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21 abril 2017

Descifrando la política exterior de Trump (1)


















Por: Tito Andino U.


La perspectiva de las relaciones internacionales del presidente estadounidenses aparentan, hasta cierto punto, ser contradictorias. Desde la campaña electoral declaró un giro total en la política exterior, al punto de interpretarlo como el fin de un guión pre-elaborado por sus antecesores para consolidar la hegemonía económica – política y militar de su país en el resto del mundo.

Trump apuesta por un equilibrio internacional en el manejo de las relaciones comerciales con otras potencias mundiales, es decir, dejar de imponer (inclusive por la fuerza) las reglas de las grandes transnacionales norteamericanas a otras naciones. 

Una mayor y mejor cooperación redundará en beneficios mutuos, piensa Trump, que proviene del mundo de los negocios y actúa en tal sentido. Para qué seguir manteniendo guerras por los recursos energéticos (petróleo, gas), si con las negociaciones pueden seguir manteniendo con total seguridad sus "zonas de influencia"?. Sobre todo, cuando se ha demostrado que las reservas petroleras en el mundo siguen siendo ilimitadas, al menos hasta el próximo siglo (el llamado "pico del petróleo" que alarmó a las grandes potencias industriales es un mito, no sabemos si fue un fraude o un pretexto para continuar con las guerras imperiales, ahora denominadas "globalización"; o, si los estudios científicos se basaron en datos erróneos).

Un cambio de esa trascendencia no tendría parangón en la historia, estaríamos afrontando, como analizan algunos estudiosos, el fin del Imperialismo norteamericano, el ciclo de la imposición mundial –por cualquier método- del modelo neoliberal encabezado por los Estados Unidos. Llegaría, si no a su fin, al menos a una revisión drástica de los medios para imponer su supremacía en los países del denominado “Tercer Mundo”.


Naturalmente, esa visión de Trump, cambiando las reglas de juego del tablero geopolítico internacional, tiene sus grandes y poderosos contradictores en casa. A lo largo de la existencia de la nación la política exterior de los Estados Unidos ha sido única, someter a sus dictados en materia política y económica a las naciones del patio trasero (Latinoamérica), en el Próximo y Lejano Oriente, en el África e incluso en Europa tras su aporte (económico y logístico) para liberarla del nazismo y afrontar los desafíos del hermético modelo comunista encarnado en la Unión Soviética.




Ese modus operandi que los consecutivos gobiernos estadounidenses han venido manteniendo sin ninguna modificación, con Trump, supuestamente, debería llegar a su fin, él ha proyectado una nueva estrategia para reemplazar tantos planes elaborados a lo largo de la historia, como el “Plan Marshall” de  la reconstrucción de la Europa de posguerra, obviamente ejerciendo el liderazgo mundial del capitalismo en reemplazo del decadente Imperio Británico; y, la posterior “Doctrina Carter” que alude al empleo de cualquier método (la guerra) para controlar las riquezas energéticas mundiales como recurso estratégico para la seguridad y supervivencia de los Estados Unidos, por citar un par de ejemplos. Aquellas deberían ser, sino sepultadas, por lo menos modificadas drásticamente.

Es muy temprano para dilucidar el destino de la política exterior norteamericana en la era Trump, o el cómo se la denominará en el futuro, si llega a supervivir (tanto la nueva doctrina o el mismo Trump). Trump aún debe afrontar el mayor desafío, que no es Rusia, ni  China, ni Corea del Norte ni Irán, etc.

El mayor peligro que corre Trump, de ver frustrado su nuevo estilo para imponer un “orden” económico global, está en casa. La mayor amenaza surge de los Halcones estadounidenses, del ultra-poderoso complejo industrial-militar y, claro, del poder financiero internacional, que están gustosos con la forma pausada, pero segura, de controlar todo, de seguir enriqueciéndose brutalmente con la venta de armamento, imponiendo sus condiciones en los mercados y aplicando la técnica de despoblación gradual con los conflictos bélicos, aunque eso no les parezca lo suficiente… Los conflictos del Próximo Oriente demuestran que la sangría se ha incrementado de manera dramática por obra y gracia, precisamente, de los Estados Unidos y sus socios.

Si debemos creer en la nueva doctrina Trump, éste anhela sustituir la potencial amenaza de una guerra nuclear con superpotencias como China y Rusia, con quienes pretendería arribar a un acuerdo general para mantener sus respectivas áreas de influencia naturales y una progresiva cooperación económica e industrial.

Es decir, con Trump, los Estados Unidos renunciaría a fomentar la implantación del “orden democrático” por la vía armada en todas las regiones del mundo, siempre que se siga respetando el statu quo vigente y manteniendo acceso ilimitado, pero compartido, de los recursos energéticos con las otras superpotencias

Como contrapartida, Rusia y China, que también necesitan esos recursos, obtendrían garantías para desarrollar grandes proyectos como el resurgimiento sin obstáculos de las “Rutas de la Seda” (guerras regionales provocadas para sabotearlas).

