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11 enero 2023

La Alemania Nazi como sustitutivo de la fe





RESUMEN DE LA OBRA ORIGINAL:
EL LEGADO MESIÁNICO
AUTORES: MICHAEL BAIGENT, RICHARD LEIGH y HENRY LINCOLN

ACLARACIÓN: La totalidad de las fotos han sido agregadas al presente documento por el redactor del blog (Detectives de Guerra), por tanto, no corresponden a las fotografías constantes en el texto original.


En el estado de incertidumbre y desesperanza es más susceptible despertar el impulso religioso. Es en un vacío semejante donde con mayor eficacia puede introducirse la religión, que brinda un sentido y una coherencia nuevos. El período inmediatamente posterior a la primera guerra mundial pedía a gritos gente que lo interpretase. La humanidad experimentaba el vivo deseo de saber «para qué había sido todo», «qué había significado». Pero la religión organizada no hizo ningún intento serio de afrontar el problema ni de responder a las necesidades de la época. Sencillamente, hizo como si nada hubiera pasado e intentó seguir siendo lo que era desde hacía siglos: una institución cultural, política y social en lugar de un intérprete que confiriese un nuevo sentido. A causa de ello, en el decenio de 1920, la religión organizada se encontró desacreditada en su mayor parte, se encontró con que la consideraban incapaz de llenar el vacío que se había producido en la sociedad occidental.
Y es comprensible que la sociedad, al ver que la religión organizada no podía ofrecer ninguna solución a la crisis de sentido, se volviese hacia otra parte. El resultado de ello fue la aparición de dos principios nuevos que empezaron a suplantar a la religión como institución capaz de abarcarlo todo. De hecho, estos dos principios se convertirían en las religiones -o, cuando menos, las religiones sucedáneas- del decenio de 1930.


Viene de la Parte I 

La Rusia Soviética como sustitutivo de la fe


Parte II

Adolf Hitler como sumo sacerdote




La segunda religión primaria o sucedánea del decenio de 1930 fue el espectro de movimientos totalitarios a los que ahora se da el nombre colectivo de fascismo. En Italia, la versión original del fascismo, tal como la promulgaba Mussolini, en realidad nunca llegó a ser una religión y, quizá más aún que el marxismo leninismo, no pasó de ser una filosofía política, una ideología. El papel tradicional de la religión se dejó, en su mayor parte, a la Iglesia. El resultado parcial fue que el fascismo italiano, sobre todo si lo comparamos con los fenómenos habidos en otros lugares, fue un fenómeno relativamente hueco.

En España, la variante del fascismo defendida por Franco hizo cuanto pudo por alinearse íntimamente con la Iglesia y, por ende, se arrogó una forma de mandato divino. En consecuencia, poseía una energía mucho mayor, un dinamismo mucho mayor, que su equivalente italiano, así como la singular crueldad de la que solo el fanatismo religioso es capaz. En muchos aspectos, al menos desde la distancia de casi medio siglo, hay algo que resulta casi risible en Mussolini. Franco, con el dominio que instauró sobre España y el pueblo español, es, en conjunto, una figura más siniestra.

Con todo, el ejemplo supremo de totalitarismo derechista convertido en religión es la Alemania nazi. A diferencia del fascismo italiano, el nazismo no era sencillamente una filosofía o una ideología. A diferencia de la variante española del fascismo, el nazismo no se alineó con intereses creados de índole religiosa. Al contrario, se propuso, de modo bastante sistemático, suplantar a todos esos intereses y erigirse en religión, una religión totalmente nueva.






Ya han transcurrido cuarenta años desde el final de la segunda guerra mundial (a la fecha de la publicación del libro, 1986). Durante estos años no han cesado los comentarios históricos, los intentos de exposición y explicación del fenómeno de Adolf Hitler, el Partido Nazi y el Tercer Reich. Y, pese a ello, los interrogantes aún no han encontrado respuesta; los misterios siguen sin aclararse. ¿Cómo es posible que un pueblo civilizado y culto –un pueblo que dio al mundo figuras como Goethe y Beethoven, Kant y Hegel, Bach y Heine- siguiera a un embaucador tan perverso y se sumiera en masa en una orgía de destrucción tan monstruosa, tan demoniaca?

Los escritores han procurado dar respuesta a esta pregunta de diversas maneras. El nazismo ha sido explicado como fenómeno social, como fenómeno cultural, como fenómeno político, como fenómeno económico. La culpa de su existencia se ha atribuido al Tratado de Versalles, a la depresión, a la inflación galopante, a la pérdida del amor propio por parte de la nación alemana, al auge del comunismo, al derrumbamiento de la clase media, a otras muchas cosas.

Verdaderamente, todos estos factores y muchos más tuvieron un papel de vital importancia; también es cierto que todos ellos se hallaban interrelacionados. Pero el elemento crucial para entender el nazismo es la medida en que, deliberadamente, activó el impulso religioso del pueblo alemán. Obtuvo una respuesta a la vez emotiva y cerebral que unía, de un modo propio y depravado, tanto los corazones como los cerebros. Se transformó en una religión con todas las de la ley y, como tal, redimió a la Alemania de la primera posguerra del purgatorio de la falta de sentido.

Fue la dimensión religiosa del nazismo la que inspiró el dinamismo, el fanatismo histérico, la energía y la ferocidad demoníacas que tanto trascendían de los movimientos totalitarios paralelos que había en Italia y en España. Cabría argüir que el Tercer Reich fue el primer estado de la historia de Occidente, desde la antigua Roma, que se basó fundamentalmente, no en principios políticos, económicos o sociales, sino en principios religiosos, en principios mágicos. Y más que un político, más incluso que un demagogo, el que se proclamaba su líder era un hechicero.

La ascensión del Tercer Reich no «sucedió» sencillamente, de forma más o menos fortuita, como resultado del carisma maligno de un solo hombre. Al contrario, fue preparada y orquestada cuidadosamente, con meticulosidad. Con un grado aterrador de conocimiento de sí mismo y de sutileza psicológica, el Partido Nazi se propuso activar y manipular el impulso religioso de los alemanes, abordar la cuestión del sentido en su aspecto religioso. La Alemania nazi ofrecía una cosmología, además de una filosofía y una ideología. Apelaba al corazón, al sistema nervioso, al inconsciente, además de a la inteligencia. Con este fin, empleaba muchas de las técnicas más antiguas de la religión: ceremonial complicado, cánticos, repetición rítmica, retórica mágica, color y luz. Las tristemente célebres concentraciones de Nuremberg no eran mítines políticos como los que se dan actualmente en Occidente, sino actos teatrales, astutamente escenificados, del tipo que, por ejemplo, formaba parte integrante de los festivales religiosos de Grecia.
























Todo estaba calculado con precisión: los colores de los uniformes y las banderas, la colocación de los espectadores, la celebración nocturna, el empleo de focos y reflectores, la sincronización. En los reportajes cinematográficos de la época vemos a la gente embriagándose, cantando hasta sumirse en un estado de arrebato y éxtasis utilizando el mantra «Sieg Heil!» y embobándose ante el Führer como si se tratara de una deidad. En los rostros de los asistentes se pinta una beatitud insensata, una estupefacción vacua, embelesada, que es perfectamente intercambiable con las expresiones que aparecen en los rostros de las personas que asisten a reuniones de alguna iglesia revivalista.

No es una cuestión de retórica persuasiva. De hecho, la retórica de Hitler no tiene nada de persuasiva. Las más de las veces, es banal, infantil, repetitiva, desprovista de sustancia. Pero su modo de pronunciarla tiene una energía maligna, un pulso rítmico que resulta tan hipnótico como un toque de tambor. Y esto, unido al contagio de la emoción en masa, unido a la presión de millares de seres apretujados en un recinto cerrado, unido a un ceremonial y un espectáculo deliberadamente eclesiásticos e hinchados hasta adquirir proporciones wagnerianas, produce una histeria de masas, un fervor que es, en esencia, religioso. Lo que presenciamos en las concentraciones hitlerianas es una «alteración de la conciencia» como la que los psicólogos acostumbran a asociar con una experiencia mística.

