Introducción por el editor del blog.
Ya hemos expresado en artículos anteriores sobre la preocupación y temor de que la militarización de la mentalidad alemana sigue vigente en sus élites, sin que sean capaces de percibir los ecos del pasado, es decir, aquellas eras del militarismo prusiano y el rearme alemán en la primera mitad del siglo XX.
Aquí le ofrecemos un par de curiosidades históricas de dos célebres alemanes de las letras que nos lleva a analizar los trágicos sucesos de las guerras mundiales, fueron visionados por hombres sabios como Johann Wolfgang von Goethe y Thomas Mann.
Goethe
Más allá de su genio literario, Goethe también intuía el alma germana. Durante la llamada ‘Guerra de Liberación’ a principios del siglo XIX contra Napoleón Bonaparte, a pesar de que Goethe fue “hijo de la Ilustración y admirador de Napoleón, a quien él creía que encarnaba los valores ilustrados, se mantuvo indiferente y advirtió a su pueblo sobre su abrazamiento del nacionalismo y el militarismo. Sentía que no se podía confiar en los alemanes para ejercer contención y racionalidad cuando estaban energizados por la ambición militar debido a lo que él entendía como la psique de un pueblo 'claustrofóbico' y sin salida al mar. Si se vieran estimulados a competir con otras potencias en el ámbito de la política internacional y la guerra, razonaba Goethe buscarían ampliar sus fronteras y se verían envueltos en esfuerzos militaristas que conducirían a excesos de control y, eventualmente, a un desastre previsible”.
En contrapartida, Goethe instó a los alemanes a invertir en "cultura y espíritu", que en ves de ese espíritu militar deberían centrarse en conquistar el mundo con el talento en todo el espectro de la música, la filosofía, el comercio y las ciencias. La gente no lo comprendió, pensaron que su postura antinacionalista y su renuncia a la guerra era una forma de traición.
Décadas después de su muerte, Prusia embanderó la unificación de los pueblos germanófonos, el nacimiento del Imperio Alemán llegó en 1871 con la derrota de Francia (guerra franco-prusiana 1871). El auge del militarismo quedó sellado con la destrucción de Alemania en dos sangrientas guerras mundiales, validando los temores de Goethe.
“Erwachende Germania” (El despertar de Germania), de Christian Köhler, 1849, La pintura representa una "Germania" alegórica, un anhelo por un segundo imperio, simbolizaba los esfuerzos de mediados del siglo XIX por unificar a los estados alemanes. Germania aparece como una guerrera, despertada de su letargo por la llegada de un poder maligno, protege con una mano la antigua corona imperial alemana y con la otra empuña su espada. Espíritus protectores flotan sobre ella: uno sostiene la balanza de la justicia y el otro, la bandera propuesta para una futura Alemania reunificada.
En el presente son escasos los filósofos alemanes que examinan el alma alemana, tal como lo hicieron figuras como Goethe, Holderlin, Heinrich Heine, Thomas Mann, entre otros. Thea Dorn (seudónimo de Christiane Scherer), coautora de “Die deutsche Seele” (El alma alemana, 2011), se lamenta la actual falta de pensadores alemanes. No es necesario aceptar un comentario filosófico para entender las implicaciones de que "Alemania está cayendo por la misma pendiente resbaladiza que ya siguió un par de veces en el último siglo", comentaba una persona ajena a la cultura alemana, el ministro de relaciones exteriores ruso, Sergey Lavrov.
Para la posguerra, se propuso el ‘Plan Morgenthau’, abandonado al poco, se pretendía desmilitarizar Alemania para que no fuera más una fuente del militarismo y nacionalismo ciego; en la práctica se hizo todo lo contrario, Occidente creó la Bundeswehr, sumándola a la OTAN. Según Lord Ismay esto serviría para "mantener fuera a la Unión Soviética, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo", reflejando la creencia entre los aliados europeos de que el poder militar Alemán se mantuviera limitado.
Conforme hemos explicado en dos ponencias anteriores, se quiere volver a construir un todopoderoso ejército, resurgiendo el militarismo alemán para -en esta ocasión- “defender” a Europa de la ya clásica “amenaza rusa”. Por el momento nos dicen que se trata solo de una demostración de fuerza, respaldada por la OTAN, para confrontar a Rusia debido a la guerra con Ucrania.
Thomas Mann
El novelista y ensayista alemán, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1929. Entre sus obras conocidas se encuentran 'Los Buddenbrook. Decadencia de una familia', ‘La muerte en Venecia’, ‘La montaña mágica’, ‘José y sus hermanos’ y ‘Doctor Fausto’.
Nos enfocaremos en un interesante ensayo literario que bien constituye un verdadero debate filosófico y cultural camuflado en narraciones, por eso suele decirse que Thomas Mann es considerado un escritor filósofo; aunque no lo fue en el sentido académico o profesional, no hace falta crear un sistema formal para dotar a la literatura de una profundidad filosófica.
‘Alemania y los alemanes’ (Deutschland und die Deutschen) es un ensayo escrito por Thomas Mann en el año 1945, surgió como una conferencia magistral pronunciada por el autor en inglés, el 29 de mayo de 1945, en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en Washington D. C., pocas semanas después de la rendición de la Alemania nazi. A juzgar por los críticos, el ensayo es una pieza de una enorme honestidad intelectual donde el propio Mann no se sitúa por encima de sus compatriotas, sino que se incluye a sí mismo dentro de esa compleja herencia cultural alemana.
Posteriormente, el texto revisado se publicó en alemán en la revista ‘Die Neue Rundschau’ y, con los años, ha sido editado de forma independiente en formato de libro corto o dentro de antologías de los ensayos políticos de Mann.

‘Alemania
y los alemanes’, originalmente surgida de una conferencia de Thomas Mann en la
Biblioteca del Congreso en Washington, D.C., en junio de 1945. Mann es un notable representante de la cultura
alemana y fue un crítico acérrimo del nazismo. En 1947, Mann preparó y revisó
su texto original en alemán, siendo publicado en formato de libro. “Lejos de
ser una simple condena del nacionalsocialismo, el ensayo investiga las raíces
históricas, espirituales y culturales de la catástrofe alemana. Mann rechaza
tanto la exoneración como la demonización simplista de Alemania, argumentando
que el nacionalsocialismo no surgió como un fenómeno totalmente ajeno a la
tradición alemana, sino más bien como una corrupción de elementos que también
habían estado presentes en sus mayores logros culturales. Recurriendo a la
literatura, la filosofía, la religión, la música y la historia, el texto
examina las tensiones entre introspección y política, universalismo y
nacionalismo, libertad y autoridad que moldearon el desarrollo del espíritu
alemán desde Lutero hasta el siglo XX”. En la derecha se muestra una selección
de discursos escritos por Thomas Mann y que fueron difundidos a través de la
BBC dirigidos al pueblo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Fue editado
posteriormente como libro: “¡Escucha, Alemania!”, subtitulado "Discursos
radiofónicos contra el nazismo 1940-1945".
