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02 julio 2016

PSEUDO CIENCIA EN EL PAIS NAZI (V parte)





El Retorno de los Brujos


Otras excéntricas teorías nazis

Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver”. (H. Goering)

Es extraordinario, pero es verdad: altos dignatarios nazis y expertos militares negaron pura y simplemente lo que parece evidente a un niño de nuestro mundo civilizado, a saber, que la Tierra es una bola llena y que nosotros estamos en la superficie. Encima de nosotros, piensa el niño, se extiende un universo, infinito, con sus millones de estrellas y sus galaxias. Debajo de nosotros, está la roca. Si buscamos algo que pueda asegurar mejor que nada la unidad de la civilización moderna, lo encontramos en la cosmogonía. En lo esencial, es decir, en la situación del hombre y de la Tierra en el Universo, estamos todos de acuerdo, tanto si somos marxistas como si no lo somos. Sólo los nazis no estaban conformes.


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La Tierra es cóncava. — Vivimos en el interior. — El Sol y la Luna están en el centro de la Tierra. — El radar al servicio de los magos. — Una religión nacida en América. — Su profeta alemán era aviador. — La Tierra cóncava, los satélites artificiales y los alérgicos a la noción de infinito. — Un arbitraje de Hitler. — Más allá de la coherencia.


Estamos en abril de 1942. Alemania vierte todas sus fuerzas en la guerra. Nada, al parecer, es capaz de desviar a los técnicos, a los sabios y a los militares de su tarea inmediata.

Sin embargo, una expedición organizada, con asentimiento de Goering, de Himmler y de Hitler, abandona el Reich con gran sigilo. Forman esta expedición algunos de los mejores especialistas del radar. Bajo la dirección del doctor Heinz Fisher, conocido por sus trabajos sobre los rayos infrarrojos, desembarcan en la isla báltica de Rugen. Van provistos de los aparatos de radar más perfeccionados. Estos aparatos son todavía raros en  esta época, y están repartidos en los puntos neurálgicos de la defensa alemana. Pero las observaciones que van a realizarse en la isla de Rugen son consideradas, por el alto Estado Mayor de Marina, como de importancia capital para la ofensiva que Hitler se apresta a desencadenar en todos los frentes.

No bien hubieron llegado, el doctor Fisher apuntó los aparatos al cielo, en un ángulo de cuarenta y nueve grados. Salta a la vista que nada hay que detectar en la dirección elegida. Los otros miembros de la expedición creen que se trata de un ensayo. Ignoran lo que se espera de ellos. Más tarde les será revelado el objeto de la expedición. Desconcertados, comprueban que los aparatos siguen apuntando en la misma dirección durante muchos días. Entonces se les da esta explicación: El Führer tiene buenas razones para creer que la Tierra no es convexa, sino cóncava. No habitamos en el exterior del Globo, sino en su interior. Nuestra posición es comparable a la de las moscas que andan por el interior de una esfera. El objeto de la expedición es demostrar científicamente esta verdad. Gracias a la reflexión de las ondas del radar, que se propagan en línea recta, se obtendrán imágenes de puntos extraordinariamente alejados en el interior de la esfera. El segundo objeto de la expedición es obtener, por reflexión, imágenes de la flota inglesa anclada en Scapaflow.




Martin Gardner relata esta loca aventura de la isla de Rugen en su obra In the Name of Science. El propio doctor Fisher aludiría a ella, después de la guerra. El profesor Gerard S. Kuiper, del Observatorio del Monte Palomar, consagró en 1946 una serie de artículos a la doctrina de la Tierra cóncava que había presidido aquella expedición. Escribía en Popular Astronomy: «En ciertos medios importantes de la Marina y de la Aviación alemanas, creían en la teoría de la Tierra cóncava. Pensaban que les resultaría particularmente útil para señalar la posición de la flota inglesa, y que la curvatura cóncava de la Tierra permitiría observaciones a gran distancia por medio de los rayos infrarrojos, menos curvados que los rayos visibles.» El ingeniero Willy Ley registra los mismos hechos en su estudio de mayo de 1947: Seudociencias en el país nazi.

Es extraordinario, pero es verdad: altos dignatarios nazis y expertos militares negaron pura y simplemente lo que parece evidente a un niño de nuestro mundo civilizado, a saber, que la Tierra es una bola llena y que nosotros estamos en la superficie. Encima de nosotros, piensa el niño, se extiende un universo, infinito, con sus millones de estrellas y sus galaxias. Debajo de nosotros, está la roca. Sea francés, inglés, americano o ruso, el muchacho está en esto de acuerdo con la ciencia oficial y también con las religiones y las filosofías admitidas. Nuestra moral, nuestras artes, nuestra técnica, se fundan en esta visión que la experiencia parece demostrar. Si buscamos algo que pueda asegurar mejor que nada la unidad de la civilización moderna, lo encontramos en la cosmogonía. En lo esencial, es decir, en la situación del hombre y de la Tierra en el Universo, estamos todos de acuerdo, tanto si somos marxistas como si no lo somos. Sólo los nazis no estaban conformes.




Según los partidarios de la Tierra cóncava que organizaron la famosa expedición paracientífica de la isla de Rugen, habitamos en el interior de una bola apresada en una masa de roca que se extiende hasta el infinito. Vivimos pegados a la superficie cóncava. El cielo está en el centro de esta bola: es una masa de gas azulado, con puntos de luz brillante que tomamos por estrellas. No hay más que el Sol y la Luna, pero infinitamente más pequeños que lo que afirman los astrónomos ortodoxos. El Universo no es más que esto. Estamos solos y envueltos en roca.

Vamos a ver cómo nació esta visión: de las leyendas, de la intuición y de la iluminación. En 1942, una nación empeñada en una guerra en que la técnica es soberana, pide a la ciencia que apoye a la mística y a la mística que enriquezca a la técnica. El doctor Fisher, especialista del infrarrojo, recibe el encargo de poner el radar al servicio de los magos.