Y el mismo Hitler se convierte en un Mesías negro que actúa como receptáculo de la energía religiosa que él ha evocado. Como dice un comentarista:

«No transcurrió mucho tiempo antes de que el pueblo alemán empezara a ver a Hitler como un Mesías de Alemania. Los mítines públicos -especialmente la concentración de Nuremberg- adquirieron una atmósfera religiosa. Todas las escenificaciones tenían por finalidad crear una atmósfera sobrenatural y religiosa» (5).

A los alemanes de entonces tampoco se les escapaba la dimensión religiosa de lo que hacía Hitler. Al contrario, no solo eran conscientes de esa dimensión, sino que en algunos casos incluso la recibieron con agrado. Así consta en las crónicas que el alcalde de Hamburgo dijo en cierta ocasión:

«No necesitamos sacerdotes. Podemos comunicarnos directamente con Dios a través de Adolf Hitler» (6). 

Y en abril de 1937 un cónclave de cristianos alemanes declaró:

«La palabra de Hitler es la ley de Dios, los decretos y las leyes que la representan poseen autoridad divina» (7).

Una de las fuentes de información más valiosas sobre el pensamiento de Hitler es un hombre llamado Herman Rauschning, que fue uno de los primeros seguidores del Partido Nazi, al que se afilió en 1926. Rauschning no tardó en convertirse en uno de los colegas y confidentes que mayor confianza merecían de Hitler y, en 1933, fue nombrado presidente del senado de Danzig. En 1935, sin embargo, ya empezaba a sentirse verdaderamente alarmado ante lo que ocurría en Alemania, y huyó, primero a Suiza, luego a los Estados Unidos. Considerando que era esencial prevenir al mundo sobre el Tercer Reich, poco antes de la guerra publicó dos libros en los que reproducía muchas conversaciones del propio Hitler. A juzgar por numerosos extractos que se encuentran en los libros de Rauschning, resulta evidente que Hitler sabía muy bien lo que se hacía, y que la activación del impulso religioso del pueblo alemán formaba parte de un plan meticulosamente calculado.

Parafraseando a Hitler, Rauschning dice:

«Había convertido las masas en fanáticos, explicó, con el fin de transformarlas en instrumentos de su política. Había despertado a las masas. Las había sacado de sí mismas y les había dado sentido y una función» (8).

Acto seguido, cita directamente a Hitler:

En un mitin de masas..., el pensamiento es eliminado. Y porque éste es el estado de ánimo que requiero, porque me garantiza la mejor caja de resonancia para mis discursos, ordeno a todo el mundo que asista a los mítines, donde se convierten en parte de la masa tanto si les gusta como si no, «intelectuales» y burgueses además de trabajadores. Yo mezclo al pueblo. Le hablo sólo como a una masa (9).

Y, además, como el propio Hitler escribe en Mein Kampf (Mi lucha):

En todos estos casos uno se enfrenta con el problema de influir en la libertad de la voluntad humana. Y esto ocurre especialmente en los mítines donde hay hombres cuya voluntad se opone al orador y a los que hay que inducir a pensar de una forma nueva. Por la mañana y durante el día parece que el poder de la voluntad humana se rebela con su mayor energía contra cualquier intento de imponerle la voluntad o la opinión de otro. En cambio, al caer la noche sucumbe fácilmente ante la dominación de una voluntad más fuerte... La penumbra misteriosa, artificial, de las iglesias católicas también sirve este propósito, las velas encendidas, el incienso... (10)

Hitler reconocía que empleaba técnicas religiosas. También reconocía, por lo menos en parte, dónde las había adquirido. «Aprendí sobre todo de los jesuitas. Lo mismo hizo Lenin, para el caso, si la memoria no me falla.» (11). Y, después de uno de sus ataques característicos contra la francmasonería, añade:

[Su] organización jerárquica y la iniciación mediante ritos simbólicos, esto es, sin molestar al cerebro, sino trabajando la imaginación por medio de la magia y los símbolos de un culto..., todo esto constituye el elemento peligroso y el elemento que he adoptado. ¿No veis que nuestro partido debe tener este carácter? Una Orden, eso es lo que tiene que ser..., una Orden, la Orden jerárquica de un sacerdocio secular (12).

El nazismo no se limitó a adoptar los avíos de una religión, sino que también, en su sustancia, se convirtió literalmente en una religión. Una parte de esa sustancia se derivaba de Richard Wagner que, en el siglo XIX, había ensalzado el carácter singularmente sagrado de la sangre germánica y, como dice un comentarista, «creía apasionadamente en el teatro como templo del arte germánico donde ritos místicos podrían redimir» al pueblo y al alma alemanes.

Pero Wagner era solo una de las varias influencias que convergieron para formar la visión del nacionalsocialismo. Hitler también se inspiró en el filósofo Friedrich Nietzsche, y se apropió indebidamente de gran parte de su pensamiento, divorciándolo de su verdadero contexto y tergiversándolo para que se ajustara a sus propios fines. Nietzsche ya había muerto, por lo que no podía protestar. Cuando la jerarquía nazi se propuso entrar también en las obras del poeta Stefan George, éste, que seguía vivo, sí protestó, y lo hizo con dureza y vehemencia. Como gesto de repudio y de desprecio, no tardó en exiliarse en Suiza, pero no sin antes plantar las semillas de la resistencia contra Hitler en uno de sus discípulos más allegados, el joven conde Claus von Stauffenberg que, más adelante, maquinaría el atentado con bomba que el Führer sufrió en 1944. (Ver: Stauffenberg y la “Alemania Secreta”)

Hitler y sus seguidores recibieron también la influencia de varios grupos ocultistas y sociedades secretas -la llamada orden de los Nuevos Templarios, por ejemplo, la Germanenorden u Orden Germánica, y la Thulegesellschaft o Sociedad Tule- que desplegaron sus actividades entre las postrimerías del decenio de 1870 y el período que siguió a la primera guerra mundial (13). En las enseñanzas de estos grupos se advierte una agresiva hostilidad contra el cristianismo y la insistencia en el antiguo paganismo germánico.





Nunca se ha comprobado de modo definitivo la medida en que el propio Hitler estuvo asociado personalmente con grupos ocultistas, y es poco probable que llegue a demostrarse alguna vez. Pero no hay duda de que sí conocía a gente que estaba asociada con tales grupos, y la pertenencia a ellos coincide una y otra vez con la afiliación al Partido Nazi de los primeros tiempos. Se sabe que Rudolph Hess y Alfred Rosenberg, por ejemplo, tuvieron que ver con la Thulegesellschaft. Mein Kampf va dedicada a Dietrich Eckart, poeta loco y de poca importancia que era una de las figuras destacadas, no solo de la Thulegesellschaft, sino también de otras organizaciones parecidas.

Entonces, ¿cuál era la naturaleza de la nueva religión de Hitler? ¿Cómo se las ingenió para reconquistar los corazones y los cerebros que la Iglesia tradicional había perdido? Según un comentarista de las postrimerías del decenio de 1930, «La Weltanschauung nacionalsocialista y totalitaria es una fe pagana que no puede sino considerar al cristianismo extraño y antagónico» (14).

En 1938, el doctor Arthur Frey, jefe del Servicio Suizo de Prensa Evangélica, publicó un libro que todavía es uno de los estudios más profundos del nacionalsocialismo como religión. Desde luego, es cierto que Frey, como cristiano, tenía sus propios intereses creados que proteger y su propio interés personal en el asunto, pero no por ello sus observaciones son menos pertinentes. Según Frey, el Tercer Reich pretendía ser 

«no solo un estado, sino también una comunidad religiosa, es decir, una iglesia» (15). Y «El führer no es solo un kaiser secular que lleva a cabo, en el estado, la tarea de gobernar; es, al mismo tiempo, el Mesías capaz de anunciar un reino milenario» (16).

Esta valoración no es exagerada. De hecho, se hace eco de ella, casi al pie de la letra, Baldur von Schirach, el director de la Juventud Hitleriana y hombre encargado de educar a una generación de alemanes jóvenes:

«... el servicio a Alemania se nos aparece como servicio genuino y sincero a Dios; la bandera del Tercer Reich se nos aparece como Su bandera; y el Führer del pueblo es el salvador que El ha enviado a rescatarnos» (17). 

