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18 julio 2018

Las elites nacionalsocialistas y los asesinos de despacho






Prólogo del editor del blog

Una escalofriante realidad, los asesinos de despacho nazis sobrevivieron en su gran mayoría a la guerra, algunos comparecieron a juicio por ser autores de la normativa que permitió los crímenes contra la humanidad; otros, amparados bajo el manto de la impunidad e inmunidad de pertenecer al selecto círculo de los grandes banqueros e industriales, con fuerte influencia política, como excepción, comparecieron ante un tribunal por ser autores, cómplices y encubridores no solo de genocidio, sino del saqueo de Europa.

Aquellos que tenemos cierta inclinación por la historia de la segunda guerra mundial casi nunca reflexionamos sobre el trasfondo de los verdaderos motivos que originaron el conflicto. Hoy presentamos una historia publicada en 1997, trata sobre dos hombres vínculados con la élite del nazismo. El tema tiene un cierto estilo jurídico porque es la única forma de explicar este capítulo. 

En este caso particular, la historia de esos dos hombres -Werner Best y Albert Speer- son solo ejemplos de cientos de casos de verdaderos criminales de despacho que sobrevivieron a la Alemania nazi y tuvieron un futuro próspero, muchísimos ni siquiera comparecieron ante un Tribunal para ser juzgados por crímenes de guerra y contra la humanidad (salvo excepciones como del mismo Speer).

Es cierto que los tribunales aliados juzgaron muchos casos (fuera del principal Proceso Internacional de Nuremberg) de la élite nazi que administraba la economía y la explotación en los campos de concentración, quienes comparecieron ante las autoridades estaban abiertamente vinculados al programa nazi, muchos vestían uniforme de las SS y eran notoriamente públicos para intentar evadir sus responsabilidades. 

Sin embargo, existió una élite de criminales de traje y corbata civil, aunque ostentaban títulos "Honoríficos" como Generales de las SS nunca fueron juzgados, algunos negociaron con las fuerzas estadounidenses, eran banqueros, industriales, nobles y políticos que en la posguerra obtendrían algún cargo dentro de la República Federal de Alemania y Austria. 

El historiador, el investigador y hasta el aficionado a la segunda guerra mundial conoce los procesos contra los criminales nazis. Los Aliados oficialmente declararon el 5 de junio de 1945 el control del gobierno de Alemania (Declaración de Berlín), asumieron la soberanía y suprema autoridad sobre el territorio alemán, el denominado Consejo de Control Aliado, en vista de la inexistencia de un gobierno central o autoridad alemana que asumiera las funciones de conformidad con las exigencias de las potencias vencedores. Entre las responsabilidades del Consejo de Control Aliado estaba hacer cumplir el 'Acuerdo de Londres' para juzgar a los criminales de guerra nazis. 

Conocido es que se celebraron juicios contra los principales médicos que dirigieron programas de esterilización forzosa y masiva, asesinato de enfermos en hospitales psiquiátricos, experimentos letales en prisioneros de guerra, civiles, pacientes, etc. Los procesos contra los jueces y abogados de la élite nazi que establecieron el aparato jurídico represivo, las leyes de higiene racial, decretos contra la población judía, los tribunales sumarios para ajusticiar a los opositores al régimen, etc. El juicio contra los Ministros de Estado del régimen nazi, también llamado 'Juicio de Wilhelmstrasse', llevó al banquillo a Ministros y Secretarios de Estado que asumieron una responsabilidad directa en diversos crímenes. Prominentes nazis de despacho como Edmund Veesenmayer, Emil Johann Puhl, Ernst von Wizacker, Ernst Wilhelm Bohle, Ernst Wormann, Gottlob Berger, Gustav Adolf von Steengracht, Hans Heinrich Lammers, Hans Kehrl, Karl Rasche, Karl Ritter, Lutz Graf Schwerin von Krosigk, Otto Dietrich, Otto Meissner (absuelto), Paul Korner, Paul Pleiger, Richard Walther Darré, Walter Schellenberg, Wilhelm Keppler, Wilhelm Stuckart, tuvieron que afrontar los cargos de acusación. 

Lo curioso de estos ministros y secretarios de estado es que, pese a su declaración de culpabilidad por crímenes de guerra y contra la humanidad, recibieron en su mayoría ridículas penas de prisión, cuyas condenas fueron conmutadas, todos salieron libres entre 1950 y 1951.

Panorámica de la sala de audiencias del Tribunal Penal Internacional de Nuremberg para juzgar a los principales líderes del Tercer Reich.


Tenemos los juicios contra los industriales de la IG Farben, el juicio contra Friedrich Flick (industrial alemán), el juicio Krupp (dirigentes del grupo industrial) acusados de la preparación de la guerra, utilización y usufructo de mano de obra esclava y crímenes contra la humanidad. Aquí volvió a verse la mano negra, pese a la gravedad de los cargos Flick apenas recibió una sentencia de 7 años, fue puesto en libertad luego de 3 años. El juicio Krupp se celebró contra Alfred Krupp, sucesor de Gustav Krupp y la cúpula directiva, fueron en su mayoría encontrados culpables, Krupp fue sentenciado a 12 años y ordenado el embargo de todos sus bienes, no obstante, en 1951 la empresa se devolvió a la familia Krupp. 

