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08 noviembre 2017

Tratado de Corbeil y la independencia de Cataluña (I)



 Mapa de la Europa cristiana 1235. Biblioteca Nacional de París



NOTA  ACLARATORIA del editor del blog

Es grato presentar un soberbio trabajo de investigación de Aingeru Daóiz Velarde, español, quien ha recopilado esencialmente diversas fuentes de crucial significado para presentar esta ponencia. Dejando de lado cualquier valoración subjetiva que pudiere existir en lo político por parte del autor, es el interés histórico que predomina en este notable ensayo y no las inciertas fabulaciones narradas en románticas crónicas de exaltación chauvinista. La historia pura, basada en un concienzudo análisis de la ciencia historiográfica permite explicar y desmitificar la moderna evolución del nacionalismo catalán y su actual corriente independentista. Esta ponencia debe ser apreciada en su estricto sentido, hechos fidedignos debidamente documentados y, en este caso, la historia no debe estar ligada a ningún tipo de interés político contemporáneo. Buena lectura. 


T. Andino 



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Sobre el Tratado de Corbeil, no se habla en las Instituciones pro-independentistas catalanas, y, raíz de todo este problema, es el pago de impuestos, como lo ha sido siempre, pues sabido es que ya desde el Rey Jaime I siempre se tenían problemas con los Condados Catalanes porque no querían pagar impuestos. Ya entonces, parece ser, que el problema era el mismo que ahora, la reticencia en el pago de impuestos, añadiendo a nuestra era, una especie de odio enfermizo al resto de España, y un total y absoluto desprecio a todo lo que ésta representa:


«Ludovicus, Dei gratia Francorum Rex…” “Jacobum eadem gratia illustrem Regem Aragone…”“...quod nos dicebamus comitatum Barchinone, Urgelli, Bisuldune, Rosilione, Empurdano, Ceritanie et Confluentis, Gironde et Eusone cum eorum pertinenciis de regno Francie et de feudis nostris esse” “Et idem Rex Aragone ex adverso dicebat se jus habere in Carcassona et Carcasses, in Rede et Redensi…” “pro ipso Rege Aragone et nomine et vice ipsius deffinimus, quittamus, cedimus et omnino remmittimus quicquid juris et possesionis vel quasi habebamus siquid habebamus vel habere poteramus… in predictis comitatibus Barchinone et Urgelli Bisuldune, Rossillone, Empurdane, Ceritanie, Confluente, Gerundense et Ausone….” “…in Carcasona, ...in Rede, …in Laurago, …in Termense, …in Menerba, …in Fonolleto, …in Petra pertusa, …in comitatu Amilliavi et Guialdane, et in Naumaso …et in comitau Tholose»


Se trata de un documento interesante y transcendente. Pone de relieve una irrefutable realidad histórica que derriba estrepitosamente la mentira estrafalaria de los ahora llamados “países catalanes”, o lo que viene a ser lo mismo, el recelo persecutorio del mal interpretado nacionalismo territorial por parte de aquéllos que lo alimentan con unas pretensiones que no tienen en cuenta los factores determinantes no ya sólo de la identidad, si no de la historia real, y el estatus de sus propios con-ciudadanos.

Los 8 condados de la Marca Hispánica tuvieron plena jurisdicción como reducto fronterizo hasta el siglo XV, La única excepción fue el Condado de Barcelona que, por el matrimonio del Conde Ramón Berenguer IV en 1137 con Dª Petronila de Aragón, Barcelona quedó entonces incorporado a la Corona de Aragón pero sin variar su condición de condado.

Los 7 restantes condados (Besalú, Vallespir, Peralada, Ausona, Ampurias, Urgel y Cerdanya) mantuvieron su independencia hasta 1521, cuando el Rey de España Carlos I nombró Virrey de Cataluña al Arzobispo de Tarragona, don Pedro Folch de Cardona. Por lo tanto, Cataluña no existió como región hasta esa fecha y, por lo tanto, no pudo actuar nunca antes como entidad histórica unificada. El mismo D. Francisco Canals Vidal, catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona, en una Conferencia pronunciada por él, en el Club Siglo XXI; Madrid, 1988, recordemos que dijo:

«en el año 987 de nuestra era, Catalunya no existía. No tenía ese nombre, no había aparecido aún la lengua catalana, y tan sólo había perdidos al nordeste de la península ibérica, una serie de pequeños condados: Ausona, Gerona, Besalú, Barcelona, que dependían, sin unidad jurídica ni histórica entre sí, del rey de Francia unos, y del conde de Tolosa otros: Urgell, Ribagorza, Pallars… Todos ellos eran producto de las conquistas de los francos a los moros, siendo en principio bien constitutivos de la ‘marca gotia’ y después de la "Marca Hispánica" Nunca se les denominó ‘marca catalana’ y hasta 1258, fecha del Tratado de Corbell entre Luis de Francia y Jaime de Aragón, subsistió un vasallaje, al menos nominal, entre ellos y Francia».