En cuanto al cristianismo en Alemania, el propio Hitler dijo:
¿Qué podemos hacer? Justamente lo que hizo la Iglesia católica cuando obligó a los paganos a aceptar sus creencias: preservar lo que pueda preservarse, y cambiar su sentido. Desharemos el camino: la Pascua ya no es la resurrección, sino la renovación eterna de nuestro pueblo. La Navidad es el nacimiento de nuestro salvador... ¿Creéis que estos sacerdotes liberales, que ya no tienen una creencia, sino solo un cargo, se negarán a predicar a nuestro Dios en sus iglesias? (18).


  


El doctor Frey resume el credo del nacionalsocialismo de la forma siguiente:

«Para la fe alemana la "sangre" es sagrada... En el transcurso de los siglos..., el secreto creativo de la sangre heredada se da a sí mismo la forma de la raza» (19)

De la importancia de la sangre un ejemplo es la ceremonia nazi que, según el escritor francés Michel Tournier, equivale a «una inseminación de banderas». En esta ceremonia, la bandera original de los nazis -manchada por la sangre de los que marcharon bajo ella la primera vez que Hitler intentó hacerse con el poder en 1923- era preservada y presentada ritualmente. Otras banderas, estas nuevas, eran acercadas a ella hasta tocarla para que pudiera transmitirles -como por medio de una grotesca magia sexual- una proporción de su carácter sagrado. En el pasaje siguiente, uno de los personajes de Tournier describe la ceremonia:

Ya sabéis lo que ocurrió: la descarga cerrada, que mató a dieciséis de los acompañantes de Hitler; Goering herido de gravedad; Hitler arrastrado al suelo por el moribundo Scheubner-Richter y escapando con un hombro dislocado. Luego, el encarcelamiento del Führer en la fortaleza de Landsberg donde escribió Mein Kampf. Pero todo eso es poco importante. En lo que a Alemania se refería, el hombre careció de importancia a partir de aquel momento. Lo único que contaba aquel día en Munich, el 9 de noviembre de 1923, era la bandera con la esvástica de los conspiradores que cayó entre los dieciseis cadáveres y fue manchada y consagrada por su sangre. En lo sucesivo, la bandera de sangre -die Blutfahne- fue la reliquia más sagrada del Partido Nazi. Desde 1933 ha sido exhibida dos veces al año: una el 9 de noviembre, fecha en que se reconstruye la marcha en la Feldherrnhalle de Munich como en un drama medieval de la Pasión; pero, sobre todo, en septiembre, en la concentración anual del partido en Nuremberg que señala el momento culminante del ritual nazi. Entonces a la Blutfahne, como un semental que fertilizara a una infinidad de hembras, se la hace entrar en contacto con estandartes nuevos que buscan la inseminación. Yo he estado presente... y os puedo decir que cuando ejecuta el rito nupcial de las banderas, el Führer hace el mismo movimiento que ejecuta el criador de ganado cuando guía el pene del toro hacia el interior de la vagina de la vaca con su propia mano. Luego, desfilan ejércitos enteros en los que cada hombre es un abanderado y que son sencillamente ejércitos de banderas: un vasto mar, agitándose y ondeando al viento, un mar de estandartes, enseñas, banderas, emblemas y oriflamas. De noche, las antorchas completan la apoteosis, pues su luz ilumina los mástiles de las banderas, las banderas colgadas a guisa de adornos y las estatuas de bronce, y relega hacia las tinieblas de la tierra a la gran masa de hombres, condenados a la oscuridad. Finalmente, cuando el Führer pisa el altar monumental, ciento cincuenta reflectores se encienden de pronto, elevando por encima de la Zeppelinwiese una catedral de columnas de trescientos metros de altura que atestiguan la significación sideral del misterio que se está celebrando (20).
  
Imágenes de los espectáculos de Nurenberg. “La Catedral de la Luz” proyectada por Albert Speer para el festival del Partido Nazi.



Esta ceremonia de «inseminación de las banderas» no era más que una de las diversas fiestas, festivales y conmemoraciones de que se valieron los nazis para revisar y adaptar el calendario cristiano a sus propios fines, que eran específicamente paganos: «... celebramos festivales del sol, del año, del crecimiento, de la cosecha, donde éstos no han sido destruidos por una religión que es ajena al mundo, hostil a la tierra» (21). Un ejemplo importantísimo de esta clase de ritos era un antiguo festival indogermánico del joven dios Sol. En academias especiales donde se entrenaba a los jóvenes, y que eran dirigidas por las SS, la Navidad no se celebraba como el nacimiento de Cristo, sino como el momento en que el «Niño Sol» resurgía de sus cenizas en el solsticio de invierno. No hay necesidad de extenderse en el carácter religioso o específicamente pagano de estos rituales. Lo que representan es, en esencia, una variante en el siglo XX del antiguo culto al Sol Invictus que Constantino suscribiera unos 1.600 años antes. La única diferencia real era que, para el nacionalsocialismo, incluso hasta el Sol, de alguna forma imposible de cuantificar, era singularmente germánico.




Fotografías alemanas de la época del Tercer Reich, los atuendos, los emblemas, abiertamente evocan un aire espiritual. Estábamos ante el nacimiento de una nueva religión o quizá el retorno a la etapa mística del antiguo paganismo. Las fotos corresponden a las celebraciones del Día del Arte Alemán, en Munich entre los años 1937-1938.


Si Hitler era el Mesías de una nueva religión, sus sacerdotes eran la élite vestida de negro: Las Schutzstaffel o SS. 


A Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS, Hitler lo llamaba «mi Ignacio de Loyola», con lo que, implícitamente, trazaba un paralelismo entre las SS y los jesuitas. Y, efectivamente, en muchos aspectos el modelo de las SS eran los jesuitas; además, las SS utilizaban premeditadamente técnicas jesuíticas en esferas tales como el condicionamiento psicológico y la educación. Pero los propios jesuitas habían sacado gran parte de su estructura y de su organización de las órdenes todavía más antiguas, de las órdenes militares-religiosas de caballería como los templarios y los caballeros teutónicos (Deutschritter). El mismísimo Himmler concebía las SS como una orden justamente en este sentido y las veía, de modo muy específico, como una reconstitución de los Deutschritter: el equivalente moderno de los caballeros de manto blanco y cruces negras que setecientos años antes habían encabezado un anterior Drang nach Osten («avance hacia el Este») germánico hacia el interior de Rusia.

Las primeras SS, las de antes de la guerra, verdaderamente eran un cuerpo que se reclutaba, organizaba y ritualizaba tan estrictamente como los Deutschritter medievales. La compleja y mística ceremonia de inducción tenía por fin recordar la investidura de los caballeros andantes. Los aspirantes a entrar en el cuerpo tenían que presentar un árbol genealógico que mostrara sangre «aria» pura desde hacía, como mínimo, dos siglos y medio, o, en el caso de los que aspiraban a oficial, tres siglos. Cada aspirante tenía que pasar por un noviciado de índole religiosa antes de ser aceptado en la orden. De la francmasonería, las SS aprendieron la importancia de las insignias rituales, razón por la cual los anillos y las dagas jerárquicas figuraban en un lugar prominente. También a las runas se les concedía una especial significación. En las mangas de todas las guerreras de las SS había una inscripción rúnica bordada con hilo de plata. Y el emblema de la propia organización, las eses gemelas en forma de dos rayos mellados, recibía el nombre de runa «Sig», esto es, la «runa del poder» que, supuestamente, utilizaban las antiguas tribus germánicas para denotar el rayo del dios de las tempestades: Tor o Donar según algunas crónicas, Odín o Wotan según otras.

Himmler introdujo en la organización dimensiones cada vez mayores de chifladura. Las bodas de los miembros de las SS tenían menos cosas en común con los esponsales cristianos que con las fiestas nupciales de los paganos. Según Himmler, los hijos concebidos en un cementerio estaban imbuidos del espíritu de los muertos que yacían allí. Por consiguiente, se alentaba al personal de las SS a engendrar su descendencia sobre lápidas sepulcrales (de «arios» nobles, huelga decirlo). Eran debidamente recomendados los cementerios en los que, según habían demostrado los investigadores, reposaban los huesos de tipos nórdicos apropiados, y el periódico oficial de las SS publicaba con regularidad listas de esos cementerios (22).