En París o en Londres, tenemos nuestros pensadores excéntricos, nuestros descubridores de cosmogonías delirantes, nuestros profetas de cosas chocantes. Escriben opúsculos, frecuentan la trastienda de las librerías de viejo, pronuncian discursos en Hyde Park o en «La sala de Geografía» del boulevard Saint Germain. En la Alemania hitleriana, vemos a gentes de esta clase movilizando las fuerzas de la nación y el aparato técnico de un Ejército en guerra. Les vemos influyendo en los altos estados mayores, en los jefes políticos, en los sabios. Y es que estamos en presencia de una civilización completamente nueva, fundada en el desprecio a la cultura clásica y a la razón. En esta civilización, la intuición, la mística, la iluminación poética, están colocadas exactamente en el mismo plano que la investigación científica y el conocimiento racional. «Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver», dice Goering. Esta frase amenazadora tiene dos sentidos: el literal, en que vemos a Goering Ubu rompiendo la cabeza a los intelectuales, y otro más profundo y también más perjudicial a lo que llamamos cultura, en el que vemos a Goering lanzando balas explosivas que son la cosmogonía horbigeriana, la doctrina de la Tierra cóncava o la mística del grupo «Thule».

La doctrina de la Tierra cóncava nació en América a principios del siglo XIX. El 10 de abril de 1818, todos los miembros del Congreso de los Estados Unidos, los directores de las universidades y algunos grandes sabios recibieron la carta siguiente:

Saint Louis, Territorio del Missouri.América del Norte, 10 de abril.
Al mundo entero.
Declaro que la Tierra es cóncava y habitable interiormente. Contiene varias esferas sólidas, concéntricas, colocadas una dentro de otra, y está abierta en el polo de 12 a 16 grados. Me comprometo a demostrar la realidad de lo que anuncio y estoy dispuesto a explorar el interior de la Tierra si el mundo quiere ayudarme en mi empresa.
Jno. CLEVES SYMNES Ex capitán de Infantería de Ohio.


Sprague de Camp y Willy Ley, en su hermosa obra De la Atlántida a El dorado, resumen así la teoría y la aventura del ex capitán de Infantería:

«Symnes sostenía que, siendo hueco todo lo de este mundo, como los huesos, los cabellos, los tallos de las plantas, etc., también lo eran los planetas, y que, en el caso de la Tierra, por ejemplo, se podían distinguir cinco esferas colocadas unas dentro de otras, todas ellas habitables, tanto en el interior como en el exterior, y todas provistas de grandes aberturas polares, por las cuales los habitantes de cada esfera podían pasar de cualquier punto del interior a otro, así como al exterior, de la misma manera que una hormiga recorría el interior y después el exterior de un tazón de porcelana... Symnes organizaba sus ciclos de conferencias como campañas electorales. Dejó al morir montañas de notas y, probablemente, el pequeño modelo en madera del " globo de Symnes ", que se encuentra actualmente en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia. Su hijo, Americ Vespucius Symnes, era adepto suyo y trató, sin éxito, de reunir sus notas en una obra coherente. Añadió una suposición según la cual, cuando se cumplieran los tiempos, se descubrirían las Diez Tribus perdidas de Israel, viviendo probablemente en el interior de la más externa de las esferas

En 1870, otro americano, Cyrus Read Teed, proclama a su vez que la Tierra es cóncava. Teed era un espíritu de gran erudición, especializado en el estudio de la literatura alquimista. En 1869, mientras trabajaba en su laboratorio y meditaba sobre los libros de Isaías, había tenido una inspiración. Había comprendido que habitábamos, no sobre la Tierra, sino en su interior. Como esta visión devolvía el crédito a antiguas leyendas, Teed fundó una especie de religión y difundió su doctrina por medio de un pequeño periódico: La espada de fuego (1) Publicada por Plaza & Janes.

(1) En 1894 había reclutado más de cuatro mil fanáticos. Su religión se llamaba koreshismo. Murió en 1908, después de anunciar que su cadáver no se descompondría. No obstante, sus fieles tuvieron que hacerlo embalsamar a los dos días.







La idea de la Tierra hueca está relacionada con una tradición que se encuentra en todas las épocas y en todos los lugares. Las obras más antiguas de literatura religiosa nos hablan de un mundo separado, situado debajo de la corteza terrestre y donde moran los muertos y los espíritus. Cuando Gilgamesh, héroe legendario de los antiguos sumerios y de las epopeyas babilónicas, va a visitar a su antepasado Utnapishtim, desciende a las entrañas de la Tierra, y es también allí donde Orfeo va a buscar el alma de Eurídice. Ulises, al cruzar los límites del Occidente, ofrece un sacrificio con el fin de que los espíritus de los antiguos surjan de las profundidades de la Tierra y le aconsejen. Plutón reina en el fondo de la Tierra sobre los espíritus muertos. Los primeros cristianos se reúnen en las catacumbas y hacen de los abismos subterráneos la morada de las almas condenadas. Las leyendas germánicas exilian a Venus al centro de la Tierra. Dante sitúa el infierno en los círculos inferiores. Los folklores europeos alojan a los dragones bajo tierra, y los japoneses imaginan en las profundidades de su isla un monstruo cuyas sacudidas provocan los temblores de tierra.

Hemos hablado ya de una sociedad secreta prehitleriana, la «Sociedad del Vril», que amasaba estas leyendas con la tesis sostenida por el escritor inglés Bulwer Lytton en su novela La raza que nos suplantará. Según los miembros de aquella sociedad, unos seres que poseen un poder psíquico superior al nuestro habitan en cavernas en el centro de la Tierra. Un día saldrán de ellas para reinar sobre nosotros.

Al terminar la guerra de 1914, un joven aviador alemán, prisionero en Francia, Bender, descubre unos viejos ejemplares del periódico de Teed La espada de fuego, así como unos folletos de propaganda de la Tierra hueca. Atraído por este culto, e inspirado a su vez, concreta y desarrolla esta doctrina. De vuelta en Alemania, funda un movimiento, el Hohl Welt Lehre. Prosigue los trabajos de otro americano, Marshall B. Gardner, que había publicado una obra, en 1913, para demostrar que el Sol no estaba encima de la Tierra, sino en el centro de ésta, y que emitía rayos cuya presión nos mantenía en la superficie cóncava.