El dilema de las "dos Alemanias" es abordado por Mann en su ensayo escrito desde su exilio en Estados Unidos y tras haber obtenido la ciudadanía estadounidense. Thomas Mann aborda la psicología, la historia y las contradicciones de su país natal. Analiza figuras como Martín Lutero, Goethe, el Romanticismo alemán y Bismarck, buscando comprender cómo los impulsos creativos pudieron transformarse en fuerzas destructivas. La tesis central de su ensayo sostiene de forma contundente que no existen dos Alemanias: una buena, la de los poetas y filósofos, y otra mala, la de Hitler. Argumenta que solo hay una Alemania que, debido a su propia naturaleza histórica e introversión romántica, extravió sus mejores virtudes y las transformó en un mal absoluto.
Una referencia adicional sobre Thomas Mann. La conocida novela titulada: “Doctor Fausto” (título original en alemán: ‘Doktor Faustus: Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem’). En castellano también es normal encontrarlo como 'Doktor Faustus' o 'Doctor Faustus'. Como entendemos, su argumento reinterpreta el clásico mito alemán del ‘Fausto’ popularizado por Goethe. La novela funciona como una gran metáfora de la corrupción y caída de la Alemania de su tiempo. Mann trazó un paralelismo entre el pacto demoníaco del músico Adrian Leverkühn, el protagonista ficticio de la novela, como un artista atormentado y el descenso del pueblo alemán hacia el arcaísmo primitivo, el nazismo y el desastre de la Segunda Guerra Mundial. Mann la escribió totalmente durante su exilio en los Estados Unidos. Para los aspectos técnicos sobre la música, contó con la asesoría directa del célebre filósofo y musicólogo alemán Theodor W. Adorno. Aunque ‘Adrian Leverkühn’ es un personaje inventado por Thomas Mann, el autor se inspiró construyendo su personaje y destino a partir de la vida de cuatro figuras reales, el escritor tomó el método de composición dodecafónico de Arnold Schönberg, la no probada infección de sífilis de Friedrich Nietzsche y los graves trastornos mentales y declives de Robert Schumann y Hugo Wolf.
En resumen, “El pacto fáustico” representa la perdición de Alemania. Mann explica en su texto que el pueblo alemán actuó como Fausto: vendió su alma y su gran cultura al "demonio" del nacionalsocialismo a cambio de poder. Las siguientes ilustraciones clásicas de grabados medievales y renacentistas sobre el pacto con el diablo (como el clásico de Doktor Faustus) reflejan de forma literal esa "ceguera" y claudicación moral de la que habla el ensayo.
"Dr. Faustus raises the Devil", procedente
de la recopilación Chap-books of the Eighteenth Century, publicada por John
Ashton en 1882.
Sin embargo, debo decirlo: el ‘Doktor Faustus’ es otra historia.
Revisemos el tema que nos interesa ahora, debido a que se considera de importancia y, concuerda plenamente con las dos ponencias anteriores sobre la Alemania militarista del siglo XXI. La ponencia de Thomas Mann, 'Alemania y los alemanes', verificada y traducida, consta en los archivos digitales de “The Yale Review”, cuya página web, suele publicar piezas de su archivo tal y como aparecieron originalmente, sin alteraciones en la ortografía, el contenido o el estilo. (Por supuesto el texto al castellano es muy riguroso en la traducción y verificado si algún punto necesitó ser aclarado).
Buena lectura
Tito Andino
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Alemania y los alemanes
Thomas Mann en 1916 (foto coloreada con IA)
Thomas Mann
Texto seleccionado de los Archivos de Yale
"The Yale Review"
* Todo el material gráfico y sus notas a pie son responsabilidad del editor del blog
Cuando era joven, pensaba y decía que, una vez nacido en el mundo, era algo bueno y honorable perseverar mucho tiempo, vivir una vida plena y canónica y, como artista, ser característicamente fructífero en todas sus etapas. Pero tenía muy poca confianza en mi propia cualificación y solidez biológica, y la resistencia que, sin embargo, he demostrado, me parece menos una prueba de mi propia paciencia vital que una prueba de la paciencia del genio de la vida hacia mí -algo inmerecido, un acto de gracia. Y la gracia siempre es asombrosa e inesperada. Quien lo experimenta cree que está soñando.
Me parece un sueño ser y estar aquí. Debería tener que ser algo distinto a un poeta para aceptarlo como algo normal. No hace falta mucha fantasía para encontrar la vida fantástica. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué ola de sueño me arrastró desde el rincón más remoto de Alemania, donde nací y donde, al fin y al cabo, pertenezco, a este país, para vivir aquí como estadounidense, hablando con los estadounidenses? No es que lo considere inapropiado. Al contrario, lo apruebo plenamente -el destino se ha encargado de ello. Tal y como están las cosas hoy, mi tipo de germanismo encaja más bien en la hospitalaria Panópolis, el universo racial y nacional llamado América. Antes de convertirme en estadounidense, me habían permitido ser checo. Fue muy amable y merecía mi gratitud, pero carecía de toda lógica. Del mismo modo, solo necesito imaginar que por azar me hubiera convertido en francés, inglés o italiano para percibir con la mayor satisfacción cuán mucho más apropiado fue que me hiciera estadounidense. Todo lo demás habría significado un distanciamiento demasiado estrecho y demasiado definido de mi existencia. Como estadounidense soy ciudadano del mundo -y eso concuerda con la naturaleza original del alemán, a pesar de su aislamiento, su timidez ante el mundo, y es difícil decir si esta timidez está arraigada en la arrogancia o en un provincialismo innato, un complejo internacional de inferioridad social -probablemente en ambos.
"La guerra", Hans Thoma, 1907. Se trata de una inquietante pintura alegórica del artista alemán conocido por combinar iconografía mitológica y romántica con el nacionalismo germánico y un simbolismo personal. Este óleo se conserva actualmente en el Museo Städel de Fráncfort.
Voy a escribir aquí sobre Alemania y los alemanes -una tarea arriesgada, no solo porque el tema es tan complejo, tan inagotable, sino también por las emociones violentas que lo rodean hoy. Abordarlo puramente psicológicamente, sine ira et sine studio, parecería casi inmoral ante lo indescriptible que esta desafortunada nación ha hecho al mundo. ¿Debería un alemán evitar este tema hoy en día? Pero apenas habría sabido qué otro tema elegir, y, más allá de eso, es casi imposible concebir una conversación que sobresalga hoy a lo puramente personal y que no inevitablemente se centre en el problema alemán, el enigma en el carácter y destino de este pueblo que indudablemente ha dado a la humanidad mucho de grande y hermoso, y sin embargo, una y otra vez ha impuesto cargas fatales al mundo. El horrible destino de Alemania, la tremenda catástrofe en la que ahora culmina su historia moderna, despierta nuestro interés, aunque este interés carece de simpatía. Cualquier intento de suscitar simpatía, de defender y excusar a Alemania, sería ciertamente una tarea inapropiada para alguien de nacimiento alemán hoy en día. Hacer el papel de juez, maldecir y condenar a su propio pueblo en acuerdo con el odio incalculable que han avivado, para felicitarse con suficiencia como "la buena Alemania" en contraste con la malvada y culpable Alemania de allí, con la que no tiene nada en común -eso tampoco sería digno de alguien de origen alemán. Para cualquiera que haya nacido alemán, tiene algo en común con el destino alemán y la culpa alemana. La retirada crítica de ella no debe considerarse deslealtad. Las verdades que uno intenta decir sobre su pueblo solo pueden ser producto de un autoexamen.