Himmler pensaba montar a su alrededor un cuadro interno de sumos sacerdotes, un cónclave formado por doce Obergruppenführer de las SS (el equivalente en las SS de un teniente general), que constituirían sus propios y personales «caballeros de la Tabla Redonda». Este círculo casi místico integrado por trece miembros –el número recordaba deliberadamente los cónclaves ocultistas, así como, por supuesto, a Jesús y sus discípulos- tendría su cuartel general en la pequeña ciudad de Wewelsburg, cerca de Paderborn, en lo que actualmente es la Alemania Occidental. Aunque las obras de construcción no terminaron antes de acabar la guerra, Wewelsburg tenía que ser la capital oficial de las SS, el centro de su culto. La llamaban «Mittelpunkt der Welt»: el «centro del mundo» (23).



El castillo de Wewelsburg planeada cono futuro centro del mundo y capital oficial de las SS.



«Mittelpunkt der Welt», el «centro del mundo» Mapa de la ubicación del castillo de Wewelsburg



En el centro de Wewelsburg había un castillo y existía el proyecto de que cada uno de los trece altos dignatarios tuviera una habitación en él, que sería decorada al estilo de un período histórico concreto: el que, según la mayoría de los comentaristas, correspondía a su propia, supuesta y previa encarnación. En la gran Torre del Norte, los trece «caballeros» se reunirían a intervalos ritualizados. En el centro exacto de la cripta que quedaba debajo de la citada torre, ardería un fuego sagrado, al que se llegaría por medio de tres escalones, y junto a las paredes se alzaban doce pedestales de piedra; se ignora qué función se pensaba asignar a esos pedestales. Estos números, el tres y el doce, se repiten constantemente en la arquitectura del proyecto de reedificación. El simbolismo era importantísimo: alrededor del castillo, y con la cripta como centro, la ciudad que se pensaba construir formaría un radio hacia fuera constituido por círculos concéntricos meticulosamente proyectados.


La cripta o como otros denominan el Walhalla en el Castillo de Wewelsburg




El propio Himmler acostumbraba a hablar de geomancia, la «magia de la tierra», y de las supuestas líneas de sendas prehistóricas, y le gustaba fantasear sobre Wewelsburg como «centro de poder» oculto parecido (según él se imaginaba) a Stonehenge. La revista oficial de las Ahnenerbe -la «oficina de investigación», por así decirlo, de las SS- publicaba con frecuencia artículos que hablaban de cosas como esas.

Es interesante observar que ninguno de los aspectos «ocultistas» de la Alemania nazi llegó a formar parte de las copiosas pruebas y la documentación que se emplearon en los procesos de Nuremberg. ¿Por qué? ¿Sería porque los fiscales aliados desconocían su existencia en aquellos momentos? ¿Las descartaron por juzgar que no venían al caso o eran detalles circunstanciales? La verdad es que ni una cosa ni otra. Los fiscales conocían sobradamente la existencia de tales aspectos. Y, lejos de menospreciarlos, en realidad temían su potencia, temían las consecuencias psicológicas y espirituales que tendría para Occidente que se hiciese público que un estado del siglo XX se había instaurado y había conquistado el poder basándose en semejantes principios. Según el malogrado Airey Neave, uno de los fiscales de Nuremberg, los aspectos rituales y ocultistas del Tercer Reich fueron calificados deliberadamente de pruebas inadmisibles por temor a dichas consecuencias (24).

El razonamiento lógico en que se basó esta decisión fue que un abogado defensor inteligente, apelando a la racionalidad occidental, quizá podría alegar responsabilidad disminuida a causa de la locura en nombre de los criminales de guerra representados por él.


La Sala de los Obergruppenfuhrer de las SS en el Castillo de Wewelsburg. Nótese en el piso el diseño que representa el sol negro.



Hemos dedicado tanto espacio a examinar los aspectos religiosos de la Alemania de Hitler porque son precisamente esos aspectos los que mayor relación tienen con la actual búsqueda de sentido. La cultura occidental de la posguerra se ha acostumbrado a pensar en el nacionalsocialismo sencillamente como si hubiera sido un partido político extremista, así como a considerar que el Tercer Reich fue un estado gobernado por un reducido cónclave de locos. Puede que, en efecto, estuvieran locos, pero eso no es lo que importa. Lo importante es que lograron transmitir su locura y transmutarla en una forma de energía mesiánica.

El nazismo, como dijimos antes, no era una mera filosofía o ideología política que «engatusó» al pueblo alemán. Era una religión que, si ejerció tanta influencia, fue justamente porque cumplió la tradicional función religiosa de impartir sentido y coherencia a un mundo en el que, al parecer, no existían estos factores esenciales. Es en este sentido que el Tercer Reich ofrece, quizá, la lección objetiva más importante para nuestro tiempo, además de lanzar la advertencia más horrenda.

Actualmente, muchas personas, desilusionadas con el materialismo, abogan por un estado que se base fundamentalmente en principios espirituales. En teoría, es un objetivo válido y no serían demasiadas las personas con cierta responsabilidad dispuestas a discutirlo.

Pero el Tercer Reich demuestra que un estado basado en principios espirituales no es, por ello, necesariamente laudable o deseable. Si los principios «espirituales» se tergiversan, el potencial para la destrucción es, en todo caso, mayor que el del materialismo. El «espíritu», cuando se desmanda, es mucho más peligroso que la simple materia. La «guerra santa» puede ser la menos santa de todas las guerras, tanto si la hacen fundamentalistas islámicos en el Oriente Medio, como si la emprenden fundamentalistas cristianos en Norteamérica.


Epílogo 
La crisis de la posguerra y la desesperanza social

Hitler ataviado de Caballero del Grial. Estos carteles se publicaron en otoño de 1936 y fueron retirados poco después.



Hitler, de una forma propia y perversa, dio al pueblo alemán una nueva percepción de sentido, le confirió una religión nueva y, con ello, lo redimió de la incertidumbre, de la «relatividad de la perspectiva rayana en el pánico epistemológico». Y, aunque parezca irónico y paradójico, con ello dio una nueva percepción de sentido también al resto del mundo. A causa de Hitler y del Tercer Reich, el mundo tuvo sentido, aunque solo fuera durante un tiempo.

La primera guerra mundial había sido una guerra insensata. Lo que la hizo especialmente terrible fue que la locura era a la vez violenta y tan difusa y generalizada como una nube de gas asfixiante. No hubo en ella ni buenos ni malos de verdad. Todo el mundo tuvo la culpa y nadie la tuvo; todo el mundo la quiso y nadie la quiso; y, una vez hubo estallado, el asunto siguió su propio y siniestro curso, sin que nadie pudiera controlarlo. La locura de la primera guerra mundial fue esencialmente informe, y es imposible oponerse a lo que carece de forma. La única solución posible era el desgaste y el agotamiento.

En cambio, la segunda guerra mundial tuvo sentido. No solo fue una guerra sensata; quizá fue la más sensata de todas las guerras de la historia moderna. Fue una guerra sensata en lo que se refiere a las potencias aliadas, precisamente porque Alemania encarnaba, a todos los efectos, la locura colectiva de la humanidad. Al echar sobre sus hombros la capacidad humana para el horror, el ultraje, la atrocidad, la bestialidad, Alemania, paradójicamente, redimió al resto del mundo occidental, le devolvió la cordura. Hicieron falta Auschwitz y Belsen para que aprendiéramos el significado de la maldad, no como abstracta proposición teológica, sino como realidad concreta. Hicieron falta Auschwitz y Belsen para que viéramos las cosas que éramos capaces de hacer y sintiéramos el deseo de repudiarlas.

A diferencia de la contienda de 1914-1918, la guerra contra el Tercer Reich se convirtió en una cruzada legítima, en nombre de la decencia, de la humanidad y de la civilización.

En esta medida, Alemania confirió una renovada percepción de sentido, no solo a su  propio y engañado pueblo, sino, lo que es más válido, también al resto del mundo occidental. No había duda alguna sobre dónde estaba la maldad. Y era maldad, no simple estupidez, ni siquiera una tiranía convencional como la que podía asociarse con el kaiser, Napoleón o incluso Stalin. En pocas palabras, la locura colectiva del mundo adquirió forma al encarnarse en un pueblo concreto; y una vez estuvo dotada de forma, fue posible oponerse a ella. La oposición a esta locura restauró una jerarquía de valores que había desaparecido.

