Tito Andino
Recopilación, resumen y comentarios de
varios artículos.
El polémico e influyente intelectual francés, Emmanuel Todd, expresó: “Estados Unidos ha renunciado al modelo democrático-liberal para transformarse en un sistema imperial impulsado por una irracional embriaguez de violencia”.
La historia se repite
Siempre será importante recordar hechos pasados. Tengo en mente siempre una frase del investigador Daniel Estulin, hace más de una década dijo: "La Historia nos enseña por analogía, no por identidad". A ciencia cierta no se si es de su atribución personal, solo he escuchado de él, aunque podría ser que se atribuya a historiadores y filósofos del pensamiento histórico. La frase nos invita a entender que el pasado es una guía, pero no es exactamente un guion definido.
En la historia reciente de los Estados Unidos contra Irán los patrones se repiten desde el mismo día en que triunfó la revolución islámica en Irán (1979), pero las circunstancias suelen cambiar, son procesos cíclicos que se diferencian por el devenir del tiempo. En ningún caso se puede esperar que el futuro sea un "copia y pega" del pasado, sino un eco con variaciones. En ese sentido la analogía implica semejanza, una similitud estructural en un proceso preconcebido que no mide tiempo. En el caso, el objetivo desde hace más de cuarenta años sigue siendo el mismo: destruir la revolución islámica, al denominado régimen de los ayatolás por ser una amenaza existencial al poder mundial. Desde aquellas fechas se observa procesos parecidos, ataques y planificaciones de guerra. La evolución de esos procesos han sido evaluados por los estrategas estadounidenses y sus socios israelíes, se supone que les sirve para identificar señales de como reacciona el enemigo ante retos similares anteriores.
En el sentido dado, la "no por identidad" niega que la historia sea cíclica de forma exacta. Cada evento histórico ocurre en un momento irrepetible con actores, valores morales, tecnología y geografías específicas. Así tenemos que el rescate que se planeó por la crisis de rehenes en 1979 no corresponde al presunto rescate en el desierto de Isfahan de 2026, ambos en territorio iraní, ambos un fiasco militar. En el clásico error del determinismo creemos que la "identidad" nos llevaría a pensar que, si ocurre A, obligatoriamente ocurrirá B. La historia demuestra que el factor humano y el azar siempre introducen variables nuevas.
Algunos ejemplos explicativos, para mejor comprensión. Una pandemia del presente -el coronavirus- no tuvo el mismo resultado que la Peste Negra del siglo XIV (1348) porque hoy contamos con la ciencia médica y comunicaciones globales. Así, evitando simplismos, como decir que nos espera una nueva recesión económica, podríamos decir: "esto es exactamente igual a la Gran recesión de 1929". Hay rasgos análogos, pero no es una identidad.
La historia no da soluciones mágicas, sino que agudiza nuestra visión para entender las dinámicas de poder, los conflictos y la naturaleza humana. Nos enseña que, aunque conozcamos el pasado, siempre debemos estar preparados para lo inédito. La historia no es un espejo donde vemos nuestra imagen exacta, sino un mapa de un terreno similar que otro explorador recorrió antes: el clima ha cambiado y los senderos se han movido, pero las montañas y los ríos siguen en el mismo lugar.
Entremos en materia.
¿“Por qué Estados Unidos necesita de la guerra”?
Es el título de un importante artículo del Dr. Jacques R. Pauwels, escrito hace más de veinte años (2003) y reproducido en este blog. En esencia trata de un episodio histórico reciente de Estados Unidos que sigue en evolución y que explica el desarrollo de la industria bélica como motor del desarrollo y la supremacía de los Estados Unidos ante el resto del mundo, algo que parece que llegaría a su fin en esta crisis de Oriente Próximo del 2026.