Y, que podemos decir de la IG Farben, la famosa empresa química y farmacéutica alemana. Las industrias IG Farben, en realidad eran un conglomerado de varias empresas: Agfa, Cassella, BASF, BAYER, Farbwwerke Hoechst (hoy Sanofi-Aventis), Chemische Werk Huls, Chemische Fabriek Kalle. La acusación contra IG Farben es la más terrible que haya tenido que afrontar un grupo empresarial en la historia. Entre los cargos: Ocupación y apropiación de las industrias químicas y farmacéuticas de los países invadidos y ocupados por Alemania; instalación de áreas industriales cercanas o adjuntas a los campos de concentración y/o exterminio (compra, alquiler de prisioneros como mano de obra esclava y experimentación farcamológica). Entre los principales directivos de IG Farben que comparecieron a juicio constan: August von Knierim, Carl Krauch, Carl Lautenschlager, Christian Schneider, Erich von der Heyde, Ernst Burgin, Friedrich Jahne, Fritz Gajewski, Fritz Ter Meer, Georg von Scnitzler, Hans Kugler, Hans Kuhne, Heinrich Butefisch, Heinrich Gattineau, Heinrich Horlein, Heinrich Oster, Hermann Schmitz, Karl Wurster, Max Bruggemann, Max Ilgner, Otto Ambros, Paul Hafliger, Walter Durrfeld, Wilhelm Rudolf Mann. Salvo excepcionales casos, todos fueron absueltos y quienes recibieron sentencia la festejaron con penas de 1.5, 2 y 4 años, como curiosidad la máxima sentencia fue de 8 años. 

Quien dude sobre la protección a la industria nazi, perdón, alemana, durante la segunda guerra mundial debe empezar a entender que en el caso de IG Farben, el Tribunal, a pesar de toda la evidencia y hechos probados (esclavitud, experimentación con humanos, torturas, asesinato de prisioneros), impuso ridículas penas a los pocos condenados, comparados con otros juicios en que personajes con los mismos cargos fueron sentenciados a la pena capital. Los directivos de IG Farben en la posguerra (incluidos los sentenciados) continuaron su carrera en la empresa, fueron condecorados y compensados por su trabajo.


Obergruppenfuhrer-SS Oswald Pohl, comparece ante el Tribunal que lo juzgó junto a sus subalternos de la Oficina Central de Economía y Administración de la SS (WVHA) por conspiración para cometer Crímenes de Guerra y Crímenes contra la Humanidad y pertenencia a una organización criminal.

Esta breve revisión de los asesinos de despacho, no puede olvidar un curioso caso, una de las pocas excepcionalidades que terminaron en la horca, el Obergruppenfuhrer-SS Oswald Pohl, el ex marino (también de despacho) inicio su carrera en las SS como Jefe de la Administración Central de la SS, luego sería ascendido a Director de la Oficina Central de Economía y Administración de la SS (WVHA), en esa posición (junto a Hans Kammler) controló todas las propiedades requisadas a los judíos que eran enviados a los campos de concentración y exterminio, dirigió, además, las fábricas de las SS. Al terminar la guerra pasó a la clandestinidad hasta 1947, fecha en que fue capturado por tropas británicas. Fue condenado a muerte y su ejecución se llevó a cabo en 1951.

La posguerra exigía muchos retos y se necesitaba gente capacitada para la dirigencia de la industria. Ya para 1951 se creó la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), sin duda, el primer ensayo de la actual Unión Europea. En Alemania dónde podía encontrarse ese tipo de gente? La respuesta era obvia, en las cárceles!. 

Existía una larga lista de nazis 'arrepentidos" que se sometieron a la "desnazificación", beneficiándose de una figura legal que eliminaba sus prontuarios delictivos. El "perdón" surgió de manos del Alto Comisionado de los Estados Unidos para Alemania, John McCloy, quien impulsó una curiosa y particular forma de 'Justicia Aliada' por la cual industriales y banqueros nazis obtuvieron amnistía general y al ser rehabilitados se les reintegró sus bienes. 

Recuerden, 1951 fue el año clave en que todos los criminales de despacho encarcelados empezaron a recobrar su libertad. El señor Flick (Daimler-Benz) y el heredero Alfred Krupp fueron liberados a los 3 años de haber sido condenados, ellos se negaron a indemnizar a sus víctimas; y, aunque en teoría, eran "nazis arrepentidos" jamás demostraron su "arrepentimiento".

Un afamado financiero alemán, el Dr. Hjlmar Schacht, ostentó el rango de Ministro de Economía del régimen nazi entre 1934 y 1937 (continuó en funciones hasta 1943 como Ministro sin Cartera, fecha en que fue destituido). Tras la guerra fue detenido y juzgado en el principal proceso de Nuremberg. El genio de las finanzas nazis fue encontrado inocente de todos los cargos. Sin embargo, un tribunal alemán de 'desnazificación' lo volvió a juzgar, encontrado culpable y sentenciado a ocho años de trabajos forzados, pena simbólica, en 1948 era un hombre totalmente libre, reincorporándose de inmediato a los negocios bancarios y dada sus capacidades en asuntos económicos ejerció el cargo de consejero financiero para los países en vías de desarrollo.