Según Bender, la Tierra es una esfera de la misma dimensión que en la geografía ortodoxa, pero es hueca, y la vida se halla adherida a la superficie interna por efecto de ciertas radiaciones solares. Más allá, se extiende la roca hasta el infinito. La capa de aire, en el interior, tiene un grosor de sesenta kilómetros; después se enrarece hasta el vacío absoluto del centro, donde se encuentran tres cuerpos: el Sol, la Luna y el Universo fantasma. Este Universo fantasma es una bola de gas azulado, en el cual brillan unos granos de luz que los astrónomos llaman estrellas. Cuando esta masa azul pasa por delante del Sol, cae la noche sobre una parte de la concavidad terrestre, y la sombra de aquella masa sobre la Luna produce los eclipses. Creemos en un universo exterior, situado encima de nosotros, porque los rayos luminosos no se propagan en línea recta: son curvos, a excepción de los infrarrojos. La teoría de Bender llegó a ser popular en los alrededores de 1930. Ciertos dirigentes del Reich y oficiales superiores de la Marina y de la Aviación creían en la Tierra cóncava.




Nos parece absolutamente insensato que los hombres encargados de la dirección de una nación hayan podido fundar en parte su conducta sobre intuiciones místicas que niegan la existencia de nuestro Universo. Sin embargo, hay que darse cuenta de que, para el hombre sencillo, para el alemán de la calle cuyo espíritu había sufrido los efectos de la derrota y de la miseria, la idea de la Tierra cóncava, allá por el año 1930, no era más alocada que la teoría según la cual un grano de materia contenía fuentes de energía ilimitada, o que la idea de un Universo de cuatro dimensiones.

La ciencia, después del fin del siglo XIX emprendía una ruta que no era la del sentido común. Para los espíritus primarios, desgraciados y místicos, toda rareza era admisible, y, sobre todo, las rarezas comprensibles y consoladoras, como la Tierra hueca. Hitler y sus camaradas, hombres salidos del pueblo y adversarios de la inteligencia pura, debían considerar más admisibles las ideas de Bender que las teorías de Einstein, que descubrían un Universo de infinita complejidad y lleno de infinitas sutilezas. El mundo de Bender era aparentemente tan loco como el mundo einsteniano, pero, para penetrar en él, bastaba con una locura de primer grado. La explicación del Universo de Bender, aunque fundada en premisas locas, se desarrolla de una manera razonable. El loco lo ha perdido todo, salvo la razón.

El Hohl Welt Lehre, que hacía de la Humanidad la sola presencia inteligente del Universo, que reducía este Universo a las dimensiones de la Tierra, que daba al hombre la sensación de hallarse abrigado, encerrado, protegido, como el feto en el claustro materno, satisfacía ciertas aspiraciones del alma desgraciada, replegada sobre un orgullo y llena de resentimientos contra el mundo exterior. Era, además, la única teoría alemana que podía oponerse al judío Einstein.

La teoría de Einstein se apoya en el experimento de Michelson y Morley, que demuestra que la velocidad de la luz se desplaza en el sentido de la revolución terrestre y es igual que la de la luz perpendicular a dicha revolución. Einstein deduce de ello que no existe, pues, un medio que «lleve» la luz, sino que ésta se compone de partículas independientes. Partiendo de esta base, Einstein advierte que la luz se contrae en el sentido del movimiento y que es una condensación de energía. Establece la teoría de la relatividad del movimiento de la luz. En el sistema Bender, la Tierra, al ser hueca, no se desplaza. No existe el efecto de Michelson. La tesis de la Tierra cóncava se adapta, pues, a la realidad tan bien como la de Einstein. En aquella época, ninguna verificación experimental había venido a corroborar el pensamiento de Einstein; la bomba atómica no había confirmado aún aquel pensamiento de un modo absoluto y terrorífico. Los dirigentes alemanes aprovecharon la ocasión de negar todo valor a los trabajos del genial judío, y empezó la persecución contra los sabios israelitas y contra la ciencia oficial.

Einstein, Teller, Fermi y otros muchos espíritus selectos tuvieron que emigrar. Fueron bien recibidos en los Estados Unidos, donde dispusieron de dinero y de laboratorios bien pertrechados. Aquí está el origen del poderío atómico americano. La marea de las fuerzas ocultas de Alemania dio la energía nuclear a los americanos.

El centro de estudios más importante del Ejército americano se encuentra en Dayton, Ohio. En 1957, se anunció que el laboratorio de este centro, consagrado a la domesticación de la bomba de hidrógeno, había logrado producir una temperatura de un millón de grados. El sabio que acababa de realizar este extraordinario experimento era el doctor Heinz Fisher, el mismo que dirigió la expedición de la isla de Rugen para verificar la hipótesis de la Tierra cóncava. Desde 1945, trabajaba libremente en los Estados Unidos. Interrogado por la Prensa americana sobre su pasado, declaró: «Los nazis me hacían realizar un trabajo de locos, lo que entorpecía considerablemente mis investigacionesCabe preguntarse lo que habría ocurrido y cómo se habría desarrollado la guerra si las investigaciones del doctor Fisher no hubiesen sido interrumpidas en provecho del místico Bender...

Después de la expedición de la isla de Rugen, la autoridad de Bender, a los ojos de los dignatarios nazis, decreció a pesar de la protección de Goering, que sentía afecto por el antiguo héroe de la aviación. Los horbigerianos, los partidarios del gran universo en que reina el hielo eterno, se alzaron con el triunfo. Bender fue arrojado a un campo de concentración, donde murió. La Tierra cóncava tuvo así a su mártir.