En resumen y citando al Dr. Pauwels. La Gran Depresión en Estados Unidos solo terminó gracias a la Segunda Guerra Mundial. El problema clave -desequilibrio entre oferta y demanda- se resolvió porque el Estado preparó grandes pedidos de carácter militar, la industria estadounidense produjo cantidades ilimitadas de equipo de guerra, la demanda de armas fue la solución económica. Los gastos militares en el PNB aumentaron de un insignificante 1,5 % en 1939 a casi el 40% en 1945. La industria militar suministró enormes cantidades de equipos a sus aliados y hasta al enemigo, muchos se niegan a entender que las industrias, a través de las subsidiarias de corporaciones en Alemania, como Ford, GM, ITT, etc., produjeron todo tipo de aviones, tanques y otros juguetes para los nazis.
La orgía de gastos militares de Washington trajo pleno empleo para los estadounidenses comunes y corrientes, salarios mucho más altos; durante la guerra la miseria asociada a la Gran Depresión llegó a su fin, la mayoría de estadounidenses alcanzaron cierto grado de prosperidad sin precedentes. Fue la “guerra buena” que suelen invocar en los Estados Unidos. Sin embargo, los mayores beneficiarios del auge económico de la guerra fueron los empresarios y corporaciones del país, quienes obtuvieron beneficios extraordinarios. Menos de 60 empresas obtuvieron el 75% de todas las lucrativas órdenes militares y estatales.
La América corporativa se benefició de la mayor parte de los intereses generados por la compra de los famosos bonos de guerra. Los ciudadanos cegados por el pleno empleo y altos salarios -gracias a la guerra- no se percataron (hasta ahora) de la gran estafa. Por el otro lado, los estadounidenses acaudalados son muy conscientes de la forma maravillosa en que la guerra genera dinero para ellos y sus corporaciones.
El círculo fue vicioso y lo sigue siendo hoy. El gobierno financió sus disparados gastos militares para la guerra mediante préstamos otorgados por los ricos banqueros, empresarios, aseguradores y otros grandes inversionistas. No fue el sector privado quien emprendiera las nuevas inversiones, una tarea demasiado arriesgada para sus bolsillos, fue el estado quien hizo el trabajo invirtiendo 17 mil millones de dólares en los proyectos relacionados con la defensa. Aquí viene la trampa, que se repite en el presente. La trampa es que las corporaciones privadas “alquilaron” las nuevas fábricas para producir y ganar dinero vendiendo la producción al estado. Cuando terminó la guerra, el estado decidió deshacerse de esas inversiones ya no necesarias, y -como no-, las grandes corporaciones las adquirieron a mitad de precio, en muchos casos solo por un tercio del valor real. Además, el gobierno de Estados Unidos tuvo que pagar las elevadas facturas presentadas por las corporaciones y otros proveedores de equipos de guerra a través de impuestos y préstamos, elevando la deuda pública de 3 mil millones de dólares en 1939 a no menos de 45 mil millones de dólares en 1945.
Campaña de los Estados Unidos dirigida a la población para la compra de BONOS DE GUERRA durante la segunda guerra mundial. Esta es solo una muestra, en estas imágenes se utiliza las figuras de conocidos militares como Eisenhower, Marshall, Patton, MacArthur, Stark. Lo característico de esta propaganda es que se hace a nombre de empresas privadas que producen armamento.
Desde entonces la deuda pública ha venido subiendo a un ritmo vertiginoso, en un corto lapso, entre el fin de la guerra mundial e inicios de la Guerra Fría en 1945, era ya de 258 mil millones de dólares; en 1990 -cuando la Guerra Fría tocaba a su fin– ¡ascendía a 3,2 billones de dólares! Para 2002 la deuda pública estadounidense alcanzó los 6,1 billones de dólares, convirtiéndose en el mayor deudor del mundo.
Lo incomprensible es que el gobierno federal pudo haber cubierto ese costo gravando las enormes ganancias obtenidas por las corporaciones en la carrera armamentista, pero jamás hubo intención de hacer tal cosa. En 1945 las corporaciones aún pagaban el 50% de todos los impuestos, iniciada la Guerra Fría la proporción se redujo constantemente, hoy es sólo aproximadamente al 1%. ¿Por qué?