En el ámbito político hay muchos casos, un simple ejemplo refrescará la memoria, Kurt Waldheim, el ex oficial austriaco de la Wehrmacht, convertido en Secretario General de las Naciones Unidas (1972-1981) y Presidente de Austria (1986-1992), siempre alegó haber sido reclutado obligatoriamente por la ley; mintió descaradamente al afirmar que se licenció del servicio en 1941, sin embargo, su expediente militar decía otra cosa, como que se unió voluntariamente en 1938 a la SA (Secciones de Asalto nazis), que militó en la Liga Nacional de Estudiantes y en el Cuerpo de Jinetes Nacionalsocialista. Waldheim declaró que su pasó por la milicia "era una actividad totalmente correcta y honesta". Ante las acusaciones de haber firmado como oficial, deportaciones y ejecuciones de judíos en plena guerra en Grecia y Yugoslavia, Waldheim alegó ser  víctima de un complot de la comunidad judía, pero las pruebas estaban allí. El Congreso Mundial Judío presentó evidencia de la presencia de Waldheim  en Kozara (Bosnia) en 1943, fechas en que la represión nazi torturó y eliminó a miles de civiles y partisanos yugoslavos. Que Waldheim se haya convertido en la posguerra en un famoso político, estadista e incluso máximo representante de las Naciones Unidas debería ser motivo para sospechar que tenía amigos (o padrinos) muy poderosos.


Kurt Waldheim (segundo a la izquierda) en Yugoslavia 1943, el oficial de la extrema derecha es Artur Phleps, Obergruppenfuhrer de las Waffen SS, Comandante de la Séptima División de Voluntarios de Montaña Prinz Eugen. La fotografía corresponde al aeródromo de Podgorica - Montenegro, el 22 de mayo de 1943, durante el 'Caso Black'. La división Prinz Eugen tenía como tarea la lucha antipartisana desatando grandes ofensivas en Bosnia y Montenegro en 1943 y 1944. Phleps fue acusado por las autoridades yugoslavas de crímenes de guerra por las atrocidades cometidas por la Séptima División de las SS en el área de Nikšić - Montenegro (Caso Black). Durante los juicios de Nuremberg (6 de agosto de 1946), se citaron los crímenes de los ocupantes y fuerzas colaboracionistas en Yugoslavia. 


Volvamos a los poderosos ejecutivos.

Hermann Abs, quien fuera el más grande banquero alemán de posguerra, presidente del Deutsche Bank, el banco comercial más grande de Alemania (presidente honorario hasta su muerte en 1994). Como miembro del directorio del banco a inicios de la segunda guerra mundial se integró a la Junta Asesora del Reichsbank de los nazis. Después de la guerra, como muchos otros hombres de cuello y corbata, fue internado por un breve periodo, luego sería pieza clave en los esfuerzos de los Aliados para reconstruir la economía de la Alemania Occidental. Abs fue asesor de Konrad Adenauer, el primer canciller de posguerra, organizó la agencia que puso en marcha la ayuda del 'Plan Marshall'. Abs insistió en que ayudó a los judíos durante la guerra, al tomar el control del banco Mendelssohn bajo dirección del Deutsche Bank (en 1939). Sin embargo, los líderes judíos cuestionaron los esfuerzos de Abs en tiempos de guerra a nombre de los nazis. A mediados de los 80 del siglo pasado el 'Centro Simon Wiesenthal' de Los Ángeles criticó al Papa Juan Pablo II por nombrar a Abs asesor del Banco del Vaticano.

A Hermann Josef Abs se debe la siguiente cita: 
“La continuidad económica de Alemania y del resto de países de la Europa de la posguerra es sorprendente. Algunas de los principales protagonistas de este milagro económico que derivó en la construcción de la Unión Europea eran antiguos miembros del partido nazi”.

Hermann Josef Abs, el banquero que sirvió a los nazis y ayudó a reconstruir Alemania Occidental. "Un Rey fiduciario" reza la leyenda de la foto. Lo que realmente se pensaba de él es otra cosa, David Rockefeller lo tildaría en 1960, en entrevista para la revista "Times", como "un egoísta y ruin vanidoso lleno de ambición, la clase de tipo del que no conviene fiarse especialmente". El predecesor de John McCoy, "Virrey" de la Alemania de posguerra, General Lucius Clay nombró a Abs para organizar el reparto de los fondos provenientes del Plan Marshall bajo nombre de Instituto de Crédito para la Reconstrucción y era, tras bastidores, el consejero financiero de Adenauer. 

