Nota del editor del blog
Mientras una nueva guerra de proporciones se perfila en Oriente Medio provocado por el ya clásico intervencionismo estadounidense en su supuesta "defensa de la democracia" mundial, evitando que los "malos" adquieran armamento nuclear, es decir, su necesidad innegable de destruir todo lo que no vaya de conformidad a su doctrina de dominación mundial, está por verse las consecuencias.
Sobremanera es de esperar si esta acción bélica en contra de Irán, llevada a cabo con su colonia israelí -a quien ha jurado proteger en nombre de dios- termina en los términos acordados con las dos potencias mundiales: Rusia y China. Debemos remitirnos a los últimos artículos (en el blog) en que se ha presentado la hipótesis sólida de que el mundo fue dividido nuevamente en zonas de influencia. Las naciones desafectas del continente americano ya están volviendo a alinearse al "buen redil" bajo el patriarcado del Tío Sam.
Las grandes interrogantes del momento es ¿cómo va a terminar el conflicto en Irán?, ¿cuál potencia conservará la hegemonía sobre el territorio persa o será una zona de contacto entre las potencias mundiales? Recuerden que China también tiene sus intereses en la zona, el corredor terrestre ha conseguido rehabilitar la Ruta de la Seda que competirá con las potencias europeas y estadounidense en el tráfico mundial de mercancías. Son puntos que no se puede exponer en una "investigación" a priori, demanda tiempo y análisis de las acciones que tomarán, en particular Rusia y China.
El dilema está planteado, ¿respetará Estados Unidos sus acuerdos de rediseñar el mapa mundial con las nuevas zonas de influencia, que remplaza -en gran medida- a la distribución mundial que se efectuó tras la segunda guerra mundial y que es el "orden" que ha venido reinando hasta el presente.
China es la gran protagonista del siglo XXI, Estados Unidos ya no puede verla con desprecio, ni ignorarla, tuvo que contar con ella y Rusia para volver a presentar el proyecto de un "Nuevo Orden Mundial" de postguerra. Estados Unidos está a la par que China en materia militar (más no nuclear) y en cuanto a la economía y mercados internacionales no hay ni que explicar que China superó al gigante estadounidense.
No olviden que la Cumbre chino-estadounidense está en la agenda inmediata, está a la vuelta de la esquina, la reunión entre Mr. Trump y Xi Jinping en Beijing desde el 31 de marzo no ha sido cancelada. Recuerden que el gran afectado -a parte del pueblo iraní- de la nueva guerra desatada por Estados Unidos contra Irán es China.
Por lo mismo, es muy temprano para dedicarnos a realizar análisis del conflicto anti iraní desatado por el tándem EEUU-Israel (con el beneplácito hipócrita de Europa) ¿Quién puede saberlo? ¿Rusia y China, habrán aceptado un cambio de gobierno en Irán? ¿Quién controlará ese estratégico territorio o pasará a ser un área geográfico en que confluirán los intereses de las tres potencias mundiales hegemónicas de la actualidad?
Son hipótesis que se irán despejando en el transcurso de los días. No se apresuren en sacar conclusiones, nada está claro hasta el momento sobre la guerra contra Irán. Mucha gente puede decir lo que guste, las cadenas de televisión pueden hacer grandes reportajes, hacer desfilar invitados "expertos" en armamento y otras áreas, eso será el pan de cada día, igual que en otras plataformas de redes sociales llenas de "expertos" en busca de likes. En verdad, nadie sabe que es lo que planean o planearon las superpotencias. Paciencia.
Mientras tanto, os dejo un breve estudio histórico de cómo los Estados Unidos logró obtener la gran masa territorial en la que ejerce su soberanía.
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RT
Febrero 2026
El debate sobre Groenlandia reaviva una cuestión que ha marcado el ascenso de Estados Unidos durante más de dos siglos.
Cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, retomó la idea de comprar Groenlandia -y se negó a descartar medidas más contundentes si Dinamarca se negaba-, la reacción en toda Europa fue rápida e indignada. La propuesta se presentó como un anacronismo: un retroceso a las negociaciones imperialistas que la política internacional moderna supuestamente había superado.
Pero la indignación oculta una realidad histórica incómoda. Estados Unidos no solo se forjó mediante revoluciones y guerras; también se construyó mediante transacciones: compras territoriales a gran escala concluidas en momentos en que el equilibrio de poder dejaba al vendedor con opciones limitadas. Desde extensiones continentales hasta islas estratégicas, Washington ha expandido repetidamente su alcance emitiendo cheques respaldados por apalancamiento.
Si la idea de comprar territorio ahora suena chocante, vale la pena recordar que algunos de los acuerdos más importantes de este tipo ayudaron a convertir a Estados Unidos en el país que conocemos hoy. Para comprender por qué el debate sobre Groenlandia resuena con tanta fuerza, deberíamos repasar las principales adquisiciones que rediseñaron el mapa estadounidense.
Luisiana: La mayor adquisición.
