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27 junio 2016

PSEUDO CIENCIA EN EL PAIS NAZI (IV parte)







El Retorno de los Brujos

Los falsos profetas

Nuestro espíritu se niega a admitir que la Alemania nazi encarnase los conceptos de una civilización sin relación alguna con la nuestra. Tenía que triunfar una de las dos visiones del hombre, del cielo y de la Tierra; la humanista o la mágica. No había coexistencia posible. Hubiese sido más fácil «civilizar» a un hechicero bantú que atraer a nuestro humanismo a Hitler, Horbiger o Haushoffer.El frío —dijo Hitler— es cosa mía. ¡Atacad!Y así fue como todo el Cuerpo de ejército blindado que había vencido a Polonia en dieciocho días y a Francia en un mes, los ejércitos de Guderian, de Reinhardt y de Hoeppner, la formidable legión de conquistadores a los que Hitler llamaba sus Inmortales, tronchada por el viento, quemada por el hielo, empezó a disolverse en el desierto del frío, para que la mística fuese más verdadera que la tierra. Después de Stalingrado, Hitler deja de ser un profeta. Su religión se derrumba. En Stalingrado, no es el comunismo que triunfa sobre el fascismo, es nuestra civilización humanista la que detiene el empuje formidable de otra civilización, luciferina, mágica, no hecha para el hombre, sino para «algo que es más que un hombre». Es el hombrecillo del «mundo libre», el habitante de Moscú, de Boston, de Limoges o de Lieja, el hombrecillo positivo, racionalista, más moralista que religioso, desprovisto de sentido metafísico, poco aficionado a lo fantástico, quien va a aniquilar al Gran Ejército destinado a abrir camino al superhombre, al hombre-dios, dueño de los elementos, de los climas y de las estrellas. La resistencia desesperada, loca, catastrófica, de Hitler, en el momento en que, evidentemente, todo estaba perdido, sólo se explica por la espera del diluvio descrito por los horbigerianos, quedaba la posibilidad de provocar el juicio de los dioses.


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Horbiger tiene todavía un millón de discípulos. — La espera del Mesías. — Hitler y el esoterismo en política. — La ciencia nórdica y el pensamiento mágico. —Una civilización enteramente distinta de la nuestra. — Gurdjieff, Horbiger, Hitler y el hombre responsable del Cosmos. — El ciclo del fuego. — Habla Hitler. — El fondo del antisemitismo nazi. — Marcianos en Nuremberg. — El antipacto. — El verano del cohete. — Stalingrado o la caída de los magos. — Oración sobre el Elbruz. — El hombrecillo vencedor del super hombre. — Es el hombrecillo quien abre las puertas del cielo. — El ocaso de los dioses. — La inundación del Metro de Berlín y el Diluvio. — Muerte caricaturesca de los profetas. — Coro de Shelley.


Los ingenieros alemanes, cuyos trabajos marcan el origen de los cohetes que lanzaron al cielo los primeros satélites artificiales, sufrieron un retraso en la puesta a punto de las V-2, gracias a los propios jefes nazis. El general Walter Dornberger dirigía las pruebas de Peenemünde, de donde salieron los ingenios teledirigidos. Aquellas pruebas se interrumpieron para someter los informes del general a los apóstoles de la cosmogonía horbigeriana. Se trataba, ante todo, de saber cómo reaccionaría en los espacios el «hielo eterno», y si la violación de la estratosfera no desencadenaría algún desastre sobre la Tierra.




El Mayor General Dr. Walter Robert Dornberger, en una foto de posguerra




El general Dornberger explica, en sus Memorias, que los trabajos volvieron a interrumpirse otros dos meses, un poco más tarde. El Führer había soñado que las V-2 no funcionarían, o bien que el cielo tomaría venganza. Como este sueño se había producido durante un estado de trance particular, pesó más en la menté de los dirigentes que las opiniones de los técnicos. Detrás de la Alemania científica y organizada, velaba el espíritu de la antigua magia. Y este espíritu no ha muerto. En enero de 1958, el ingeniero sueco Robert Engstroem dirigió una Memoria a la Academia de Ciencias de Nueva York, poniendo en guardia a los Estados Unidos contra los experimentos astronáuticos. «Antes de proceder a tales experimentos, convendría estudiar de una manera nueva la mecánica celeste —declaraba. Y proseguía, en tono horbigeriano—: La explosión de una bomba "H" en la Luna podría provocar un espantoso diluvio sobre la Tierra.» En esta singular advertencia, volvemos a encontrar la idea paracientífica de los cambios de la gravitación lunar y la idea mística del castigo en un Universo donde todo resuena en todo. Estas ideas (que, por otra parte, no hay que rechazar enteramente si se quieren mantener abiertas todas las puertas del conocimiento) continúan ejerciendo, en su forma innata, una cierta fascinación. Después de una célebre encuesta, el americano Martin Gardner calculaba, en 1953, en más de un millón el número de discípulos de Horbiger en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. En Londres, H. S. Bellamy persigue desde hace treinta años la implantación de una antropología que tiene en cuenta la caída de las tres primeras lunas y la existencia de gigantes en los períodos secundario y terciario. Después de la guerra, pidió autorización a los rusos para realizar una expedición al monte Ararat, donde contaba con descubrir el Arca de la Alianza. La agencia Tass publicó una negativa categórica y los soviets declararon fascista la actitud intelectual de Bellamy y estimaron que tales movimientos paracientíficos son aptos para «despertar fuerzas peligrosas». En Francia, M. Denis Saurat, universitario y poeta, se ha erigido en portavoz de Bellamy, y el éxito de la obra de Welikovsky ha demostrado que muchos espíritus permanecen sensibles a una concepción mágica del mundo. Ni que decir tiene que los intelectuales influidos por René Guénon y los discípulos de Gurdjieff se dan la mano con los horbigerianos.

En 1952, un escritor alemán, Elmar Brugg, publicó un grueso volumen en honor del «padre del hielo eterno», de El Copérnico de nuestro siglo xx. Escribió: «La teoría del hielo eterno no constituye solamente una obra científica considerable. Es una revelación de los lazos eternos e incorruptibles entre el Cosmos y todos los acontecimientos de la Tierra. Ella enlaza los acontecimientos cósmicos con los cataclismos atribuidos a los climas, con las enfermedades, las muertes, los crímenes, y abre así unas puertas completamente nuevas al conocimiento de la marcha de la Humanidad. El silencio de la ciencia clásica a su respecto, sólo puede explicarse por la conspiración de los mediocres

El gran novelista austríaco Robert Musil, cuya obra ha sido comparada a la de Proust y a la de Joyce (1) analizó perfectamente el estado intelectual de Alemania en el momento en que Horbiger se sintió iluminado y el cabo Hitler urdió el sueño de redimir a su pueblo.

(1) L 'homme sans qualités, publicada en francés por Éditions du Seuil.

«Los representantes del espíritu —escribe— no estaban satisfechos... Sus pensamientos no descansaban jamás, porque se aferraban a esta parte irreductible de las cosas que vaga eternamente sin poder integrarse jamás en el orden. Por esto acabaron convenciéndose de que la época actual en que vivían estaba predestinada a la esterilidad intelectual, y de que sólo podían salvarla un acontecimiento o un hombre excepcionales. Entonces nació, entre los llamados "intelectuales", la afición a la palabra "redimir". Estaban persuadidos de que la vida se acabaría si no llegaba pronto un mesías. Según los casos, sería un mesías de la Medicina, que debía salvar el arte de Esculapio de las investigaciones de laboratorio durante las cuales los hombres sufren y mueren sin ser atendidos; o un mesías de la poesía, capaz de escribir un drama que atrajese a millones de hombres a los teatros y que fuese, empero, perfectamente original en su nobleza espiritual. Aparte de esta convicción de que no había una sola actividad humana que pudiese salvarse sin la intervención de un mesías particular, existía, naturalmente, el sueño fútil y absolutamente torpe de un mesías de la talla de los fuertes, que habría de redimirlo todo.»

El caso es que no aparecerá un solo mesías, sino, permítaseme la expresión, una sociedad de mesías que tomará a Hitler por jefe. Horbiger es uno de ellos, y su concepto paracientífico de las leyes del Cosmos y de una historia épica de la Humanidad desempeñará un papel determinante en la Alemania de los «redentores». La Humanidad viene de más lejos y de más alto de lo que se cree, y le está reservado un prodigioso destino. Hitler, en su constante iluminación mística, tiene el convencimiento de que está allí para que se cumpla aquel destino.

Su ambición y la misión de que se cree encargado rebasan infinitamente el campo de la política y del patriotismo. «He tenido que servirme —dice— de la idea de nación por razones de oportunidad, pero sabía ya que sólo podía tener un valor provisional... Llegará un día en que no quedará gran cosa, ni siquiera en Alemania, de lo que llaman nacionalismo. Lo que habrá en el mundo será una cofradía universal de dueños y de señores.» La política no es más que la manifestación extrema, la aplicación práctica y momentánea de una visión religiosa de las leyes de la vida sobre la Tierra y en el Cosmos. Hay, para la Humanidad, un destino que no podrían concebir los hombres corrientes y cuya visión no podrían soportar. Esto está reservado a algunos iniciados. «La política —sigue diciendo Hitler— no es más que la forma práctica y fragmentaria de aquel destino.» Es el exoterismo de la doctrina, con sus eslóganes, sus hechos sociales, sus guerras. Pero también hay un esoterismo.







Al apoyar a Horbiger, Hitler y sus amigos alientan una extraordinaria tentativa de reconstruir, partiendo de la ciencia o de una seudociencia, el espíritu de las edades antiguas, según el cual el hombre, la sociedad y el Universo obedecen a las mismas leyes, según el cual el movimiento de las almas y el de las estrellas tienen mutuas correspondencias. La lucha entre el hielo y el fuego, de la que nacieron, morirán y renacerán los planetas, se desarrolla también en el hombre mismo.

Elmar Brugg escribe, con gran precisión: «El Universo, para Horbiger, no es un mecanismo muerto del que sólo una parte se deteriora poco a poco para sucumbir al fin, sino un organismo vivo en el sentido más prodigioso de la palabra, un ser vivo donde todo resuena en todo y que perpetúa, de generación en generación, su fuerza ardiente

Es el fondo del pensamiento hitleriano, según observó muy bien Rauschning: «No se pueden comprender los planes políticos de Hitler si no se conocen sus segundas intenciones y su convicción de que el hombre está en relación mágica con el Universo

Esta convicción, que fue la de los sabios de los siglos pasados, que rige la inteligencia de los pueblos que llamamos «primitivos» y a la que subtiende la filosofía oriental, no se ha extinguido en el Occidente de hoy, y aún es posible que la propia ciencia vuelva a prestarle, de un modo inesperado cierto vigor. Mientras tanto, la encontramos en su estado bruto, por ejemplo, en el judío ortodoxo Welikovsky, cuya obra Mundos en colisión alcanzó un éxito mundial en los años 1956 y 1957. Para los fieles del hielo eterno, como para Welikovsky, nuestros actos pueden tener resonancia en el Cosmos, y así pudo el Sol inmovilizarse en el cielo en favor de Josué. Hitler tuvo sus razones para nombrar a su astrólogo particular «plenipotenciario de las matemáticas, de la astronomía y de la física». En cierta medida, Horbiger y los esoteristas nazis cambian los métodos y las direcciones mismas de la ciencia. La hacen reconciliarse por la fuerza de la astrología tradicional. Todo cuanto se haga después, en el plano de la técnica, en el inmenso esfuerzo de consolidación material del Reich, podrá hacerse, aparentemente, al margen de aquel espíritu: el impulso ha sido dado, y hay una ciencia secreta, una magia, en la base de todas las ciencias. «Hay —decía Hitler— una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone radicalmente a la ciencia judeoliberal

Esta «ciencia nórdica» es un esoterismo, o mejor aún, bebe en la fuente de lo que constituye el fondo mismo de todo esoterismo. No fue por casualidad que se reeditaron cuidadosamente en Alemania y en los países ocupados las Enéadas, de Plotino. Durante la guerra, se leían las Enéadas en los grupitos de intelectuales místicos proalemanes, al igual que a los hindúes, a Nietzsche y a los tibetanos. Junto a cada línea de Plotino, junto a su definición de la astrología, por ejemplo, podría colocarse una frase de Horbiger. Plotino habla de los lazos naturales y sobrenaturales del hombre con el Cosmos, y de las partes del Universo entre sí: «Este universo es un animal único que contiene dentro de sí a todos los animales... Sin estar en contacto, las cosas actúan y tienen necesariamente una acción a distancia... El mundo es un animal único, y por esto es absolutamente necesario que esté de acuerdo consigo mismo, no hay azar en su vida, sino una armonía y un orden únicos

Y en fin: «Los acontecimientos de aquí abajo se producen de acuerdo con las cosas celestes

Más próximo a nosotros, William Blake, en su iluminación poético- religiosa, ve el Universo entero contenido en un grano de arena. Es la idea de la reversibilidad de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, y de la unidad del Universo en todas sus partes.