Ya he caído de algún modo en el complejo mundo de la psicología alemana con el comentario sobre la combinación de amplitud y aislamiento, de cosmopolitismo y provincialismo en el carácter alemán. Creo que esta observación, que data de mi juventud, es correcta. Un viaje fuera del Reich, por ejemplo cruzando el lago de Constanza, hacia Suiza, era un viaje fuera de lo provincial al mundo -por extraño que parezca considerar al pequeño país Suiza como "mundo" en comparación con el gran y poderoso Reich alemán con sus gigantescas ciudades. Aun así, era perfectamente cierto: Suiza, neutral, multilingüe, bajo influencia francesa, respirando aire occidental -a pesar de su formato en miniatura- era en realidad mucho más europea, mucho más "mundial", que el coloso político del norte, donde la palabra "internacional" hacía tiempo que se consideraba un insulto y donde el provincialismo arrogante había contaminado la atmósfera y la había estancado.
Esta era la forma moderna y nacionalista del viejo aislamiento y de la melancólica ineptitud alemana ante el mundo, los cuales, junto con una suerte de universalismo filisteo -un cosmopolitismo en camisón, por así decirlo-, habían conformado la imagen de lo alemán. Este estado mental, este cosmopolitismo alemán provinciano y ajeno al mundo, siempre tuvo algo de grotescamente fantasmal, algo veladamente misterioso; una cualidad de demonismo secreto que yo fui capaz de percibir de manera muy particular. Pienso en ese rincón del mundo alemán que constituyó el primer marco de mi existencia, y desde donde la ola onírica de la vida me arrastró aquí: fue la antigua ciudad de Lübeck, cerca del mar Báltico, que fue el umbral de la Liga Hanseática, fundada antes de mediados del siglo XII y elevada al rango de ciudad imperial libre por Barbarroja en el XIII. El excepcionalmente hermoso Ayuntamiento, que mi padre, como senador, frecuentaba, se completó el mismo año en que Martín Lutero colocó sus Tesis en el portal de la iglesia del castillo de Wittenberg, al comienzo de la era moderna. Pero así como Lutero, el Reformador, tenía bastante de hombre medieval y luchó con el Diablo toda su vida, nosotros que vivimos en la ciudad protestante de Lübeck, incluso el Lübeck que se había convertido en miembro republicano del Reich de Bismarck, nos movíamos en una atmósfera de la Edad Media gótica -y no solo pienso en el horizonte con sus torres puntiagudas, portones y muros, de las emociones humorísticamente macabras que emanaban de los frescos de la Danza de la Muerte en la iglesia de Santa María, de los callejones torcidos y de aspecto embrujado que a menudo llevaban el nombre de los antiguos gremios, los Fundidores de Campanas, los Carniceros, y de las pintorescas casas burguesas. No, en la atmósfera misma algo se había aferrado al estado mental de, digamos, las últimas décadas del siglo XV, la histeria de la Edad Media moribunda, algo de epidemia espiritual latente. Es extraño decir algo sobre una ciudad comercial moderna y sensatamente sobria, pero era concebible que allí estallara de repente una Cruzada Infantil, una Danza de San Vito, un brote de fanatismo religioso acompañado de procesiones místicas del pueblo, o algo similar -en resumen, se percibía un sustrato antiguo y neurótico, un estado espiritual arcano que se evidenciaba externamente por los muchos "personajes" que se encontraban en tal ciudad, excéntricos e inofensivos que viven dentro de sus muros y que, en cierto sentido, pertenecen tanto a su escena como a los edificios antiguos. Por ejemplo, había cierto tipo de anciana con los ojos vidriosos y una muleta, que se rumoreaba medio con humor que era bruja; un hombre, retirado con un sueldo modesto, con una nariz escarlata y verrugosa y algún tipo de tic nervioso, con hábitos ridículos, como un llanto estereotipado e involuntario de pájaro; una mujer con un peinado absurdo que deambulaba por las calles con un vestido de cola de estilo anticuado, con un aire de altiva altanería, y seguida por una séquito de perros carlinos y gatos. Y los niños, los pilluelos de la calle, forman parte de la escena: siguen a estos personajes, burlándose de ellos y huyendo en un pánico supersticioso cuando aquellos se vuelven.
Izquierda: “Germania”, pintado por el artista alemán Philipp Veit en
1848. Germania es la personificación alegórica y femenina de la nación alemana, fue creada para colgarse en la Iglesia de San Pablo de Fráncfort durante las
reuniones del Parlamento de Fráncfort. Derecha: Se trata de otra representación
de “Germania” de Philipp Veit, trazada entre
1834 y 1836. La obra original se conserva en el Städel Museum de Fráncfort del
Meno, Alemania. En general, “Germania” representa la personificación
nacional y la unidad del pueblo alemán. El árbol de roble tradicionalmente se
asocia con la fuerza y la historia germánica.
Realmente no sé por qué estoy evocando estos primeros recuerdos aquí y ahora. ¿Es porque experimenté "Alemania" por primera vez, visual y espiritualmente, en la forma de esta escena de ciudad pintorescamente venerable, y porque intento sugerir una unión secreta del espíritu alemán con lo demoníaco, una tesis que, efectivamente, forma parte de mi experiencia interior, pero no es fácilmente defendible? El héroe de nuestra mayor obra literaria, el Fausto de Goethe, es un hombre que se sitúa en la línea divisoria entre la Edad Media y el Humanismo, un hombre de Dios que, por un impulso presuntuoso de conocimiento, se entrega a la magia, al Diablo. Donde la arrogancia intelectual se empareja con lo espiritual obsoleto y arcaico, ahí está el dominio del Diablo. Y el Diablo, el Diablo de Lutero, el Diablo de Fausto, me parece una figura muy alemana, y el pacto con él, el pacto satánico, de ganar todos los tesoros y el poder de la tierra durante un tiempo a costa de la salvación del alma, me parece algo sumamente típico de la naturaleza alemana. Un pensador y buscador solitario, teólogo y filósofo en su celda que, en su deseo de disfrutar y dominar el mundo, intercambia su alma con el Diablo -¿no es este el momento adecuado para ver a Alemania en esta imagen, el momento en que Alemania está siendo literalmente llevada por el Diablo?
Es un grave error por parte de la leyenda y la historia no conectar a Fausto con la música. Debería haber sido musical, debería haber sido músico. La música es un reino demoníaco; Kierkegaard, un gran cristiano, lo demostró de forma más convincente en su dolorosamente entusiasta ensayo sobre el Don Juan de Mozart. La música es arte cristiano con un prefijo negativo. La música es a la vez orden calculado e irracionalidad que genera caos, rica en conjuración y gestos de encantamiento, en la magia de los números, la más irreal y, sin embargo, la más apasionada de las artes, mística y abstracta. Si Fausto ha de ser el representante del alma alemana, tendría que ser musical, porque la relación del alemán con el mundo es abstracta y mística, es decir, musical -la relación de un profesor con un toque de demonismo, torpe y al mismo tiempo lleno de arrogante conocimiento de que supera al mundo en "profundidad".