Desgraciadamente, Occidente no sacó de la experiencia las lecciones que habría podido sacar. Al descartar el Tercer Reich como fenómeno social, político y económico, los historiadores no supieron reconocer o admitir las necesidades psicológicas que lo habían engendrado al ser explotadas por Hitler y su camarilla. Y Occidente ha seguido sin percatarse de la realidad y la importancia de esas necesidades.

Nunca se ha hecho un intento de afrontar el problema con verdadera honradez. En consecuencia, sigue acechando en un segundo plano, en el umbral de la conciencia, de una forma subliminal. La Alemania nazi parecía ejemplo de lo irracional. Como resultado de ello, la sociedad occidental desconfió de lo irracional, repudió todas sus manifestaciones, excepción hecha de las pocas horas, circunscritas y contenidas de forma rigurosa, que se dedican a la iglesia los domingos. Incluso se intentó, por medio de versiones sencillas y puestas al día del devocionario y la Biblia, desmitificar el oficio que se celebra en los templos.

Como Hitler había demostrado ser un falso profeta, la sociedad occidental empezó a desconfiar de todos los profetas. Como el Tercer Reich había promulgado sus propios y pervertidos absolutos, la sociedad occidental decidió desconfiar de todos los absolutos. Al final, la desconfianza en los absolutos culminaría, una vez más, con una relatividad generalizada de la perspectiva.

El fenómeno no se hizo visible en seguida. En los años que siguieron a 1945, todavía era posible aferrarse a los valores que habían predominado durante la cruzada: la decencia, la humanidad y la civilización. Terminado el conflicto, los mismos valores aparecían alineados junto a una nueva fe en el progreso material. Después de todo, la derrota de Hitler había sido obra de recursos materiales y, por ende, estos recursos podían percibirse como fuerzas de la «bondad». En conjunción con la decencia, la humanidad y la civilización parecían representar algo en lo que se podía creer sinceramente. Así, en las postrimerías del decenio de 1940, la bomba atómica era considerada como un instrumento de paz, en lugar de como una amenaza en potencia…


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NOTAS

OBRA ORIGINAL: EL LEGADO MESIÁNICO
AUTORES: MICHAEL BAIGENT, RICHARD LEIGH y HENRY LINCOLN
Publicado originalmente en el Reino Unido por Jonathan Cape Ltd., en 1986. “The Messianic Legacy”. 2005, Ediciones Martínez Roca, S.A. Madrid – España.    

TRANSCRIPCIÓN de los capítulos:
CAPÍTULO 12: Sustitutivos de la fe: la Rusia soviética y la Alemania nazi.
CAPÍTULO 13: La crisis de la posguerra y la desesperanza social.

NOTAS a pie de página:

5. Langer, The mind of Adolf Hitler, pp. 55-56.
6. Ibíd., p. 56.
7. Ibíd.
8. Rauschning, Hitler speaks, p. 209.
9. Ibíd., pp. 209-210.
10. Hitler, Mein Kampf, p. 395.
11. Rausehning, Hitler speaks, p. 236.
12. Ibíd., p. 237.
13. Para la exploración definitiva de estas influencias ocultistas en Hitler, véase Goodrick-Clarke, The occult roots of Nazism. Las ideas de Hitler sobre la raza, la política, el exterminio de los no arios y la fundación de un milenio germánico se derivaban principalmente de la revista Ostara de Lanz von Liebenfels, fundador en 1907 de la orden de los Nuevos Templarios, cuya bandera llevaba una esvástica; véanse pp. 194-195. Véase también Phelps, «Before Hitler came ... ».
14. Frey, Cross and swastika, p. 5.
15. Ibíd., p. 79.
16. Ibíd., p. 78.
17. Manifestado por Baldur von Schirach durante su proceso, Nuremberg, 1946. Véase Trial of the major war criminals..., vol. xiv (mayo, 1946), p. 481.
18. Rauschning, Hitler speaks, p. 58.
19. Frey, Cross and swastika, pp. 85-86.
20. Tournier, trad. Bray, The Erl-King, pp. 261-262.
21. Frey, Cross and swastika, pp. 92-93.
22. Wykes, Himmler, pp. 121-122.
23. La obra definitiva sobre Wewelsburg es Hüser, Wewelsburg 1933 bis 1945
24. Comunicado a Michael Bentine y repetido a nosotros. Véase Bentine, The door marked summer, p.291.

19 diciembre 2022

Tráfico de drogas: ¿Libertad de expresión en los Estados Unidos?



Un homenaje al periodista Gary Webb


El 10 de diciembre de 2004 el periodista estadounidense Gary Webb fue encontrado muerto en su casa, en Sacramento - California. Causa de la muerte: aparente suicidio. Webb murió de una herida de bala en la cabeza, "herida de bala autoinfligida en la cabeza hace dos días", reportó la oficina del forense del condado de Sacramento. Trabajadores de una empresa de mudanzas llamaron a las autoridades al encontrar una nota en la puerta de la casa del periodista, decía: "Por favor, no entre. Llame al 911 y pida una ambulancia”.


Gary Webb, realizó sonados reportajes sobre la CIA y el tráfico de drogas en 1996  publicados en el San Jose Mercury News, Webb demostró que la CIA vendía la cocaína de los traficantes sudamericanos en suelo estadounidense (Los Ángeles-California) y que los réditos obtenidos servían para financiar a la Contra Nicaragüense, allá por los años de 1980. 

Kurt Nimmo (investigador) apuntó a George Bush padre como responsable del suicidio de Gary Webb, y fue tajante en afirmar que otros biógrafos de Bush: Mark Lombardi, J.H. Hatfield, Danny Casalaro (al que se une Gary Webb), se “suicidaron”. "¿Cuáles son las probabilidades de que todas estas personas realmente se suiciden?", reflexionaba, "ahora que Bush tiene su “mandato”, probablemente veremos a otros críticos caer víctimas de accidentes y suicidios". "Asesinato político en Estados Unidos: ¿la CIA mató a Gary Webb?", es el título del artículo de Nimmo en diciembre de 2004, lanzando un dardo mortal: "Las familias criminales suelen tratar con dureza a sus enemigos, al igual que la CIA". (cita reproducida en Investigación Global, 10 diciembre 2022)

Gary Webb, el reportero del San Jose Mercury News obtuvo el Premio Pulitzer en 1990 por su cobertura del terremoto de Loma Prieta. En 1996, estremeció Estados Unidos al demostrar, con pruebas, la participación directa de la CIA en el narcotráfico a través de operaciones encubiertas y la consecuente negación oficial sobre las conexiones entre la CIA y los narcotraficantes. Agentes del DEA habían informado al respecto (participación directa de la CIA en el tráfico de  drogas desde Honduras y El Salvador en la década de 1980), los grandes jefes guardaron silencio. La serie de reportajes se denominaron "Dark Alliance". 

No suele mencionarse la reivindicación del nombre de Gary Webb por parte de los dos informes del Inspector General de la CIA  (1997-1998) y las investigaciones del Congreso. (el crack devastó Los Ángeles en la década de 1980). Medios como L.A. Times (Los Ángeles) intentaron acabar con la memoria y legado de Webb.


En 1998, apareció en libro la investigación de Gary Webb: "Dark Alliance". Y, en 2014 se estrenó la película "Kill the Messenger".


Podríamos explayarnos con esta historia de la relación drogas - CIA - Contras - Irangate - Pablo Escobar, Manuel Noriega, etc., pero son temas que lo hemos analizado anteriormente en este blog.  Por favor, si tiene interés en ello, revise los links de enlaces al final, el tema de hoy se centra en Gary Webb, sus reportajes y supuesto suicidio.

 Tito Andino


*****

La Contra - Tráfico de cocaína: la deuda de Estados Unidos con el periodista Gary Webb. 

 

Gary Webb en 1997, murió en 2004 (presunto suicidio) Foto: Randy Pench

por Robert Parry +

Consortium News

Título original en inglés:  

"The Contra-Cocaine Drug Trade: America’s Debt to Journalist Gary Webb"


El reportero de investigación Robert Parry, fotografía sin fecha. Su trabajo sobre el escándalo Irán-contra de la década de 1980 le valió el premio George Polk. Foto: Diane Duston,  AP.