Según el Zohar: «Todo aquí abajo ocurre como en lo alto

Y Hermes Trismegisto: «Lo que está arriba es lo que está abajo.».

Y la antigua ley china: «Las estrellas en su curso combaten por el hombre justo.»


Nos hallamos aquí en la base misma del pensamiento hitleriano. Y entendemos que es lamentable que este pensamiento no haya sido hasta hoy analizado de esta forma. Todos se han contentado con hacer hincapié en sus aspectos exteriores, en sus fórmulas políticas, en sus formas exotéricas. Naturalmente, reconoceréis sin dificultad que no intentamos revalorizar el nazismo. Pero aquel pensamiento se inscribió en los hechos. Influyó en los acontecimientos. Y creemos que estos acontecimientos sólo pueden ser realmente comprensibles bajo aquella Luz. Siguen siendo horribles, pero, alumbrados de esta suerte, se convierten en algo distinto de los dolores infligidos a los hombres por unos seres locos y malvados. Dan una cierta amplitud a la Historia; vuelven a colocar a ésta a un nivel en que deja de ser absurda y merece ser vivida, incluso en el dolor: el nivel espiritual.

Queremos dar a entender que una civilización totalmente distinta de la nuestra apareció en Alemania y se mantuvo durante algunos años. 

Y, bien pensado, no es inverosímil que una civilización tan profundamente extraña a nosotros pudiese arraigar en tan poco tiempo. Nuestra propia civilización humanista descansa en un misterio. El misterio es que todas las ideas, en nosotros, coexisten, y que el conocimiento aportado por una idea acaba por aprovechar a la idea contraria. Es más, en nuestra civilización, todo contribuye a hacer comprender al espíritu que el espíritu no lo es todo. Una conspiración inconsciente de las fuerzas materiales reduce los riesgos, mantiene al espíritu en los límites en que, sin estar excluido el orgullo, la ambición aparece un tanto moderada por un poco de «¡y para qué!». Como dijo muy bien Musil: «Bastaría con que se tomase realmente en serio una cualquiera de las ideas que influyen en nuestra vida, de tal suerte que no subsistiera absolutamente nada de su contraria, para que  nuestra civilización dejara de ser nuestra civilizaciónEsto fue lo que ocurrió en Alemania, al menos en las altas esferas dirigentes del socialismo mágico.


Estamos en relación mágica con el Universo, pero lo hemos olvidado. La próxima mutación de la raza humana creará seres conscientes de esta relación, hombres-dioses. Y esta mutación hace sentir ya sus efectos en ciertas almas mesiánicas que se entroncan con un remoto pasado y se acuerdan del tiempo en que los gigantes influían en el curso de los astros.

Como ya hemos visto, Horbiger y sus discípulos imaginan épocas de apogeo de la Humanidad: las épocas de luna baja, a fines del secundario y a fines del terciario.

Cuando el satélite amenaza con caer sobre la Tierra, cuando rueda a poca distancia del Globo, los seres vivos están en la cima de su poderío vital y sin duda de su poderío espiritual. El rey gigante, el hombre-dios, capta y orienta las fuerzas psíquicas de la comunidad. Y dirige el haz de radiaciones de suerte que se mantenga el curso de los astros y se retrase la catástrofe. Ésta es la función primordial del gigante mago. En cierta medida, mantiene en su sitio el sistema solar. Gobierna una especie de central de energía psíquica, y en ello está su realeza. Esta energía participa de la energía cósmica. Así, el calendario monumental de Tiahuanaco, erigido durante la civilización de los gigantes, no había sido construido para registrar el tiempo y los movimientos de los astros, sino para crear el tiempo y mantener estos movimientos. Se trata de prolongar hasta el máximo el período en que la Luna permanece a unos cuantos radios terrestres del Globo, y cabe en lo posible que toda la actividad de los hombres, bajo la dirección de los gigantes, se redujese a la concentración de la energía psíquica, a fin de conservar la armonía de las cosas terrestres y celestes. Las sociedades humanas, impulsadas por los gigantes, son una especie de dínamos. En éstas se producen fuerzas que desempeñan un papel en el equilibrio de las fuerzas universales. El hombre, y en especial el gigante, el hombre-dios, es responsable del Cosmos entero.



George Gurdjieff


Hay un parecido singular entre este punto de vista y el de Gurdjieff. Sabido es que el célebre taumaturgo pretendía haber aprendido, en los centros de iniciación de Oriente, cierto número de secretos sobre los orígenes de nuestro mundo y sobre las altas civilizaciones extinguidas hace centenares de años. En su famosa obra All and Everything, y empleando las imágenes a que era tan aficionado, escribe:

«Esta Comisión (de los ángeles arquitectos creadores del sistema solar), después de calcular todos los hechos conocidos, llegó a la conclusión de que, aunque los fragmentos proyectados lejos del planeta Tierra podían mantenerse algún tiempo en su posición actual, sin embargo, en el futuro, y a causa de lo que se llama movimientos tastartoonarianos, tales fragmentos satélites podrían abandonar su posición y producir un gran número de calamidades irreparables. Por esto, los altos comisarios decidieron tomar medidas para evitar esta eventualidad. Y el medio más eficaz, pensaron, era que el planeta Tierra enviase constantemente a sus fragmentos satélites, para mantenerlos en su sitio, las vibraciones sagradas llamadas askokinns

Los hombres están, pues, dotados de un órgano especial, emisor de fuerzas psíquicas destinadas a mantener el equilibrio del Cosmos. Es lo que llamamos vagamente el alma, y todas nuestras religiones no serían más que el recuerdo adulterado de esta función primordial: participar en el equilibrio de las energías cósmicas.

«En la primitiva América —recuerda Denis Saurat—, los grandes iniciados realizaban una ceremonia sagrada con raquetas y pelotas: las pelotas trazaban en el aire el curso de los astros en el cielo. Si uno, por torpeza, dejaba caer o perdía la pelota, era causa de catástrofes astronómicas: entonces lo mataban y le arrancaban el corazón

El recuerdo de esta función primordial se pierde en leyendas y supersticiones, desde el Faraón que, por su mágico poder, hace subir las aguas del Nilo todos los años, hasta los rezos del Occidente pagano para desviar los vientos o hacer cesar el granizo y las prácticas de hechicería de los brujos polinesios para provocar la lluvia. El origen de toda religión elevada estaría en esta necesidad, conocida por los hombres de las edades remotas y por sus reyes gigantes: mantener lo que Gurdjieff llama «movimiento cósmico de armonía general».

En la Tierra existen ciclos en la lucha entre el hielo y e! fuego, que es la clave de la vida universal. Horbiger afirma que, cada seis mil años, sufrimos una ofensiva del hielo. Se producen diluvios y grandes catástrofes. Pero, en el seno de la Humanidad, se produce cada setecientos años una embestida de fuego. Es decir, cada setecientos años, el hombre recobra la conciencia de su responsabilidad en la lucha cósmica. Vuelve a ser religioso, en el sentido pleno de la palabra. Reanuda su contacto con las inteligencias extinguidas hace largo tiempo. Se prepara para las mutaciones futuras. Su alma adquiere las dimensiones del Cosmos. Recobra el sentido de la epopeya universal. De nuevo es capaz de distinguir entre lo que viene del hombre-dios y lo que viene del hombre-esclavo, y de arrojar de la Humanidad lo que pertenece a las especies condenadas. Vuelve a ser implacable y flamígero. Vuelve a ser fiel a la función hacia la cual lo elevaron los gigantes.

No hemos logrado comprender cómo justificaba Horbiger estos ciclos, cómo adoptaba esta afirmación al conjunto de su sistema. Pero Horbiger declaraba, igual que Hitler, que la preocupación de la coherencia es un vicio mortal. Lo que cuenta es lo que provoca el movimiento. El crimen es también movimiento: el crimen contra el espíritu es beneficioso. En fin, Horbiger había tenido conocimiento de esos ciclos por inspiración. Esto le daba más autoridad que el razonamiento. La última embestida del fuego había coincidido con la aparición de los caballeros teutónicos. Ahora estábamos en una nueva embestida que coincidía con la fundación de «El Orden Negro» nazi.

Rauschning, que se azoraba porque no poseía la clave del pensamiento del Führer y seguía siendo un buen aristócrata humanista, destacaba las frases que Hitler se permitía a veces pronunciar en su presencia:

Constantemente introducía entre sus frases el tema de lo que él llamaba el «giro decisivo del mundo», o la bisagra del tiempo. Habría una conmoción en el planeta, que nosotros, los no iniciados, no podíamos comprender en toda su amplitud (1)

(1) «La especie humana —decía— sufría desde su origen una prodigiosa experiencia cíclica. De un milenio a otro, pasaba por pruebas de perfeccionamiento. El período solar del hombre tocaba a su término: ya se podían descubrir las primeras muestras del superhombre. Se anunciaba una nueva especie, que expulsaría a la antigua Humanidad. De la misma manera que, según la inmortal sabiduría de los antiguos pueblos nórdicos, el mundo debía rejuvenecerse continuamente por el derrumbamiento de las edades anticuadas y el ocaso de los dioses; de la misma manera que los solsticios eran, en las viejas mitologías, el símbolo del ritmo vital, que no sigue la línea recta y continua, sino la espiral, así la Humanidad progresaba por una especie de saltos y revueltas. La cuarta luna se acercará a la Tierra, se alterará la gravitación. Subirán las aguas y los seres pasarán por un período de gigantismo. La acción más fuerte de los rayos cósmicos producirá mutaciones. El mundo entrará en una nueva fase atlántida.























Hitler hablaba como un vidente. Se había construido una mística biológica, o, si se prefiere, una biología mística, que era la base de sus inspiraciones. Se había fabricado una terminología personal. «La falsa ruta del espíritu» era el abandono por el hombre de su vocación divina. Tomaba como fin de la evolución humana la adquisición de la «visión mágica». Creía hallarse ya en los umbrales de este saber mágico, fuente de los éxitos presentes y futuros. Un profesor coetáneo, de Munich (2), había escrito, además de un cierto número de obras científicas, algunos ensayos bastante extraños sobre el mundo primitivo, la formación de las leyendas, la interpretación de los sueños en los pueblos de las primeras edades, así como sobre sus conocimientos intuitivos y una parte de poder trascendental que habrían utilizado para modificar las leyes de la Naturaleza. Se hablaba también, en aquella hojarasca del ojo del Cíclope, del ojo frontal que se había atrofiado enseguida para formar la glándula pineal. 


Tales ideas fascinaban a Hitler. Le gustaba sumergirse en ellas. Sólo por la acción de fuerzas ocultas podía explicarse la maravilla de su propio destino. Atribuía a estas fuerzas su vocación sobrehumana de anunciar a la Humanidad el nuevo evangelio.

(2) No era de Munich, sino austríaco: se trata de Horbiger del cual Rauschning habla de oídas.


»Cuando Hitler se dirigía a mí—prosigue Rauschning, intentaba explicar su vocación de anunciador de una nueva Humanidad en términos racionales y concretos. Decía: »"La creación no ha terminado. El hombre llega claramente a una fase de metamorfosis. La antigua especie humana ha entrado ya en el estadio del agotamiento. La Humanidad sube un escalón cada setecientos años, y lo que se juega en esta lucha, a plazo más largo, es el advenimiento de los Hijos de Dios. Toda la fuerza creadora se concentrará en una nueva especie. Las dos variedades evolucionarán rápidamente en sentido divergente. Una de ellas desaparecerá, y la otra florecerá. Será infinitamente superior al hombre actual... ¿Comprende ahora el sentido profundo de nuestro movimiento nacionalsocialista? El que sólo comprende el nacionalsocialismo como movimiento político, no sabe gran cosa de él..."» (1)

(1) Período bajo la influencia del Sol. Los períodos de elevación están bajo la influencia de la Luna, cuando el satélite se acerca a la Tierra.