¿En qué consiste esta profundidad? Simplemente la musicalidad del alma alemana, aquello que llamamos su interioridad, su subjetividad, el divorcio de lo especulativo del elemento sociopolítico de la energía humana, y la completa predominancia de lo primero sobre lo segundo. Europa siempre lo sintió y entendió sus aspectos monstruosos y desafortunados. En 1839 Balzac escribió: "Si los alemanes no saben tocar los grandes instrumentos de la libertad, aún así saben naturalmente tocar todos los instrumentos de música". Es una buena observación, y no es el único comentario llamativo de este tipo que hizo el gran novelista. En el "Primo Pons" dice sobre el músico alemán Schmucke, una figura maravillosa: "Schmucke, que, como todos los alemanes, era muy fuerte en armonía, orquestó las partituras, mientras Pons aportaba la melodía". Correcto, los alemanes son principalmente músicos de la vertical, no de la horizontal, grandes maestros de la armonía - en la que Balzac incluye el contrapunto- que de la melodía; son instrumentistas más que glorificadores de la voz humana, mucho más inclinados hacia lo docto y espiritual en la música que hacia aquello que hace feliz por la vía melódica. Han dado al mundo occidental tal vez su música más hermosa y socialmente unificadora, pero ciertamente la más profunda y significativa, y el mundo no ha retenido su agradecimiento ni alabanza. Al mismo tiempo, se ha sentido y se siente más fuerte que nunca que tal musicalidad del alma se paga cara en otra esfera: la política, el ámbito de la convivencia humana.
Martín Lutero, una encarnación gigantesca del espíritu alemán, fue excepcionalmente musical. Confieso sinceramente que no le quiero. El germanismo en su estado puro, separatista, antirromano, antieuropeo, me sorprende y asusta, incluso cuando aparece bajo la apariencia de libertad evangélica y emancipación espiritual; y lo específicamente luterano, la rudeza colérica, la invectiva, el echar pestes y el enfurecimiento, la grosería extravagante junto con una tierna profundidad de sentimiento y con la superstición más torpe y la creencia en demonios, íncubos y niños cambiados- despierta mi antipatía instintiva. No me habría gustado ser invitado a cenar en la mesa de Lutero; probablemente me habría sentido tan cómodo como en la acogedora casa de un ogro, y estoy convencido de que me habría llevado mucho mejor con León X, Giovanni de' Medici, el humanista amable, a quien Lutero llamaba "La puerca del demonio, el Papa". Además, ni siquiera acepto la necesidad del contraste entre la robustez popular y los buenos modales, antítesis de Lutero y del refinado Erasmo. Goethe ha superado este contraste y lo reconcilia. Representa la fuerza bien educada y civilizada y la robustez popular, el demonismo urbano, el espíritu y la sangre a la vez, es decir, el arte. Con él, Alemania dio un gran avance en la cultura humana -o debería haberlo logrado, pues en realidad siempre estuvo más cerca de Lutero que de Goethe. Y nadie puede negar que Lutero fue un hombre tremendamente grande, grande en el sentido más alemán, grande y alemán incluso en su dualidad como fuerza liberadora y también reaccionaria, un revolucionario conservador. No solo reconstituyó la iglesia; en realidad salvó el cristianismo. Los europeos suelen acusar a la naturaleza alemana de irreligiosidad, de paganismo. Eso es muy discutido. Alemania ciertamente se tomó el cristianismo más en serio que cualquier otro país. En el Lutero alemán, el cristianismo se tomaba en serio a sí mismo infantil y rústico en una época en la que no se tomaba en serio en absoluto en otros lugares. La revolución de Lutero preservó el cristianismo -de la misma manera en que el New Deal pretende preservar la economía capitalista- aunque el capitalismo se niegue a comprenderlo.
¡No hay dudas sobre la grandeza de Lutero! Fue su trascendental traducción de la Biblia la que realmente creó el idioma alemán, que Goethe y Nietzsche finalmente perfeccionaron; y fue también él, quien mediante la ruptura de las cadenas escolásticas y la renovación de la conciencia, promovió tremendamente la libertad de investigación, de crítica y de especulación filosófica. Al establecer la relación directa del hombre con su Dios, avanzó la causa de la democracia europea; porque "cada hombre es su propio sacerdote", eso es democracia. La filosofía idealista alemana, el refinamiento de la psicología mediante el examen pietista de la conciencia individual, finalmente la autoconquista de la moralidad cristiana por razones morales -porque esa fue la acción o fechoría de Nietzsche- todo eso proviene de Lutero. Fue un héroe liberador -pero al estilo alemán, pues no sabía nada de la libertad. No hablo ahora de la libertad del cristiano, sino de la libertad política, la libertad del ciudadano -esta libertad no solo le dejó frío, sino que sus impulsos y demandas le resultaron profundamente repugnantes. Cuatrocientos años después de su época, el primer presidente de la República Alemana, un socialdemócrata, pronunció las palabras: "Odio la revolución como el pecado". Eso era genuinamente luterano, genuinamente alemán. De la misma manera, Lutero odiaba la revuelta campesina que, inspirada evangélicamente como fue, si hubiera tenido éxito, habría dado un giro más feliz a la historia alemana, hacia la libertad. Sin embargo, Lutero no vio en ello más que una distorsión de su obra de liberación espiritual, y por eso se enfureció y se enfureció contra ella como solo él podía hacer. Dijo que los campesinos debían ser asesinados como perros rabiosos, y les dijo a los príncipes que ahora podían obtener el reino de los cielos masacrando a las bestias campesinas. Lutero, el hombre del pueblo alemán, asume gran parte de responsabilidad por el triste final de este primer intento de revolución alemana, por la victoria de los príncipes y por todas sus consecuencias.
En aquel entonces, vivía en Alemania un hombre que tiene mi especial simpatía, Tilman Riemenschneider, maestro del arte religioso, escultor y tallador en madera, ampliamente famoso por la excelencia fiel y expresiva de sus obras, su profunda pintura de altares y sus castos relieves, que adornaban los lugares de culto de toda Alemania. El maestro había ganado gran respeto, tanto como hombre como ciudadano, en su entorno inmediato, la ciudad de Würzburg, donde era miembro del Consejo. Nunca esperó involucrarse en la política, en los asuntos mundiales -ese pensamiento estaba lejos de su modestia natural y de su amor por su trabajo libre y pacífico. No había nada de demagogo en él. Pero su corazón, que latía con calidez por los pobres y oprimidos, le obligó a apoyar a los campesinos, cuya causa reconocía como justa y agradable ante Dios, contra los señores, obispos y príncipes, cuyo favor fácilmente podría haber conservado. Conmovido por los grandes y fundamentales contrastes de la época, se sintió obligado a salir de su ámbito de vida artística puramente espiritual y estética a convertirse en un luchador por la libertad y la justicia. Sacrificó su propia libertad por la causa que consideraba más alta que el arte y la digna calma de su existencia. Fue su influencia, principalmente, la que llevó a la ciudad de Würzburg a negarse a prestar servicio militar para la "Fortaleza", el príncipe-obispo, y, en general, a adoptar una actitud revolucionaria contra él. Riemenschneider pagó caro por ello. Porque tras el aplastamiento de la revuelta campesina, las potencias victoriosas a las que se había enfrentado se vengaron cruelmente de él; lo sometieron a prisión y tortura, y emergió de aquella terrible emergencia como un hombre roto, incapaz ya de despertar las bellezas ocultas en la madera y la piedra.