Sin embargo, ya mucho antes de aquella loca expedición, los discípulos de Horbiger abrumaban a Bender con sus sarcasmos y pedían la prohibición de las obras favorables a la Tierra cóncava. El sistema de Horbiger conserva las dimensiones de la cosmología ortodoxa, y es imposible creer a la vez en un Cosmos en que el hielo y el fuego prosiguen su lucha eterna, y en un globo hueco y apresado en una roca que se extiende hasta el infinito. Se pidió el arbitraje de Hitler. Su respuesta es digna de reflexión: «No necesitamos en absoluto —dijo Hitler— una concepción coherente del mundo. Los dos pueden tener razón

Lo que cuenta, no es la coherencia y la unidad de criterio; es la destrucción de los sistemas nacidos de la lógica y de los modos de pensar racionales, es el dinamismo místico y la fuerza explosiva de la intuición. En las tinieblas centelleantes del espíritu mágico cabe más de una centella.


Agua para nuestro horrible molino. — El diario de los Rubios. — El sacerdote Lenz. — Una circular de la Gestapo. — La última oración de Dietrich Eckardt. —La leyenda de Thule. — Un criadero de médiums. — Hausboffer, el mago. — Los silencios de Hess. — La cruz gamada y los misterios de la casa Ipatiev. — Los siete hombres que querían cambiar la vida. — Una colonia tibetana. — Exterminios y ritual. — Más oscuro de lo que os imagináis.



Werner Heyde, izquierda foto del joven psiquiatra, a la derecha foto de Heyde al momento de su detención en 1959. Participó en la delineación y ejecución práctica de los programas de esterilización y eugenesia. Se inició en la SS-Totenkopfverbände, fue jefe de las unidades psiquiátricas de los KZ (campos de concentración) y al mismo tiempo profesor de la universidad de Würzburg. De 1939 a diciembre de 1941 fue director médico de la Aktion T4, es decir, el programa para matar enfermos mentales alemanes. También se encargó de realizar esterilizaciones forzosas.



Después de la guerra vivía en Kiel un buen médico de la seguridad social, perito de los tribunales muy campechano, llamado Fritz Sawade. A fines de 1959, una voz misteriosa advirtió al doctor que la justicia se veía obligada a detenerle. El hombre huyó, anduvo ocho días errante y por fin se rindió. En realidad, era el Obersturmbannführer SS Werner Heyde. El profesor Heyde había sido el organizador médico del programa de eutanasia que, desde 1940 a 1941, hizo 200.000 víctimas alemanas y sirvió de prólogo al exterminio de los extranjeros en los campos de concentración.

A propósito de esta detención, un periodista francés, que es al mismo tiempo un excelente historiador de la Alemania hitleriana, escribió: (1)

«El caso Heyde, como tantos otros, se parece a los icebergs, cuya parte visible es la menos importante... La eutanasia de los débiles y de los incurables, el exterminio masivo de todas las comunidades capaces de "contaminar la pureza de la sangre germánica", se llevaron a cabo con encarnizamiento patológico, con una convicción de naturaleza casi religiosa que rayaba en la demencia. Hasta tal punto fue así, que numerosos observadores de los procesos alemanes de después de la guerra —autoridades científicas o médicas poco dispuestas a admitir pruebas adulteradas— acabaron por pensar que la pasión política ofrecía una explicación muy débil y que necesariamente tenía que existir, entre los ejecutores y los jefes, entre Himmler y el último guardián de campo de concentración, una especie de lazo místico(1) M. Nobécourt, en el semanario Carrefour, del 6 de enero de 1960.

«La hipótesis de una comunidad secreta, en la base del nacionalsocialismo, se ha ido imponiendo poco a poco. Una comunidad verdaderamente demoníaca, regida por dogmas ocultos, mucho más complicados que las doctrinas elementales de Mein Kampf o de El mito del siglo xx, y servida por ritos de los que no se advierten huellas aisladas, pero cuya existencia parece indudable a los analistas (y repetimos que se trata de sabios y de médicos) de la patología nazi.» He aquí cómo viene el agua a nuestro horrible molino.

No creemos, sin embargo, que se trate de una sola sociedad secreta, sólidamente organizada y ramificada, ni de un dogma único, ni de un conjunto de ritos orgánicamente constituidos. La pluralidad y la incoherencia nos parecen, por el contrario, muy significativas en esta Alemania subterránea que tratamos de describir. La unidad y la cohesión en todo movimiento, incluso místico, parecen indispensables al occidental que se alimenta de positivismo y cartesianismo. Pero estamos fuera de este Occidente; se trata más bien de un culto multiforme, de un estado de sobreespíritu (o de subespíritu) que absorbe ritos diversos y creencias mal conjugadas entre sí. Lo importante es alimentar un fuego secreto, una llama viva; y todo es bueno para alimentarla.

En este estado, nada es ya imposible. Se interrumpen las leyes naturales, el mundo se hace fluido. Había jefes de la SS que declaraban que el canal de la Mancha es mucho menos ancho de lo que indican los mapas. Para ellos, como para los sabios hindúes de hace dos mil años, como para el obispo Berkeley en el siglo XVIII, el Universo no era más que una ilusión, y su estructura podía ser modificada por el pensamiento activo de los iniciados.

Nosotros consideramos probable la existencia de un rompecabezas mágico, de una fuerte corriente mística luciferina, sobre la cual hemos dado algunas indicaciones en los capítulos precedentes. Todo esto puede servir para explicar un gran número de hechos terribles, de manera más realista que la de los historiadores convencionales empeñados en ver únicamente detrás de tantos actos crueles y delirantes, la megalomanía de un sifilítico, el sadismo de un puñado de neuróticos, la obediencia servil de una multitud de cobardes.

Siguiendo nuestro método, vamos ahora a someteros informaciones y retazos de otros aspectos olvidados del «socialismo mágico»: la «Sociedad Thule», la cima de la Orden Negra y la «Sociedad Ahnenerbe». Hemos reunido a este respecto una documentación bastante copiosa, como de un millar de páginas. Pero esta documentación requeriría ser comprobada una vez más y abundantemente completada, si quisiéramos escribir una obra clara, sólida y completa. Por lo tanto, esto escapa a nuestras posibilidades. Además, no queremos hacer excesivamente pesado este libro, que sólo trata de la historia contemporánea a título de ejemplo del «realismo fantástico». He aquí, pues, un breve resumen de algunos datos iluminadores.