Las grandes corporaciones determinan -en gran medida- lo que el gobierno puede o no hacer en el campo de la política fiscal. La reducción de la carga fiscal de las empresas tras la guerra mundial fue más sencilla, esas empresas se transformaron en multinacionales, “en casa, en todas partes y en ninguna”, les resultó fácil evitar pagar impuestos en cualquier lugar. “En Estados Unidos, donde se embolsan las mayores ganancias, el 37% de todas las multinacionales estadounidenses -y más del 70% de todas las multinacionales extranjeras- no pagaron un solo dólar de impuestos en 1991, mientras que las multinacionales restantes remitieron menos del 1% de sus ganancias en impuestos”.
Un ejemplo del presente es la asistencia militar estadounidense a Israel, oficialmente son 3.800 millones de dólares anuales. ¿Quién lo paga?, los simples ciudadanos a través de sus impuestos. Según el embajador de EE. UU. en Israel, Mike Huckabee, ese dinero retorna directamente a Estados Unidos y sirve para comprar sistemas de armas. Bueno, si no entendemos mal, el gobierno de EE. UU. envía 3.800 millones a Israel cada año para asistencia militar, el gobierno de Israel “retorna” ese dinero, no al estado, sino a los fabricantes de armas, que apenas pagan el 1% en impuestos. Algo no me cuadra en las operaciones aritméticas. ¿Nos gustaría conocer cómo justifican en las arcas del Tesoro estadounidense el “tremendo” negocio que describió Huckabee?. Es evidente que 3.800 millones de dólares es una cifra que se queda muy corta para la magnitud del gasto del ejército israelí, solo conocemos la cifra “oficial” de ayuda que se da a conocer a la opinión pública.
Organizaciones judías en Estados Unidos de defensa proisraelí (como la conocida “Calle J”) están cambiando su política, ahora piden el fin del apoyo militar "directo" de EE. UU. a Israel, expresan que el suministro continuo de sistemas de armas defensivas, el reabastecimiento de la Cúpula de Hierro de Israel, sin costo alguno para los israelíes debe cesar. Israel debería pagar de su propio bolsillo si quiere armas estadounidenses. Afirman en “Calle J”: “EE. UU. debería seguir vendiendo capacidades de defensa aérea de corto alcance y misiles balísticos a Israel, pero Israel debería usar su propio dinero para pagarlas”, su presupuesto de defensa anual de más de 45 mil millones de dólares lo permite. "No necesita casi 4 mil millones de dólares al año en subsidios financieros de EE. UU. para comprar armas". Esta posición simplemente refiere al hecho de que esa asistencia es innecesaria y contraproducente, está creando tensiones en la política interna de Estados Unidos y su relación con Israel.
Es la política de los ricos y poderosos, los grandes líderes de la supuesta libre empresa de Estados Unidos son los que realmente dirigen la política de los Estados Unidos, se oponen a cualquier forma de intervención estatal en la economía, su riqueza colectiva nunca podría proliferar como lo hace durante épocas de guerra, las guerras son “buenas” para ellos, en una guerra se gana mucho más dinero que produciendo armas en tiempos de paz. Maximizar ganancias, actividad clave de la economía capitalista estadounidense, se absorbe mejor de la guerra que de la paz y el estado debe cooperar para promover los intereses de la América corporativa: dinero, privilegio y poder.
A mediados de 1945 la guerra había culminado, en consecuencia, la fuente de fabulosos beneficios terminaría. El futuro era “triste” para los políticos e industriales de Estados Unidos, no querían una nueva “Gran Depresión”, los trabajadores tendrían que ser despedidos, millares de veteranos de guerra volverían a casa en busca de un trabajo civil, desempleo, disminución del poder adquisitivo, no habría demanda. En sí eso no es un problema para los ricos y poderosos, lo que si afecta es que sin guerras sus astronómicas ganancias tienen su límite, tal catástrofe tiene que ser prevenida, ¿cómo?... nuevas guerras, sean conflictos de bajo intensidad, guerras frías o algo calientes, todo vale.