Hombres así los hemos tenido en Alemania en todas las épocas. Pero no representan el tipo específicamente monumental alemán. Ese tipo está representado por Lutero, el teólogo musical. En el ámbito político, avanzó solo hasta el punto de decidir que ambos partidos, príncipes y campesinos, estaban equivocados, una actitud que pronto le llevó a arremeter con furia desbocada solo contra los campesinos. Su interioridad estaba en pleno acuerdo con la amonestación de San Pablo: "Saliendo cada alma, sométase a las potestades superiores". Pero estas palabras
se referían a la autoridad del imperio mundial romano, que era el prerrequisito previo y el ámbito político para la religión cristiana mundial, mientras que en el caso de Lutero se trataba de la autoridad reaccionaria y mezquina de los príncipes alemanes. Su servilismo antipolítico, producto de la interioridad y el desapego del mundo del alemán musical, no solo fue responsable de la actitud obsequiosa y secular de los alemanes hacia sus príncipes y hacia el poder del Estado, no solo creó en parte y fomentó en parte el dualismo alemán entre la más audaz especulación, por un lado, y la inmadurez política, por el otro. Sino que también, y principalmente, es típico de una manera monumental y desafiante de la escisión puramente alemana entre el impulso nacional y el ideal de libertad política. Pues la Reforma, al igual que el posterior levantamiento contra Napoleón, fue un movimiento nacionalista en pos de la libertad.
Tres ediciones diferentes del 'Dr. Faustus' de Thomas Mann
Hablemos por un momento de la libertad: la peculiar perversión que este concept ha sufrido, y sufre hasta el día de hoy, a manos de un pueblo tan importante como el alemán, da mucho que pensar. ¿Cómo fue posible que incluso el nacionalsocialismo, terminado ahora en la ignominia, pudiera adoptar el nombre de un «movimiento de liberación alemán», cuando, según la opinión universal, semejante abominación no puede tener nada que ver con la libertad? Esta denominación era expresión no solo de un insolente desafío, sino también de una malinterpretación fundamental del concepto de libertad, que dejó sentir sus efectos en la historia alemana una y otra vez. La libertad, en un sentido político, es primordialmente una cuestión de moralidad política interna. Un pueblo que no es internamente libre ni responsable ante sí mismo no merece la libertad externa; no puede sentarse en los concilios de la libertad, y cuando utiliza esa sonora palabra, su aplicación es errónea. El concepto alemán de libertad siempre estuvo dirigido hacia el exterior; significaba el derecho a ser alemán, únicamente alemán, nada más y nada más allá de eso. Era un concepto de protesta, de defensa egocéntrica contra todo lo que tendiera a limitar y restringir el egoísmo nacional, a domarlo y a dirigirlo hacia el servicio de la comunidad mundial, el servicio a la humanidad. Individualismo obstinado hacia el exterior, en sus relaciones con el mundo, con Europa, con la civilización, este concepto alemán de libertad se comportaba internamente con un grado asombroso de falta de libertad, de inmadurez, de torpe servilismo. Era una mentalidad de esclavo militante, y el nacionalsocialismo llegó tan lejos en la exageración de esta incongruencia entre el deseo externo e interno de libertad que llegó a concebir la esclavización del mundo por parte de un pueblo que estaba, él mismo, esclavizado en su propio hogar.
¿Por qué el afán alemán de libertad debe equivaler siempre a una esclavitud interna? ¿Por qué tuvo finalmente que culminar en un ataque contra la libertad de todos los demás, contra la libertad misma? La razón es que Alemania nunca ha tenido una revolución y nunca ha aprendido a combinar el concepto de nación con el concepto de libertad. La «nación» nació en la Revolución Francesa; es un concepto revolucionario y liberal que incluye lo humanitario; internamente significaba libertad, externamente significaba Europa. Todas las cualidades gratas del espíritu político francés se basan en esta afortunada unidad; todas las cualidades restrictivas y deprimentes del entusiasmo patriótico alemán descansan en el hecho de que esta unidad nunca se alcanzó. Podría decirse que el concepto mismo de «nación», en su afinidad histórica con el de libertad, es ajeno a Alemania. Podría considerarse un error llamar nación a los alemanes, sin importar si lo hacen ellos mismos u otros. Es erróneo usar la palabra «nacionalismo» para referirse a su fervor patriótico: es un uso indebido de una idea francesa y genera malentendidos. No se debe aplicar el mismo nombre a dos cosas distintas. La idea alemana de libertad es de carácter racial (völkisch) y antieuropea; siempre está muy cerca de lo barbárico cuando no estalla, de hecho, en una barbarie abierta y declarada, como en nuestros días. Las cualidades estéticamente repulsivas y rudas que se adhieren a sus portadores y defensores ya desde las Guerras de Liberación, a las fraternidades estudiantiles y a tipos como Jahn y Massmann, son evidencia de su carácter desdichado. Ciertamente, Goethe no era ajeno a la cultura popular; escribió no solo la clasicista 'Ifigenia', sino también obras tan ultra-alemanas como el 'Fausto I', 'Goetz' y los 'Aforismos en rima'. Sin embargo, para exasperación de todos los patriotas, su actitud ante las guerras contra Napoleón fue de completa frialdad, no solo por lealtad a su par, el gran Emperador, sino también porque se sentía repelido por el elemento barbárico-racial de este levantamiento. Nunca se recalcará lo suficiente la soledad de este gran hombre, que aprobaba todo lo que fuera de naturaleza amplia y generosa, el germanismo supranacional y universal, la literatura universal; su dolorosa soledad en la Alemania de su tiempo, agitada patriótica y «liberalmente». Los conceptos determinantes y dominantes en torno a los cuales giraba todo para él eran la cultura y la barbarie; y le tocó en suerte pertenecer a un pueblo cuya idea de libertad se convierte en barbarie, porque solo está dirigida hacia el exterior, contra Europa.
Esta es una desgracia, una maldición, una tragedia perpetua que encuentra una expresión añadida en el hecho de que incluso la actitud de rechazo de Goethe hacia el protestantismo político sirvió únicamente como confirmación y profundización del dualismo luterano entre la libertad espiritual y la política en toda la nación, y particularmente entre los líderes intelectuales; de modo que se les impidió aceptar el elemento político dentro de su concepto de cultura. Es difícil determinar hasta qué punto los grandes hombres imprimen su sello sobre el carácter de un pueblo y moldean su forma, y hasta qué punto ellos mismos son su personificación, su expresión. Lo que es seguro es que la relación de los alemanes con la política es negativa, una falta de aptitud. La evidencia histórica radica en el hecho de que todas las revoluciones alemanas fracasaron: la de 1525, la de 1813, la de 1848 -que naufragó en las rocas de la impotencia política de la burguesía alemana- y, finalmente, la de 1918. Otra evidencia reside también en la torpe y siniestra interpretación errónea que los alemanes atribuyen con tanta facilidad a la idea de la política cada vez que la ambición los impulsa a involucrarse en ella.