Hermann Rauchning


Rauchning, lo mismo que los demás observadores, no enlazó la doctrina racial con el sistema general de Horbiger. Sin embargo, el nexo existe, en cierto modo. Tal doctrina forma parte del esoterismo nazi; del que vamos a considerar seguidamente otros aspectos. Había un racismo de propaganda: es el que han descrito los historiadores y han condenado justamente los tribunales, interpretando la conciencia popular. Pero había otro racismo, más profundo y sin duda más horrible. Éste quedó fuera del alcance del entendimiento de los historiadores y de los pueblos; no podía existir un lenguaje común entre estos racistas, de una parte, y sus víctimas y sus jueces de otra.

En el período terrestre y cósmico en que nos hallamos, esperando el nuevo ciclo que determinará en la Tierra nuevas mutaciones, una nueva clasificación de las especies y el retorno al gigante mago, al hombre-dios, en este período, decimos, coexisten en el Globo especies procedentes de diversas fases del secundario, del terciario y del cuaternario. Ha habido fases de ascenso y fases de derrumbamiento. Ciertas especies muestran las señales de la degeneración; otras, son anuncio del futuro y llevan los gérmenes del porvenir. El hombre no es uno. Y así, los hombres no son descendientes de los gigantes, sino que aparecieron después de los gigantes. Fueron creados a su vez por mutación. Pero, ni siquiera esta Humanidad media pertenece a una sola especie. Hay una Humanidad verdadera, llamada a conocer el próximo ciclo, dotada de los órganos psíquicos necesarios para desempeñar un papel en el equilibrio de las fuerzas cósmicas y destinadas a la epopeya, bajo la dirección de los Superiores Desconocidos venideros. Y hay otra humanidad, que no era más que una aparición de tal, que no merece este nombre, y que, sin duda, apareció en el Globo en las épocas bajas y oscuras en que, a causa de la caída del satélite, inmensas regiones del mundo quedaron convertidas en cenagales desiertos. Indudablemente fue creada junto con los seres reptantes y odiosos, manifestaciones de una vida fracasada. Los gitanos, los negros y los judíos no son hombres, en el sentido real de la palabra. Nacidos después del hundimiento de la luna terciaria, por brusca mutación, como por un desgraciado tartamudeo de la fuerza vital castigada, estas criaturas «modernas» (y especialmente los judíos) imitan al hombre y le envidian, pero no pertenecen a la especie. «Están tan alejados de nosotros como las especies animales de la especie humana verdadera», dice literalmente Hitler a Rauschning, que descubre en el Führer una visión todavía más delirante que en Rosenberg y demás teóricos del racismo. «Y no es —precisa Hitler— que llame animal al judío. Este está mucho más alejado del animal que nosotros.» Exterminarlo no es un crimen de lesa humanidad, puesto que no forma parte de la Humanidad. «Es un ser extraño al orden natural

Por esto algunas sesiones del proceso de Nurenberg carecían de sentido

Los jueces no podían sostener ninguna clase de diálogo con los responsables, que, por otra parte, habían desaparecido en su mayoría, dejando sólo a los ejecutores en el banquillo. Se enfrentaban dos mundos, sin posible comunicación. Igual habría sido juzgar a unos marcianos en el plano de la civilización humanista. Porque eran marcianos. Pertenecían a un mundo separado del nuestro, del que conocemos desde hace seis o siete siglos. En unos años y sin que nos diésemos cuenta, se había establecido en Alemania una civilización completamente distinta de lo que hemos convenido en llamar civilización. Sus iniciadores no tenían en el fondo la menor comunicación intelectual, moral o espiritual con nosotros. A despecho de las formas externas, nos eran tan extraños como los salvajes de Australia. Los jueces de Nurenberg se esforzaban en disimular que tropezaban con esta turbadora realidad. En cierto modo, se trataba, en efecto, de correr un velo sobre la realidad, a fin de hacerla desaparecer como en un truco de prestidigitación. Se trataba de defender la idea de la permanencia y la universalidad de la civilización humanista y cartesiana, y era preciso integrar a los acusados en el sistema, de grado o por fuerza. Era necesario. Se jugaba el equilibrio de la conciencia occidental, y queremos dejar bien sentado que no negamos que la empresa de Nurenberg fue beneficiosa. Pensamos simplemente que allí se enterró lo fantástico. Pero bien estaba enterrado, a fin de evitar que docenas de millones de almas se contagiaran. Nosotros sólo excavamos para algunos aficionados, apercibidos y provistos de máscara.





























Nuestro espíritu se niega a admitir que la Alemania nazi encarnase los conceptos de una civilización sin relación alguna con la nuestra. Sin embargo, esto, y sólo esto, justifica la pasada guerra, una de las pocas de la Historia conocida en que se jugaba algo realmente esencial. Tenía que triunfar una de las dos visiones del hombre, del cielo y de la Tierra; la humanista o la mágica. No había coexistencia posible, mientras podemos imaginarla de buen grado entre el liberalismo y el marxismo, pues ambos descansan en el mismo suelo y pertenecen al mismo Universo. El Universo de Copérnico no es el de Plotino; ambos se oponen fundamentalmente, y esto es no sólo cierto en el terreno de la teoría, sino también en el de la vida social, política, espiritual, intelectual y pasional.

El motivo de que nos cueste admitir esta visión extraña de otra civilización establecida en un abrir y cerrar de ojos allende el Rin, es que conservamos una idea infantil de la distinción entre el «civilizado» y el que no lo es. Para ver esta distinción necesitamos cascos de plumas, tam-tams y chozas de paja. Ahora bien, hubiese sido más fácil «civilizar» a un hechicero bantú que atraer a nuestro humanismo a Hitler, Horbiger o Haushoffer. Pero la técnica alemana, la ciencia alemana, la organización alemana, comparables, si no superiores a las nuestras, nos ocultaban este punto de vista. La novedad formidable de la Alemania nazi fue que al pensamiento mágico se añadió la ciencia y la técnica. Los intelectuales detractores de nuestra civilización, vueltos al espíritu de las edades antiguas, han sido siempre enemigos del progreso técnico. Ejemplo: René Guénon, Gurdjieff o los innumerables hinduistas. En cambio, el nazismo constituyó el momento en que el espíritu de la magia asió las palancas del progreso material. Lenin decía que el comunismo era el socialismo más la electricidad. En cierto modo, el hitlerismo era el guenonismo más las Divisiones blindadas.

Uno de los más bellos poemas de nuestra época lleva por título Crónicas marcianas. Su autor es un americano de unos treinta años, cristiano a la manera de Bernanos, temeroso de una civilización de autómatas; un hombre lleno de cólera y de caridad. Se llama Ray Bradbury. No es, como se creen en Francia, un autor de ciencia ficción, sino un artista religioso. Se vale de los temas de la imaginación más moderna, pero si pinta viajes en el futuro, es para describir el hombre interior y su creciente inquietud.

En el comienzo de las Crónicas marcianas, los hombres se disponen a lanzar el primer gran cohete interplanetario. Llegará a Marte y establecerá contactos, por primera vez, con otras inteligencias. Estamos en enero de 1999:

«Un momento antes, era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, los cristales cubiertos de escarcha y los tejados orlados de estalactitas... Después, una prolongada ola de calor barrió la pequeña ciudad. Una corriente de aire cálido, como si acabasen de abrir la puerta de un horno. El soplo caliente pasó sobre las casas, los árboles, los niños. Los carámbanos se desprendieron, se rompieron y empezaron a fundirse... El verano del cohete. La noticia corría de boca en boca en las grandes casas abiertas. El verano del cohete. El hábito ardoroso del desierto disolvía en las ventanas los arabescos de hielo... La nieve que caía del cielo frío sobre la ciudad se transformaba en lluvia caliente antes de llegar al suelo. El verano del cohete. Desde el umbral de sus puertas de marcos chorreantes, los moradores contemplaban como el cielo enrojecía...»

Lo que más tarde sucede a los hombres, en el poema de Bradbury, es triste y doloroso, porque el autor no cree que el progreso de las almas pueda estar ligado al progreso de las cosas. Pero a guisa de prólogo, describe este «verano del cohete» cargando el acento sobre un arquetipo del pensamiento humano: la promesa de una eterna primavera sobre la Tierra. En el momento en que el hombre toca la mecánica celeste e introduce en ella un motor nuevo, se producen grandes cambios aquí abajo. Todo repercute en todo. En los espacios interplanetarios, donde se manifiesta desde ahora la inteligencia humana, se producen reacciones en cadena que tienen su repercusión en el Globo, cuya temperatura se modifica. En el momento en que el hombre conquista, no sólo el cielo, sino «lo que está más allá del cielo»; en el momento en que se opera una gran revolución material y espiritual en el Universo; en el momento en que la civilización deja de ser humana para convertirse en cósmica, la Tierra recibe una especie de recompensa inmediata. Los elementos dejan de abrumar al hombre. Una eterna suavidad, un eterno calor envuelve el Globo. El hielo, signo de muerte, está vencido. El frío retrocede. Se mantendrá la promesa de una eterna primavera, si la Humanidad cumple su misión divina. Si se integra en el Todo universal, la Tierra eternamente tibia y florida será su recompensa. Los poderes del frío, que son los poderes de la soledad y de lo caduco, serán vencidos por el poder del fuego.

Otro arquetipo es el que asimila el fuego a la energía espiritual. Quien posee esta energía, posee el fuego. Por extraño que parezca, Hitler estaba persuadido de que, por dondequiera que él avanzara, retrocedería el frío.
Esta convicción mística explica en parte su manera de conducir la campaña de Rusia.




Los horbigerianos, que alardeaban de prever el tiempo en todo el planeta, con meses e incluso años de antelación, habían anunciado un invierno relativamente benigno. Pero había más: por medio de los discípulos del hielo eterno, Hitler estaba persuadido de que había cerrado una alianza con el frío y de que las nieves de las llanuras rusas no entorpecerían su marcha. La Humanidad iba a entrar en el nuevo ciclo del fuego. Estaba entrando ya. El invierno cedería ante sus legiones portadoras de la llama.

Aunque el Führer prestaba una atención especial al equipo material de sus tropas, sólo había hecho dar a los soldados de la campaña de Rusia un suplemento irrisorio de prendas de vestir: una bufanda y un par de guantes.

Y, en diciembre de 1941, el termómetro descendió bruscamente a menos de cuarenta grados bajo cero. Las previsiones eran falsas, las profecías no se cumplían; los elementos se rebelaban; los astros, en su carrera, dejaban de trabajar para el hombre justo. El hielo triunfaba sobre el fuego. Las armas automáticas se encallaron al helarse el aceite. En los depósitos, la gasolina sintética se descomponía, por la acción del frío, en dos elementos inutilizables. En la retaguardia, se helaban las locomotoras. Bajo su capote y calzados con sus botas de uniforme, morían los hombres. La más leve herida los condenaba a muerte. Millares de soldados, al agacharse para hacer sus necesidades, se derrumbaban con el ano helado. Hitler se negó a creer este primer desacuerdo entre la mística y la realidad. El general Guderian, exponiéndose a la destitución y tal vez a la muerte, voló a Alemania para poner al Führer al corriente de la situación y pedirle que diese la orden de retirada.

El frío —dijo Hitler— es cosa mía. ¡Atacad!

Y así fue como todo el Cuerpo de ejército blindado que había vencido a Polonia en dieciocho días y a Francia en un mes, los ejércitos de Guderian, de Reinhardt y de Hoeppner, la formidable legión de conquistadores a los que Hitler llamaba sus Inmortales, tronchada por el viento, quemada por el hielo, empezó a disolverse en el desierto del frío, para que la mística fuese más verdadera que la tierra.

Los restos de este Gran Ejército tuvieron por fin que abandonar y dirigirse hacia el Sur. Cuando, durante la primavera siguiente, las tropas iniciaron su ofensiva hacia el Cáucaso, se desarrolló una ceremonia singular. Tres alpinistas de la SS escalaron la cumbre del Elbruz, montaña sagrada de los arios, hogar de antiguas civilizaciones, cumbre mágica de la secta de los «Amigos de Lucifer». Y plantaron la bandera de la cruz gamada, bendecida según el rito de la Orden Negra. La bendición de la bandera en la cima del Elbruz debía señalar el principio de una nueva era. A partir de entonces, las estaciones obedecerían y el fuego vencería al hielo por muchos milenios. El año pasado habían sufrido una grave decepción, pero no era más que una prueba, la última, antes de la verdadera victoria espiritual. Y, a despecho de las advertencias de los meteorólogos clásicos, que anunciaban un invierno más temible que el pasado, a despecho de mil señales amenazadoras, las tropas subieron hacia el Norte, en dirección a Stalingrado, para cortar Rusia en dos.