Una “guerra” triunfó sin necesidad de hacer uso de las armas, duró muchas décadas y consolidó al Complejo Militar Industrial estadounidense, al Estados Unidos corporativo, al Estados Unidos de los superricos, necesitados de nuevos enemigos para justificar los desmesurados gastos de "defensa” que mantienen las ruedas de la economía. La Guerra Fría no la inició los soviéticos, fue iniciativa del complejo “militar-industrial” estadounidense, el presidente Eisenhower fue quien acuñó ese término para aquella élite de individuos y corporaciones adineradas que han sacado provecho de la “economía de guerra”.
Queda claro que gran parte de la economía estadounidense es una economía basada en la guerra, aún en tiempos de paz, constituye de las principales fuentes de ingresos y empleo para el país más poderoso del mundo. El Pentágono es el ejemplo, una enorme burocracia bien pagada, de lo contrario estaría desempleada causando conflictos sociales. En EE. UU. la construcción y mantenimiento de buques de guerra, portaaviones, tanques, aviones hipersónicos de quinta generación, satélites espías, submarinos atómicos, sistemas de misiles, drones asesinos, armamento ligero y municiones, entre muchas otras cosas, aseguran el empleo bien remunerado de decenas de miles de obreros, ingenieros, técnicos especialistas, diseñadores, contables, consultores, etc. ¿A alguien le sorprende que en los EE. UU. los generales recién retirados del Pentágono reciban ofertas de trabajo como consultores de grandes corporaciones involucradas en la producción militar, y que los empresarios vinculados con esas corporaciones sean designados regularmente como funcionarios de alto rango del Departamento de Defensa, asesores presidenciales, etc.?
Pregúntese: "¿Qué sería de la economía estadounidense si en cierto momento decidiera prescindir de toda su industria militar, abandonando cualquier pretensión de sostenerse como la primera potencia bélica del planeta? Eso sería tanto como preguntarse: ¿qué se va a hacer con todos esos ingenieros, obreros, diseñadores, contadores, técnicos especializados, consultores, soldados, oficiales de alto rango, con empleos muy bien remunerados en dólares? Respuesta: EE. UU. no está preparado, al menos en economía, para prescindir de su industria bélica". (Spectator)
Estado Unidos no está preparado para una paz a largo plazo, su economía se desestabiliza sin conflictos armados en el mundo; el armamento que produce tiene que usarse para poder mantener las fábricas de armamento funcionando y las fuentes de empleo seguras. Convertir una economía basada en el belicismo en una economía basada en el pacifismo resulta suicida en lo económico. Las ganancias sin precedentes fluyen no al estado, van hacia las arcas de aquellas personas extremadamente ricas que resultan ser los propietarios, los altos directivos y/o los principales accionistas de estas corporaciones.
Dos caricaturas soviéticas de la época de la Guerra Fría sobre armamento y su financiación
Con una nueva guerra los especuladores superan con creces sus mejores expectativas. Se fabrica más y más equipo bélico para el llamado "mundo libre", en realidad incluye muchas desagradables dictaduras, tienen que estar armados hasta los dientes con equipo estadounidense. Las propias fuerzas armadas de EE. UU. nunca han dejado de exigir tanques, aviones, misiles y, sí, armas químicas y bacteriológicas, entre otras armas de destrucción masiva, cada vez más grandes y más sofisticadas. El Pentágono siempre está dispuesto a pagar grandes sumas sin hacer preguntas difíciles, las grandes corporaciones han podido cumplir los pedidos… hasta que llegó el conflicto con Irán en 2026 (ese es otro tema, obviamente hubo falta de planificación, no previeron que Irán resistiría y contratacaría asombrosamente).