La política ha sido llamada el «arte de lo posible», y en realidad es un reino afín al arte en la medida en que, al igual que este, ocupa una posición de mediación creativa entre el espíritu y la vida, la idea y la realidad, lo deseable y lo necesario, la conciencia y el acto, la moralidad y el poder. Abarca mucho de lo que es duro, necesario, amoral; mucho de conveniencia y concesión a los hechos; mucho de la debilidad humana y mucho de lo vulgar. Sería difícil encontrar a un político, a un estadista, que haya logrado grandes cosas sin tener que preguntarse después si todavía podía considerarse un individuo decente. Y sin embargo, así como el hombre no pertenece únicamente al reino animal, la política no pertenece únicamente al reino del mal. Sin degenerar en algo diabólico y destructivo, sin distorsionarse hasta convertirse en enemiga de la humanidad y pervertir su creatividad transigente en una esterilidad vergonzosa y criminal, jamás puede renunciar por completo a sus componentes ideales y espirituales; nunca puede negar la parte moral y humanamente decente de su naturaleza para reducirse enteramente a lo inmoral y lo vulgar, a la mentira, el asesinato, el engaño y la fuerza. Eso ya no sería arte ni una ironía creativamente mediadora y actuante, sino un sinsentido ciego e inhumano que jamás podrá producir nada genuino, que solo alcanza un éxito transitorio y aterrador y que, tras un breve lapso, tiene un efecto destructor del mundo, nihilista y, finalmente, autodestructivo; pues lo totalmente inmoral es, por naturaleza, incapaz de sobrevivir.
Los pueblos nacidos y capacitados para la política saben instintivamente cómo resguardar la unidad de la conciencia y la acción, del espíritu y el poder, al menos subjetivamente. Practican la política como un arte de la vida y del poder que no puede liberarse por completo de un rastro de mal vitalmente útil, pero que nunca pierde de vista lo más elevado: la idea, la decencia humana y la moralidad. En este aspecto sienten políticamente, y se las arreglan consigo mismos y con el mundo de esta manera. Semejante componenda con la vida, fundada en el compromiso, el alemán la considera hipocresía. Él no nació para componendas con la vida, y demuestra su falta de aptitud para la política al malinterpretarla de una manera torpemente sincera. Al no ser en absoluto malvado por naturaleza, sino poseedor de un don para lo espiritual y lo ideal, considera la política como nada más que falsedad, asesinato, engaño y violencia; como algo completa y unilateralmente inmundo. Y si la ambición terrenal lo incita a adoptar la política, la ejerce a la luz de esta filosofía. Cuando el alemán se dedica a la política, piensa que tiene que actuar de un modo que deje estupefacta a la humanidad; eso es lo que él considera política. Dado que piensa que es mal puro y sin mezcla, cree que tiene que ser un demonio para ejercerla.

Una fotografía de Thomas Mann en 1954, a la derecha, " ¡ Oid alemanes! ", se trata de la misma obra que aparece en la introducción a este ensayo (discursos radiofónicos transmitidos a través de la BBC); los títulos en castellano responde a las decisiones editoriales de los diferentes traductores a lo largo del tiempo (varían según la traducción y la edición). Pero, el título original en alemán de esta recopilación de alocuciones es "Deutsche Hörer !" (¡Oyentes alemanes!). " ¡Escucha, Alemania! ", fue el título más común durante décadas en el mundo hispanohablante (utilizado en ediciones clásicas americanas y europeas). "¡Oíd, alemanes! ", es el título elegido para las traducciones y reediciones más recientes. Esta fórmula es más fiel a la frase literal con la que Thomas Mann abría obligatoriamente cada uno de sus discursos en la BBC: "Deutsche Hörer!" (¡Oyentes alemanes! o ¡Oíd, alemanes!). Cualquiera sea el título, el contenido es el mismo: una recopilación histórica de los 59 textos breves que Mann grababa desde su exilio en EE. UU., se enviaban a Londres y la BBC emitía por onda larga hacia los hogares de la Alemania nazi entre 1940 y 1945.
Lo hemos visto. Se perpetraron crímenes que ninguna psicología puede excusar, y son los menos excusables de todos bajo el argumento de que eran superfluos. Porque eran superfluos; no eran esenciales y la Alemania nazi habría podido salir adelante sin ellos. Habría podido llevar a cabo sus planes de poder y conquista sin su ayuda. En un mundo que conoce los monopolios, los cárteles y la explotación, la idea del despojo monopolístico de todas las demás naciones por parte de las Industrias Göring no era nada nueva ni extraña. Lo vergonzoso del asunto fue que comprometió en demasía al sistema gobernante mediante una exageración torpe. Además, como idea, llegó un poco demasiado tarde: hoy, cuando la humanidad se esfuerza por alcanzar la democracia económica y lucha por un mayor grado de madurez social. Los alemanes siempre llegan demasiado tarde. Llegan tarde, como la música, que siempre es la última de las artes en expresar una condición del mundo, cuando esa condición del mundo se encuentra ya en sus etapas finales. Son abstractos y místicos, también, al igual que esta, su arte más querido: ambos hasta el punto de la criminalidad. Sus crímenes, repito, no fueron un factor necesario de su tardío embarque en la explotación; fueron un lujo en el que se complacieron debido a una predisposición teórica, en honor a una ideología: el fantasma de la raza. Si no sonara como una detestable condonación, podría decirse que cometieron sus crímenes por un idealismo quimérico.
A veces, particularmente al contemplar la historia alemana, uno tiene la impresión de que el mundo no fue creación exclusiva de Dios, sino una obra en cooperación con alguien más. A uno le gustaría adscribir a Dios el hecho misericordioso de que el bien pueda surgir del mal. Pero que el mal surja tan a menudo del bien es, obviamente, la contribución del otro sujeto. Los alemanes bien podrían preguntarse por qué su bien, en particular, se convierte tan a menudo en mal, se transforma en mal en sus manos. Tómese, por ejemplo, su universalismo y cosmopolitismo fundamentales, su ilimitación interior, que puede considerarse un accesorio espiritual de su antiguo reino supranacional, el Sacro Imperio Romano Germánico. Este es un rasgo sumamente valioso y positivo que, sin embargo, se transformó en mal mediante una suerte de inversión dialéctica. Los alemanes cedieron a la tentación de basar en su cosmopolitismo innato una pretensión de hegemonía europea, e incluso de dominación mundial, con lo cual este rasgo se convirtió exactamente en su opuesto, a saber: en el nacionalismo e imperialismo más presuntuosos y amenazantes. Al mismo tiempo, vieron que volvían a llegar demasiado tarde con su nacionalismo porque este ya había sobrevivido a su época. Por lo tanto, lo sustituyeron por algo más nuevo, más moderno: el ídolo racial, que prontamente los condujo a crímenes monstruosos y los sumergió en las profundidades de la desdicha.