«Mientras mi hija entonaba sus cánticos inflamados, allá arriba, junto al mástil escarlata, los discípulos de la razón se mantuvieron apartados, con semblante tenebroso...»

Pero los «discípulos de la razón», con «semblante tenebroso» se salieron con la suya. Triunfaron los hombres materiales, los hombres «sin fuego», con su valor, su ciencia «judeoliberal» y su técnica sin prolongaciones religiosas; los hombres carentes de «sagrada desmesura», ayudados por el frío y por el hielo. Ellos hicieron fracasar el pacto. Ellos burlaron a la magia. Después de Stalingrado, Hitler deja de ser un profeta. Su religión se derrumba. Stalingrado no es sólo una derrota militar y política. El equilibrio de las fuerzas espirituales se modifica, la rueda gira. Los periódicos alemanes aparecen con recuadros negros y las descripciones que dan del desastre son más terribles que los comunicados rusos. Se decreta el luto nacional. Pero este luto rebasa la nación: «¡Daos cuenta! —escribe Goebbels—. Es todo un pensamiento, es toda una concepción del Universo que ha sufrido una derrota. Las fuerzas espirituales van a ser aplastadas, la hora del juicio se acerca.»


Cartel alemán, la traducción quiere decir "es todo", sobre Stalingrado, presagiando el triunfo de los nazis. Se imprimieron por miles pero nunca se publicaron tras la derrota del Sexto Ejército Alemán


En Stalingrado, no es el comunismo que triunfa del fascismo, o mejor dicho, no es sólo esto. Mirándolo desde más lejos, es decir, desde el lugar adecuado para abarcar el sentido de tan amplios acontecimientos, es nuestra civilización humanista la que detiene el empuje formidable de otra civilización, luciferina, mágica, no hecha para el hombre, sino para «algo que es más que un hombre». No existen diferencias esenciales entre los móviles de los actos civilizadores de la URSS y de los Estados Unidos. La Europa de los siglos XVIII y XIX proporcionó el motor que sigue funcionando. No suena exactamente igual en Nueva York que en Moscú pero esto es todo. Había un solo mundo en guerra contra Alemania, no una coalición momentánea de enemigos fundamentales. Un solo mundo que cree en el progreso, en la justicia, en la igualdad y en el silencio. Un solo mundo que tiene la misma visión del Cosmos, la misma comprensión de las leyes universales y que asigna al hombre, en el Universo, el mismo lugar, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. Un solo mundo que cree en la razón y en la realidad de las cosas. Un solo mundo que tenía que desaparecer entero para dejar sitio a otro, del que Hitler se creía anunciador.

Es el hombrecillo del «mundo libre», el habitante de Moscú, de Boston, de Limoges o de Lieja, el hombrecillo positivo, racionalista, más moralista que religioso, desprovisto de sentido metafísico, poco aficionado a lo fantástico, el hombre a quien Zaratustra tenía por apariencia de hombre, por criatura de hombre; el hombrecillo salido del muslo de M. Homais, quien va a aniquilar al Gran Ejército destinado a abrir camino al superhombre, al hombre-dios, dueño de los elementos, de los climas y de las estrellas. Y, por un curioso disentir de la justicia—o de la injusticia—, es este hombrecillo de alma limitada quien, años más tarde, lanzaría un satélite al espacio, inaugurando la era interplanetaria. Stalingrado y el lanzamiento del Sputnik son, como dicen los rusos, las dos victorias decisivas, que celebraron conjuntamente en 1957, a raíz del aniversario de su revolución. Sus periódicos publicaron una fotografía de Goebbels: «Creía que íbamos a desaparecer. Pero teníamos que triunfar para crear el hombre interplanetario

La resistencia desesperada, loca, catastrófica, de Hitler, en el momento en que, evidentemente, todo estaba perdido, sólo se explica por la espera del diluvio descrito por los horbigerianos. Si no se podía volver la situación por medios humanos, quedaba la posibilidad de provocar el juicio de los dioses. Vendría el diluvio, como un castigo, para la Humanidad entera. La noche envolvería el Globo y todo se ahogaría entre tempestades de agua y de granizo. Hitler, dice Speer, horrorizado, «trataba deliberadamente de que todo pereciese con él. Ya no era más que un hombre para quien el fin de su propia vida significaba el fin de todas las cosas». Goebbels, en sus últimos editoriales, saluda con entusiasmo a los bombardeos enemigos que destruyen su país: «Bajo las ruinas de nuestras ciudades derrumbadas, quedan enterradas las realizaciones del estúpido siglo XIX.» Hitler entroniza a la muerte: prescribe la destrucción total de Alemania, hace ejecutar a los prisioneros, condena a su antiguo cirujano, hace matar a su cuñado, pide la muerte para los soldados vencidos, y él mismo bajó a la tumba. «Hitler y Goebbels —escribe Trevor Roper— invitaron al pueblo alemán a destruir sus ciudades y sus fábricas y el material rodado, y todo en favor de una leyenda, en nombre de un ocaso de los dioses.» Hitler pide sangre, envía sus últimas tropas al sacrificio: «Las pérdidas no parecen jamás bastante elevadas», dice. No son los enemigos de Alemania que ganan la partida; son las fuerzas universales que se ponen en marcha para ahogar la Tierra y castigar a la Humanidad, porque la Humanidad ha dejado que el hielo venciera al fuego, que las potencias de la muerte vencieran a las potencias de la vida y la resurrección. El cielo se vengará. Sólo le cabe ya, al moribundo, impetrar el gran diluvio. Hitler hace un sacrificio al agua: ordena que se inunde el Metro de Berlín, donde perecen personas refugiadas en los subterráneos. Es un acto de magia: su gesto provocará movimientos apocalípticos en el cielo y en la Tierra. Goebbels publica un último artículo antes de matar, en el bunker, a su mujer y a sus hijos y de matarse él mismo. Titula su editorial de despedida: «Y, a pesar de todo, será.» Dice que el drama no se representa a escala de la Tierra, sino del Cosmos. «Nuestro final será el final de todo el Universo.»

Elevaban su pensamiento delirante a los espacios infinitos, y murieron en un subterráneo.
Creían que preparaban el hombre-dios al que obedecerían los elementos. Creían en el ciclo del fuego. Tenían que vencer al hielo, así en el cielo como en la Tierra, y sus soldados se morían al bajarse los calzones.

Alimentaban una visión fantástica de la evolución de las especies y esperaban formidables mutaciones
.

Y las últimas noticias del mundo exterior les fueron dadas por el jefe de los guardias del Zoo de Berlín, que, encaramado en un árbol, telefoneaba al bunker.






Poderosos, orgullosos y fieros, profetizaban:

La gran edad del mundo renace.
Volverán los años de oro;
La, tierra, como una serpiente,
Muda sus vestiduras gastadas del invierno.



Pero sin duda hay una profecía más profunda que condena a los propios profetas y los condena a una muerte más que trágica: caricaturesca. En el fondo de su cueva, escuchando el creciente ronquido de los tanques, acababan su vida ardiente y malvada, entre las rebeldías, los dolores y las súplicas con que termina la visión de Shelley intitulada Helias:

¡Oh! ¡Deteneos! ¿Deben volver el odio y la muerte? ¡Deteneos! ¿Tienen los hombres que matar y morir? ¡Deteneos! ¡No apuréis hasta las heces La copa de una amarga profecía! El mundo está cansado del pasado. ¡Oh! ¡Que muera o que repose al fin!



Continuaremos……


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22 junio 2016

PSEUDO CIENCIA EN EL PAIS NAZI (III parte)


El Retorno de los Brujos

Hans Horbiger, el profeta de los nazis




«¡Fuera los sabios ortodoxos! ¡Seguid a Horbiger!» «O aprenderán a creer en mí, o serán tratados como enemigos.» Un austríaco, Hitler, expulsó a los políticos judíos; otro austriaco, Horbiger, expulsará a los sabios judíos. La doctrina de Horbiger coincidía estrechamente con el pensamiento del socialismo mágico, con las actitudes místicas del grupo nazi.


Ultimátum a los sabios. — El profeta Horbiger, Copérnico del siglo xx. — La teoría del mundo helado. — Historia del sistema solar. — El fin del mundo. — La Tierra y sus cuatro lunas. — Aparición de los gigantes. — Las lunas, los gigantes y los hombres. — La civilización de la Atlántida. — Las cinco ciudades de hace 300.000 años. — De Tiahuanaco a las momias tibetanas. — La segunda Atlántida. — El Diluvio. — La propensión a degenerar y la cristiandad. — Nos acercamos a, otra edad. — La ley del hielo y del fuego.


Una mañana del verano de 1925, el repartidor de correos entregó una carta en casa de todos los sabios de Alemania y de Austria. En el tiempo de abrirla, moría el concepto de la grave ciencia, y los sueños y el griterío de los réprobos llenaban de pronto los laboratorios y las bibliotecas. La carta era un ultimátum:


«Es preciso elegir entre estar con nosotros o contra nosotros. De la misma manera que Hitler limpiará la política, Hans Horbiger barrerá las falsas ciencias. La doctrina del hielo eterno será el símbolo de la regeneración del pueblo alemán. ¡Tened cuidado! ¡Formad a nuestro lado antes de que sea demasiado tarde!».

El hombre que se atrevía a amenazar de esta guisa a los sabios, Hans Horbiger, tenía sesenta y cinco años. Era una especie de profeta furioso. Lucía una inmensa barba blanca y empleaba una escritura capaz de desanimar al mejor grafólogo. Su doctrina comenzaba a ser conocida por un público numeroso, bajo el nombre de la WEL(1)

(1) Wel = Welsteislehre: doctrina del hielo eterno.



Era una explicación del Cosmos en contradicción con la astronomía y las matemáticas oficiales, pero justificada por antiguos mitos. Sin embargo, Horbiger se consideraba un sabio. Pero la ciencia debía cambiar de ruta y de métodos. «La ciencia objetiva es un invento pernicioso, un tótem decadente.» Pensaba, como Hitler, que «la cuestión previa a toda actividad científica es saber quién quiere saber». Sólo el profeta puede tener acceso a la ciencia, porque, gracias a la iluminación, se  encuentra en un nivel superior de conciencia. Esto era lo que había querido decir el iniciado Rabelais cuando escribió: «La ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma.» Se refería a la ciencia sin conciencia superior, Pero habían falseado su mensaje en provecho de una mezquina conciencia humanista primaria. Cuando el profeta quiere saber, puede entrar en juego la ciencia, pero ésta es algo distinta de lo que llamamos de ordinario ciencia. Por esto Hans Horbiger no podía tolerar la menor duda, el menor intento de contradicción. Le agitaba un furor sagrado: «¡Confiáis en las ecuaciones y no en mí! —rugía—. ¿Cuánto tiempo necesitaréis para comprender que las matemáticas son una mentira sin ningún valor?»


Hans Horbiger


En la Alemania del Herr Doktor científico y técnico, Hans Horbiger introducía, a gritos y golpes, el saber iluminado, el conocimiento irracional, las visiones. Y no era el único, aunque, en este terreno, se asignaba el primer papel. Hitler y Himmler habían requerido los servicios de un astrólogo, aunque no lo publicaban. Este astrólogo se llamaba Führer. Más tarde, después de la conquista del poder, y como para firmar su voluntad, no sólo de reinar, sino de «cambiar la vida», se atrevieron a provocar por sí mismos a los sabios. Nombraron al Fuhrer «”plenipotenciario” de las matemáticas, de las astronomía y de la física» (1). Mientras tanto, Hans Horbiger ponía en práctica, en los medios intelectuales, un sistema comparable al de los agitadores políticos.

(1) Y lo fue.