Robert Parry, fallecido periodista (publicó este artículo por primera vez el 13 de diciembre de 2004 en Consortium NewsEl Consorcio para el Periodismo Independiente). Robert Parry trabajó para de Associated Press (AP) ganó el Premio George Polk por reportaje nacional en 1984, revelando que la CIA proporcionó un manual de asesinato a los Contras nicaragüenses que buscaban derrocar al gobierno Sandinista. Con el mismo reportaje, fue finalista del Premio Pulitzer de 1985 (participación del teniente coronel Oliver L. North, subdirector del Consejo de Seguridad Nacional, en la operación encubierta para apoyar a los Contras con ganancias de la venta clandestina de armas a Irán). Robert Parry publicó muchas de las historias de Irán-Contra en la década de 1980 para Associated Press y Newsweek. Sus libros, "Secrecy & Privilege: Rise of the Bush Dynasty from Watergate to Iraq" y "Lost History: Contras, Cocaine, the Press & 'Project Truth' " (1999).

 

En 1996, el periodista Gary Webb escribió una serie de artículos que forzaron una investigación largamente esperada de un capítulo muy oscuro de la reciente política exterior estadounidense: La protección de la administración Reagan-Bush a los traficantes de cocaína que operaban bajo la tapadera de la guerra de los contras nicaragüenses en 1980.

Por su valiente reportaje en el San Jose Mercury News, Webb pagó un alto precio. Fue atacado por colegas periodistas del New York Times, el Washington Post, Los Angeles Times, American Journalism Review e incluso la revista Nation. Bajo esta presión de los medios, su editor Jerry Ceppos vendió la historia y degradó a Webb, lo que provocó que renunciara a Mercury News. Incluso el matrimonio de Webb se rompió.


El presidente Ronald Reagan (1981-1989) inició y autorizó la guerra de los Contras que duró 8 años y fue su principal defensor público, refiriéndose cariñosamente a los Contras como “luchadores por la libertad”. (Foto y cita tomada del artículo "Crimen Estadounidense Caso #29: Guerra Contra el Terror en Nicaragua 1979-1989", sitio web "Revolution".


El viernes 10 de diciembre (2004), Gary Webb, de 49 años, murió de un aparente suicidio, una herida de bala en la cabeza. Cualesquiera que sean los detalles de la muerte de Webb, la historia estadounidense tiene una gran deuda con él.

Aunque denigrado por gran parte de los medios de comunicación nacionales, la serie contra la cocaína de Webb provocó investigaciones internas por parte de la Agencia Central de Inteligencia y el Departamento de Justicia, investigaciones que confirmaron que decenas de unidades Contra e individuos con conexiones con la Contra estaban implicados en el tráfico de drogas. Las investigaciones también mostraron que la administración Reagan-Bush frustró las investigaciones de esos crímenes por razones geopolíticas.

Medios fallidos

Sin querer, Webb también expuso la cobardía y el comportamiento poco profesional que se habían convertido en las nuevas marcas registradas de los principales medios de comunicación estadounidenses a mediados de la década de 1990. Los grandes medios de comunicación siempre estaban tras la pista de algún escándalo excitante —el caso de O.J. Simpson o el escándalo de Monica Lewinsky—, pero los principales medios ya no podían lidiar con los graves crímenes de Estado.

Incluso después de que el inspector general de la CIA publicara sus hallazgos en 1998, los principales periódicos no pudieron reunir el talento ni el coraje para explicar esas extraordinarias admisiones del gobierno al pueblo estadounidense. Los grandes periódicos tampoco se disculparon por su trato injusto hacia Gary Webb. Presagiando la incompetencia de los medios de comunicación que no lograron desafiar el caso de George W. Bush a favor de la guerra con Irak cinco años después, las principales organizaciones de noticias efectivamente ocultaron la confesión de la CIA al pueblo estadounidense.

El New York Times y el Washington Post nunca superaron el “resumen ejecutivo” de la CIA, que trató de darle el mejor giro a los hallazgos del inspector general Frederick Hitz. Los Angeles Times ni siquiera escribió una historia después de que se publicó el volumen final del informe de la CIA, aunque la historia inicial de Webb se había centrado en envíos de cocaína de la Contra conectados al centro-sur de Los Ángeles.

El encubrimiento de Los Angeles Times ahora ha continuado después de la muerte de Webb. En un duro obituario sobre Webb, el reportero del Times, que me llamó para entrevistarme, ignoró mis comentarios sobre la deuda que la nación tenía con Webb y la importancia de los hallazgos del inspector general de la CIA. En lugar de usar la muerte de Webb como una oportunidad para finalmente aclarar la historia, el Times actuó como si nunca hubiera habido una investigación oficial que confirmara muchas de las acusaciones de Webb. (Los Ángeles Times, 12 de diciembre de 2004).




Al mantener el encubrimiento de la cocaína Contra, incluso después de que la CIA admitió los hechos, los grandes periódicos parecían haber entendido que podían evitar cualquier consecuencia por su comportamiento atroz en la década de 1990 o por su negligencia hacia el tema contra la cocaína cuando apareció por primera vez en la década de 1980. Después de todo, los medios de comunicación conservadores, el principal competidor de la prensa convencional, no van a exigir que se vuelvan a examinar los crímenes de los años de Reagan y Bush.

Eso significa que solo unos pocos medios de comunicación menores, como nuestro propio Consortiumnews.com, revisarán los hechos ahora, al igual que solo unos pocos de nosotros abordamos la importancia de las admisiones del gobierno a fines de la década de 1990. Compilé y expliqué los hallazgos de las investigaciones de la CIA/Justicia en mi libro de 1999, "Lost History: Contras, Cocaine, the Press & “Project Truth”.


"Lost History: Contras, Cocaine, the Press & “Project Truth", Robert Parry, 1999.

Caso Contra-Cocaína

Lost History, que tomó su nombre de una serie en este sitio web, también describe cómo la historia Contra - cocaína llegó al público por primera vez en una historia que Brian Barger y yo escribimos para Associated Press en diciembre de 1985. Aunque los grandes periódicos se burlaron con despreció de nuestro descubrimiento, el Senador John Kerry siguió nuestra historia con su propia investigación innovadora. Por sus esfuerzos, Kerry también se encontró con el ridículo de los medios. Newsweek calificó al senador de Massachusetts como un “aficionado a las conspiraciones lujuriosas”. 

Entonces, cuando Gary Webb revivió el tema de la Contra-cocaína en agosto de 1996 con una serie de tres partes de 20.000 palabras titulada "Dark Alliance", los editores de los principales periódicos ya tenían un poderoso interés propio para abofetear una historia que habían menospreciado por la década pasada.

El desafío a sus juicios anteriores fue doblemente doloroso porque el sofisticado sitio web del Mercury-News aseguró que la serie de Webb causara un gran revuelo en Internet, que estaba emergiendo como una amenaza para los medios de comunicación tradicionales. Además, la comunidad afroamericana estaba furiosa ante la posibilidad de que las políticas del gobierno de EE. UU. hubieran contribuido a la epidemia de crack y cocaína.

En otras palabras, los editores masculinos, en su mayoría blancos, de los principales periódicos vieron su preeminencia cuestionadas al juzgar las noticias por un periódico regional advenedizo, por Internet y ciudadanos estadounidenses comunes que también eran negros. Entonces, aunque la CIA estaba preparada para llevar a cabo una investigación relativamente exhaustiva y honesta, los principales periódicos parecían más ansiosos por proteger su reputación y su territorio.

Sin duda, la serie de Webb tuvo sus limitaciones. Rastreó principalmente una red de Contra-traficantes de cocaína en la costa oeste desde principios hasta mediados de la década de 1980. Webb relacionó esa cocaína con una red de producción de “crack” temprana que abastecía a las pandillas callejeras de Los Ángeles, los Crips y los Bloods, lo que llevó a la conclusión de Webb de que la Contra-cocaína alimentó la epidemia de crack que devastó Los Ángeles y otras ciudades de EE. UU.