Mapa de la Corona de Aragón al final del siglo XII.


Más aún, el Reino de Aragón estaba integrado por los territorios que hoy lo forman, más todo lo que es la actual provincia de Lérida, más una franja grande del río Ebro hasta el mar, que incluía a Tortosa como ciudad costera. Por lo tanto, podríamos decir que las ciudades importantes del Reino de Aragón eran Jaca (la primera capital que tuvo cuando aún era Condado), Huesca, Lérida, Zaragoza, Tortosa y Teruel. Todo eso era el territorio auténtico del reino cuya corona tenía don Jaime "el Conquistador".

Durante toda la Edad Media Cataluña era una “Marca Hispánica” tributaria de los reyes carolingios hasta que en dicho Tratado de Corbeil, en 1258, entre San Luis Rey de Francia y Jaime I el Conquistador, acordaron que los condados del sur de los Pirineos tributarían a la Corona de Aragón y los condados del norte a Francia. Por esta razón el citado Tratado se inicia con estas palabras:

”Es universalmente conocido que existen desavenencias entre el señor rey de Francia y el señor rey de Aragón, de las Mallorcas, y de Valencia, conde de Barcelona y Urgel, señor de Montpellier; por lo que el señor rey de Francia dice que los condados de Barcelona, Besalú, Urgel, etc. son feudos suyos; y el señor rey de Aragón dice que tiene derechos en Carcasona, Tolosa, Narbona, etc.”


                             En la imagen, Jaime I el Conquistador.


Según el ordenamiento político internacional y su jurisprudencia, la actual Cataluña era territorio francés y así fue hasta el 16 de julio de 1258. Podemos observar los documentos y mapas de la época del siglo XIV como por ejemplo los que se encuentran numerados y archivados en:

La Biblioteca Apostólica Vaticana, en la Biblioteca Británica, en la Biblioteca Príncipe Corsini de Florencia, en la Biblioteca Nacional de París, en la Biblioteca Palatina de Parma, en la Ambrosiana de Milán, en la Biblioteca Nacional de Nápoles, en el Museo Correr de Venecia, en la Biblioteca Laurenciana de Florencia, en la Biblioteca Estatal de Baviera en Múnich, en el Museo Topkapu Sarayi, Estambul, en el Museo Marítimo, Barcelona, en Biblioteca Nacional Central, Florencia, en la Biblioteca Guarnacciana, Volterra, en el Archivo de Estado, Florencia, en la Universidad de Berlín, en la Biblioteca Estense, Módena, en el Museo Marítimo Nacional, Greenwich, en la Biblioteca Newberry, Chicago, en la Biblioteca James Ford Bell, Minneapolis, en la Hispanic Society, Nueva York, en la Biblioteca Pública, Génova, en la Sociedad Geográfica Italiana, en la Biblioteca Universitaria, Bolonia, en los Archivos Departamentales de la Gironde, Burdeos, en la Universidad de Yale, en la Biblioteca Hungtinton, San Marino (California)... 

Lo que hoy conocemos como Cataluña, era en realidad la Corona de Aragón, y no otra cosa, no existía Cataluña, y además, no hay ninguna referencia a Cataluña...como entidad jurídica propia.

Se deduce que los condados de la parte española estaban mejor relacionados con Aragón y que los del sur de Francia, con el rey francés. Siguiendo consejos de “hombres buenos” el rey francés (Luis IX) cede a Jaime los condados de la parte española y el aragonés cede a Luis sus derechos en la parte francesa. Este es en síntesis el Tratado de Corbeil. Su importancia histórica transcendente es que se firma 29 años después de la reconquista de Mallorca y 20 de la de Valencia.

Ante este hecho contrastado internacionalmente caen por su base muchas falsedades que se enseñan en libros de texto, tales como por ejemplo la conquista de Mallorca por la corona Catalano-Aragonesa, que no ha existido nunca, ya que Cataluña no existía entonces, y además, siendo imposible que una Cataluña, inexistente política, jurídica y hasta geográficamente tuviera lengua propia. ¿Cómo pudo dar la lengua catalana a Mallorca y Valencia?