En la Guerra Fría y en las guerras presentes los costos no son soportados por quienes se benefician de ellas, siguen siendo pagadas con los impuestos a los trabajadores y a la clase media estadounidense que nunca recibirán un centavo de las ganancias, solo recibirán su parte de la enorme deuda pública, los costos fueron socializados sin piedad, son quienes continuarán pagando con sus impuestos una parte desproporcionada de la carga de la deuda pública… y las ganancias privatizadas en beneficio de una élite extremadamente rica.
Al finalizar la Guerra Fría (1989-1990) hubo un serio problema. Los ingenuos ciudadanos de Estados Unidos, que sabían que habían asumido los costos de esta guerra, esperaron un “dividendo de paz”. Pensaron que el dinero que el estado había usado en gastos militares podría usarse para producir beneficios para ellos: un seguro nacional de salud, beneficios sociales que nunca han disfrutado, a diferencia de la mayoría de europeos. Un “dividendo de la paz” no interesa en absoluto a la élite adinerada de la nación, la prestación de servicios sociales por parte del estado no genera ganancias para los empresarios y las corporaciones. Había que hacer algo y hacerlo rápido para evitar la implosión amenazadora del gasto militar del Estado.
El Estados Unidos corporativo huérfano de su útil enemigo soviético necesitó conjurar nuevos enemigos y amenazas para justificar un alto nivel de gasto militar. Así aparecieron Saddam Hussein y las Guerras del Golfo, Muammar Gaddafi, los terroristas islámicos de Irak, Siria, Yemen, los talibán afganos; en África, los piratas del Caribe, perdón, los piratas somalíes, Yugoeslavia, o cualquier “nuevo Hitler” terriblemente peligroso, como los países del “eje del mal”, incluso Cuba no les viene mal, al igual que los narcoterroristas tercermundistas contra quienes ha sido necesario librar una guerra. Existen otros potenciales candidatos: China y Rusia, pero no se atreven, son potencias nucleares, al igual que Corea del Norte. Irán es hoy el enemigo razonablemente lógico para la propaganda.
Luego de Irán -si les resulta su maltrecho plan- podría ser que China sea proclamada la nueva némesis de Estados Unidos, pero es arriesgado, es una nación nuclear y muchas grandes corporaciones ganan buen dinero comerciando con China. Se requiere amenazas menos riesgosas, pero que sean creíbles para mantener el gasto militar en un nivel suficientemente alto. La lucha contra el “terrorismo” y el "narcotráfico" han sido básicamente la justificación “razonable” desde el fin de la Guerra Fría (allí se incluye a Irán y al “Eje del Mal”). Luego, ¿qué vendrá?... ¿una presunta invasión extraterrestre?, hay rumores de la “desclasificación” de archivos al respecto…
El profesor Pauwels concluye que “la América de la riqueza y el privilegio está enganchada a la guerra. Sin dosis regulares y cada vez más fuertes de guerra ya no puede funcionar correctamente, es decir, producir las ganancias deseadas”. En este momento, esa adicción está siendo satisfecha por medio del conflicto contra Irán, que al igual que fue Irak, ha sido también deseada por los corazones de los magnates del petróleo. Que haya una nueva recesión económica de carácter global les tiene sin cuidado, mientras fluyan las ganancias consolidarán su poder sobre una masa empobrecida que correrá a pedir su protección.
¿Alguien cree que el belicismo se detendrá alguna vez? ¿Quién será el próximo señalado con el dedo? El enemigo de turno pronto llegará…
Esta larga argumentación es necesaria para entrar al tema de actualidad: La guerra de los especuladores financieros de Estados Unidos/Israel en el conflicto contra Irán, que lo revisaremos en la segunda parte.
Epílogo
Es necesario reforzar o actualizar el artículo del Dr. Pauwels, en un nuevo contexto, una realidad del presente. Hace pocos días se publicó un interesante artículo, Carlos Boix en "El mito que no morirá: ’La guerra es buena para la economía’ " (mises.org - abril 2026), hace un análisis concordante al del Dr. Pauwels, pero enfocado en la actualidad, con la vivencia de la crisis bélica en Oriente Próximo, merece ser citado, resumido con sus propias palabras.