Gary Webb, fotografía de Foto Scott J. Ferrell (Congressional Quarterly Getty Images)

Contraataque

Cuando los líderes negros comenzaron a exigir una investigación completa de estos cargos, los medios de Washington se unieron al establecimiento político para dar vueltas a los vagones. Le tocó al Washington Times derechista del reverendo Sun Myung Moon comenzar el contraataque contra la serie de Webb. The Washington Times recurrió a algunos ex funcionarios de la CIA, que participaron en la guerra de los Contras, para refutar los cargos de drogas.

Pero, en un patrón que se repetiría en otros temas en los años siguientes, el Washington Post y otros periódicos principales rápidamente se alinearon detrás de los medios de comunicación conservadores. El 4 de octubre de 1996, el Washington Post publicó un artículo de primera plana derribando la historia de Webb.

El enfoque del Post fue doble: primero, presentó las acusaciones contra la cocaína como noticias viejas —“incluso el personal de la CIA testificó ante el Congreso que sabían que esas operaciones encubiertas involucraban a traficantes de drogas”, informó el Post— y segundo, el Post minimizó la importancia de el único canal de contrabando que Webb había destacado, que no había “jugado un papel importante en el surgimiento del crack”. Un artículo de la barra lateral del Post descartó a los afroamericanos como propensos a los "temor de conspiración".

Pronto, el New York Times y Los Angeles Times se sumaron a la acumulación de Gary Webb. Los grandes periódicos dieron gran importancia a las revisiones internas de la CIA en 1987 y 1988 que supuestamente absolvieron a la agencia de espionaje de cualquier papel en el contrabando de cocaína.

Pero el encubrimiento de una década de la CIA comenzó a resquebrajarse el 24 de octubre de 1996, cuando el inspector general Hitz de la CIA admitió ante el Comité de Inteligencia del Senado que la primera investigación de la CIA había durado solo 12 días, la segunda solo tres días. Prometió una revisión más exhaustiva.

Burlándose de Webb

Mientras tanto, sin embargo, Gary Webb se convirtió en el blanco de las burlas de los medios. El influyente crítico de medios del Post, Howard Kurtz, se burló de Webb por decir en una propuesta de libro que exploraría la posibilidad de que la guerra de los Contras fuera principalmente un negocio para sus participantes. (“Oliver Stone, revisa tu correo de voz”, se rió Kurtz. Washington Post, 28 de octubre de 1996)

Sin embargo, la sospecha de Webb no era infundada. De hecho, el emisario del asistente de la Casa Blanca, Oliver North, Rob Owen, había señalado lo mismo una década antes, en un mensaje del 17 de marzo de 1986 sobre el liderazgo de la Contra. “Pocos de los llamados líderes del movimiento... realmente se preocupan por los muchachos en el campo”, escribió Owen: “ESTA GUERRA SE HA CONVERTIDO EN UN NEGOCIO PARA MUCHOS DE ELLOS”. (Mayúsculas en el original).


El Teniente Coronel Oliver North, En julio de 1987 tuvo que testificar ante un comité de investigación del Congreso de los Estados Unidos, en el interrogatorio admitió haber mentido al Congreso. Defendió sus acciones diciendo que creía poder ayudar a la Contra nicaragüense, a quienes veía como luchadores por la libertad, y que pensaba que la operación ilegal era una "buena idea".


Sin embargo, la picota de Gary Webb estaba en serio. El ridículo también tuvo un efecto predecible en los ejecutivos de Mercury-News. A principios de 1997, el editor ejecutivo Jerry Ceppos estaba en retirada.

El 11 de mayo de 1997, Ceppos publicó una columna de primera plana que decía que la serie "no cumplió con mis estándares". Criticó las historias porque "implicaban fuertemente el conocimiento de la CIA" de las conexiones de los Contras con los traficantes de drogas estadounidenses que fabricaban crack-cocaína. “No teníamos pruebas de que altos funcionarios de la CIA supieran de la relación”.

Los grandes periódicos celebraron la retirada de Ceppos como una reivindicación de su propio rechazo a las historias contra la cocaína. Luego, Ceppos desconectó la continua investigación contra la cocaína del Mercury-News y reasignó a Webb a una pequeña oficina en Cupertino, California, lejos de su familia. Webb renunció al periódico en desgracia.

Por socavar a Webb y a los otros reporteros que trabajaban en la investigación de los Contras, Ceppos fue elogiado por la American Journalism Review y recibió el premio nacional de ética en el periodismo de 1997 de la Sociedad de Periodistas Profesionales. Mientras Ceppos ganaba elogios, Webb vio colapsar su carrera y romper su matrimonio.

Avance de sondas

Aun así, Gary Webb había puesto en marcha investigaciones internas del gobierno que sacarían a la superficie hechos largamente ocultos sobre cómo la administración Reagan-Bush había llevado a cabo la guerra de los Contras. La línea defensiva de la CIA contra las acusaciones contra la cocaína comenzó a romperse cuando la agencia de espionaje publicó el Volumen Uno de los hallazgos de Hitz, el 29 de enero de 1998.

A pesar de un comunicado de prensa en gran parte exculpatorio, el Volumen Uno de Hitz admitió que muchas de las acusaciones de Webb no solo eran ciertas, sino que en realidad subestimó la gravedad de los delitos contra las drogas y el conocimiento de la CIA. Hitz reconoció que los contrabandistas de cocaína desempeñaron un papel inicial significativo en el movimiento contrarrevolucionario nicaragüense y que la CIA intervino para bloquear una investigación federal de 1984 que amenazaba la imagen sobre una red de narcotraficantes con sede en San Francisco con presuntos vínculos con los contrarrevolucionarios. (consulte Lost History: Contras, Cocaine, the Press & “Project Truth” de Robert Parry)

El 7 de mayo de 1998, otra revelación de la investigación del gobierno sacudió las debilitadas defensas de la CIA. La representante Maxine Waters, demócrata de California, introdujo en el Registro del Congreso una carta de entendimiento del 11 de febrero de 1982 entre la CIA y el Departamento de Justicia. La carta, que había sido solicitada por el director de la CIA, William Casey, liberó a la CIA de los requisitos legales de que debe informar el contrabando de drogas por parte de los activos de la CIA, una disposición que cubría tanto a los contras nicaragüenses como a los rebeldes afganos que luchaban contra un régimen apoyado por los soviéticos en Afganistán. 


Jefes de la CONTRA-Nicaragüense, izquierda Adolfo Calero Portocarrero, hombre de negocios y político. En el medio Enrique Bermúdez Varela, un ex militar conocido como "Comandante 3-80" (un tipo despiadado). A la derecha, un comandante que usa un parche de las tropas aerotransportadas del US Army.


Informe de Justicia

Se abrió otra grieta en el muro defensivo cuando el Departamento de Justicia publicó un informe de su inspector general, Michael Bromwich. Dado el clima hostil que rodea la serie de Webb, el informe de Bromwich comenzó con críticas a Webb. Pero, al igual que el Volumen Uno de la CIA, el contenido reveló nuevos detalles sobre las irregularidades del gobierno.

Según la evidencia citada por el informe, la administración Reagan-Bush sabía casi desde el comienzo de la guerra de la Contra que los traficantes de cocaína permeaban la operación paramilitar. La administración tampoco hizo casi nada para exponer o detener las actividades delictivas. El informe reveló ejemplo tras ejemplo de pistas no seguidas, testigos corroborados menospreciados, investigaciones oficiales de las fuerzas del orden público saboteadas e incluso la CIA facilitando el trabajo de los narcotraficantes.

El informe Bromwich mostró que los contras y sus partidarios realizaron varias operaciones paralelas de contrabando de drogas, no solo la que está en el centro de la serie de Webb. El informe también encontró que la CIA compartió poca información sobre las drogas de los contras con las agencias policiales y en tres ocasiones interrumpió las investigaciones de tráfico de cocaína que amenazaban a los contras.

Aunque representa una operación antidrogas más extendida de lo que Webb había entendido, el informe de la Justicia también proporcionó una corroboración importante sobre un narcotraficante nicaragüense, Norwin Meneses, quien fue una figura clave en la serie de Webb. Bromwich citó a informantes del gobierno estadounidense que proporcionaron información detallada sobre la operación de Meneses y su ayuda financiera a los contras.