Parecía disponer de medios económicos considerables. Operaba como un jefe de partido. Creaba un movimiento, con servicio de información, oficinas de reclutamiento, cuotas, propagandistas y hombres de acción reclutados entre las juventudes hitlerianas. Se cubrían las paredes de carteles, se inundaban los periódicos de anuncios, se distribuían profusión de folletos, se organizaban mítines. Las reuniones y conferencias de astrónomos eran interrumpidas por los agitadores que gritaban: «¡Fuera los sabios ortodoxos! ¡Seguid a Horbiger!» Se molestaba a los profesores en la calle. Los directores de las instituciones científicas recibían tarjetas amenazadoras: «Cuando hayamos triunfado, usted y sus colegas tendrán que mendigar en las aceras.» Había hombres de negocios, industriales, que, antes de admitir a un empleado, le hacían firmar una declaración: «Juro que creo en la teoría del hielo eterno.» Horbiger escribía a los grandes ingenieros: «O aprenderán a creer en mí, o serán tratados como enemigos.» En el transcurso de algunos años, el movimiento publicó tres grandes obras doctrinales, cuarenta libros populares y centenares de folletos. Editaba una revista mensual de gran tirada: La llave de los acontecimientos mundiales. Había reclutado docenas de millares de adeptos. Iba a desempeñar un papel importante en la historia de las ideas y en la Historia a secas.

Al principio, los sabios protestaban y publicaban cartas y artículos demostrando la imposibilidad del sistema de Horbiger. Después, cuando el Wel adquirió proporciones de vasto movimiento popular, se alarmaron. Después del advenimiento de Hitler al poder, la resistencia menguó, aunque las universidades continuaron enseñando la astronomía ortodoxa. Algunos ingenieros renombrados y algunos sabios se incorporaron a la doctrina del hielo eterno, corno, por ejemplo, Lenard, que había descubierto con Róntgen los rayos X, el físico Oberth, y Stark, cuyas investigaciones sobre la espectroscopia eran mundialmente conocidas. Hitler apoyaba abiertamente a Horbiger y creía en él.

«Nuestros antepasados nórdicos se fortalecieron en la nieve y en el hielo —declaraba un folleto popular de la Wel—; por esto la creencia en el hielo mundial es la herencia natural del hombre nórdico. Un austríaco, Hitler, expulsó a los políticos judíos; otro austriaco, Horbiger, expulsará a los sabios judíos. El Führer ha demostrado, con su propio ejemplo, que el aficionado es superior al profesional. Ha sido necesario otro aficionado para darnos la comprensión completa del Universo.»





Hitler y Horbiger, los «dos austríacos más grandes», se encontraron muchas veces. El jefe nazi con respeto al sabio visionario. Horbiger no toleraba que le interrumpiesen en sus discursos y replicaba firmemente a Hitler: «Maul zu! ¡Cierre el pico!» Él llevó hasta el último extremo la convicción de Hitler: el pueblo alemán, según su mesianismo, había sido envenenado por la ciencia occidental, estrecha, debilitante, desligada de la carne y del espíritu. Algunas creaciones recientes, como el psicoanálisis, la serología y la relatividad, eran máquinas de guerra dirigidas contra el espíritu de Parsifal. La doctrina del hielo mundial proporcionaría el necesario contraveneno. Esta doctrina destruía la astronomía admitida: el resto del edificio se derrumbaría seguidamente por sí solo, y era necesario que se derrumbase seguidamente para que renaciera la magia, único valor dinámico. Los teóricos del nacionalsocialismo y los del hielo eterno se reunieron en conferencias: Rosenberg y Hans Horbiger, rodeados de sus mejores discípulos.

La historia de la Humanidad, tal como la describía Horbiger, con los grandes diluvios y las migraciones sucesivas, con sus gigantes y sus esclavos, sus sacrificios y sus epopeyas, respondía a la teoría de la raza aria. Las afinidades del pensamiento de Horbiger con los temas orientales de las edades antediluvianas, de los períodos de salud y de castigo de la especie, apasionaron a Himmler. A medida que se precisaba el pensamiento de Horbiger, surgían correspondencias con las visiones de Nietzsche y con la mitología wagneriana. Los orígenes fabulosos de la raza aria, descendida de las montañas habitadas por superhombres de otra época y destinada a gobernar el planeta, quedaron establecidos. 


La doctrina de Horbiger coincidía estrechamente con el pensamiento del socialismo mágico, con las actitudes místicas del grupo nazi. Ella fomentaba en gran manera lo que Jung debía llamar más tarde «libido de lo irrazonable». Ella aportaba algunas de las «vitaminas del alma» contenidas en los mitos.

En 1913, un tal Philipp Fauth (1), astrónomo aficionado, especializado en la observación de la luna había publicado con varios amigos un enorme volumen de más de ochocientas páginas: La Cosmogonía Glacial de Horbiger



(1) Philipp Fauth nació el 19 de marzo de 1867 y murió el 4 de enero de 1941. Ingeniero y constructor de máquinas, alcanzó cierta notoriedad por sus estudios sobre la Luna: había dibujado mapas de la Luna, y un cráter doble, al sur del de Copérnico, lleva el nombre de Fauth, por acuerdo de la Unión Internacional de 1935. En 1939 fue nombrado profesor por disposición especial del Gobierno nacionalsocialista.



La mayor parte de esta obra había sido escrita por el propio Horbiger.

Horbiger, en esta época, administraba descuidadamente su negocio personal. Nacido en 1860, en el seno de una familia tirolesa conocida desde hacía siglos, había estudiado en la Escuela de Tecnología de Viena y realizado prácticas en Budapest. Proyectista en la fábrica de máquinas de vapor de Alfred Coliman, había ingresado después en la empresa Land, de Budapest, como especialista de compresores. Allí inventó, en 1894, un nuevo sistema de llaves para bombas y compresores. Horbiger vendió la patente a unas poderosas sociedades alemanas y americanas y se halló de pronto en posesión de una gran fortuna que la guerra no tardaría en dispersar.

Horbiger sentía apasionamiento por las aplicaciones astronómicas de los cambios de estado del agua (hielo, líquido, vapor), que había tenido ocasión de estudiar en el ejercicio de su profesión. A base de ello, pretendía explicar toda la cosmografía y toda la astrofísica. Según decía, bruscas iluminaciones e intuiciones fulgurantes le habían abierto las puertas de una ciencia nueva, que contenía todas las demás. Con el tiempo, había de convertirse en uno de los grandes profetas de la Alemania mesiánica, y, como se escribió después de su muerte, en «un descubridor genial, bendecido por Dios».

La doctrina de Horbiger toma su fuerza de una visión completa de la Historia y de la evolución del Cosmos. Explica la formación del sistema solar, el nacimiento de la Tierra, de la vida y del espíritu. Describe todo el pasado del Universo y anuncia sus transformaciones futuras. Responde a las tres interrogaciones esenciales. ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Adonde vamos? Y las contesta del modo más adecuado para la exaltación. Todo descansa sobre la idea de la lucha perpetua, en los espacios infinitos, entre el hielo y el fuego, y entre las fuerzas de repulsión y de atracción. Esta lucha, esta tensión cambiante entre principios opuestos, esta eterna guerra en el cielo, que es la ley de los planetas, rige también la Tierra y la materia viva, y determina la historia de la Humanidad. Horbiger pretende revelarnos el más remoto pasado de nuestro Globo y su más lejano porvenir, y formula fantásticas teorías sobre la evolución de las especies vivas.

Trastorna todo lo que generalmente pensamos de la historia de las civilizaciones, de la aparición y del desarrollo del hombre y de sus sociedades. No propugna, a este respecto, una marcha ascensional continua, sino una serie de subidas y bajadas. Hombres-dioses, gigantes, civilizaciones fabulosas, nos han precedido hace centenares de miles o acaso millones de años. Tal vez nosotros llegaremos a ser lo que fueron los antepasados de nuestra raza, a través de cataclismos y mutaciones extraordinarias, en el curso de una historia que, tanto en la Tierra como en el Cosmos, se desarrolla por ciclos. Pues las leyes del cielo son idénticas a las leyes de la Tierra, y el Universo entero participa del mismo movimiento y es un organismo vivo, en el que todo resuena en todo. La aventura de los hombres está ligada a la aventura de los astros; lo que ocurre en el Cosmos ocurre en la Tierra, y viceversa.

Como puede verse, esta doctrina de los ciclos y de las relaciones cuasimágicas entre el hombre y el Universo, refuerza el más remoto pensamiento tradicional. Vuelve a introducir las antiquísimas profecías, los mitos y las leyendas, los antiguos temas del Génesis, del Diluvio, de los Gigantes y de los Dioses.

Esta doctrina, como se comprenderá mejor dentro de poco, está en contradicción con todos los principios de la ciencia admitida. Pero, decía Hitler: «Hay una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone a la ciencia judeoliberal La ciencia admitida en Occidente, y naturalmente la religión judeocristiana que es su cómplice, es una conspiración que es preciso destruir. Es una conjuración contra el sentido de la epopeya y de lo mágico que arraiga en el corazón del hombre fuerte, una vasta conspiración que cierra a la Humanidad las puertas del pasado y del porvenir más allá de los cortos límites de las civilizaciones registradas, que le amputa sus orígenes y su destino fabuloso, y que le impide el diálogo con los dioses.





Los sabios admiten, por lo general, que nuestro Universo fue creado por una explosión producida hace tres o cuatro mil millones de años. Pero, ¿explosión de qué? Tal vez el Cosmos entero estaba contenido en un átomo, punto cero de la creación. Este átomo habría estallado, continuando después en una expansión constante. Él habría contenido toda la materia y todas las fuerzas hoy desplegadas. Pero, en esta hipótesis, no se encuentra el comienzo absoluto del Universo. Los teóricos de la expansión del Universo partiendo de aquel átomo, no tocan el problema de su origen. En resumidas cuentas, la ciencia no nos ofrece mayores precisiones que el admirable poema indio: «En el intervalo entre disolución y creación, Visnú Cesha reposaba en su propia sustancia, luminoso de energía durmiente, entre los gérmenes de las vidas venideras.»

En lo que atañe al nacimiento de nuestro sistema solar, las hipótesis son igualmente inconsistentes. Se imaginó que los planetas nacieron de una explosión parcial del Sol. Un gran cuerpo astral debió de pasar cerca de aquél, arrancando una parte de la sustancia solar que se desparramaría en el espacio, fijándose en planetas. Después, el gran cuerpo, el superastro desconocido, debió de proseguir su ruta, ahogándose en el infinito. Se imaginó también la explosión de un sol gemelo del nuestro. El profesor H. N. Roussel, resumiendo la cuestión, escribe con humor: «Hasta que sepamos cómo ocurrió la cosa, lo único realmente seguro es que el sistema solar se produjo de algún modo.»

En cambio, Horbiger pretende saber cómo ocurrió la cosa. Él posee la explicación definitiva. En una carta al ingeniero Willy Ley, afirma que esta explicación le saltó a los ojos en su juventud. «Tuve la revelación —dice— cuando, siendo un joven ingeniero, observé un día una ola de acero fundido sobre la tierra mojada y cubierta de nieve: la tierra estallaba con cierto retraso y con gran violencia.» Esto es todo. A partir de aquel momento, la doctrina de Horbiger crece y fructifica. Es la manzana de Newton.

Había en el cielo un cuerpo enorme y a elevada temperatura, millones de veces mayor que nuestro Sol actual. Este cuerpo chocó con un planeta gigante, constituido por una acumulación de hielo cósmico. La masa de hielo penetró en el supersol. Nada ocurrió durante centenares de miles de años. Después, el vapor de agua hizo que todo estallara.

Algunos fragmentos fueron proyectados tan lejos que se perdieron en el espacio helado. Otros volvieron a caer sobre la masa central donde se había originado la explosión. Otros, por último, fueron proyectados a una zona intermedia: son los planetas de nuestro sistema. Había treinta de ellos. Son bloques que, poco a poco, se han ido cubriendo de hielo. La Luna, Júpiter, Saturno, son de hielo, y los canales de Marte son grietas del hielo. Sólo la Tierra no está absolutamente dominada por el frío: en ella sigue la lucha entre el hielo y el fuego.

A una distancia igual a tres veces la de Neptuno, se hallaba, en el momento de la explosión, un enorme anillo de hielo. Y allí sigue estando. Es lo que los astrónomos oficiales se empeñan en llamar Vía Láctea, porque algunas estrellas parecidas a nuestro Sol, en el espacio infinito, brillan a través de ella. En cuanto a las fotografías de estrellas individuales cuyo conjunto nos daría una Vía Láctea, son simples composiciones.

Las manchas que se observan en el Sol y que cambian de forma y de lugar cada once años, siguen siendo inexplicables para los sabios ortodoxos. Pues bien, son producidas por la caída de bloques de hielo, que se desprenden de Júpiter. Júpiter cierra su círculo alrededor del Sol cada once años.