Pero…¿quién es el primordial partícipe de esta serie de afirmaciones que han llevado al engaño y a la que los nacionalismos identitarios catalanes se aferran con tanta pasión?...las crónicas de un tal Ramón Muntaner

En sus crónicas Ramón Múntaner, dice textualmente: Que él dice la verdad, y sólo la verdad, que no escribe ni relata nada que no haya vivido, ni hechos en que no haya participado personalmente. Sus relatos fantasiosos comienzan en 1204, falsa fecha en que Ramón Múntaner dice que nació Jaime I.

Cuando nació Jaime I en 1208, a Ramón Múntaner le faltaban 57 años para nacer, con lo cual, difícilmente pudo ser testigo verídico de este acontecimiento, además, al conquistar el reino de Mallorca en 1229, a Ramón Múntaner le faltaban 36 años para nacer, con lo que participar en esta conquista le debió resultar complicado, y resulta también que al conquistar el Reino de Valencia en 1238, a Ramón Múntaner le faltaban 27 años para nacer, por lo que tampoco pudo participar ni ser testigo de nada, y además de todo esto, al conquistar el reino de Murcia en 1266, Ramón Múntaner tenía solo 1 año, por lo que tampoco pudo ser testigo. Al escribir sus Crónicas, en 1325 Ramón Múntaner tenía 60 años, edad muy avanzada y en plena senectud, por aquellos años el promedio de vida era de unos 30 y pocos años.

La gran crónica de Ramón Muntaner no pasa de ser un conjunto de aventuras noveladas por un escritor con una gran capacidad de invención, que intentó hacerse pasar por cronista, a sabiendas que una gran parte de lo que escribía era falso e inventado, como la parte en que se refiere a su etapa con los Almoigávares, y apoyamos esta afirmación animando a la lectura del libro "Yo, Berenguer de Rocafort, caudillo almogávar”, donde el escritor, descendiente de los Rocafort ya deja a Muntaner como un vil mentiroso.

Ramón Muntaner nació en el año 1265 en Peralada y murió en el año 1336 en Ibiza. Según él mismo reconoce, no empezó a escribir su “crónica” hasta que contaba con la edad de 60 años, es decir, en 1325. Para esa época, llegar a los 60 años era todo un logro, y equivaldría a llegar hoy en día a los 95-100 años o, posiblemente, más. Es por eso que dudamos de que una persona de la edad de Muntaner, en una época donde llegar a los 60 años era una quimera por las condiciones de vida que sufría la gente, estuviera en plenitud de luces, y más un soldado con el cuerpo machacado por los viajes, luchas y penurias vividas.



 En la imagen, Ramón Muntaner


Muntaner, en su crónica, al principio, nos relata que no contará nada que no haya visto y nada que no haya vivido, que no cuenta las cosas de oído. Su crónica recoge desde el nacimiento de Jaime I hasta la coronación de Alfonso IV.

Data la conquista de Murcia en 1238, cuando fue entre 1265-1266, o dice que Mallorca y Valencia y Murcia fueron repoblabas “per bona gent de cathalans y parlen lo bell cathalanesc”. Alguien tan fantasioso no puede ser tomado en serio, y los pancatalanistas lo toman en serio, y se basan en su crónica para decir que Mallorca y Valencia fueron repobladas por catalanes y que hablaban el bell cathalanesc, y que por ello todos son catalanes y hablan de la realidad dels Paisos Catalans...

De Menorca dice que fue repoblada “per bona gent de cathalans, e axí ho feu segurament…”  y la gente se lo creyó ciegamente creyendo en lo que el argumentaba como SEGURAMENTE... demostrando que carece de datos sobre la repoblación pero cree que por todo se ha repoblado, y que Menorca también tocaba ser repoblada....surgen aquí una serie de preguntas y alguna reflexión... ¿por qué toman en serio a Muntaner cuando está demostrado que fue un novelista fantasioso? ¿Por qué creen lo que escribió cuando la mitad es una sarta de mentiras injustificables? Si hasta Ferrán Soldevila comenta en su obra “Les Quatre Grans Cròniques” que la obra de Muntaner está llena de fantasías y que es admirable su poder de invención. El problema es que mezcla mentiras con verdades y llega un momento en que la necesidad de argumentar el nacionalismo hace que se crea en argumentos más propios de fábulas y cuentos soñados que de realidades históricas…pero sigamos con el Tratado de Corbeil.

Después del Tratado, Jaime comenzó su labor legisladora comenzando por la moneda (1 de agosto, 1258. Jaime I legisla sobre la moneda de Barcelona), acercando políticamente los condados ya oficialmente feudatarios suyos. Con el tiempo todo el territorio se llamó Cataluña.