De la CECA se pasó al "Tratado de Roma" (1957) de donde surgiría luego la "Comunidad Económica Europea"... y la Unión Europea. Todos hemos oído alguna vez de la conocida frase de posguerra: "el milagro económico alemán", fue cierto!, no solo fueron los préstamos del 'Plan Marshall', la nueva visión de Europa fue impulsada por el conglomerado industrial cuya prerrogativa era "la época de los políticos ha demostrado su fracaso, es tiempo de dar pasó a los industriales". Mas, ese modelo fue edificado sobre el conocido programa nazi, es decir: crimen organizado al mejor estilo de la mafia, asesinatos masivos, explotación laboral, etc. Para evitarse los escándalos en la posguerra contra aquella banda de delincuentes de despacho se crearon insignificantes 'Fondos de Compensación' para las víctimas, los poderosos industriales jamás aceptaron su responsabilidad legal.

El 'Movimiento Sinárquico de los Imperios', financió y encumbró en el poder a los nazis, esta poderosa alianza se compone, entre otros, con la oligarquía económica europea: industriales, banqueros, aristócratas e integrantes de sociedades secretas de corte masónico. En muchas ocasiones se los identifica con distintos nombres, su objetivo final sería establecer una dictadura sinarquista, una moderna y global versión del Imperio Romano, la Unión Europea es una de esas etapas. Por lo visto ésta asociación sigue reinando en Europa. (VER referencias sobre la sinarquía en notas a píe de página)

A continuación, demos lectura al caso de dos asesinos de despacho (Best-Speer).

Tito Andino U.



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    Werner Best y Albert Speer


por Bernd Martin
RdL (Revista de Libros)


En su acusación de 1972, la fiscalía de Berlín describió a Werner Best –en su día el tercer hombre después de Heinrich Himmler y Reinhard Heydrich dentro del aparato de terror nacionalsocialista– como «por sus características y posición uno de los nacionalsocialistas más importantes y ejemplo de asesino de despacho». Un veredicto tan inequívoco y oficial no existe sobre Speer, el arquitecto estrella y eficaz ministro de armamento y producción de guerra de Hitler. Ambos, casi de la misma edad, pasaron por geniales organizadores en el Tercer Reich, cada uno en su campo y a su modo. Además, siendo ambos de los pocos supervivientes de las elites dirigentes nacionalsocialistas, consiguieron introducir su destacada posición en la discusión histórica general sobre el Tercer Reich después de 1945.

Si Best, el mayor de los dos (nacido en 1903, se había extendido en numerosos escritos antes y después de 1933 sobre el carácter del Estado autoritario del Führer y el cometido de la policía en el Estado nacional, mostrándose por tanto como teórico nacionalsocialista, Speer, el más joven (nacido en 1905), estaba libre de tal falta. Entregado por completo al delirio y las tentaciones de la técnica y lo fáctico, Speer no había encontrado tiempo para teorizar, y sólo en la prisión de Spandau comenzó a escribir y justificar su actividad. A pesar de ello, había sido un asesino de despacho jurídicamente perseguible, toda vez que dirigió a 70.000 colaboradores en el momento cumbre de su poder, siendo incluso más influyente y responsable de más víctimas que el jurista administrativo Werner Best, menos afamado y fuera de las candilejas políticas.

El año pasado (1996) aparecieron en Alemania tres libros de historia contemporánea que han provocado de nuevo acaloradas discusiones sobre los responsables de la muerte de millones de judíos europeos. Después de cincuenta años aún no ha concluido la búsqueda de los asesinos, y ahora la segunda generación aborda los crímenes de sus abuelos, sacando a la luz diferentes grados de implicación individual o del pueblo alemán en su conjunto, lo cual, en muchos aspectos, se parece a una dolorosa revaluación del genocidio. Daniel Goldhagen y su polémica obra Hitler's willingexecutioners. Ordinary germans and the Holocaust (Hitler y sus verdugos voluntarios. Los alemanes normales y el Holocausto) pertenecen a esta segunda generación. Ya veinte años antes, su padre, Erich Goldhagen, había definido el antisemitismo de las clases dirigentes nacionalsocialistas como un sucedáneo religioso que prometía la redención. El hijo sólo tuvo que dar el paso hacia la culpabilización colectiva de todos los alemanes –aunque desde entonces haya corregido parcialmente su juicio y admitido ciertos sesgos, sobre todo en la utilización de las citas. Pero la culpabilización colectiva, ya incluida en abril de 1945 en las directivas de la ocupación americana, y que deriva en su origen de una representación puritana de la culpabilidad, no ha contribuido sustancialmente al esclarecimiento de los hechos, ni al final de la guerra ni cincuenta años más tarde. Puesto que, si todos eran culpables, en el fondo no lo era nadie, sino que todos resultaron –y eso es lo que, de hecho, creyó la mayoría de los alemanes en la posguerra– más o menos víctimas de una catástrofe o de un seductor demoníaco, Adolf Hitler.

Frente a esto, la discusión sobre la responsabilidad de las elites funcionales de primera línea (como Speer y Best, pero también los «Gauleiter», como Arthur Greiser en el Wartheland), y de segunda línea (como los ejecutores, los comandantes de los campos de concentración, sus verdugos y los «hombres normales» en los batallones de policía y las Unidades de Acción [«Einsatzgruppen»]) lleva a resultados muchísimo más específicos. Entre las muchas publicaciones orientadas hacia esos responsables, los estudios biográficos que presentan Ulrich Herbert sobre Best y Gitta Sereny sobre Speer han encontrado la mayor resonancia, aunque sea en círculos distintos.