Nada aumenta el poder estatal como la guerra, es la excusa para imponer todo tipo e impuestos hasta llegar a la confiscación, restricción de la libertad de expresión, creando el mito del gobierno protector. En el caso de los Estados Unidos las guerras dan beneficios económicos y de otro tipo, para ciertos individuos o grupos, no para la comunidad en general. Por sentado que la guerra no beneficia a la sociedad, solo trae muerte y destrucción.
Los estímulos económicos se redireccionan al campo militar, se aumenta el dinero y el crédito a niveles sin precedentes para financiar un gasto público exorbitante en favor del sector privado de la industria armamentista. Son solo gastos, pronto escasearan los recursos, la realidad se impondrá, no hay suficientes medios para sostener el aparato estatal, por mucho dinero que imprima el gobierno que llevará a un periodo de hiperinflación; al contrario, si se detiene tendremos una recesión.
El gobierno necesariamente toma recursos de la esfera productiva -recursos reales que la gente exige- y los redirige a usos que la gente no exige, como rellenar formularios, fabricar uniformes militares o fabricar municiones. El gobierno podría gravar o inflar lo suficiente para emplear a todos en una economía, pero ese empleo quitaría recursos a la comunidad, no los aumentaría más. Solo sería un desperdicio de potencial. Este tipo de uso del empleo solo empobrece a todos. Así es como se ve el pleno empleo en la guerra. Al principio da la impresión de pleno empleo, pero cuando termina la guerra, el repunte posterior del desempleo no se debe a que el gobierno no gaste, sino a que la comunidad ha quedado sin recursos.
La idea de que la guerra fomenta la innovación y los avances tecnológicos es contraria a la realidad. Proviene de quienes están ansiosos por justificar la guerra, en general, en el mejor de los casos, cambia poco. En lugar de innovaciones para servir mejor, la innovación en tiempos de guerra sirve al gobierno porque está destinada a mejorar las armas y el poder destructivo. Las armas y el poder destructivo no mejoran la calidad de vida de la gente, pero si mejoran la calidad de vida de quienes invierten en producirlas. Puede que la guerra mejore en algo la efectividad de la producción pero hay un efecto nulo sobre la innovación general, produce una reducción en los avances tecnológicos que necesita la sociedad.
Se cree que con la producción de guerra habrá un cambio social y político beneficioso, por ejemplo, con la entrada de mujeres en la fuerza laboral, erróneamente atribuida a la economía de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. La realidad es que estos cambios sociales ya estaban ocurriendo y los defensores de la guerra los atribuyen al gobierno y a la guerra misma. En cuanto a cambios políticos suele presentarse como propaganda del “beneficio” de una guerra. La idea es que la guerra puede derrocar un régimen opresor y crear algo mejor; los hechos históricos recientes muestran lo contrario: Siria, Irak, Afganistán son ejemplos de guerras que no han provocado un cambio de régimen o han provocado una guerra civil crónica e inestable que ha empeorado la situación de la población. Incluso las guerras pueden provocar un cambio ideológico hacia un mayor poder estatal y menos libertad individual. Hay ciertos sectores que consideran esto positivo. Políticamente, la guerra solo beneficia a un grupo selectivo y al gobierno.
Sería absurdo imponer una “revelación”: Ninguna guerra tiene efectos positivos, los únicos beneficiarios en el campo económico son las empresas del Complejo Militar Industrial que se aprovecha del trabajo de los ciudadanos que pueden llegar a convertirse en guerreros y luchar entre sí, en lugar de intercambiar mercancías y servicios, ya que una verdadera economía de mercado significa cooperación pacífica. La provocada por los gobiernos de Israel y Estados Unidos contra Irán será, como todas las demás guerras, negativa en todos sus aspectos.
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