¿Qué lengua hablaban? Obviamente, el occitano, provenzal o lemosín propio del sur de Francia y condados de la Marca Hispánica. La lengua catalana se llamó oficialmente “llemosí” o provenzal, hasta la segunda mitad del siglo XIX, que además se dividía en siete variantes que carecían de gramática…Conociendo esto, se puede comprender la razón por la cual los historiadores pancatalanistas silencian siempre que pueden la verdad del Tratado de Corbeil.

El Tratado de Corbeil fue un acuerdo firmado en Corbeil (actualmente Corbeil-Essonnes, en el departamento francés de Essonne, cerca de París) el 11 de mayo de 1258, la verdadera fecha de la diada catalana. Nada que ver ni nada que objetar a los buenos catalanes españoles que tanto bien han hecho por nuestra historia nacional, que han sido muchos, y a los que llevamos en nuestro corazón.

Mediante dicho acuerdo quedaron establecidas las fronteras entre el Reino de Aragón y el Reino de Francia: los feudos situados al Norte de los Pirineos para Francia, los del Sur para Aragón. Por virtud de este Tratado de Corbeil los condados de Pallars, Urgel, Gerona, Barcelona y Osona, hasta entonces vasallos del rey francés, pasaron a ser propiedad legal del rey aragonés. En contrapartida, el rey francés gobernaría toda la Occitania en tanto el Ducado de Provenza recaería en su hermano menor, Carlos de Anjou-Capeto. El principal propósito de este tratado era evitar la expansión aragonesa en Francia y obligar a Jaime I a luchar contra los musulmanes para obtener nuevos territorios. Era el precio impuesto por Francia como vencedora de la cruzada contra los cath-arios (cátaros), es necesario conocer que las divisiones internas de los godos dieron lugar a dos facciones: los hispano-godos del Reino de Toledo, de religión católica, y los godo-alanos (o cath-alaunos) de Narbona, partidarios de mantenerse arrianos (cath-arrios o catharos).

Pero quedaba un problema pendiente: Don Jaime era el heredero de su tío, Nuño Sánchez, Señor del Rosellón y Cerdeña. Don Nuño había acogido en sus posesiones a la nobleza cath-alauna, huida de los territorios tomados por el rey de Francia en la Marca de Gothia. Un pueblo sin estado y sin un territorio propio en el que asentarse constituía una fuente inagotable de conflictos, por lo que Jaime I decidió conquistar a los musulmanes el Reino de Mallorca y otorgárselo a la nobleza cath-alauna como consta en el Llibre de Repartimets.

Desde este instante, la historia de los cathalaunos es la historia del Reino de Mallorca y de los condados del Rosellón y de la isla de Cerdeña. Constituye un gravísimo error confundirla con la de los condados de Barcelona, Gerona, Osona, Urgel o Pallars que, jurídicamente, jamás dejaron de ser feudos del Reino de Aragón ni siquiera cuando se constituyó el Principado de Gerona como autonomía catalana, pues el príncipe gobernaba por delegación del rey de Aragón. Cuando se planteó la conquista de Mallorca, los nobles aragoneses, liderados por el conde de Sástago, ya llevaban muy avanzada la invasión de la taifa de Valencia. El soberano decidió apechugar con ambas. Contaba con la ayuda de los ginobeses (burgundios) y de los pisanos (ostrogodos), por lo que no tardó en alcanzar el triunfo tanto en Mallorca como en Valencia.

De ese modo, Jaime I pasó de gobernar un reino a regir una corona, la Corona de Aragón, compuesta por los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca, distintos e independientes entre sí pero con un soberano común. El objetivo de Jaime I era constituir un imperio con los tres reinos. Para ello preveía otorgar un reino a cada uno de sus hijos varones. El mayor, Alfonso de Aragón y Castilla, heredaría Aragón y el imperio sobre las posesiones de sus hermanos; Pedro de Aragón y Hungría, el segundo, heredaría Mallorca y Jaime de Aragón y Hungría, el tercero, heredaría Valencia. La negativa del papa a reconocerle la potestad imperial, sumada a la prematura muerte del infante Alfonso, lo obligaron a rectificar y a dejar los reinos de Aragón y Valencia a su segundo hijo, futuro Pedro III el Grande, y el reino de Mallorca con los Condados del Rosellón y Cerdeña al tercero, Jaime II de Mallorca. De ese modo hacía a Pedro señor de los aragoneses y a Jaime señor de los cathalaunos. La decisión provocó el enfado de su principal noble, Blasco de Alagón, que como conquistador de Valencia contaba con regir dicho estado tras la muerte del primogénito. 