        Dietrich Eckardt, Alfred Rosenberg, Kart Haushoffer


Un día de otoño de 1923, muere en Munich un personaje singular, poeta, dramaturgo, periodista, bohemio, que se hacía llamar Dietrich Eckardt. Con los pulmones quemados por la iperita, había hecho, antes de entrar en agonía, una oración muy personal ante un meteorito negro del que solía decir: «Es mi piedra de Kaaba», y que había legado al profesor Oberth, uno de los creadores de la astronáutica. Acababa de enviar un largo manuscrito a su amigo Haushoffer. Sus asuntos estaban en regla. Iba a morir, pero la «Sociedad Thule» seguiría viviendo y pronto cambiaría el mundo y la vida que hay en el mundo.

En 1920, Dietrich Eckardt y otro miembro de la «Sociedad Thule», el arquitecto Alfred Rosenberg, conocen a Hitler. Le han citado por primera vez en la casa de Wagner, en Bayreuth. Durante tres años, escoltarán continuamente al pequeño Cabo de la Reichswehr y dirigirán sus pensamientos y sus actos. Konrad Heiden escribe (1)

«Eckardt emprende la formación espiritual de Adolfo Hitler.» Le enseña también a escribir y a hablar. Su enseñanza se desarrolla en dos planos: la doctrina «secreta» y la intriga de propaganda. Él mismo ha explicado, de pasada, alguna de las conversaciones que tuvo con Hitler, en un curioso folleto titulado: El bolchevismo desde Moisés a Lenin. En julio de 1923, este nuevo maestro, Eckardt, será uno de los siete miembros fundadores del partido nacionalsocialista. Siete: el número sagrado. En otoño, al morir, dice: «Seguid a Hitler. Él bailará, pero yo he compuesto la música. Le hemos dado los medios de comunicarse con Ellos... No me lloréis; yo habré influido en la Historia más que ningún otro alemán...»
(1) Konrad Heiden, Adolph Hitler, traducido al francés por A. Pierhal Grasset.


La leyenda de Thule se remonta a los orígenes del germanismo. Se trata de una isla desaparecida, en algún lugar del extremo Norte. ¿En Groenlandia? ¿En el Labrador? Como la Atlántida, Thule habría sido el centro mágico de una civilización extinguida. Según Eckardt y sus amigos, no se habían perdido todos los secretos de Thule. Unos seres intermediarios entre el hombre y las inteligencias de Fuera tendrían a disposición de los iniciados un depósito de fuerzas donde abastecerse para devolver a Alemania el imperio del mundo, para hacer de Alemania la nación anunciadora de la superhumanidad venidera, de las mutaciones de la especie humana. Llegará un día en que las legiones se pondrán en marcha para aniquilar todo lo que se opone al destino espiritual de la Tierra, y serán conducidas por hombres infalibles, alimentadas en las mismas fuentes de la energía y guiadas por los Grandes Antiguos. 

Tales son los mitos contenidos en la doctrina aria de Eckardt y de Rosenberg, y que estos profetas de un socialismo mágico introducen en el alma de médium de Hitler. Pero la sociedad «Thule» no es, a la sazón, más que una maquinita, bastante poderosa, de mezclar sueños y realidades. Muy pronto se convertirá, bajo otras influencias y con otros personajes, en un instrumento mucho más extraño: un instrumento capaz de cambiar la naturaleza misma de la realidad. Al parecer es Karl Haushoffer quien da al grupo «Thule» su verdadero carácter de sociedad secreta de iniciados en contacto con lo invisible, y que ha de convertirse en el centro mágico del nazismo. Hitler nació en Braunau del Inn, el 20 de abril de 1889, a las 17,30, en el 219 de Salzburger Vorstadt. Ciudad fronteriza austrobávara, punto de contacto entre dos grandes Estados alemanes, fue más tarde para el Führer una ciudad símbolo. Posee una tradición singular: es un criadero de médiums. Es el pueblo natal de Willy y de Rudi Schneider, cuyos experimentos psíquicos causaron sensación hace una treintena de años. Hitler tuvo la misma nodriza que Willy Schneider. Jean de Pange escribía en 1940: «Braunau es un centro de médiums. Uno de los más conocidos es Madame Stokhammes, que, en 1920, se casó en Viena con el príncipe Joaquín de Prusia. Un espiritista de Munich, el barón de Schrenk Notzing, hacía venir de Braunau a sus médiums, uno de los cuales era precisamente primo de Hitler

El ocultismo enseña que, después de haberse atraído las fuerzas ocultas por medio de un pacto, los miembros del grupo no pueden evocar estas fuerzas más que por mediación de un mago, el cual no puede actuar sin un médium. Todo ocurre como si Hitler hubiese sido el médium y Haushoffer el mago.

Rauschning, al describir a Hitler, dice: «Forzoso es pensar en los médiums. Casi siempre son seres corrientes, insignificantes. Súbitamente, les caen como del cielo unos poderes que les elevan muy por encima del nivel común. Estos poderes son exteriores a su personalidad real. Son visitantes venidos de otros planetas. El médium es un poseso. Una vez liberado, vuelve a caer en la mediocridad. Indudablemente ciertas fuerzas llegan a Hitler de esta forma; fuerzas casi demoníacas de las cuales el personaje llamado Hitler no es más que la vestidura momentánea. Esta conjunción de lo vulgar y lo extraordinario constituye la insoportable dualidad que uno advierte desde que se pone en contacto con él. Es un ser que se diría inventado por Dostoievski. Tal es la impresión que da, en un rostro extraño, la unión de un desorden enfermizo con un turbio vigor.»