En la zona media de la explosión, los planetas del sistema a que pertenecemos obedecen a dos fuerzas:

- La fuerza primitiva de la explosión, que los aleja.

-La gravitación que los atrae a la masa más fuerte situada en su proximidad.

Estas dos fuerzas no son iguales. La fuerza de la explosión inicial va disminuyendo, porque el espacio no está vacío, sino que hay en él una materia tenue, compuesta de hidrógeno y de vapor de agua. Además, el agua que alcanza el Sol llena el espacio de cristales de hielo. De este modo se ve cada vez más frenada la fuerza inicial de repulsión. Por el contrario, la gravitación es constante. Por esto cada planeta se acerca al más próximo que lo atrae. Se acerca trazando círculos a su alrededor, o mejor dicho, describiendo una espiral que se va encogiendo. Así, tarde o temprano, cada planeta caerá en el más próximo, y todo el sistema acabará por caer, en forma de hielo, en el Sol. Entonces se producirá una nueva explosión y todo volverá a empezar.

Hielo y fuego, repulsión y atracción, luchan eternamente en el Universo. Esta lucha determina la vida, la muerte y el renacimiento perpetuo del Cosmos. Un escritor alemán, Elmar Brugg, escribió en 1952 una obra encomiástica de Horbiger, en la cual nos dice:

«Ninguna de las doctrinas de representación del Universo ponía en juego el principio de contradicción, de lucha de dos fuerzas contrarias, del cual, empero, se alimenta el alma del hombre desde hace milenios. El mérito imperecedero de Horbiger es haber resucitado vigorosamente el conocimiento intuitivo de nuestros antepasados por el conflicto eterno del fuego y del hielo, cantado por Edda. Él expuso este conflicto a la mirada de sus contemporáneos. Él fundió científicamente esta imagen grandiosa del mundo ligada al dualismo de la materia y de la fuerza, de la repulsión que dispersa y la atracción que reúne.»


























Luego es verdad: la Luna acabará por caer en la Tierra. Existe un momento —varias decenas de milenios— en que la distancia de un planeta a otro parece fija. Pero llegará un día en que nos daremos cuenta de que la espiral se encoge. Poco a poco, en el curso de las edades, la Luna se irá acercando. La fuerza de gravitación que ejerce sobre la Tierra aumentará. Entonces las aguas de nuestros océanos se juntarán en una marea permanente y ascenderán, cubriendo las tierras, ahogando los trópicos y cercando las más altas montañas. Los seres vivos se sentirán progresivamente liberados de su peso. Crecerán. Los rayos cósmicos serán cada vez más poderosos. Al actuar sobre los genes y los cromosomas, producirán mutaciones. Aparecerán nuevas razas, animales, plantas y hombres gigantescos.

Después, al acercarse más, la Luna estallará, girando a toda velocidad, y se convertirá en un inmenso anillo de rocas, de hielo, de agua y de gas, que girará cada vez más deprisa. Por fin, el anillo caerá sobre la Tierra, y será la Caída, el Apocalipsis anunciado. Pero si subsisten algunos hombres, los más fuertes, los mejores, los elegidos, presenciarán extraños y formidables espectáculos. Y acaso, el espectáculo final.

Después de muchos milenios sin satélite, durante los cuales la Tierra habrá conocido extraordinarias imbricaciones de razas antiguas y nuevas, civilizaciones de gigantes, renacimientos después del Diluvio, e inmensos cataclismos, Marte, más pequeño que nuestro Globo, acabará por acercársele. Alcanzará la órbita de la Tierra. Pero es demasiado grande para ser capturado, para convertirse, como la Luna, en un satélite. Pasará muy cerca de la Tierra, la rozará e irá a caer en el Sol, atraído por éste, aspirado por el fuego. Entonces, nuestra atmósfera se sentirá de pronto atrapada, arrastrada por la gravitación de Marte, y nos abandonará para perderse en el espacio. Entonces los océanos se agitarán en torbellino y hervirán sobre la superficie de la Tierra, bañándolo todo, y la corteza estallará. Nuestro Globo, muerto, seguirá girando en espiral, será alcanzado por los planetoides helados que navegan por el cielo y se convertirá en una enorme bola de hielo que, a su vez, se arrojará contra el Sol. Después de la colisión, vendrá el gran silencio, la gran inmovilidad, mientras el vapor de agua se irá acumulando, durante millones de años, en el interior de la masa ardiente. Por fin, se producirá una nueva explosión y otras creaciones en la eternidad de las fuerzas ardientes del Cosmos.

Tal es el destino de nuestro sistema solar, según la visión del ingeniero austriaco a quien los dignatarios nacionalsocialistas llamaban El Copérnico del siglo XX. Vamos a considerar ahora esta visión referida a la historia pasada, presente y futura de la Tierra y de los hombres. Es una historia que, vista al través de «los ojos de tormenta y de batalla» del profeta Horbiger, parece una leyenda, llena de revelaciones fabulosas y de rarezas formidables.



George Gurdjieff


Era en 1948; yo creía en Gurdjieff, y una de sus fieles discípulas me había invitado amablemente a pasar unas semanas en su casa de la montaña, con mi familia. Esta mujer tenía una cultura verdadera, formación de químico, inteligencia aguda y carácter firme. Ayudaba a los artistas y a los intelectuales. Después de Luc Dietrich y de René Daumal, yo debía contraer con ella una deuda de reconocimiento. Nada tenía de discípula exaltada, y las enseñanzas de Gurdjieff, que a veces se alojaba en su casa, le llegaban a través de la criba de la razón. Sin embargo, un día la sorprendí, o creí sorprenderla, en flagrante delito de despropósito. Me abrió de pronto los abismos de su delirio, y me quedé mudo y aterrorizado ante ella, como ante un agonizante. Una noche resplandeciente y fría caía sobre la nieve, y platicábamos tranquilamente, asomados al balcón del chalet. Contemplábamos los astros, como se contemplan en la montaña, experimentando una soledad absoluta, que es aquí tan purificadora como en otras partes angustiosa. Se veían claramente los relieves de la Luna.

—Mejor diríamos una luna —dijo mi anfitriona—, una de las lunas...
—¿Qué quiere decir?
—Ha habido otras lunas en el cielo. Ésta es la última, simplemente...
—¿Qué? ¿Ha habido otras lunas además de ésta?
—Seguro. Gurdjieff lo sabe, y otros lo saben también.
—Pero, bueno, los astrónomos...
—¡Oh! ¡Si va usted a fiarse de los científicos...!


Tenía el rostro apacible y sonreía con una pizca de conmiseración. Desde aquel día dejé de sentirme al mismo nivel de ciertos amigos de Gurdjieff a quienes apreciaba. Se convirtieron a mis ojos en seres frágiles e inquietantes y sentí que acababa de romperse uno de los hilos que me ataba a su familia. Algunos años más tarde, al leer el libro de Gurdjieff, Les Récits de Belzébuth, y al descubrir la cosmogonía de Horbiger, comprendí que aquella visión, o mejor dicho, aquella creencia, no era una simple cabriola en el mundo de lo fantástico. Había cierta coherencia entre la chocante historia de las lunas y la filosofía del superhombre, la psicología de los «estados superiores de conciencia» y la mecánica de las mutaciones. En las tradiciones orientales volvía a encontrarse esta historia y la idea de que los hombres, hace muchos milenios, pudieron observar un cielo distinto del nuestro, otras constelaciones y otro satélite.

¿Acaso Gurdjieff se había inspirado en Horbiger, al que sin duda conocía? ¿O habría bebido en antiguas fuentes de saber, tradiciones o leyendas, con las que Horbiger había coincidido accidentalmente, en el curso de sus iluminaciones seudocientíficas ?

Yo ignoraba, en el balcón del chalet montañero, que mi anfitriona expresaba una creencia que habían compartido millares de hombres de la Alemania hitleriana, todavía enterrada en ruinas, en esta época todavía ensangrentada, todavía humeante, entre los escombros de sus grandes mitos. Y mi anfitriona, en la bella noche clara y tranquila, lo ignoraba también.

Así, pues, según Horbiger, la Luna, la que nosotros vemos, no sería más que el último satélite, el cuarto, captado por la Tierra. Nuestro Globo, en el curso de su historia, habría captado ya tres. Tres masas de hielo cósmico habrían alcanzado, por turno, nuestra órbita y habrían empezado a girar en espiral alrededor de la Tierra, acercándose cada vez más y cayendo por fin sobre nosotros. Nuestra Luna actual también caerá sobre la Tierra. Pero esta vez la catástrofe será mayor, porque el último satélite helado es mayor que los anteriores. Toda la historia del Globo, la evolución de las especies y toda la historia humana encuentran su explicación en esta sucesión de lunas en nuestro cielo.

Ha habido cuatro épocas geológicas, puesto que ha habido cuatro lunas. Estamos en el cuaternario. Cuando cae una luna, ha estallado antes y, girando cada vez más deprisa, se ha transformado en un anillo de rocas, de hielo y de gases. Es este anillo lo que cae sobre la Tierra, recubriendo en círculo toda la costra terrestre y fosilizando todo lo que se encuentra debajo de él. En período normal, los organismos enterrados no se fosilizan, sino que se pudren. Sólo se fosilizan en el momento en que cae una luna. Por esto hemos podido registrar una época primaria, una época secundaria y una época terciaria. Sin embargo, como se trata de un anillo, sólo tenemos testimonios muy fragmentarios de la historia de la vida sobre la Tierra. Han podido aparecer y desaparecer otras especies animales y vegetales, a lo largo de las edades, sin que quede rastro de ellas en las capas geológicas. Pero la teoría de las lunas sucesivas permite imaginar las transformaciones sufridas en el pasado por las formas vivas, así como prever las transformaciones venideras.

Durante el período en que el satélite se acerca, hay un momento de unos centenares de miles de años en que gira alrededor de la Tierra a una distancia de cuatro a seis radios terrestres. En comparación con la distancia de nuestra Luna actual, ésta se encuentra al alcance de la mano. La gravitación cambia, pues, considerablemente. Ahora bien, la gravitación determina la talla de los seres. Éstos crecen en función del peso que pueden soportar.

En el momento en que el satélite está cerca, hay, pues, un período de gigantismo.

A finales del primario: enormes vegetales, insectos gigantescos.

A fines del secundario: diplodocos, iguanodontes, animales de treinta metros. Se producen mutaciones bruscas, porque los rayos cósmicos son más poderosos. Los seres, aliviados de su peso, se yerguen; las cajas craneanas se ensanchan; las bestias levantan el vuelo. Tal vez a finales del secundario aparecieron los mamíferos gigantes. Y tal vez los primeros hombres, creados por mutación. Habría que situar este período a fines del secundario, en el momento en que la segunda luna giraba cerca del Globo, hace unos quince millones de años. Es la edad de nuestro antepasado, el gigante. Madame Blavatsky, que pretendía haber tenido acceso al Libro de los Dzyan, que sería el texto más antiguo de la Humanidad y contendría la historia de los orígenes del hombre, aseguraba también que una gigantesca y primera raza humana había aparecido en el período secundario. «El hombre secundario será descubierto un día, y, con él, sus civilizaciones extinguidas hace muchísimo tiempo

He aquí, pues, el primer hombre, enorme, que apenas se nos parece y cuya inteligencia es distinta de la nuestra, en una noche de los tiempos infinitamente más espesa de lo que imaginamos y bajo una luna diferente: el primer hombre, y acaso la primera pareja humana, gemelos expulsados de una matriz animal, por un prodigio de las mutaciones que se multiplican cuando los rayos cósmicos son gigantescos. El Génesis nos dice que los descendientes de este antepasado vivían de quinientos a novecientos años: es que el aligeramiento del peso disminuye el desgaste del organismo. No nos habla de gigantes, pero las tradiciones judías y musulmanas compensan abundantemente esta omisión. En fin, algunos discípulos de Horbiger sostienen que recientemente se descubrieron en Rusia fósiles del hombre secundario.





¿Cuáles serían las formas de civilización del gigante, hace quince millones de años? Se le suponen agrupaciones y modos de ser calcados de los insectos gigantes llegados del primario y de los cuales nuestros insectos actuales, todavía sorprendentes, son descendientes degenerados. Se les suponen grandes poderes de comunicación a distancia, civilizaciones basadas en el modelo de las centrales de energía psíquica y material que constituyen, por ejemplo, los hormigueros, y que tantos problemas turbadores plantean al observador, en el terreno desconocido de las infraestructuras —o de las superestructuras— de la inteligencia.