Con respecto al Tratado de Corbeil, cabe decir que su importancia ha sido silenciada por los historiadores catalanistas que siete siglos más tarde desarrollarían el mito de los Condes-Reyes con el que pretendían denominar a los monarcas aragoneses. Tanto es así, que hasta hoy en día ha sido imposible conseguir en España una copia de este Tratado, ya que el original correspondiente a Jaime I no se conserva, por lo que ha sido necesario dirigirse a Les Archives Nationales de París para obtener una copia digitalizada del documento J1589 que en el Tresor des Chartes se conserva un ejemplar de este. No deja de sorprender la gran importancia que se le atribuye en Francia, según las propias palabras del propio conservador del Archivo, en contraste con la indiferencia y el olvido que recibe de España.

Fuera del contexto sobre el mencionado Tratado, obviado por el nacionalismo catalán, se habla de un padre de la patria catalana, en la cual el nacionalismo catalán elucubra uno de sus más queridos embustes, se trata de la independencia de la patria catalana en tiempos de Wifredo el Velloso (Gufre el Pilós en catalán) o el Conde Borrell, en el caso del primero, que es en el que más nos vamos a extender, cabe decir que es como si yo, en mi pueblo, declaro que es independiente, y lo hago de facto, que en la terminología latina quiere significar sin reconocimiento legal o formal. Una persona, o personas, pueden estar desempeñando un cargo ya por que se produzca un vacío de poder o un golpe de estado, y lo hacen mediante esta manera, y sus actos consecuentes no tienen ni tuvieron en el caso de este Wifredo el Velloso, ninguna legitimidad legal, NUNCA ha sido independiente, al menos no como Cataluña, aunque quizás antes de la conquista romana constituyeron una tribu independiente, como la mayor parte de las tribus que dominaban la Península. Después de eso vinieron los visigodos, los musulmanes y el Imperio Franco, que los utilizó como "escudo" (marca Franca y posteriormente marca Hispánica). Tras el devenir de dicho imperio Cataluña disfrutó de un periodo en el que no se sabía muy bien a quién pertenecía, ostentando el título de Condado. Poco a poco el poder del Conde de Barcelona se fue fragmentando y el territorio catalán se dividió en varios señoríos feudales, siendo el Conde Ramón de Berenguer la principal cabeza visible, hasta la implementación de Cataluña en la Corona Aragonesa, no Catalano-Aragonesa. Que no ha existido nunca. Tiempo después de dicha anexión Cataluña pasó de ser un Condado a un Principado, que no se debe confundir o relacionar en modo alguno con el príncipe heredero de un reino (en la época el heredero a la Corona de Aragón recibía el título de Duque de Gerona o príncipe de Gerona), y que convertía a Cataluña en una división administrativa de la corona aragonesa.

Este personaje, Wifredo el Velloso, como había tantos condes y tantos reyes la gente les ponía apodos para no liarse, le salían pelos donde nunca se le vieran a ningún ser humano, de ahí su apodo, jamás gozó de este estatus, ni siquiera en la propia Cataluña donde gobernaba, es decir, no tenía el reconocimiento legal, ni siquiera, de sus propios conciudadanos, pero, hay que tener en cuenta el contexto en el que se vivía en aquellos años, que no era otro que la invasión musulmana, y la gente del pueblo, se refugiaba donde estaba el poder de las armas, como es natural. Este personaje, de origen visigodo, descendiente de la casa condal de Carcasona, cuya familia mayor conservó el condado de esa ciudad, la menor, integrada por Sunifredo de Barcelona (padre de Wilfredo) y su hermano Suñer de Ampurias, pasó a Cataluña, donde personificarían la lealtad a Carlos el Calvo y sus descendientes.



                                   En la imagen, Wilfredo el Velloso.



Wilfredo, supo aprovechar las dificultades por las que atravesaba la monarquía franca en esos años para fortalecer su posición al frente de los condados, y se aprovechó de una manera no demasiado ortodoxa, y consolidar su independencia de facto, que ya he explicado antes lo que significaba. Así, se convirtió en el último conde nombrado directamente por un rey franco, pues, tras su muerte, sus hijos se convirtieron en herederos.

Wilfredo el Velloso no se independizó del Imperio Franco a la muerte de Carlos el Calvo, cuyo territorio seguía bajo "jurisdicción" carolingia. A la muerte de Wilfredo el Velloso el condado catalán se fragmentó en varios condados al mando de cada uno de sus hijos, es decir, la unión de condados lograda por Wifredo el Velloso no le sobrevivió. Tras su muerte, los hijos de Wifredo repartieron su herencia como si de bienes privados se tratase. Y no fue hasta el conde Borrell II que se eliminó el yugo franco, cuando éste se negó a rendir pleitesía a la nueva dinastía de los Capetos. Es necesario recordar que aunque Carlos el Calvo le reconoció el derecho a la sucesión nunca le reconoció el derecho a la independencia y, puesto que estaba ligado por lazos de parentesco a los monarcas francos (por ser hijo de Wifredo I) no se enfrentó a sus superiores francos y siguió sometido al rey franco de Aquitania y con buenas relaciones: los francos no le hubieran permitido separarse de Francia. 