Los historiadores académicos celebraron el libro de Ulrich Herbert, profesor de historia de la Universidad de Freiburg, como el comienzo de una nueva época en la investigación del nacionalsocialismo. Por el contrario, el enfoque psicologizante de la publicista británica de origen judío-magiar Gitta Sereny no siempre ha encontrado aprobación académica, aunque sí un considerable eco entre los lectores «normales» pero interesados en la historia contemporánea. Aunque sólo sea por sus distintos destinatarios, no puede compararse el estudio científico de Herbert con el ensayo de Sereny, basado en pesquisas periodísticas. Con todo, a la postre ambos descubren a su respectivo asesino de despacho como tal.

Siendo Speer y Best supervivientes del más alto rango de la dirección nacionalsocialista –el primero del aparato gubernamental y el segundo de los servicios de seguridad–, los dos se salvaron de ser ahorcados, a diferencia de la mayoría de los principales criminales de guerra juzgados en Nuremberg y de los otros mil aproximadamente que fueron ejecutados por las fuerzas aliadas. Ambos sobrevivieron gracias a la favorable coincidencia entre ciertas casualidades externas y su propio proceder táctico. Best, por ser entregado por Dinamarca donde había gobernado moderadamente durante dos años y medio como Reichsprotektor, se salvó de la horca –en la que indudablemente habría terminado como responsable de la planificación de la invasión salvaje de Polonia por las unidades del servicio de seguridad en septiembre de 1939. Speer presumiblemente salvó su vida gracias a una confesión de culpabilidad parcial que, a los ojos de los jueces de Nuremberg, lo hizo aparecer como un acusado especial, hipotéticamente arrepentido y dispuesto a declarar. Si la acusación hubiese podido demostrar en 1946 lo que Speer mismo –según Sereny– confesó sólo cuatro años antes de su muerte (1981), a saber, que consintió el asesinato de los judíos, con mucha probabilidad habría terminado ahorcado. En lugar de eso, Speer cumplió una condena de veinte años por su participación en la utilización de trabajadores forzados. Por eso mismo fue condenado a muerte el «Gauleiter» Sauckel, responsable de reclutar los esclavos extranjeros y subordinado de Speer. Por otro lado, Best inicialmente fue condenado a muerte por los daneses, después indultado y condenado a cadena perpetua y, finalmente, tras seis años de prisión, gracias a la intervención del Gobierno alemán se benefició de una amnistía del rey danés en 1951. Todos los intentos de procesar a Best por su participación en el asesinato de 8.723 judíos, religiosos e intelectuales polacos, fracasaron finalmente por la benevolencia de la justicia, que no quiso incomodar al senil acusado en nombre del pueblo alemán.


El trato que recibió el presunto asesino Best por parte del público alemán fue triplemente escandaloso: en el sentido jurídico, en el social y, específicamente, en el histórico. No sólo no fue procesado, sino que tampoco sufrió rechazo social alguno y trabajó con éxito como asesor jurídico en el potentísimo grupo industrial Stinnes. Además transmitió su punto de vista sobre «un Tercer Reich con especial consideración hacia una política de ocupación limpia» a historiadores de primera fila que lo siguieron con gusto. Sólo el voluminoso estudio de Herbert ha terminado, aunque con bastante retraso, con el mito de las irreprochables actividades del alto funcionario, fiel a sus deberes y a las leyes. También en el caso de Speer, quien en sus Erinnerungen (Memorias) de 1969 se había creado el mito del buen amigo de Hitler que estaba en la inopia, no fue hasta principios de los años ochental y, por tanto, después de su muerte y antes de la publicación del libro de Sereny, cuando se destruyó definitivamente su mito. Los historiadores, tanto alemanes como extranjeros, habían peregrinado masivamente a la casa burguesa de Speer en Heidelberg para disfrutar de la apreciada atención del último testigo vivo del nacionalsocialismo, aceptando de buena fe todas las leyendas que ponía en circulación, como por ejemplo su desconocimiento de la persecución y exterminio de los judíos. La sociedad alemana de aquellos años parecía tener una asombrosa afición por aquellos personajes supervivientes del Tercer Reich, símbolos de la superación de la derrota y de todas las agresiones sufridas a partir de 1945. Desde el punto de vista de la generación socializada por el nacionalsocialismo, «no todo fue malo entonces». Sobre todo Speer, con sus magníficas construcciones y la organización de la economía de guerra, sustentaba estas opiniones.