Esta segunda luna se acercará todavía más, estallará en anillo y caerá sobre la Tierra que conocerá un nuevo y largo período sin satélite. En los espacios remotos, una formación glacial espiral alcanzará la órbita de la Tierra, que de este modo captará una nueva luna. Pero, en este período en que ninguna gran esfera brilla sobre las cabezas, sólo sobreviven algunos ejemplares de las mutaciones producidas al final del secundario, que subsistirán disminuyendo de proporciones. Todavía hay gigantes, que se van adaptando. Cuando aparece la luna terciaria, se han formado ya los hombres ordinarios, más pequeños, menos inteligentes: nuestros verdaderos antepasados. Pero los gigantes brotados del secundario y que pasaron el cataclismo siguen existiendo, y son ellos quienes civilizan a los hombres pequeños.

(Para los seguidores de Horbinger) La idea de que los hombres partiendo de la bestialidad y del salvajismo, se elevaron lentamente hasta la civilización, es reciente. Es un mito judeocristiano, impuesto a las conciencias, para expulsar un mito más vigoroso y revelador. Cuando la Humanidad era más fresca, más próxima a su pasado, en los tiempos en que ninguna conspiración bien urdida lo había expulsado aún de su propia memoria, sabía que descendía de dioses, de reyes gigantes que le habían enseñado todo. Recordaba una edad de oro en que los superiores, nacidos antes que ella, le enseñaban la agricultura, la metalurgia, las artes, las ciencias y el manejo del Alma. Los griegos evocaban la edad de Saturno y el reconocimiento que sus mayores brindaban a Hércules. Los egipcios y los asirios contaban leyendas sobre reyes gigantes e iniciadores. Los pueblos que hoy llamamos «primitivos», los indígenas del Pacífico, por ejemplo, mezclan a su religión, sin duda degenerada, el culto a los buenos gigantes de los orígenes del mundo. En nuestra época, en que todos los factores del espíritu y del conocimiento han sido invertidos, los hombres que han realizado el formidable esfuerzo de escapar a los modos de pensar admitidos, encuentran, en el fondo de su inteligencia, la nostalgia de los tiempos felices de la aurora de las edades, del paraíso perdido, y el recuerdo velado de una iniciación primordial.

Desde Grecia a la Polinesia, desde Egipto a México y a Escandinavia, todas las tradiciones refieren que los hombres fueron iniciados por gigantes. Es la edad de oro del terciario, que dura varios millones de años, en el curso de los cuales la civilización moral, espiritual y tal vez técnica alcanza su apogeo sobre el Globo.

Cuando los gigantes se mezclaban todavía con los hombres, en los tiempos de que nadie habló jamás. Escribe Hugo, presa de una extraordinaria iluminación.

La luna terciaria, cuya espiral se encoge, se acerca a la Tierra. Las aguas suben, aspiradas por la gravitación del satélite, y los hombres, hace más de novecientos mil años, se dirigen a las más altas cumbres montañosas, con los gigantes, sus reyes. Sobre estas cumbres, por encima de los océanos levantados que forman el rodete ciñendo la Tierra, los hombres y sus Superiores crearán una civilización marítima mundial, que Horbiger y su discípulo inglés Bellamy identifican con la civilización atlántida.

Bellamy descubre, en los Andes, a cuatro mil metros de altura, restos de sedimentos marinos que se extienden sobre setecientos kilómetros. Las aguas de fines del terciario subían hasta allí, y Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, sería uno de los centros de civilización de aquel período. Las ruinas de Tiahuanaco dan testimonio de una civilización cientos de veces milenaria y que no se asemeja en nada las civilizaciones posteriores(1). Según los partidarios de Horbinger, son visibles las huellas de gigantes, así como sus inexplicables monumentos. Se encuentra allí, por ejemplo, una piedra de nueve toneladas, con seis hendiduras de tres metros de altura que son incomprensibles para los arquitectos, como si su papel hubiese sido olvidado desde entonces por todos los constructores de la Historia. Hay pórticos de tres metros de altura por cuatro de anchura, que aparecen tallados en una sola piedra, con puertas, falsas ventanas y esculturas esculpidas con cincel, pesando todo el conjunto diez toneladas. Hay lienzos de pared de sesenta toneladas, sostenidos por bloques de piedra arenisca de cien toneladas, hundidos como cuñas en el suelo. Entre estas ruinas fabulosas, se elevan estatuas gigantescas, una sola de las cuales ha sido bajada de allí y colocada en el jardín del museo de La Paz. Tiene ocho metros de altura y pesa veinte toneladas. Todo invita a los horbigerianos a ver en estas estatuas retratos de gigantes realizados por ellos mismos.

1. El arqueólogo alemán Von Hagen, autor de una obra publicada en francés bajo el título, Au royaume des Incas (Plon, 1950), recogió cerca del lago Titicaca una tradición oral, de los indios de la región, según la cual «Tiahuanaco fue construida antes de que las estrellas existieran en el cielo».

«De las facciones del rostro salta a nuestros ojos, e incluso a nuestro corazón, una expresión de soberana bondad y de soberana sabiduría. Una armonía de todo el ser brota del conjunto del coloso, cuyas manos y cuerpo, sumamente estilizados, guardan un equilibrio que tiene una calidad moral. Reposo y paz emanan del maravilloso monolito. Si es el retrato de uno de los reyes gigantes que gobernaron este pueblo, tendríamos que pensar en aquel principio de frase de Pascal: "Si Dios nos diese dueños salidos de sus manos...

Si estos monolitos fueron realmente esculpidos y colocados en su sitio por los gigantes en atención a sus aprendices, los hombres; si las esculturas de una extremada abstracción, de una estilización tan avanzada que confunde a nuestra propia inteligencia, fueron ejecutadas por aquellos Superiores, encontraremos en ello el origen de los mitos según los cuales las artes fueron dadas a los hombres por los dioses, y la clave de las diversas místicas de la inspiración estética.

Entre estas esculturas figuran imágenes estilizadas de un animal, el todoxón, cuya osamenta ha sido descubierta en las ruinas de Tiahuanaco. Ahora bien, se sabe que el todoxón sólo pudo vivir en el período terciario. En fin, en estas ruinas que precederían en cien mil años al fin del período terciario, existe hundido en el barro desecado, un pórtico de diez toneladas cuya decoración fue estudiada por el arqueólogo alemán Kiss, discípulo de Horbiger, entre 1928 y 1937. Según él, se trata de un calendario realizado de acuerdo con las observaciones de los astrónomos del terciario. Este calendario contiene datos científicos exactos. Está dividido en cuatro partes separadas por los solsticios y los equinoccios que marcan las estaciones astronómicas. Cada una de estas estaciones está dividida a su vez en tres secciones, y, en estas doce subdivisiones, puede verse la posición de la Luna en cada hora del día. Además, los dos movimientos del satélite, su movimiento aparente y su movimiento real, habida cuenta de la rotación de la Tierra, están indicados en este fabuloso pórtico esculpido, de suerte que hay que pensar que tanto los que hicieron como los que utilizaron el calendario tenían una cultura superior a la nuestra.




Tiahuanaco, a más de cuatro mil metros de altura, en los Andes, era, pues, una de las cinco grandes ciudades de la civilización marítima de fines del período terciario, construidas por los gigantes conductores de los hombres. Los discípulos de Horbiger encuentran allí vestigios de un gran puerto, de enormes muelles, y del cual partían los atlantes —pues sin duda se trata de la Atlántida— a bordo de naves perfeccionadas, para dar la vuelta al mundo siguiendo el cordón oceánico y tocar en los otros cuatro grandes centros: Nueva Guinea, México, Abisinia y Tíbet. Así, aquella civilización se extendía a todo el Globo, lo cual explica tradiciones que registra la Humanidad.

Llegados al último grado de unificación y de refinamiento de los conocimientos y de los medios, los hombres y sus reyes gigantes saben que la espiral de la tercera luna se va encogiendo y que el satélite acabará por caer; pero conocen las relaciones de todas las cosas en el Cosmos, los lazos mágicos del ser con el Universo, y sin duda, se valen de ciertas energías individuales y sociales, técnicas y espirituales, para retrasar el cataclismo y prolongar la edad atlántida, cuyo recuerdo difuso perdurará a través de los milenios.

Cuando cae la luna terciaria, las aguas descienden bruscamente, pero las conmociones precursoras han dañado ya la civilización. Después del descenso de los océanos, desaparecen las cinco grandes ciudades, entre ellas la Atlántida de los Andes, aisladas, asfixiadas por el reflujo de las aguas. Los vestigios más claros están en Tiahuanaco, pero los horbigerianos los descubren en otros lugares.

En México, los toltecas dejaron textos sagrados que describen la historia de la Tierra según la tesis de Horbiger.

En Nueva Guinea, los indígenas malekulas siguen erigiendo, sin saber lo que hacen, enormes piedras esculpidas de más de diez metros de altura que representan su antepasado superior, y su tradición oral, que hace de la Luna la creadora del género humano, anuncia la caída del satélite.

Los gigantes mediterráneos de Abisinia después del Cataclismo, y la tradición sitúa en aquella altiplanicie la cuna del pueblo judío y la patria de la reina de Saba, detentadora de las antiguas ciencias.

En fin, se sabe que el Tíbet es un depósito de antiquisimos conocimientos fundados en el psiquismo. Como para confirmar el punto de vista de los horbigerianos, una obra muy curiosa apareció, en 1957, en Inglaterra y Francia. Esta obra, titulada El tercer ojo, lleva la firma de Lobsang Rampa. El autor afirma ser un lama que ha alcanzado el último grado de iniciación. También podría ser alguno de los alemanes enviados al Tíbet, en misión especial, por los jefes nazis (1).

(1) Volveremos a insistir largamente sobre las extrañas relaciones sostenidas por Hitler y sus secuaces con el Tíbet. Los periódicos ingleses, en el momento de la aparición de El tercer ojo, intentaron descubrir la personalidad que se ocultaba detrás del nombre de Lobsang Rampa, sin poder llegar a ninguna conclusión, pues los servicios de información oficiales permanecieron mudos. O bien se trata de un auténtico lama iniciado, obligado a disfrazar su nombre, puesto que el autor dice ser hijo de uno de los altos dignatarios del antiguo Gobierno de Lhassa, o bien debe de ser uno de los alemanes encargados de las misiones tibetanas entre 1928 y el fin del régimen hitleriano. En este último caso, puede tratarse de descubrimientos reales, de relatos escuchados, o de tesis horbigerianas y nacionalsocialistas a las que da una forma fantástica. Hay que tener en cuenta, en todo caso, que los especialistas del Tíbet no han podido desmentir categóricamente el conjunto de sus «revelaciones».


Describe su descenso, guiado por tres grandes metafísicos lamaístas, a una cripta de Lhassa donde parece ocultarse el verdadero secreto del Tíbet.