Por ejemplo, Renato Peña, un mensajero de dinero y drogas de Meneses, dijo que a principios de la década de 1980, la CIA permitió que los contras trajeran drogas a Estados Unidos, las vendieran y se quedaran con las ganancias. Peña, quien también fue el representante del norte de California para el ejército contrarrevolucionario FDN respaldado por la CIA, dijo que el narcotráfico fue impuesto a los contrarrevolucionarios debido a los niveles inadecuados de asistencia del gobierno estadounidense.

El informe de la Justicia también reveló ejemplos repetidos de la CIA y las embajadas de EE. UU. en América Central desalentando las investigaciones de la DEA, incluida una sobre presuntos envíos de Contra-cocaína que se movían a través del aeropuerto de El Salvador. En una conclusión discreta, el inspector general Bromwich escribió: “No tenemos ninguna duda de que la CIA y la embajada de EE. UU. no estaban ansiosas por que la DEA siguiera con su investigación en el aeropuerto”.



Volumen dos de la CIA

A pesar de las notables admisiones en el cuerpo de estos informes, los grandes periódicos no mostraron inclinación a leer más allá de los comunicados de prensa y los resúmenes ejecutivos. Para el otoño de 1998, el Washington Post estaba obsesionado con el escándalo sexual de Monica Lewinsky, lo que facilitó ignorar revelaciones aún más sorprendentes en el Volumen Dos de la CIA.

En el Volumen Dos, publicado el 8 de octubre de 1998, el Inspector General de la CIA Hitz identificó a más de 50 contras y entidades relacionadas con contras implicadas en el tráfico de drogas. También detalló cómo la administración Reagan-Bush había protegido estas operaciones de drogas y frustrado las investigaciones federales, que habían amenazado con exponer los crímenes a mediados de la década de 1980. Hitz incluso publicó evidencia de que el tráfico de drogas y el lavado de dinero se rastrearon hasta el Consejo de Seguridad Nacional de Reagan, donde Oliver North supervisó las operaciones de la Contra.

Hitz también reveló que la CIA colocó a un reconocido lavador de dinero de las drogas a cargo de los contras del Frente Sur en Costa Rica. Además, según la evidencia de Hitz, el segundo al mando de la contra en el Frente Norte de Honduras se habría fugado de una cárcel colombiana donde cumplía condena por narcotráfico.

En el volumen dos, la defensa de la CIA contra la serie de Webb se había reducido a una diminuta hoja de parra: que la CIA no conspiró con los contras para recaudar dinero a través del tráfico de cocaína. Pero Hitz dejó en claro que la guerra de los contras tenía prioridad sobre la aplicación de la ley y que la CIA ocultó evidencia de los crímenes de la Contra al Departamento de Justicia, al Congreso e incluso a la propia división analítica de la CIA.

Hitz encontró en los archivos de la CIA evidencia de que la agencia de espionaje sabía desde los primeros días de la guerra Contra que sus nuevos clientes estaban involucrados en el tráfico de cocaína. Según un cable de septiembre de 1981 a la sede de la CIA, uno de los primeros grupos de la Contra, conocido como ADREN, había decidido utilizar el narcotráfico como mecanismo de financiación. Dos miembros de ADREN hicieron la primera entrega de drogas a Miami en julio de 1981, informó el cable de la CIA.

Los líderes de ADREN incluían a Enrique Bermúdez, quien emergió como el máximo comandante militar de la Contra en la década de 1980. La serie de Webb había identificado a Bermúdez como quien dio luz verde a la recaudación de fondos del narcotraficante Meneses. El informe de Hitz agregó que la CIA tenía otro testigo nicaragüense que implicaron a Bermúdez en el narcotráfico en 1988.


Dos magistrales caricaturas del artista estadounidense Robert "Robbie" Conal, datan de 1988, Conal es conocido por sus representaciones grotescas y retorcidas de figuras políticas estadounidenses, suele distribuir su arte en carteles durante la noche usando su "ejército de carteles guerrilleros voluntarios" (cita de Wiki)


Prioridades

Además de rastrear la evidencia del narcotráfico a lo largo de la década de guerra de la Contra, el inspector general entrevistó a altos funcionarios de la CIA que reconocieron que estaban al tanto del problema de las drogas, pero que no querían que su exposición socavara la lucha de la organización para derrocar al  gobierno sandinista de izquierda.

Según Hitz, la CIA tenía “una prioridad primordial: derrocar al gobierno sandinista. … (Los oficiales de la CIA) estaban decididos a que las diversas dificultades que encontraron no impidieran la implementación efectiva del programa Contra”. Un oficial de campo de la CIA explicó: “El objetivo era hacer el trabajo, obtener el apoyo y ganar la guerra”.

Hitz también relató las quejas de los analistas de la CIA de que los oficiales de operaciones de la CIA que manejaban la guerra de la Contra ocultaron evidencia de la Contra en el tráfico de drogas incluso a la división analítica de la CIA. Debido a la evidencia oculta, los analistas de la CIA concluyeron incorrectamente a mediados de la década de 1980 que “solo un puñado de contras podría haber estado involucrado en el tráfico de drogas”. Esa evaluación falsa se transmitió al Congreso y a las principales organizaciones de noticias, lo que sirvió como base importante para denunciar a Gary Webb y su serie en 1996.


Aunque el informe de Hitz fue una extraordinaria admisión de culpabilidad institucional por parte de la CIA, pasó casi desapercibido para los grandes periódicos.


Dos días después de que se publicara el informe de Hitz en el sitio de Internet de la CIA, el New York Times publicó un breve artículo en el que continuaba ridiculizando el trabajo de Webb, aunque reconocía que el problema de las drogas de hecho podría haber sido peor de lo que se pensaba anteriormente. Varias semanas después, el Washington Post intervino con un artículo igualmente superficial. Los Angeles Times nunca publicó una historia sobre el lanzamiento del Volumen Dos de la CIA.

Consecuencias

Hasta el día de hoy, ningún editor o reportero que se haya perdido la historia contra las drogas ha sido castigado por su negligencia. De hecho, muchos de ellos ahora son altos ejecutivos en sus organizaciones de noticias. Por otro lado, la carrera de Gary Webb nunca se recuperó.

Sin embargo, a la muerte de Webb, cabe señalar que su gran regalo a la historia estadounidense fue que él, junto con ciudadanos afroamericanos enojados, obligaron al gobierno a admitir algunos de los peores crímenes jamás tolerados por cualquier administración estadounidense: la protección de las drogas, el contrabando a los Estados Unidos como parte de una guerra encubierta contra un país, Nicaragua, que no representaba una amenaza real para los estadounidenses.

La verdad fue fea. Ciertamente, las principales organizaciones de noticias habrían sido objeto de críticas si hubieran hecho su trabajo y presentado esta preocupante historia al pueblo estadounidense. Los defensores conservadores de Ronald Reagan y George H.W. Bush seguramente habrían aullado en señal de protesta.

Pero la verdadera tragedia del regalo histórico de Webb, y de su vida truncada, es que debido a la insensibilidad y la cobardía de los principales medios de comunicación, este oscuro capítulo de la era Reagan-Bush sigue siendo en gran parte desconocido para el pueblo estadounidense.


Robert Parry 

Consortium News

También reproducido por Global Research Canadá (dic/2022)


* Nota final adicionada por el editor del blog:

The New York Times, en su edición del 2 de octubre de 2014 publicó el artículo: "Resurrección de un reportero deshonrado" (Resurrecting a Disgraced Reporter, original en inglés). Afirma que Webb, en desgracia, fue expulsado del periodismo y se suicidó en 2004, aunque el NYT intenta rehabilitar el nombre del perseguido periodista, insiste en que su investigación, "Dark Alliance", era "profundamente defectuosa". La nota de prensa del NYT se centra en la película "Kill the Messenger” estrenada el 10 de octubre de 2014, cuya trama obviamente trata sobre las denuncias de Gary Webb. Dice el NYT que Webb "escribió más allá de lo que sabía, pero la película sugiere que dijo una verdad que otros no estaban dispuestos a decir. A veces, cuando David se enfrenta a Goliat, es David quien acaba siendo derrotado"...

 

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