Tanto Best como Speer provenían de familias burguesas y, nacidos en 1903 y 1905 respectivamente, pertenecían a la llamada «generación de jóvenes de la guerra» a los que no había sido concedida la «revelación» de la experiencia bélica. Best, por su lado, compensó esta deshonra y su experiencia de la ocupación de las fuerzas francesas cuando era estudiante de derecho a base de radicalismo nacional, declarándose seguidor del «realismo heroico»2 tras su encuentro con Ernst Jünger. Frialdad, dureza y realismo eran los lemas de los alemanes en su lucha nacional contra la amenaza interna y externa del liberalismo; el pueblo mismo se convirtió en una comunidad de sangre y cultura, recibiendo así un valor absoluto. Este conglomerado ideológico de la «revolución conservadora», ampliamente aceptado por los intelectuales de la república de Weimar y, sobre todo, por los estudiantes, fue consecuentemente perfeccionado por Best en el sentido de una ley vital (Lebensgesetz) racista. Como vanguardia intelectual del exterminio, tuvo la oportunidad en la central de la Gestapo en Berlín en 1935 de justificar la ética pervertida de las SS y de los grupos de seguridad, que mantenía la pureza al precio de obligar a proceder de la manera más terrible. El discurso de Posen de Himmler en octubre de 1943, en el que justificó el exterminio del pueblo judío como un acto puro en el sentido de una elevada necesidad nacional, no fue sino el resultado de los adoctrinamientos teóricos provenientes de Best y su actividad práctica dentro de las SS. Best, desde dentro de la Gestapo de 1935 a 1940 en Berlín, formó el núcleo de personas destinadas a las acciones de exterminio en el Este. Dos tercios de los hombres dirigentes de la Gestapo y de las SS tenían en 1939, como Best, menos de 36 años y habían estudiado Derecho, al igual que él.
  

Tanto, Werner Best como Albert Speer comparecieron ante el Tribunal de Nuremberg, el primero, en 1946, como testigo y; el segundo, en 1945 ,en calidad de acusado.

La formación de esta elite académica de verdugos fue la contribución más importante de Best al genocidio de los «subhombres» (Untermenschen) judíos y eslavos que se inició en septiembre de 1939 en el Este. 
Esta elite de las SS provenía de aquella sociedad alemana, destruida por los tratados de Versalles, la república de Weimar, y la revolución nacional hasta tal extremo, que no sólo siguió a los asesinos voluntariamente, sino que asumió su ideología de exterminio. En Rusia, la Wehrmacht, desde su conciencia militar, luchó «limpiamente», aun cuando ciertas unidades fueron destinadas a la liquidación de los presuntos partisanos judío-bolcheviques y de sus escondites, los pueblos donde vivía la población civil inocente.

En mayo de 1940, el ideólogo de las acciones de la policía nacional tuvo que abandonar la Oficina Central de Seguridad del Reich, a instancias de su superior Heydrich, para quien Best era demasiado independiente y exitoso. Éste, lejos de enrolarse en las unidades de seguridad (SD) del Este, siguió una formación intensiva de dos meses en el ejército. Como jefe del departamento de administración del estado mayor del comandante militar en Francia, el joven soldado Best reanudó rápidamente sus antiguas tareas burocráticas. Impulsó la vigilancia administrativa y obligó así a las autoridades francesas a colaborar con el victorioso ejército alemán. Esta colaboración fue aprovechada por Best de modo muy eficaz en lo tocante a la deportación de los judíos franceses. En lugar de seguir las órdenes de Berlín, que pedían el fusilamiento de los rehenes en cuanto se produjeran atentados contra el ejército, los judíos, culpables siempre de todo lo que ocurriera, fueron deportados al Este. Con su frío realismo y aparente deferencia, Best evitó que en Francia se produjeran «condiciones polacas», política que prosiguió como Reichsprotektor en Dinamarca desde noviembre de 1942.

Werner Best en uniforme diplomático al ser designado Ministro Plenipotenciario del Reich en la Dinamarca ocupada, en la foto junto a Erik Scavenius, primer ministro danés (1942-1943)

¿Por qué esa política dúctil e impulsada con tanto éxito por Best de que los sometidos colaboraran con el pueblo alemán conductor no fue adoptada por las SS y la dirección nacionalsocialista en el Este? Tampoco Herbert resuelve esta contradicción de la política de dominación alemana. La disposición a colaborar con los alemanes, celebrados como liberadores, era en efecto mucho mayor en la Unión Soviética que en el Norte o en el Oeste de Europa. Aparentemente fueron los prejuicios racistas de Hitler contra los eslavos y la imagen del «subhombre», compartida por la Wehrmacht, lo que impidió la colaboración en el Este. Best, por tanto, difícilmente pudo ser el «ideador de la política de exterminio» como lo estiliza Herbert, sino antes bien un pragmático del poder. Sus ámbitos de acción le fueron dictados por Hitler, y no a la inversa. Apenas pudo Best sugerir ideas a su Führer –al que admiraba mucho, pero desde una distancia realista– ni verlas sancionadas por él. Ni siquiera un analista brillante como Herbert se libra del todo de la tentación de sobrestimar a su «héroe».