«Vi tres sarcófagos de piedra negra adornados con grabados e inscripciones curiosas. No estaban cerrados. Al lanzar una ojeada a su interior, sentí que se me cortaba la respiración.
»—Contempla, hijo mío —me dijo el decano de los sacerdotes—. Vivían como dioses en nuestro país en la época en que aún no había montañas en él. Labraban nuestro suelo cuando los mares bañaban nuestras orillas y cuando otras estrellas brillaban en nuestro cielo, Míralos bien, porque sólo los iniciados los han visto.
» Obedecí, fascinado y temeroso a la vez. Tres cuerpos desnudos, recubiertos de oro, yacían estirados ante mis ojos. Todos sus rasgos estaban fielmente reproducidos por el oro. ¡Pero eran enormes! La mujer medía más de tres metros, y el mayor de los hombres, no menos de cinco. Tenían la cabeza muy grande, ligeramente cónica en la bóveda, mandíbula estrecha, boca pequeña y labios delgados. La nariz era larga y fina, los ojos rectos y muy hundidos... Examiné la tapa de uno de los sarcófagos. En ella aparecía grabado un mapa de los cielos, con estrellas muy extrañas.» (1)

(1) Hay que notar que, en una caverna del Bohistán, al pie del Himalaya, se ha encontrado un mapa del cielo muy diferente de los conocidos hasta hoy. Los astrónomos opinan que se trata de observaciones que pudieron hacerse trece mil años atrás. Este mapa fue publicado por el National Geographical Magazine, en el año 1925.


vuelve a escribir, después de este descenso a la cripta:

«Antiguamente, miles y miles de años atrás, los días eran más cortos y más calurosos. Se forjaron civilizaciones grandiosas, y los hombres eran más sabios que en nuestra época. Surgió un planeta del espacio exterior y golpeó oblicuamente la Tierra. Se agitaron los vientos, y los mares, empujados por fuerzas gravitatorias diversas, se vertieron sobre la Tierra. El agua cubrió el mundo, que fue sacudido por los temblores, y el Tíbet dejó de ser un país cálido y una estación marítima

Bellamy, arqueólogo horbigeriano encuentra alrededor del lago Titicaca huellas de las catástrofes que precedieron a la caída de la luna terciaria: cenizas volcánicas, sedimentos dejados por súbitas inundaciones. Es el momento en que el satélite va a estallar en anillo y a girar locamente a poquísima distancia de la Tierra, antes de caer. Alrededor de Tiahuanaco, las ruinas evocan talleres abandonados de pronto, útiles desparramados. La elevada civilización atlántida sufre, durante unos miles de años, el ataque de los elementos, y se desmorona. Después, hace de ello ciento cincuenta mil años, se produce el gran cataclismo, cae la Luna, y la Tierra sufre un espantoso bombardeo. Cesa la atracción, el cordón de los océanos cede de golpe, los mares se retiran, bajan. Las cumbres, que eran grandes estaciones marítimas, se encuentran aisladas hasta el infinito por los pantanos. El aire se enrarece, se marcha el calor. La Atlántida no muere tragada por las aguas, sino, por el contrario, abandonada por ellas. Las naves son arrastradas y destruidas; las máquinas se ahogan o estallan; falta el alimento que venía del exterior; la muerte se lleva a millones de seres; los sabios y las ciencias desaparecen; la organización social se derrumba. Si la civilización atlántida llegó a alcanzar el más alto nivel posible de perfección y técnica, de jerarquía y de unificación, también pudo volatilizarse en un abrir y cerrar de ojos, sin casi dejar rastro. Pensemos lo que podría ser el hundimiento de nuestra civilización dentro de unos centenares de años, o incluso dentro de unos años. Los aparatos emisores de energía, al igual que los transmisores, se simplifican cada vez más, mientras se multiplican las estaciones. Cada uno de nosotros poseerá muy pronto fuentes de energía nuclear, pongo por caso, o vivirá cerca de estas fuentes, fábricas o máquinas, hasta el día en que bastará que se produzca un accidente en el punto de origen para que todo se volatilice a lo largo de la enorme cadena de estaciones: hombres, ciudades, naciones. Sólo se salvaría lo que no tuviese ningún contacto con esta elevada civilización técnica. Y las ciencias clave, lo mismo que las llaves del poder, desaparecerían de golpe, precisamente a causa del elevado nivel de la especialización. Son las más grandes civilizaciones las que se hunden en un instante, sin nada que transmitir. Esta visión resulta irritante para el espíritu, pero estamos expuestos a que sea exacta. De la misma manera podemos pensar que las centrales y estaciones de energía psíquica, en que acaso se fundaba la civilización terciana, estallaron de un solo golpe, mientras los desiertos de limo invadían las cumbres ahora enfriadas y en que el aire se ha hecho irrespirable. Más sencillo: la civilización marítima, con sus Superiores, sus naves, sus intercambios, se desvanece en el seno del cataclismo.

Los supervivientes sólo pueden descender a las llanuras pantanosas que el mar acaba de descubrir, hacia ' las inmensas turberas del continente nuevo, apenas liberado por el reflujo de las aguas tumultuosas, y donde tardará miles de años en aparecer una vegetación utilizable. Ha terminado el reinado de los reyes gigantes; los hombres vuelven al salvajismo y se adentran con sus últimos dioses destronados en las profundas noches sin luna que envolverán el Globo.






Los gigantes que, desde hacía millones de años, moraban en este mundo, semejantes a los dioses que mucho más tarde poblarán nuestras leyendas, han perdido su civilización. Los hombres sobre los que reinaban se han convertido en brutos. Y esta humanidad caída, detrás de sus dueños destronados, se dispersa en hordas por los desiertos de fango. Esta caída se supone ocurrida hace ciento cincuenta mil años, y Horbiger calcula que nuestro Globo estuvo sin satélite durante ciento treinta y ocho mil años. En el transcurso de este enorme período, renacen las civilizaciones bajo la dirección de los últimos reyes gigantes. Éstas arraigan en las llanuras elevadas, entre los grados cuarenta y sesenta de latitud Norte, mientras en las cinco altas cimas del terciario permanecen algunos restos de la antigua edad de oro. Habría habido, pues, dos Atlántidas: la de los Andes, irradiando sobre el mundo, con sus otros cuatro puntos, y la del Atlántico Norte, mucho más modesta, fundada mucho después de la catástrofe por los descendientes de los gigantes. Esta tesis de las dos Atlántidas permite agrupar las tradiciones y antiguos relatos. Platón habla de la segunda Atlántida.

Y he aquí que, hace doce mil años, la Tierra capta su cuarto satélite, nuestra Luna actual. Se produce una nueva catástrofe. Nuestro Globo adquiere su forma, hinchada en los trópicos. Los mares del Norte y del Sur afluyen hacia la mitad de la Tierra, y se recomienzan las edades glaciales en el Norte, en las llanuras desnudas por la atracción que ejerce la Luna que empieza sobre el agua y el aire. La segunda civilización atlántida, menos importante que la primera, desaparece en una noche, tragada por las aguas del Norte. Es el Diluvio, del cual nuestra Biblia conserva el recuerdo. Es la Caída que recuerdan los hombres arrojados al mismo tiempo del paraíso terrenal de los trópicos. Según los horbigerianos, los relatos del Génesis y del Diluvio son a ¡a vez recuerdos y profecías, ya que se reproducirán los acontecimientos cósmicos. Y el texto del Apocalipsis, que jamás ha sido explicado, sería la traducción fiel de las catástrofes celestes y terrestres observadas por los hombres en el curso de las edades, y conformes con la teoría horbigeriana.

Durante este nuevo período de luna alta, los gigantes vivos degeneran. Las mitologías están hechas de luchas de gigantes entre sí, y de combates entre hombres y gigantes. Los que habían sido reyes y dioses, aplastados ahora bajo el peso del cielo, agotados, se convierten en monstruos a los que hay que expulsar. Caen tan bajo como alto han subido. Son los ogros de las leyendas. Urano y Saturno, devorando a sus propios hijos. David y Goliat. Y escribe Hugo:

... horribles gigantes muy estúpidos vencidos por manos llenas de ingenio.

Es la muerte de los dioses. Cuando los hebreos entren en la Tierra Prometida, descubrirán el monumental lecho de hierro de un gigante desaparecido:

«Y he aquí que su lecho era de hierro, de nueve codos de largo y cuatro de ancho.» (Deuteronomio.) El astro de hielo que alumbra nuestras noches ha sido captado por la Tierra y gira a su alrededor. Ha nacido nuestra Luna. Después de doce mil años, no hemos dejado de rendirle un culto vago cargado de recuerdos inconscientes, y de prestarle una inquieta atención cuyo sentido no comprendemos muy bien. Cuando la contemplamos, seguimos sintiendo que algo rebulle en el fondo de nuestra memoria, que va más lejos que nosotros mismos. Los antiguos dibujos chinos nos muestran el dragón lunar amenazando la Tierra. Leemos en los Números (XIII, 33): «Y allí vimos a los gigantes, a los hijos de Anak, que vienen de los gigantes, y a nuestros ojos éramos ante ellos como saltamontes —y a sus ojos éramos como saltamontes.» Y Job (XXVI, 5) evoca la destrucción de los gigantes y exclama: «Los seres muertos están debajo del agua, y los antiguos moradores de la Tierra...»

Un mundo se ha hundido, ha desaparecido un mundo, los antiguos moradores de la Tierra se han desvanecido, y nosotros comenzamos nuestra vida de hombres solos, de hombrecillos abandonados, esperando las mutaciones, los prodigios y los cataclismos venideros en una nueva noche de los tiempos, bajo este nuevo satélite que nos llega de los espacios donde se perpetúa la lucha entre el hielo y el fuego.

Un poco en todas partes, los hombres remedan a ciegas los gestos de las civilizaciones extinguidas, erigen, sin saber por qué, monumentos gigantescos, repitiendo, en su degeneración, los trabajos de los antiguos señores: son los enormes megalitos de Malekula, los menhires célticos, las estatuas de la isla de Pascua. Las poblaciones que hoy llamamos «primitivas» no son más, sin duda, que restos degenerados de imperios desaparecidos,  que  repiten,  sin  comprenderlos  y  adulterándolos,  actos  regulados  antaño  por administraciones racionales.

En ciertos lugares, en Egipto, en China y mucho más tarde en Grecia, surgen grandes civilizaciones humanas, pero que recuerdan a los Superiores desaparecidos, a los reyes gigantes iniciadores. Después de cuatro mil años de cultura, los egipcios de los tiempos de Heródoto y de Platón siguen afirmando que la grandeza de los Antiguos se debe a que aprendieron su arte y su ciencia directamente de los dioses.

Después de múltiples decadencias, nacerá otra civilización en Occidente. Una civilización de hombres amputados de su pasado fabuloso, limitados en el tiempo y el espacio, reducidos así mismos y buscadores de consuelo mítico, desterrados de sus orígenes e ignorantes de la inmensidad del destino de las cosas vivas, atados a los vastos movimientos cósmicos. Una civilización humana, hunmanista: la civilización judeocristiana. Es minúscula. Es residual. Y, sin embargo, este residuo de la gran alma pasada tiene posibilidades ilimitadas de dolor y de comprensión. Esto es lo milagroso. Nos acercamos a otra edad. Van a producirse mutaciones. El futuro volverá a darse la mano con el pasado más remoto. La Tierra volverá a tener gigantes. Habrá otros diluvios, otros apocalipsis, y reinarán otras razas. «Al principio, conservamos un recuerdo relativamente claro de lo que habíamos visto. Seguidamente, esta vida se elevó en volutas de humo y oscureció rápidamente todas las cosas, a excepción de algunas grandes líneas generales. En la actualidad, todo vuelve a nuestro espíritu con mayor claridad que nunca.» Y en el Universo, donde todo se refleja en todo, crearemos profundas olas.



Tal es la tesis de Horbiger, y tal es el clima espiritual que propaga. Esta tesis constituye un poderoso fenómeno de magia nacionalsocialista, y enseguida veremos sus efectos sobre los acontecimientos.

Según Horbiger, estamos, pues, en el cuarto ciclo. La vida sobre la Tierra conoció tres épocas, durante los tres períodos de lunas bajas, con bruscas mutaciones y apariciones gigantescas. Durante los milenios sin luna aparecieron las razas enanas y sin prestigio y los animales que se arrastran, como la serpiente que evoca la Caída. Durante las lunas altas, existieron las razas medianas, sin duda los hombres corrientes de principios del terciario, nuestros antepasados. Hay que tener también en cuenta que las lunas, antes de su caída, giran alrededor de la Tierra, creando condiciones diferentes en aquellas partes del Globo que no están debajo de su trayectoria. De suerte que, después de varios ciclos, la Tierra ofrece un espectáculo muy variado; razas en decadencia, razas que se elevan, seres intermedios degenerados y aprendices del porvenir, precursores de las mutaciones próximas y esclavos del ayer, enanos de las antiguas noches y Señores del mañana. Tenemos que observar en todo ello las rutas del Sol con un ojo tan implacable como implacable es la ley de los astros. Lo que se produce en el cielo determina lo que se produce en la Tierra, pero existe una reciprocidad. Como el secreto y el orden del Universo residen en el menor grano de arena, el movimiento de los milenios se contiene, en cierto modo, en el breve lapso de nuestro paso por la Tierra, y así debemos, en nuestra alma individual corno en el alma colectiva, repetir las caídas y las ascensiones pasadas y preparar los apocalipsis y las elevaciones futuras. Sabemos que toda la historia del Cosmos reside en la lucha entre el hielo y el fuego, y que esta lucha tiene vivos reflejos aquí abajo. En el plano humano, en el plano de los espíritus y de los corazones, cuando no se alimenta el fuego, viene el hielo. Lo sabemos por nosotros mismos y por la Humanidad entera, que se ve eternamente obligada a elegir entre el diluvio y la epopeya.

He aquí el fondo del pensamiento horbigeriano y nazi. Vamos ahora a tocar este fondo.


Continuaremos…




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