Strasser: «Quien escucha a Hitler ve surgir de pronto al Führer de la gloria humana... Aparece una luz detrás de una ventana oscura. Un señor con un cómico pincel por bigote se transforma en arcángel... Después, el arcángel levanta el vuelo; ya no queda más que Hitler, que se sienta, bañado en sudor y con los ojos vidriosos

Bouchez: «Yo contemplaba sus ojos, que se habían convertido en ojos de médium... A veces parecía producirse un fenómeno de ectoplasma: algo parecía habitar en el orador. Se desprendía un fluido... Después volvía a ser el hombre pequeño, corriente, incluso vulgar. Parecía fatigado al agotarse sus acumuladores

François Poncet: «Caía en una especie de trance de médium. Su rostro tenía una exaltación extática

Detrás del médium, no hay ciertamente un solo hombre, sino un grupo, un conjunto de energías, una central mágica. Y nos parece seguro que Hitler es impulsado por algo diferente de lo que expresa: por fuerzas y doctrinas mal coordinadas, pero infinitamente más temibles que la sola teoría nacionalsocialista. Un pensamiento mucho más grande que el suyo, que sin cesar le desborda y del que no da al pueblo, ni a sus colaboradores, más que retazos toscamente vulgarizados. Poderosa caja de resonancia, Hitler ha sido siempre el «tambor» que se jactaba de ser en el proceso de Munich, y en tambor se ha quedado. Mas sólo retuvo y utilizó lo que, dependiendo de las circunstancias, servía a su ambición de conquista del poder, a su sueño de dominación del mundo y a su delirio: la selección biológica del hombre-dios. (1)

(1) Doctor Achule Delmas



Pero tiene otro sueño, otro delirio: transformar la vida en todo el planeta. A veces lo confiesa, o mejor aún, el pensamiento oculto le desborda, filtrándose bruscamente por una rendija. Así, dice a Rauschning: «Nuestra revolución es una etapa nueva, o más bien la etapa definitiva de la evolución que conduce a la supresión de la historia...» O bien: «Usted no sabe nada de mí; los camaradas del Partido no tienen la menor idea de los sueños que me visitan a menudo, ni del edificio grandioso cuyos cimientos, al menos, se habrán consolidado cuando yo muera... El mundo emprende un giro decisivo; estamos en el gozne de los tiempos... El planeta experimentará una conmoción que ustedes, los no iniciados, no pueden comprender... Lo que ocurre es más que el advenimiento de una nueva religión...»

Rudolf Hess había sido ayudante de Haushoffer cuando éste era catedrático de la Universidad de Munich. Él fue quien puso en contacto a Haushoffer y a Hitler. Huyó de Alemania en avión, en loca escapada, después de decirle Haushoffer que le había visto en sueños volando a Inglaterra. En los raros momentos de lucidez que le deja su inexplicable enfermedad, el prisionero Hess, único superviviente del grupo «Thule», declaró formalmente que Haushoffer era el mago, el amo oculto. (1)  


(1) Jack Fishman, Los siete hombres de Spandau

Después del fracasado levantamiento, Hitler es encerrado en la cárcel de Landshurt. Conducido por Hess, el general Karl Haushoffer visita diariamente a Hitler, pasa horas enteras a su lado, desarrolla sus teorías y extrae de ellas todos los argumentos favorables a la conquista política. Al quedarse solo con Hess, Hitler hace una mezcla, para la propaganda exterior, de las tesis de Haushoffer y los proyectos de Rosenberg, que después le sirvió para el Mein Kampf.


El General Karl Haushoffer y Rudolf Hess, juntos en una foto de 1920. Para la época de la foto Hitler seguía siendo un don nadie.



Karl Haushoffer nació en 1869. Pasó largas temporadas en la India y en el Extremo Oriente, fue enviado al Japón y aprendió su lengua. Según él, el origen del pueblo alemán se hallaba en el Asia Central, y la raza indogermánica aseguraba la permanencia, la grandeza y la nobleza del mundo. Se dice que Haushoffer, en el Japón, fue iniciado en una de las más grandes sociedades secretas budistas, y se obligó, si fracasaba su misión, a cumplir el suicidio ceremonial.

En 1914, Haushoffer, joven general, llama la atención por su extraordinaria facultad de predecir los acontecimientos: horas de ataque del enemigo, lugares en que caerán los obuses, tempestades, cambios políticos en países que le son desconocidos. ¿Tendría Hitler este mismo don de clarividencia, o le serían comunicadas por Haushoffer sus propias inspiraciones? Hitler predijo con exactitud la fecha de la entrada de sus tropas en París, la fecha de la llegada a Burdeos de los primeros que rompieron el bloqueo. Cuando decidió ocupar Renania, todos los expertos de Europa, incluso los alemanes, estaban persuadidos de que Francia e Inglaterra se opondrían. Hitler predijo lo contrario. También anunció la fecha de la muerte de Roosevelt.

Después de la Gran Guerra, Haushoffer reanuda sus estudios y parece orientarse exclusivamente hacia la geografía política, funda una revista de geopolítica y publica numerosas obras. Y, cosa curiosa, estas obras parecen fundarse en un realismo político estrechamente materialista. Este cuidado de todos los miembros del grupo en emplear un lenguaje exotérico puramente materialista, de hacer salir al exterior conceptos seudocientíficos, produce una incesante confusión.

El geopolítico se superpone a otro personaje, discípulo de Schopenhauer, inclinado al budismo, admirador de Ignacio de Loyola, tentado por el gobierno de los hombres, espíritu místico en busca de realidades ocultas, hombres de gran cultura y de gran psiquismo. Parece natural que fuese Haushoffer quien eligiese la cruz gamada por emblema.