Recuerden que la paz mundial depende de que los Estados Unidos y sus aliados de la Europa Occidental y regionales permitan y garanticen el desarrollo de Rusia y China, esa parece ser la consigna de Trump.

Lo difícil de esta política es la forma de conseguirlo y sobre todo certificar que sea perdurable.




Las señales están lanzadas, Trump entiende ahora que abogar por un entendimiento con China es mejor que la retórica de amenazas, ya lo hemos visto en la reunión con el presidente Xi Jinping, ello significaría desbaratar el plan elaborado hace décadas de acercar las fuerzas militares estadounidenses para rodear China y desestabilizarla económica y políticamente (la guerra de Corea, que derivo en la división en dos repúblicas, es una consecuencia de aquella trama). También las señales han sido lanzadas, aunque de manera velada, dando un espaldarazo al presidente Putin en su empeño de destruir la otrora arma secreta de guerra americana – el terrorismo- y su punta de lanza que es el yihadismo para desestabilizar y controlar el Próximo Oriente.

Si debemos confiar en la nueva doctrina Trump, el escenario que se vislumbra es el siguiente:

Una posible mayor cooperación económica entre Estados Unidos – China – Rusia en detrimento de sus socios de la OTAN y Europa Occidental, en general, Europa no tendrían otra opción que aceptar esa nueva ecuación, no sin antes intentar derrumbarla; de ahí que el Reino Unido, Francia y Alemania, principalmente, manejan estrategias diferentes a los Estados Unidos en la guerra Siria.

El objetivo militar de los Estados Unidos debería centrarse no solo en apoyar la verdadera guerra anti terrorista, sino demoler su estructura política-financiera; algo que no gusta a muchos de sus aliados en Próximo Oriente y Europa (las monarquías wahabíes, Turquía e Israel, Francia, Reino Unido, Alemania y otros) que miran con disgusto el pretendido intento de desmantelar su otrora –caballo de Troya regional- el yihadismo.

En consecuencia, Estados Unidos -hipotéticamente- apuntalará su militarismo no ya hacia China y Rusia. Los parámetros actuales dilucidan que esa perspectiva va encaminada ahora hacia Corea del Norte.

Algunos indicios sugieren que tanto los chinos y rusos podrían quedarse con los brazos cruzados ante un eventual conflicto en la península coreana. Pero los intereses chinos en Corea del Norte va más allá de una presunta neutralidad en un hipotético ataque norteamericano. 

China es el principal socio comercial de los norcoreanos (casi monopólico), pero para estas fechas ha suspendido la compra de carbón norcoreano, un pilar importante para sostener la economía del régimen de Pionyang (tal vez una forma de presión para controlar sus ensayos nucleares). Norcorea ofrece, además a China una variedad sustancial de minerales: hierro, cobre, plata, uranio y otros metales estratégicos para la industria china. Otra alerta es que China ha efectuado una movilización masiva de tropas a la frontera norcoreana, aunque es lógico pensar que tratará de asegurarse que Corea del Norte no sea ocupada por fuerzas norteamericanas, en el hipotético ataque e invasión-. 

El temor -fundado- de la República Popular China es que una caída del régimen norcoreano significará la adhesión de ese territorio a Corea del Sur, por consiguiente, ya llegada de fuerzas militares estadounidenses a sus fronteras.

Y, como hemos dicho, al fin y al cabo ese fue el principal motivo de la división de Corea. Los Estados Unidos siempre han pretendido acercarse a las fronteras chinas, cercarla con bases militares en sus fronteras, es lo mismo que han hecho y vienen haciendo con Rusia por medio de la OTAN.

Otra pregunta clave es: Con la nueva doctrina Trump de cooperación con China y Rusia, terminará esa política de cerco de los Estados Unidos a Rusia y China?. 

La política de apaciguamiento y llamado al diálogo por parte de Rusia y China a Pionyang no se debe tanto a que estén de acuerdo con los estadounidenses para paralizar el programa de armas nuclares norcoreano, sino que la continua desestabilidad de la zona no permite a chinos y rusos invertir más recursos con total seguridad.  Rusia también anhela abrir mayores mercados hacia Corea del Norte negociando su gas y petróleo.

A nadie le interesa un conflicto nuclear. Las consecuencias serían desastrosas para el mundo en una conjetural conflagración nuclear, aun en el hipotético caso de una confrontación directa, pero limitada, entre Estados Unidos – Corea del Norte, sin duda afectará zonas de influencia regional de los aliados de Norteamérica, como Japón y Corea del Sur; además, nadie puede prever las consecuencias ambientales de los efectos radiactivos desbastadores que pueden alcanzar amplios territorios chinos y rusos.

En teoría, y siempre planteando la situación como hipótesis, la mejor solución para las superpotencias es seguir buscando la forma de entenderse (controlar) con Corea del Norte. La pregunta lógica es, cómo se consigue eso?... Con los Estados Unidos es imposible, solo China Y Rusia están en posición de mediar en la materia.

En la siguiente entrega revisaremos la política exterior de Trump dirigida a luchar de forma verdadera contra el yihadismo en Siria y el Próximo Oriente.

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