Al contrario que Best, Speer no basó su relación con el nacionalsocialismo en una afinidad ideológica, sino únicamente en la singular amistad viril que le unió a Hitler, de arquitecto a arquitecto por así decir. «Si Hitler hubiera tenido amigos, yo habría sido uno de los más íntimos», así describió Speer su relación con Hitler más tarde en Spandau. El colapso psíquico de Speer en enero de 1944, ocurrido tras una disputa, como nunca la había experimentado, con Hitler, su visita de despedida en el bunker pocos días antes del suicidio de éste y, finalmente, su llanto convulsivo al conocer la muerte del Führer, subrayan esta relación personal y emocional que en muchos aspectos correspondía más a la de un padre y un hijo que a la del dictador y su ministro. En su «lucha con la verdad», representada con gran éxito de público tras su excarcelación, Speer se centraba en Hitler como la figura del padre supremo (Übervater) y en su propio deslumbramiento3. Aunque fuese sólo en razón de las innumerables preguntas que se le hicieron, a Speer le preocuparon el destino del pueblo judío y su propia indiferencia de aquellos tiempos, pero no tanto como hubiera deseado su biógrafa Sereny, ni tanto como ella sugiere en su obra.

    Albert Speer en su uniforme de Ministro del Reich junto a Hitler en 1944.

Al igual que Best, Speer poseía una personalidad tremendamente insensible, acomplejada y vanidosa. El tímido y egocéntrico Speer, impasible y arrogante en su trato con los subordinados, se autorrealizó como el arquitecto más famoso y superministro, en el marco de una dependencia homoerótica en relación a su Führer. Con esta mezcla de vanidad, autosobreestima y ambición, poco le importaba la humanidad, tanto le daba el pueblo judío como su propia familia. Abrumado por el trabajo, Speer desconocía a sus propios cinco hijos, mientras vivió fue incapaz de desarrollar una relación emocional con ellos. A su esposa jamás, ni siquiera durante su encarcelamiento, llegó a aceptarla de igual a igual como cabeza de familia temporal, sino que la trató como una especie de jefa de negociado. Por otro lado, los judíos le eran bienvenidos como mano de obra en su megalomanía constructora. Durante los trabajos para la construcción de la metrópolis Germania, su comentario lapidario fue: «Ya en tiempos de su cautiverio egipcio los judíos pintaban ladrillos», por lo que también podían hacerlo en el campo de concentración de Oranienburg. Obstinado en afirmarse como hombre poderoso, intangible y de acción, subordinando a todos y cada uno, desde sus rivales, sus amigos más íntimos y su familia hasta los trabajadores forzados y los judíos, perdió la visión global de su colosal imperio, no siendo consciente de las consecuencias de semejante actuación. Exceptuando a Hitler, todo el mundo le era indiferente. Sólo ante él quería y tenía que validarse, de tal manera que llegó a autoconvencerse de que sería su sucesor natural.

Ambos libros, cada uno a su manera, son seguramente obras maestras. Herbert convence por su rara síntesis de historia política y social con esbozos biográficos. Werner Best es mostrado como un producto de su tiempo, comparándolo con su entorno temporal desde los inicios de la república de Weimar hasta los tiempos de la República Federal de Alemania. Herbert realmente escribe la historia de los alemanes de este siglo, tomando como ejemplo la persona de Werner Best para mostrar el camino errado del pueblo alemán. Qué grado de representatividad real y qué grado de poder poseía Best son preguntas ante las que se dividen las opiniones en las numerosas recensiones de esta obra, que rápidamente se ha convertido en bestseller en Alemania.

El libro de Gitta Sereny sobre Speer, aun más voluminoso que el de Herbert sobre Best, cubre sobre todo los doce años de actividad oficial de Speer en el Tercer Reich. A ratos se lee como un comentario crítico y complementario a las Erinnerungen de Speer. El período de los juicios de Nuremberg, el encarcelamiento en Spandau y la libertad, recuperada a partir de 1966, se tratan como un anexo a la etapa de sus cargos oficiales. La autora basa sus afirmaciones en un gran número de conversaciones personales con el mismo Speer, su mujer, sus hijos y amigos de la familia. El producto final de esta historia oral no contiene apenas errores históricos, presumiblemente en razón de las sólidas investigaciones de la propia autora. Sin embargo, al centrarse en preguntas muy simples sobre el conocimiento, la culpabilidad y el arrepentimiento de Speer, deja de lado parte de la compleja realidad del Tercer Reich, haciendo próximas, sin embargo, al público en general las acciones e implicaciones del personaje. Speer ocupa sin duda el centro de la obra de Sereny, mientras que Herbert simplemente deja pasar la sombra de Best por la historia de Alemania.

¿Es la elite intelectual la autora y responsable, al fin descubierta, del terror y genocidio nacionalsocialista? Ciertamente no. La traición de los intelectuales, su función de vanguardia en el establecimiento de regímenes fascista-autoritarios se pueden encontrar tanto en la Italia y el Japón de aquellos años como en la Alemania de Hitler. 