En Europa, como en Asia, la cruz gamada ha sido tenida siempre por signo mágico. Se ha visto en ella el símbolo del sol, fuente de vida y de fecundidad, o del trueno, manifestación de la cólera divina que ha de conjurar. A diferencia de la cruz, del triángulo, del círculo o de la media luna, la cruz gamada no es un signo elemental que haya podido ser inventado y reinventado en todas las edades de la Humanidad y en todos los puntos del Globo, con un simbolismo cada vez diferente. Es el primer signo trazado con una intención precisa. El estudio de sus migraciones plantea el problema de las primeras edades, de los orígenes comunes a las diversas religiones, de las relaciones prehistóricas entre Europa, Asia y América. Su rastro más antiguo ha sido descubierto en Transilvania y se remonta a finales de la época de la piedra pulimentada. Se le vuelve a encontrar en centenares de husos del siglo xiv a.C. y en los vestigios de Troya. Aparece en la India, en el siglo iv a.C., y en China, en el siglo v d.C. Se la ve un siglo más tarde en el Japón, en el momento de la introducción del budismo, que hace de ella su emblema. Observación capital: es completamente desconocida o aparece sólo a título accidental en toda la región semítica, en Egipto, en Caldea, en Asiría y en Fenicia. Es un símbolo exclusivamente ario. En 1891, Ernest Krauss llama la atención del público germánico sobre esta circunstancia; en 1908, Guido List describe la cruz gamada como símbolo de la pureza de la sangre, como un signo más de conocimiento esotérico revelado por el descifrado de la epopeya rúnica de Edda. La emperatriz Alexandra Feodorovna introduce la cruz gamada en la Corte de Rusia. ¿Sería por influencia de los teósofos? ¿O por la del médium Badmaiev, chocante personaje educado en Lhassa y que enseguida estableció numerosas relaciones con el Tíbet? Ahora bien, el Tíbet es una de las regiones en que la cruz gamada, dextrógira o levógira, es de uso más corriente. Y aquí viene a cuento una historia muy curiosa. Se dice que la zarina, antes de su ejecución, dibujó en el muro de la casa Ipatiev una cruz gamada, acompañada de una inscripción. Se fotografió esta inscripción, que fue borrada después precipitadamente. Kutiepoff estaba en posesión de esta foto, sacada el 24 de julio, en tanto que la fotografía oficial lleva fecha 14 de agosto. Recibió también en depósito el icono que se descubrió sobre el cuerpo de la zarina, en el interior del cual dícese que se encontró otro mensaje, que aludía a la sociedad secreta del Dragón Verde. Según un agente de información, que fue misteriosamente envenenado y que empleaba en sus novelas el seudónimo de Teddy Legrand, Kutiepoff, que desapareció sin dejar rastro, fue raptado y asesinado en el yate de tres mástiles del barón Otto Bautemas, asesinado a su vez más tarde. Teddy Legrand escribe: «El gran barco se llamaba Asgärd. Había sido, pues, bautizado —por casualidad ?— con el nombre con que las leyendas irlandesas designan el reino del rey de Thule.» Según Trebich Lincoln (que aseguraba ser en realidad el lama Djordi Den), la sociedad de los «Verdes», emparentada con la sociedad «Thule», tenía su origen en el Tíbet. En Berlín, un monje tibetano, apodado «el hombre de los guantes verdes» y que anunció tres veces en la Prensa, con exactitud, el número de diputados hitlerianos enviados al Reichstag, recibía con regularidad a Hitler. Era, al decir de los iniciados, «detentador de las llaves que abren el reino de Agarthi».


La esvástica o swástica o cruz gamada fue tomada por los nazis como su símbolo, apareció miles de años antes de Alemania, Hitler y los nazis, su significado ha sido usado indiscutiblemente de forma contraria. Lo que si están de acuerdo los estudiosos es que es una representación del sol, la reencarnación y hasta simplemente un símbolo de buena suerte. La palabra procede del sánscrito "svastika", significa "bien por venir". Era conocida por los antiguos hindúes (Los Vedas, escritura sagrada del hinduismo primitivo data de 3.000 años a.c.). También usada por religiones como el budismo y el yainismo. Aparece en muchos otros lugares, en la mitología germánica la esvástica representa poder e iluminación.



Esto nos lleva de nuevo a Thule. En el momento en que se publica Mein Kampf, aparece también el libro del ruso Ossendovski, Hombres, bestias y dioses, en el cual se pronuncian públicamente y por primera vez los nombres de Schamballah y de Agarthi. Estos nombres volverán a sonar en labios de los responsables de la Ahnenerbe, en el proceso de Nuremberg.

Estamos en 1925. (1) El partido nacionalsocialista empieza a reclutar sus miembros activamente. Horst Wessel, hombre de acción de Horbiger, organiza las fuerzas de choque. Es muerto por los comunistas al año siguiente. El poeta Ewers compone en su memoria un canto que se convertirá en el himno sagrado del movimiento. Ewers, que es un Lovecraft alemán, se inscribe lleno de entusiasmo en el partido, porque ve en él, en su origen, «la más fuerte expresión de los poderes negros».

(1) En 1931, en su obra El simbolismo de la cruz, René Guénon anota al pie de una página: «Recientemente, hemos extraído de un artículo del Journal des Débats, del 22 de enero de 1929, la siguiente información, de la que parece desprenderse que las altas tradiciones no se han perdido tan completamente como la gente cree: En 1925, se sublevaron gran parte de los indios cuna, mataron a los guardias de Panamá que habitaban en su territorio y fundaron la República independiente de Thule, cuya bandera es una cruz gamada sobre fondo naranja y con cenefa roja. Esta república existe todavía en la hora actual. Hay que observar, sobre todo, la asociación de la cruz gamada con el nombre de Thule, que es una de las denominaciones más antiguas del centro espiritual supremo, aplicada en consecuencia a algunos de los centros subordinados.»


Los siete fundadores, que sueñan con «cambiar la vida», están ciertos, física y espiritualmente ciertos, de que son empujados por aquellos poderes negros. Si nuestros informes son exactos, el juramento que los reúne y el mito a que se entregan para obtener energía, confianza y suerte, tienen su origen en una leyenda tibetana. Según ella, hace treinta o cuarenta siglos existía en el Gobi una importante civilización. Después de una gran catástrofe, tal vez atómica, el Gobi quedó convertido en un desierto, y los supervivientes emigraron, unos hacia el extremo norte de Europa y otros hacia el Caucase. El dios Thor, de las leyendas nórdicas, sería uno de los héroes de aquella migración.

Los «iniciados» del grupo «Thule» estaban persuadidos de que estos emigrados del Gobi constituían la raza fundamental de la Humanidad, el tronco ario. Haushoffer predicaba la necesidad del «retorno a las fuentes», es decir, la necesidad de conquistar toda la Europa Oriental, el Turkestán, el Pamir, el Gobi y el Tíbet. Estos países constituían, a sus ojos, la «región-corazón», y los que los dominaran, dominarían el mundo.