O tómese esa cualidad de los alemanes que es, tal vez, la más notable de todas, designada como «interioridad» (Innigkeid), una palabra sumamente difícil de definir: en ella se mezclan la ternura, la profundidad de sentimiento, el ensueño desapegado del mundo, el amor por la naturaleza y la más pura sinceridad del pensamiento y de la conciencia; en resumen, todas las características del más alto lirismo se mezclan en ella. Incluso hoy, el mundo no puede olvidar lo que le debe a la interioridad alemana: la metafísica alemana, la música alemana y, especialmente, el milagro de la mentira alemana -un producto nacional único e incomparable- son frutos de esa interioridad. La gran hazaña histórica de la interioridad alemana fue la Reforma de Lutero: la llamamos una magna obra de liberación y, como tal, fue obviamente algo bueno. Pero es evidente que el demonio metió su mano incluso en aquella gesta. La Reforma provocó el cisma religioso de Occidente -una desdicha definitiva- y para Alemania trajo la guerra de los Treinta Años, la cual la despobló, retrasó fatalmente su cultura y, por medio del vicio y las epidemias, probablemente convirtió la sangre alemana en algo diferente y peor de lo que había sido en la Edad Media. Erasmo de Rotterdam, quien escribió el 'Elogio de la locura', un humanista escéptico con muy poca interioridad, era muy consciente de las implicaciones de la Reforma. «Cuando veáis surgir terribles cataclismos en el mundo», dijo, «recuerda que Erasmo lo predijo». Pero el venerable patán de Wittenberg, tremendamente cargado de interioridad, no era pacifista; estaba imbuido de una verdadera aceptación alemana de lo trágico y se declaró dispuesto a cargar «sobre su cuello» con la sangre que habría de correr.
El Romanticismo alemán, ¿qué es sino una expresión de esta finísima cualidad alemana, la interioridad? Mucho de lo que es melancólicamente nostálgico, fantásticamente espectral y profundamente grotesco, junto con un refinamiento artístico elevado y una ironía omnipresente, se conjugan en el concepto de Romanticismo. Pero estas no son las cosas en las que pienso primordialmente cuando hablo de Romanticismo. Se trata más bien de una cierta riqueza oscura y piedad -podría decirse, anticuarianismo- del alma que se siente muy cercana a las fuerzas ctónicas, irracionales y demoníacas de la vida, es decir, a las verdaderas fuentes de la existencia; y se resiste al enfoque puramente racionalista en virtud de su conocimiento más profundo, de su alianza más íntima con lo sagrado. Los alemanes son el pueblo de la contrarrevolución romántica contra el intelectualismo filosófico y el racionalismo de la Ilustración: una revuelta de la música contra la literatura, de la mística contra la claridad. El Romanticismo es cualquier cosa menos un sentimentalismo débil; es profundidad, consciente de su propia fuerza y plenitud. Es el pesimismo de la sinceridad que se pone del lado de todo lo existente, real e histórico, en contra tanto de la crítica como del reformismo meliorista; en resumen, del lado del poder contra el espíritu, y tiene en muy poca estima toda virtud retórica y disfraz idealista del mundo. Aquí radica la unión del Romanticismo con el Realismo y el maquiavelismo que celebraron sus triunfos sobre Europa en la persona de Bismarck, el único genio político que Alemania ha producido jamás. El deseo alemán de unidad e imperio, encauzado por Bismarck hacia sendas prusianas, fue incomprendido cuando se le interpretó, según el patrón habitual, como un movimiento de unificación de carácter nacional-democrático. Intentó ser exactamente eso en un momento dado, hacia el año 1848, aunque incluso los debates pangermanos del Parlamento de Fráncfort en la iglesia de San Pablo tenían un tinte de imperialismo medieval, reminiscencias del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero resultó que el camino europeo consuetudinario, nacional-democrático hacia la unidad, no era el camino alemán. Fundamentalmente, el imperio de Bismarck no tenía nada en común con la «nación» en el sentido democrático de la palabra. Era puramente una estructura de poder que aspiraba a la hegemonía de Europa y, a pesar de su modernidad, el imperio de 1871 se aferraba a los recuerdos de la gloria medieval, a la época de los gobernantes sajones y suabos. Esto mismo era el factor característico y amenazador: la mezcla de una robusta oportunidad y una eficiente modernidad, por un lado, y sueños del pasado, por el otro; en una palabra, un Romanticismo altamente tecnológico. Nacido de las guerras, el Profano Imperio Alemán de la nación prusiana nunca pudo ser otra cosa que un imperio de guerra. Como tal vivió, como una espina clavada en el costado del mundo, y como tal se encuentra ahora destruido.

Otto Dix, el artista alemán refleja en su obra expresionista la culpa de posguerra. Así como Mann
escribe este ensayo en 1945, viendo a su patria completamente destruida moral y
físicamente. Las obras del expresionismo alemán de la posguerra (primera guerra mundial), con sus líneas
caóticas, tonos oscuros e imágenes de desolación, son el reflejo artístico
exacto de la "Alemania rota" y del vacío espiritual que describe la
última parte del estudio de Thomas Mann. Aquí constan dos ilustraciones de Otto Dix, izquierda: "Die
Skatspieler" - "Los jugadores de cartas", 1920, un posterior título: "Kartenspielende
Kriegskrüppel" (Naipes para lisiados de guerra). Representa a veteranos discapacitados de
la Gran Guerra jugando a las cartas, resaltan los muy distorsionados
rasgos de sus lesionados cuerpos. En la derecha: "Prager
Strasse" - "La calle Praga", 1920. Representa la calle Praga en Dresde luego
de la Gran Guerra; el lienzo muestra a dos lisiados de guerra. Un personaje
parece ser de clase media o alta, pero no tiene piernas, se mueve con la ayuda
de una patineta y bastones. Lleva un bombín y una bonita chaqueta con una
medalla prendida. El otro personaje lleva sombrero, barba y está mal vestido,
mientras que sólo tiene un brazo, es un mendigo y pide limosna.
En la historia de las ideas, los méritos de la contrarrevolución romántica alemana son invaluables. El propio Hegel tiene una participación tremenda en ellos por el hecho de que su filosofía dialéctica tendió un puente sobre el abismo que la Ilustración racionalista y la Revolución Francesa habían abierto entre la razón y la historia. Su reconciliación de lo razonable con lo real dio un poderoso impulso al pensamiento histórico y, de hecho, creó la ciencia de la historia, la cual apenas había existido antes de esa época. El Romanticismo es esencialmente sumersión, especialmente sumersión en el pasado; es nostalgia por el pasado y, al mismo tiempo, es la apreciación realista de todo lo verdaderamente pretérito por derecho propio, con su color local y su atmósfera. No es de extrañar que el Romanticismo fuera particularmente propicio para la escritura de la historia e inaugurara, de hecho, la historia en su forma moderna.