Los historiadores románticos y, sobre todo, los inspirados por el nacionalismo, han fabulado desde el siglo XIX hasta nuestros días para conseguir dotar de cierta oficialidad a su proyecto político.

De este modo se ha hecho de aquel lejano conde el padre de Cataluña y artífice de su independencia, Jorge Pujol ha hablado de él en numerosas ocasiones como el «fundador de la nación catalana». Pero Wifredo ni siquiera gobernó nada denominado Cataluña, cuyo nombre se remonta a algo más de trescientos años después (por cierto no para toda Cataluña) ni fue independiente, pues el mando lo ejerció en nombre del rey franco, del cual fue vasallo. No obstante, la disolución del reino carolingio fue permitiendo, sobre todo tras la capitular de Quierzy de 877, la heredabilidad de algunos de sus dominios, lo que daría origen al feudalismo. Wifredo fue el primer conde hereditario de Barcelona y, por lo tanto, el fundador de la dinastía condal barcelonesa.

Wifredo el Velloso (840 - 897) al que los catalanes llaman, Guifré el Pelós, fue visigodo, y por lo tanto hispano, pues así se denominaban a sí mismos los primeros pobladores que crearon la Marca pirenaica o Marca hispánica. Por otra parte, Wifredo fue el último conde designado por la monarquía francesa. Algunos de los condados de la zona noreste de España ni siquiera existían, y la dependencia francesa de esos territorios, era muy marcada.

Algunos historiadores catalanes, han convertido a Wifredo en un héroe forjador de la independencia de Cataluña, pero lo cierto es que esta idea, popularizada durante la Renaixença por el dramaturgo Serafín Pitarra, pseudónimo de Frederic Soler i Hubert , con su frase:  Fills de Guifré el Pilós, aixo vol dir catalans (Hijos de Wifredo el Velloso, eso quiere decir catalanes), es del todo falsa, pues lo cierto es que Wifredo no fue el fundador de la Nación catalana, no tuvo ni la menor conciencia de ello. Al respecto, el historiador catalán J. M. Salrach, afirma: “La concepción que Wifredo tuvo sobre sus dominios no pasó de la que experimenta el nuevo propietario sobre unos bienes recogidos y heredados, y de los cuales dispondrá libremente, como si de bienes personales se tratase”.

De todos modos, está muy extendida por Cataluña la leyenda del origen de las cuatro barras de la bandera catalana, pues durante muchísimos años se dio verosimilitud a una leyenda del historiador catalán Muntaner según la cual: "En el siglo IX, el Rey Francés Carlos el Calvo, conmovido ante las heridas sufridas en combate de su servidor Wifredo el Velloso matando romanos, y ante la demanda de Wifredo a su rey de que le diera un escudo de armas, introdujo el rey cuatro dedos de su mano en las heridas de Wifredo y, manchadas sus yemas en sangre, dibujo en el escudo de Wifredo cuatro rayas rojas, dándoselos como enseña a él y a sus descendientes. Es en esta historia donde se apoyan los historiadores catalanes para atribuir a su comunidad la paternidad de la bandera cuatribarrada”.



En la imagen: Muerte del Conde Wifredo el Velloso / Mort del Comte Guifré el Pilós, del autor Pablo Antonio Béjar Novella. Óleo sobre tabla / Pintura de Historia / 1895. Castillo de Santa Florentina / Castell de Santa Florentina. Canet de Mar / Barcelona.


Fue muerto hacia 897 por el caudillo moro Lop ben Mohamed, señor de Lérida, tras lo que fue enterrado en el monasterio de Ripoll. Uno de los episodios más repetidos de la vida de Wifredo el Velloso es, paradójicamente, uno que nunca tuvo lugar: el relativo al nacimiento de la bandera cuatribarrada. Se trata de la hermosa leyenda sobre las barras de sangre dibujadas por el rey franco Carlos el Calvo en el escudo de Wifredo como premio por su muerte en lucha contra los normandos, nacida en el siglo XVII, durante los bélicos tiempos -que acabarían con la desmembración de la Cataluña norpirenaica- en los que la Marca Hispánica de tiempos carolingios era utilizada por los franceses para justificar la anexión de Cataluña a Francia.

