para atacar antes de que los alemanes pudieran lanzar su propia invasión. El coronel David Glantz, experto del Ejército Rojo, estima que se habría necesitado hasta mediados de junio para reunir las fuerzas necesarias para el plan de Zhukov e incluso entonces el Ejército Rojo todavía habría tenido sus problemas con la falta de camiones, radios y repuestos para los vehículos, aunque es probable que los problemas que tuvieron con las municiones y el combustible se hayan mitigado un poco en preparación de la ofensiva. 

Zhukov habría sido consciente de estas deficiencias y es probable que hubiera admitido que el plan era tremendamente optimista. De manera realista, pudo haber estado tratando de llamar la atención de Stalin sobre el peligro inminente de la invasión alemana. De cualquier manera, no hay constancia de que Stalin alguna vez revisara la propuesta de Zhukov en ese momento, y a pesar de la influencia del oficial soviético, es poco probable que hubiera convencido a Stalin de que la guerra con los alemanes no podía retrasarse, y mucho menos de que el mejor plan de acción era para comenzar la guerra ellos mismos. 

Stalin era notoriamente cauteloso con las apuestas, aunque la historia ha demostrado que estaba dispuesto a aceptarlas cuando sentía que no había otra opción. Es poco probable que hubiera firmado el plan de Zhukov si lo hubiera visto, pero por el bien del escenario, supongamos que Zhukov hubiera sido capaz de convencerlo de que los peligros de no tomar esa oportunidad eran mucho peores que intentar derrotar a Alemania de una sola vez


15 de junio de 1941: "Tormenta"


Foto, Archivo RIA Novosti/ Michael Trahman / CC-BY-SA 3.0


A mediados de junio, una semana antes de que comenzara la Operación Barbarroja, la palabra en clave "Groza" (Tormenta) se habría enviado a los comandantes soviéticos de primera línea. Esta fue la palabra clave para que las fuerzas soviéticas se pusieran en plena preparación para el combate, en nuestro tiempo se había leído apresuradamente en las primeras horas del 22 de junio, cuando la invasión alemana ya había comenzado, pero en este escenario habría sido la confirmación final de que el ataque soviético estaba a punto de comenzar. Poco después, 35.000 piezas de artillería soviética habrían anunciado al mundo que la Unión Soviética había entrado en la Segunda Guerra Mundial, y en sus propios términos. 

Lo que habría seguido depende en gran medida del factor que hizo que las primeras semanas de la Operación Barbarroja fueran un éxito: sorpresa estratégica y táctica. Podría decirse que el plan de Zhukov se habría basado aún más en la sorpresa si hubiera tenido éxito, algo que Zhukov planeaba lograr fingiendo la acumulación en la frontera como un gran ejercicio del Ejército Rojo. ¿Hasta qué punto los alemanes lo habrían creído? esto es discutible. En la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos hicieron un gran uso de "Maskirova" (Disfraz), una mezcla de engaño y mimetismo para confundir o engañar a sus enemigos alemanes. En 1941, el Ejército Rojo no había perfeccionado estas técnicas hasta convertirlas en un bello arte, pero tenían algo de experiencia en engañar a los enemigos para que lo creyeran, particularmente en los conflictos fronterizos de preguerra contra los japoneses. 

Es difícil no encontrar una cierta satisfacción irónica al imaginar la escena que se habría desarrollado si los soviéticos hubieran tomado a los alemanes por sorpresa. La Luftwaffe, aún no completamente ensamblada, es derribada en las pistas de aterrizaje mientras los soldados alemanes, despertados con rudeza, luchan por llegar a sus armas en medio de una lluvia de fuego antes de ver cómo sus depósitos de municiones y combustible se incendian en medio del poderío aéreo y la artillería soviéticos. El plan de Zhukov habría visto a dos cuerpos de tropas aerotransportadas caer detrás de las líneas alemanas para sembrar más caos, antes de que el Ejército Rojo arrasara a los defensores destrozados.




Los alemanes, tomados por sorpresa, carentes de superioridad aérea y librando una guerra para la que no estaban preparados, se verían obligados a intentar frenar el avance del Ejército Rojo mediante pérdidas irremplazables en hombres y material. Zhukov había juzgado incorrectamente las disposiciones alemanas y, contrariamente a los planes soviéticos, su avance se habría dirigido precipitadamente hacia las filas masivas de las fuerzas alemanas más grandes, el Grupo de Ejércitos Centro. Lo que hubiera seguido habría sido una picadora de carne brutal con las mejores fuerzas alemanas y soviéticas encerradas en una desesperada guerra de desgaste. Los alemanes se verían obligados a retroceder debido a la falta de preparación y la interrupción detrás de sus líneas, pero el impulso del avance del Ejército Rojo habría comenzado a perder fuerza debido a las grandes pérdidas y sus propias líneas de suministro extendidas

En cuatro semanas, después de que el polvo se hubiera asentado, el resultado probablemente habría sido un sangriento estancamiento con los alemanes habiendo logrado mantener al Ejército Rojo, probablemente, algo al este de Varsovia. 