Las contribuciones del Romanticismo al reino de lo bello, como ciencia, como doctrina estética, son ricas y fascinantes. El positivismo y la Ilustración intelectualista no tienen la menor noción de la naturaleza de la poesía; solo el Romanticismo se la comunicó a un mundo que se moría de aburrimiento en un virtuoso academicismo. El Romanticismo poetizó la ética al proclamar el derecho de la individualidad y de la pasión espontánea. Rescató los tesoros de las canciones y los relatos desde las profundidades de la cultura popular del pasado; el Romanticismo fue la genial protectora de la ciencia del folclor que se presenta, en sus abigarrados colores, como una variedad de exotismo. La prioridad que concede a lo emocional sobre lo racional, incluso en sus formas arcanas de éxtasis místico e intoxicación dionisíaca, lo sitúa en una relación peculiar y psicológicamente muy fructífera con la enfermedad; el romántico tardío Nietzsche, por ejemplo, él mismo un espíritu elevado por la enfermedad a cumbres de un genio fatal, fue pródigo en sus elogios a la enfermedad como medio de conocimiento. En este sentido, incluso el psicoanálisis, que representa un gran avance hacia la comprensión del hombre desde el lado de la enfermedad, es una rama del Romanticismo.
Goethe definió lacónicamente lo clásico como lo sano y lo romántico como lo enfermizo. Una definición dolorosa para alguien que ama el Romanticismo hasta en sus pecados y vicios. Pero no se puede negar que, incluso en sus aspectos más bellos y etéreos, allí donde lo popular se une con lo sublime, lleva en su corazón el germen de la morbilidad, como la rosa lleva al gusano; su carácter más íntimo es la seducción, la seducción hacia la muerte. Esta es su paradoja confusa: si bien es el representante revolucionario de las fuerzas irracionales de la vida frente a la razón abstracta y el humanitarismo insulso, posee una profunda afinidad con la muerte en virtud de su propia entrega a lo irracional y al pasado. En Alemania, su verdadera patria, es donde ha conservado con mayor fuerza este dualismo iridiscente, como glorificación de lo vital en contraste con lo puramente moral, e igualmente como parentesco con la muerte. Como espíritu alemán, como contrarrevolución romántica, ha aportado impulsos profundos y vitalizadores al pensamiento europeo; pero, por otra parte, su orgullo de vida y muerte ha desdeñado aceptar cualquier instrucción correctora de Europa, del espíritu de la religión europea de la humanidad, de la democracia europea. En su ropaje político-realista de poder, como bismarckianismo, como victoria alemana sobre Francia, sobre la civilización, y mediante la erección del imperio del poder alemán, que aparentemente florecía con la salud más robusta, concitó el asombro del mundo, al tiempo que lo confundía y deprimía. Y tan pronto como el propio genio dejó de estar al timón de este imperio, mantuvo al mundo en un estado constante de zozobra.
Por lo demás, el reino del poder unificado fue una decepción cultural. Ninguna grandeza intelectual provino de la Alemania que una vez había sido la maestra del mundo. Solo era fuerte. Pero en esta fuerza y en toda su eficiencia organizada, el germen romántico de la enfermedad y de la muerte vivía y actuaba. El infortunio histórico, el sufrimiento y la humillación de una guerra perdida fueron su alimento. Y, reducida a un miserable nivel de masas, el nivel de un Hitler, el Romanticismo alemán estalló en una barbarie histérica, en una juerga y un paroxismo de arrogancia y crimen, que ahora encuentra su horrible final en una catástrofe nacional, un colapso físico y psíquico sin parangón.
La historia que he contado aquí en breves líneas es la historia de la «interioridad» alemana. Es una historia melancólica -la llamo así, en lugar de «trágica», porque el infortunio no debe jactarse-. Esta historia debería convencernos de una cosa: de que no hay dos Alemanias, una buena y una mala, sino una sola, cuyo mejor elemento se convirtió en mal por medio de una astucia diabólica. La Alemania malvada es meramente la Alemania buena extraviada, la Alemania buena en la desgracia, en la culpa y en la ruina. Por esa razón, es del todo imposible para alguien nacido allí renunciar simplemente a la Alemania malvada y culpable y declarar: «Yo soy la Alemania buena, noble y justa con la túnica blanca; os dejo a vosotros la tarea de exterminar a la malvada». Ni una sola palabra de todo lo que acabo de decir sobre Alemania, o que he intentado indicar, provino de un conocimiento ajeno, frío y objetivo; todo está dentro de mí, yo lo he vivido todo.
En otras palabras, lo que he intentado ofrecer aquí dentro de estos límites ha sido una pieza de autocrítica alemana; y verdaderamente, nada podría haber sido más fiel a la tradición alemana. La tendencia hacia la autocrítica, a menudo hasta el punto del autodesprecio y la autoexecración, es profundamente alemana; y resulta eternamente incomprensible cómo un pueblo tan inclinado al autoanálisis pudo jamás concebir la idea de la dominación mundial. La cualidad más necesaria para la dominación mundial es la ingenuidad, una feliz limitación e incluso una falta de propósito, pero ciertamente no una vida social extrema, como la alemana, en la que la arrogancia se une a la contrición. Nada de lo que un francés, un inglés o un americano haya dicho jamás abiertamente sobre su pueblo puede compararse remotamente con las verdades despiadadas que grandes alemanes -Hölderlin, Goethe, Nietzsche- han pronunciado sobre Alemania. En una conversación, al menos, Goethe llegó al extremo de desear una diáspora alemana. «Como los judíos», dijo, «¡los alemanes deben ser trasplantados y dispersados por el mundo!». Y añadió: «para desarrollar el bien que hay en ellos, plenamente y en beneficio de las naciones».
Este gran bien existe realmente, pero no pudo fructificar en la forma tradicional del Estado nacional. Las leyes de inmigración de los demás Estados probablemente impedirán de manera categórica esa dispersión por el mundo que Goethe deseaba para los alemanes y por la cual sentirán ahora una fuerte inclinación. Pero a pesar de todas las advertencias drásticas contra las expectativas excesivas que hemos recibido del vasto desempeño de la política de poder, ¿no podemos albergar la esperanza de que, tras esta catástrafe, se den los primeros pasos experimentales en dirección a una condición mundial en la que el individualismo nacional del siglo XIX se disuelva y finalmente desaparezca, y que ofrezca oportunidades más felices para el desarrollo de lo «bueno» en el carácter alemán que las insostenibles condiciones antiguas? ¿No debería ser posible, después de todo, que la liquidación del nazismo allane el camino para una reforma social mundial que ofrezca la mayor perspectiva de felicidad precisamente a las inclinaciones y necesidades de Alemania? Una economía mundial, la minimización de las fronteras políticas, una cierta despolitización de los Estados en general, el despertar de la humanidad a la comprensión de su unidad práctica, sus primeros pensamientos sobre un Estado mundial... ¿cómo podría todo este humanitarismo social -el verdadero objeto de la gran contienda-, que supera con creces los límites de la democracia burguesa, ser ajeno y repugnante al carácter alemán? En el aislamiento del alemán siempre hubo tanta nostalgia de compañía; de hecho, en el fondo de la misma soledad que lo hacía malvado, residía siempre el deseo de amar, el deseo de ser amado. Al final, el infortunio alemán es solo el paradigma de la tragedia de la vida humana. Y la gracia que Alemania necesita con tanta urgencia, la necesitamos todos nosotros.