La novedad de estos libros consiste en revelar el alto grado de corresponsabilidad en las funciones del régimen de individuos hasta ahora subestimados como Speer y Best. Sin embargo, todo intento centrado en un grupo de culpables induce a error y a sobrestimar a los individuos. Los intelectuales responsables representaban la elite del pueblo. Sus acciones sólo podían desarrollarse con el consentimiento tácito de este pueblo. Tal vez no exista la culpa colectiva de los alemanes, pero sí una responsabilidad colectiva de todos los alemanes, tanto de aquella generación como de la actual, en el capítulo más siniestro de su propia historia. La mayoría de los alemanes fueron ejecutores voluntarios de las fantasmagorías de Hitler, pero ello no los hace responsables directos del asesinato del pueblo judío.


Bernd Martin
Traducción de Uta Beeg


APÉNDICE:

Nota final del editor del blog

Karl Rudolf Werner Best (1903 - 1989) Doctor en Derecho, político del NSDAP, Obergruppenfuhrer SS, Jefe de Personal de la Oficina Central de Seguridad del Reich (Oficina AMT I), Director adjunto de la Gestapo. Miembro fundador de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), se le atribuye la concepción y la formación inicial de los llamados Einsatzgruppen.​ Desde 1934 hasta 1940 Adjunto de Reinhard Heydrich en el SD (Servicio de Seguridad de las SS). Como Oficial de alto rango fue nombrado Adjunto Judicial del Gobierno Militar Alemán en la Francia ocupada (Militärbefehlshaber in Frankreich) entre 1940 y 1942. Designado Plenipotenciario del Reich (Reichsbevollmächtigter) para la Dinamarca ocupada en 1943 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Werner Best fue arrestado el 21 de mayo de 1945 en Dinamarca a la espera de juicio, transferido en calidad de testigo a los procesos de Nüremberg, en 1946 un tribunal danés le condenó en primera instancia a muerte, la revisión del juicio lo sentenció a 12 años de prisión por su responsabilidad como Comisario del Reich en Dinamarca; sin embargo, la fecha mágica (1951) marcó su libertad, siendo expulsado a la Alemania Occidental. En 1972, Polonia solicitó la extradición de Best para que respondiese por sus acciones en territorio polaco en 1940, solicitud denegada por el gobierno alemán...por razones de salud (?)... murió en 1989.




Albert Speer (Berthold Konrad Hermann Albert Speer) 1905 - 1981. Arquitecto alemán y Ministro de Armamento y Producción de Guerra del Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Speer mantuvo durante el conflicto una elevada producción de material bélico no obstante los devastadores bombardeos aliados sobre Alemania. Fue procesado en Núremberg donde interpretó el papel de "nazi bueno" (por supuesto mintiendo descaradamente), su convincente actuación en juicio evitó la ejecución en la horca, sentenciado a veinte  años de prisión basados por la utilización de trabajadores forzados en la producción de guerra (otras influyentes amistades, tanto alemanes como foráneas, mediaron e intercedieron en su caso ante el fiscal americano Robert H. Jackson). Contrario a sus aspiraciones debió cumplir toda su condena en la prisión de Spandau. Tras su liberación (1966) publicó dos libros autobiográficos: Memorias: Hitler y el Tercer Reich vistos desde dentro y Diario de Spandau. Su papel de "nazi bueno" fue desenmascarado demasiado tarde, Speer estaba tan lleno de sangre como sus otros colegas ajusticiados. El "mito" de Speer se desmoronó con investigaciones entre las que destacan 'Albert Speer: His battle with truth' de Gitta Sereny; 'The Wages of Destruction' de Adam Tooze  y 'Das Ende einesMythos. Speers wahre Rolle im Dritten Reich' de Matthias Schmidt. Esos autores resaltan que el compromiso ideológico de Speer con la causa nazi era mucho más que las negaciones, lamentos y 'arrepentimientos' afirmados por Speer en juicio y la posguerra. Speer conoció profundamente los pormenores del holocausto y del inhumano uso de esclavos para la producción de guerra. Como cualquier desalmado de su calaña, resultó ser un vulgar ladrón de arte expoliado a las víctimas del régimen nazi, una de sus últimas acciones antes de morir fue la venta anónima en subasta de cuadros robados durante la guerra, algo que le permitió embolsarse un millón de marcos alemanes de la época (1981).

Notas

Los asesinos de despacho
Sobre Speer: Un genio de la adaptación
El destino de la Alemania vencida fue manipulada por los anglo-sajones
SINARQUISMO: Una visión para principiantes (I)
SINARQUISMO: Una visión para principiantes en Video (II)
Las Raíces Nazis de la "UE de Bruselas"
El juicio que obligó a Alemania a enfrentar los horrores de Auschwitz


1. M. Schmidt: Albert Speer. Das Ende einesMythos. Speers wahre Rolle im Dritten Reich (El fin de un mito. El verdadero papel de Speer en el Tercer Reich), Bern-München, 1982.
2. Contribución de Best a la recopilación de Ernst Jünger, Krieg und Krieger (Guerra y guerreros), publicada en 1930.
3. A. Mitscherlich: «Hitler blieb ihm ein Rätsel. Die Selbstblendung Albert Speers», en Adalbert Reif (ed.): Albert Speer. Kontroversen um ein deutsches Phänomen (Albert Speer).
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