Zhukov no habría podido destruir la Wehrmacht, pero podría haberse sentido satisfecho de haber salvado a su país de la invasión. El Ejército Rojo, a diferencia de los alemanes, habría podido reemplazar sus pérdidas y no pasaría mucho tiempo antes de que la marcha soviética hacia el oeste pudiera continuar. 

Sin embargo, también debemos considerar la posibilidad de que los soviéticos no lograran sorprender, lo que habría implicado un resultado catastrófico muy diferente. Los alemanes habían estado monitoreando al Ejército Rojo en la frontera durante varios meses, los aviones de la Luftwaffe podían volar a través del territorio soviético debido al temor de Stalin de que cualquier respuesta soviética pudiera verse como una "provocación". Si los soviéticos se hubieran estado preparando para atacar a los alemanes, es probable que la Luftwaffe tuviera que actuar más más subrepticiamente, pero de todos modos es posible que hubieran podido observar al Ejército Rojo acumulándose en la frontera y que la Wehrmacht hubiera podido prepararse en consecuencia.


Atribución: Bundesarchiv, Bild / Wiegand / CC-BY-SA 3.0


Operación Bertha era el nombre del plan de contingencia alemán para un ataque soviético durante los preparativos para Barbarroja, los detalles sobre lo que el plan habría implicado realmente permanecen enterrados en los archivos alemanes, pero por lo que se puede determinar, significaría un desastre para el Ejército Rojo. Los alemanes habrían preparado una defensa en profundidad en los ríos San y Narew, absorbiendo la ofensiva soviética con pérdidas mínimas para ellos, antes de lanzar un golpe blindado para rodear y destruir al Ejército Rojo invasor, avanzando posteriormente hacia territorio soviético. Esto recordaría lo que sucedió durante la ofensiva soviética contra Jarkov en la primavera de 1942, solo que mucho peor para el Ejército Rojo. 

A diferencia de las primeras semanas de Barbarroja, los alemanes habrían destruido no solo las fuerzas soviéticas en las fronteras, sino también una gran cantidad de las reservas que históricamente habían llegado para luchar en las batallas de Smolensk y Moscú. De un solo golpe, gran parte de la Unión Soviética se habría visto impotente ante la invasión alemana, dependiendo de reclutas frescos entrenados apresuradamente para defender Moscú, con la mayor parte de las reservas y el equipo del Ejército Rojo destruidos en la debacle de Zhukov. 

Stalin no habría tenido más remedio que salir adelante, no se podía negociar con los alemanes, pero las esperanzas de ayuda del mundo exterior podrían haber sido más dudosas de lo que eran en nuestro tiempo. El público británico apoyaba ampliamente la causa soviética, pero aquí las figuras anticomunistas dentro del establecimiento británico podrían haber señalado el hecho de que Stalin, no Hitler, había comenzado la guerra y que el dictador alemán estaba actuando simplemente como el "baluarte contra comunismo". Es muy posible que el público estadounidense, con su fuerte movimiento aislacionista, haya estado de acuerdo. 


Conclusión: Un rayo en el cielo azul



Aunque la noción de un ataque preventivo soviético es tentadora, hay una razón por la que está relegada al ámbito de la teoría de la conspiración y la apología nazi. Tal estrategia habría sido una apuesta demasiado grande incluso para aquellos propensos a correr riesgos, una actitud que era ajena a Stalin y aunque las recompensas potenciales de tal movimiento no eran despreciables si las cosas hubieran salido mal, puede haber llevado a un escenario en el que la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial de repente se vuelve bastante más creíble. 

Irónicamente, la mejor oportunidad de victoria que tenían los alemanes podría haber sido, en primer lugar, si los soviéticos hubieran evitado que ocurriera Barbarroja. 


Leer la IV Parte                      Ir a la VI Parte

Nota del autor.

Inicialmente tenía la intención de terminar esta serie aquí, espero que se haya divertido tanto leyéndola como yo escribiéndola, pero se me ocurrió si los alemanes podrían haberse beneficiado de que Barbarroja se cancelara en el último momento, ¿y si los alemanes hubieran abandonado la idea por completo?

¡Todo lo que queda por decir, por última vez, averiguelo en la siguiente entrada! 

Paul Hynes
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