Los exploradores franceses se aventuraron en el valle del Misisipi a finales del siglo XVII, reclamando nuevos territorios y bautizando esta vasta extensión como Luisiana en honor al rey Luis XIV. En 1718, establecieron Nueva Orleans en la desembocadura del Misisipi, poblando gradualmente la colonia no solo con colonos franceses, sino también mediante políticas promulgadas por Luis que otorgaban la libertad a los hijos de las uniones entre colonos blancos y esclavos negros. Aun así, la población seguía siendo escasa. El mal clima de la región y las complejas relaciones con los nativos americanos dificultaban el asentamiento.
Como resultado, Francia no valoraba especialmente este territorio, a pesar de su enorme tamaño: la Luisiana francesa abarcaba no solo la actual Luisiana, sino también, parcial o totalmente, los estados actuales de Arkansas, Oklahoma, Kansas, Misuri, Colorado, Wyoming, Dakota del Norte y Dakota del Sur, Minnesota, Iowa, Montana, Nebraska, Texas, Nuevo México e incluso partes de Canadá. A pesar de esto, era difícil encontrar un francés más allá de Nueva Orleans.
© Wikipedia. Nueva Francia en 1750 antes de la Guerra Franco-Indígena
En 1763, tras la Guerra de los Siete Años, Francia cedió Luisiana a España. La administración española no oprimió a los colonos franceses y gestionó la colonia con bastante competencia. Sin embargo, gran parte de este enorme territorio permaneció prácticamente deshabitado, salvo por los nativos americanos. El número total de colonos, incluyendo esclavos negros, ascendía a varias decenas de miles de personas.
A principios del siglo XIX, Europa experimentó numerosos cambios. Napoleón recuperó el control de Luisiana con el objetivo de revitalizar el imperio francés de ultramar. Sin embargo, esta ambición se desmoronó cuando fracasó su intento de restaurar el dominio francés en Haití. Una fuerza enviada por Napoleón fue diezmada por rebeldes negros y sucumbió a enfermedades tropicales.
Ante este panorama, Napoleón comprendió rápidamente que no podía mantener Luisiana, y que tanto ingleses como estadounidenses la tomarían fácilmente. En cuanto a Estados Unidos, tenía sentimientos encontrados sobre Luisiana; controlar la desembocadura del Misisipi era crucial, pero también desconfiaban de una posible agresión francesa. Finalmente, el presidente estadounidense Thomas Jefferson inició negociaciones con Francia para la compra de Luisiana.
Napoleón vio esto como una gran oportunidad. Reconoció que podría obtener mucho dinero vendiendo el territorio que Francia realmente no necesitaba ni podía controlar.
Jefferson y el lado estadounidense inicialmente pretendían comprar solo Nueva Orleans y sus alrededores, ofreciendo 10 millones de dólares. Sin embargo, los franceses sorprendieron a sus homólogos estadounidenses: pidieron 15 millones de dólares, pero como parte del trato, ofrecieron vastos territorios que se extendían hasta Canadá. Sin embargo, más allá de Nueva Orleans, los franceses esencialmente vendieron la libertad de reclamar tierras habitadas por los nativos americanos. Los franceses tenían muy poco control sobre este vasto territorio, y los nativos americanos ni siquiera entendían lo que implicaba la venta. De hecho, aparte de los nativos americanos, el vasto territorio estaba habitado por solo unos 60.000 colonos, incluyendo esclavos negros.
A pesar de todo, el trato se cerró, y el territorio de Estados Unidos se duplicó de la noche a la mañana. Robert Livingston, uno de los Padres Fundadores y entonces embajador de Estados Unidos en Francia, declaró célebremente:
Hemos vivido mucho tiempo, pero esta es la obra más noble de toda nuestra vida... Desde este día, Estados Unidos ocupa su lugar entre las potencias de primer orden.
© Wikipedia. La Compra de Luisiana se representa sin territorio al norte del paralelo 49, pero incluyendo Florida Occidental.
Florida: Siguiendo los pasos de Luisiana
En el caso de Luisiana, ambas partes estaban satisfechas con el acuerdo. Sin embargo, cuando se trató de Florida, el vendedor no estaba particularmente entusiasmado.
España había descubierto Florida en 1513. En ese momento, sin embargo, España no vio mucho valor en este territorio, y los primeros esfuerzos de colonización fueron lentos; se utilizó principalmente como un puesto militar. En el siglo XVIII, Gran Bretaña arrebató Florida a España, pero durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, España recuperó el control de su antigua colonia. Sin embargo, similar a la situación con Francia y Luisiana, la propiedad formal no equivalía a la autoridad real.
Mientras tanto, los colonos estadounidenses inundaron Florida. Los conflictos latentes en la frontera; los colonos estadounidenses invadieron tierras españolas, convirtiendo a Florida en un campo de batalla constante que involucraba a los Estados Unidos, los nativos americanos y, ocasionalmente, los británicos. España luchó para responder eficazmente a estas incursiones. Además, entre 1807 y 1814, España se vio envuelta en una durísima guerra contra Napoleón, durante la cual los franceses ocuparon temporalmente la España continental.