Pero ni consta la participación de Wifredo en la lucha contra los normandos en 873, cuando ni siquiera sería conde de Barcelona, ni Carlos el Calvo fue contemporáneo de Wifredo, ya que había muerto 20 años antes… Además, en el siglo IX no existían las banderas ni los escudos heráldicos, introducidos en Europa por los cruzados en el siglo XII. Por último, el primer rey aragonés del que se conoce la utilización de las cuatro barras, como seña de Aragón, es Alfonso II (1162-1196).

En el caso del Conde Borrel (Borrell II para ser más exactos), pasa exactamente lo mismo. Lo más parecido a una independencia fue cuando en 987, tras la muerte del último rey carolingio, el conde de Barcelona, Borrell II, se fue desligando de su vasallaje con los monarcas francos, sobre todo cuando no acudieron en su ayuda en sus enfrentamientos con los árabes. Pero mientras el condado de Barcelona rompía, otros igual de catalanes como Urgell, Besalú o Cerdanya, mantuvieron el vínculo.

Pese a esto, la efemérides fue utilizada por el Govern de la Generalitat de CiU para celebrar entre 1987 y 1988 el Millenari de la Independència de Catalunya, cuyo acto central contó incluso con la presencia de los reyes Juan Carlos y Sofía. Paradójicamente, centenares de independentistas protestaron por la invitación a los monarcas, lo que causó incidentes, detenidos y una campaña de atentados reivindicada por la organización terrorista Terra Lliure…pero nos interesa por un momento dar a conocer la historia de este Wilfredo el Velloso y la leyenda que lo acompaña.


LA LEYENDA APÓCRIFA DEL ESCUDO DE CATALUÑA


Uno de los documentos utilizados para preparar este capítulo ha sido un informe elaborado en 1822 por el académico de la historia Juan Sans y Barutell acerca de los antecedentes del antiguo blasón del condado de Barcelona, las célebres barras rojas y amarillas. La tradición popular y a la vez romántica pretende explicar el origen de tan legendario escudo en un enfrentamiento entre los normandos y el Ejército carolingio, ayudado por los hombres de Wifredo, quien resultó herido en la batalla. Enterado el rey franco Carlos el Calvo del suceso, pronto se apresuró a visitarle en su tienda de campaña para preocuparse de su estado de salud. Cuenta la tradición que en señal de agradecimiento por la defensa del territorio y por haberse expuesto a la muerte, untó sus dedos en una de las heridas del noble y marco cuatro barras de sangre en el escudo dorado: “Estas cuatro gloriosas barras –dijo el rey– serán en adelante, esforzado conde, vuestras armas, y de todos vuestros descendientes; armas, que tomadas de la misma sangre que habéis derramado en mi servicio serán las más gloriosas que jamás haya tenido noble alguno”. La crónica no precisa ni fecha ni lugar.

Hasta aquí la leyenda y la fábula que al parecer salió del escritorio de uno de sus primeros biógrafos, Bernat Boades, personaje que difícilmente pudo encontrar rastros escritos de aquel episodio de sangre en historias anteriores sobre los reyes de Aragón y Cataluña como las recogidas por el monje de Ripoll, el primero que recopiló toda la información de Wifredo a finales del siglo XII, o las aparecidas en las crónicas oficiales de Jaime el Conquistador y Pedro el Ceremonioso.

Ni en aquellas fechas del siglo IX se tenía constancia de armas en escudos y banderas –establecidas probablemente a fines del XI o principios del XII– ni Carlos el Calvo gobernaba ya el imperio carolingio pues había fallecido el año 877 en Avrieux, en los Alpes, y los acontecimientos debieron tener lugar hacia el año 878 o años más tarde cuando Wifredo ya ostentaba el título de conde de Barcelona.

Otras fuentes aseguran que el monarca de la historia no fue Carlos el Calvo sino su hijo Luis el Tartamudo (846-879) o tal vez Carlos el Gordo (881-887), monarca cobarde marcado por la debilidad de carácter y salud, cuyo mandato estuvo alterado por las invasiones normandas que asediaron París y que en vez de entrar en combate con los revoltosos, prefirió negociar las condiciones para que abandonaran su propósito. Cuentan que les compró la retirada a cambio de cierta cantidad de dinero y que les autorizó a saquear la región de Borgoña de vuelta a casa. Es posible que entre los nobles que acudieron al socorro de París estuvieran los hombres de Wifredo porque aquellas invasiones tuvieron lugar en noviembre de 885 y se repitieron a lo largo de dos inviernos.