Según la leyenda, tal como fue referida sin duda a Haushoffer allá por el año de 1905, y tal como la explica a su manera René Guénon en El rey del mundo, después del cataclismo de Gobi, los maestros de la alta civilización, los detentadores del conocimiento, los hijos de las Inteligencias de Fuera, se instalaron en un inmenso sistema de cavernas, bajo el Himalaya. En el corazón de estas cavernas se dividieron en dos puntos; el que siguió «el camino de la derecha», y el que siguió «el camino de la izquierda». El primer camino tendría su centro en Agarthi, lugar de contemplación, ciudad oculta del bien, templo de la no participación en el mundo. El segundo pasaría por Schamballah, ciudad de la violencia y del poder, cuyas fuerzas gobiernan a los elementos y a las masas humanas, y apresuran la llegada de la Humanidad al «gozne de los tiempos». Los magos conductores de pueblos podrían celebrar un pacto con Schamballah, por medio de juramentos y sacrificios.

En Austria, el grupo «Edelweiss» anunciaba en 1928 que había nacido un nuevo mesías. En Inglaterra, Sir Musely y Bellamy proclamaban en nombre de la doctrina horbigeriana que la luz había tocado a Alemania. En América aparecían los Caminos de plata del coronel Ballard. Por el contrario, un cierto número de ingleses eminentes intentan poner en guardia a la opinión contra este movimiento, en el que ven ante todo una amenaza espiritual, el auge de una religión luciferina. Kipling hace borrar la cruz gamada que adorna la cubierta de sus libros. Lord Tweedsmuir, que emplea el seudónimo John Buchan, publica dos novelas con clave: El juicio del alba y Un príncipe en el cautiverio, que contienen la descripción de los peligros que una «central de energías» intelectuales, espirituales y mágicas, orientada hacia el gran mal, puede acarrear a la civilización occidental. Saint Georges Saunders denuncia, en Los siete dormilones y en El reino escondido las sombrías llamas del esoterismo nazi y su inspiración «tibetana».

En 1926, se instala en Berlín y en Munich una pequeña colonia hindú y tibetana. Cuando los rusos entran en Berlín, encuentran, entre los cadáveres, a un millar de voluntarios de la muerte con uniforme alemán, sin documentos ni insignias, y de raza himalaya. En cuanto el movimiento empieza a disponer de grandes medios económicos, organiza múltiples expediciones al Tíbet, que se suceden prácticamente sin interrupción hasta 1943.

Los miembros del grupo «Thule» estaban destinados al dominio material del mundo, debían ser protegidos contra todos los peligros, y su acción se prolongaría durante millares de años, hasta el próximo diluvio. Se comprometían a darse la muerte con su propia mano si cometían cualquier falta que rompiese el pacto, y a consumar sacrificios humanos. El exterminio de los bohemios (750.000 muertos) parece haber obedecido sólo a razones «mágicas». Wolfram Sievers fue nombrado ejecutor, verdugo oficial, degollador ritual. Enseguida volvemos sobre el asunto, pero es necesario iluminar, con la «luz prohibida» conveniente al caso, uno de los aspectos del espantoso problema planteado a la conciencia moderna por estos exterminios. En el espíritu de los más grandes responsables, se trataba de vencer la indiferencia de las Potencias, de llamar su atención. Desde los mayas hasta los nazis, en esto radica el sentido mágico de los sacrificios humanos. Mucho se ha asombrado la gente de la indiferencia de los jefes supremos del asesinato, durante el curso del proceso de Nuremberg. Una bella y terrible frase que pone Merrit en boca de uno de sus héroes, en la novela Los habitantes del espejismo, puede ayudarnos a comprender esta actitud. «Había olvidado a ias víctimas del sacrificio, como las olvidaba cada vez, en la sombría excitación del ritual...»



Albrecht Haushoffer, hijo de Karl Haushoffer, miembro de la Resistencia Alemana contra el nazismo.


El 14 de marzo de 1946, Karl Haushoffer mató a su esposa, Martha, y se dio muerte, según la tradición japonesa. Ningún monumento, ninguna cruz señala su tumba. Se había enterado, demasiado tarde, de la ejecución en el campo de Moabit de su hijo Albrecht, detenido junto con los organizadores del complot contra Hitler y del atentado fallido del 20 de junio de 1944. En el bolsillo del traje ensangrentado se encontraron unos versos manuscritos:


El destino había hablado por mi padre,
de él dependía una vez más
rechazar al demonio en su mazmorra.
Mi padre rompió el sello.
No sintió el aliento del maligno
y dejó al demonio suelto por el mundo...


Toda esta exposición, necesariamente rápida e incoherente, sirve únicamente para expresar un haz de coincidencias, de cruzamientos, de signos y de presunciones. Ni que decir tiene que los elementos que hemos reunido aquí siguiendo nuestro método no excluyen en absoluto las explicaciones del fenómeno hitleriano por la política y la economía. También está claro que, en el ánimo e incluso en el inconsciente de los hombres de que hablamos, no todo fue determinado por aquellas creencias. Pero las locas imágenes que hemos descrito, ya las tomaran por tales, ya por realidades, acuciaron sus cerebros en un momento u otro: esto, al menos, nos parece seguro.

Ahora bien, nuestros sueños no se desvanecen en el fondo de nuestro ser, al igual que no mueren las estrellas en el cielo cuando llega el día. Por el contrario, siguen brillando detrás de nuestros sentimientos, de nuestras ideas, de nuestros actos. Existen los hechos, y existe un subsuelo de los hechos: éste es el que estamos explorando.

Mejor dicho, señalamos, con los pocos elementos que tenemos a nuestra disposición, un terreno que puede ser explorado. No queremos y no podemos decir más que una cosa, y es que en este subsuelo hay mayor oscuridad de lo que se piensa…..


Continuaremos con la entrega final.



Próximo capítulo
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