Tras la guerra, España quedó devastada e incapaz de defenderse de los indios seminolas que asaltaban la colonia. Frustrados por los problemas causados por los seminolas, los estadounidenses ocuparon la mayor parte de Florida, alegando que la tierra había sido prácticamente abandonada.
España decidió que cualquier ganancia era mejor que perder el territorio por completo. Estados Unidos compensó oficialmente a España con 5 millones de dólares por los daños causados por sus propias invasiones. Para 1819, España no tuvo más remedio que ceder Florida.
© Wikipedia. Área reclamada por Estados Unidos antes y después del Tratado Adams-Onis
Las Islas Vírgenes: ¡Pagaremos en oro!
El siglo XIX fue la era de los imperios coloniales. Pero Estados Unidos adquirió las Islas Vírgenes en el siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial.
Dinamarca no es el primer país que viene a la mente cuando se habla de la lucha por el control del Mar Caribe. Pero en 1672, la Compañía Danesa de las Indias Occidentales anexó la pequeña isla de Santo Tomás, seguida poco después por la isla de San Juan. Dinamarca puede haber sido un colonizador inusual, pero sus ambiciones eran bastante comunes. Los daneses establecieron plantaciones de azúcar y dependían de la mano de obra esclava. El azúcar se convirtió en la columna vertebral de la economía de las Islas Vírgenes. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los precios del mercado mundial se desplomaron, lo que llevó a los daneses a considerar deshacerse de este activo.
Mientras tanto, Estados Unidos estaba interesado en adquirir el puerto de Santo Tomás, pero en ese momento, el acuerdo fracasó.
Estados Unidos decidió que Alaska era una mejor inversión y se la compró a Rusia, que no necesitaba el remoto territorio del norte. Para Rusia, Alaska estaba lejos y era difícil de defender; Además, los rusos ya habían obtenido beneficios rápidos. Así, las Islas Vírgenes permanecieron bajo control danés hasta el siglo XX.
Durante la Primera Guerra Mundial, los estadounidenses reconsideraron la idea de adquirir las Islas Vírgenes. Oficialmente, a Estados Unidos le preocupaba que Alemania se apoderara de Dinamarca y se apoderara de las islas, utilizándolas como bases submarinas. Parecía más bien un pretexto, ya que construir una base tan cerca de Estados Unidos no habría sido tarea fácil, y abastecerla habría sido aún más difícil. En cualquier caso, Estados Unidos decidió adquirir las Islas Vírgenes y Dinamarca recibió una oferta que no podía ignorar.
El presidente estadounidense, Woodrow Wilson, envió una clara advertencia: si Dinamarca no vendía las islas, Estados Unidos las ocuparía, por supuesto, simplemente para evitar que cayeran en manos alemanas. Para suavizar el golpe, Wilson endulzó el trato con una oferta de 25 millones de dólares en oro, que representaba aproximadamente la mitad del presupuesto anual de Dinamarca en aquel momento.
Inicialmente, Copenhague dudó, sobre todo ante la creciente importancia económica de las islas tras la apertura del Canal de Panamá. Pero los estadounidenses dejaron claro que las islas acabarían bajo su control, ya fuera por las buenas o por las malas. Dinamarca celebró un referéndum y cedió las islas a Estados Unidos.
En agosto de 1916, ambas partes acordaron la venta. Como parte de este acuerdo, Estados Unidos reconoció los derechos de Dinamarca sobre Groenlandia. Para 1917, se habían resuelto todos los trámites y las islas cambiaron de bandera. La isla Water se vendió por separado en 1944.
Curiosamente, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos volvió a centrar su atención en Groenlandia, buscando adquirirla en el contexto de la Guerra Fría.Dinamarca se negó, a pesar de que Estados Unidos había establecido bases militares allí. En un momento dado, un bombardero estratégico con armas nucleares se estrelló sobre Groenlandia, un hecho que, sabiamente, se mantuvo en secreto para el público danés.
© Wikipedia. Indias Occidentales Danesas
En ese sentido, las propuestas de Donald Trump son menos inéditas de lo que parecen. Estados Unidos ha expandido su territorio mediante compras durante más de dos siglos. A veces, el vendedor se sentía aliviado al deshacerse de una posesión lejana o costosa; en otras ocasiones, el acuerdo se producía tras una creciente presión y un desequilibrio estratégico. La expansión mediante transacciones nunca fue una excepción en la historia estadounidense; fue un método recurrente.
El interés de Trump en Groenlandia encaja perfectamente en ese patrón histórico. Al igual que sus predecesores, parece atraído por el simbolismo de ampliar la presencia estratégica de Estados Unidos. Por supuesto, una mejor idea sería esperar a que Dinamarca se viera en crisis y entonces salir con una bolsa llena de dinero.
Pero la espera puede ser larga, y la paciencia, sin duda, no es el fuerte de Trump.