Muchos han sido los estudios referidos a este romántico episodio y pocos los que han podido demostrar la certeza de los datos que dieron origen a esta historia, incluso el debate ha ido más allá de lo puramente histórico y se ha desviado por otros caminos para conocer quien fue el primer personaje que falseó la pretendida cuna del escudo catalán. De todos los candidatos aparecidos en los escritos consultados han sido señalados con el dedo acusador de la patraña el citado Boades y el valenciano Pere Antón Beuter, quien incorporó en su Crónica General de España (Valencia, 1552) esta leyenda copiada de un episodio parecido que tuvo como protagonistas a Fernando el Católico y a un caballero andaluz. Lo cierto es que la historia fue copiada, adornada y hasta deformada por múltiples copistas y literatos que la adaptaron a sus personajes y escritos.

Ciertos son los hechos siguientes: las invasiones normandas en tierras francas y los nombres de los posibles personajes, el conde Wifredo y los reyes francos Carlos y Luis; todo lo demás es producto de la fábula y la imaginación, más propia de una novela histórica de ficción que de un ensayo riguroso, lo cierto, es que la señera no la pintó Wifredo el Velloso con su sangre, y en realidad era el emblema medieval de la casa de la Corona de Aragón, otorgado por el Papa a sus vasallos: cuatro barras doradas sobre fondo rojo. Recordemos que el rojo y el amarillo son los colores de Roma. “El medievalista catalán Martí de Riquer refutó la leyenda atribuyéndola a la “manía de buscar orígenes místicos en la heráldica” y, en concreto, a una crónica de 1555 del valenciano Pere Antón Beuter, que a su vez se habría inspirado en otro relato del castellano Hernán Mexia”. La primera evidencia documentada de la señera se remonta a mucho después, al año 1150, cuando los condados catalanes ya se habían unido al reino de Aragón.


EL CONDE PELOSO

No está claro el motivo que animó a los historiadores a nombrar al conde Wifredo con el seudónimo de velloso. Las hipótesis de trabajo han sido múltiples y variadas pero todas, absolutamente todas, chocan con el paso del tiempo y la falta de documentación precisa después de la pérdida del archivo de Ripoll por culpa de un incendio (1835) donde se almacenaba el saber de la Cataluña prerrománica y de sus primeros condes. Los autores que se han preocupado por estudiar la vida de Wifredo han pretendido explicar, más con la lógica de la lengua que con la certeza de las pruebas documentales, el origen del mote y la mayoría han llegado a la misma conclusión. El conde franco debió ser un personaje de abundante pelo en múltiples partes del cuerpo, especialmente en cara, manos y pecho, e incluso en zonas inverosímiles como la planta de los pies tal como lo recordó en su momento Rovira i Virgili en su biografía Guifré I citando a uno de sus primeros biógrafos, Bernat Boades:“És curiós de citar el detall que trobem en Bernat Boades, que diu que el lloc on Guifré tenia el senyal del pèl era la planta dels peus”. Traducido, dice: (Es curioso encontrar el detalle que encontramos en Bernat Boades, que dice que el lugar don Wilfredo tenía la señal del pelo era en la planta de los pies).

Otros, en cambio, argumentan que el nombre piloso podría tratarse de un título medieval derivado de los términos latinos “comes pilosus” que hacían referencia al señor de unas tierras boscosas, poco pobladas e improductivas como fueron al principio los primeros territorios condales repoblados, las tierras de Osona-Vic y Cardona.

De todas formas, el mismo Rovira i Virgili indica que en su momento se hizo una traducción equivocada de Pilós por Velloso [peludo], cuando lo correcto hubiera sido Peloso, de pelo y no de vello. En la historia medieval española muchos fueron los reyes de abundante barba y hermosa cabellera pero ninguno fue llamado velloso o peludo, en todo caso pelirrojo por el color del pelo como fue el caso del emperador germánico Federico I Barbarroja (1152-1190). Por lo tanto es lógico pensar que el cuerpo de Wifredo debió tener algún rasgo llamativo por su singularidad relacionado con el pelo. Tal vez una mecha en un lugar poco común o una mata en una parte infrecuente, y hay quien argumenta que en la planta de los pies, pero resulta una incógnita imposible de desvelar a estas alturas de la historia cuando la memoria escrita fue pasto de las llamas, sin descartar, por supuesto, la abundancia de vello en todo el cuerpo.


LA MUERTE DE WILFREDO

La política expansionista del conde velloso no gustó nada a los musulmanes que se sintieron amenazados con la ampliación de la raya fronteriza cristiana al sur del Llobregat. Las tierras de Solsona, Cardona, Berga, Manresa y Montserrat eran las posiciones más avanzadas del condado de Barcelona y constituían una provocación para el gobernador árabe de la zona, Ismail ibn Musa de Lérida, quien rechazó un ataque de Wifredo con gran derramamiento de sangre según las crónicas árabes. A pesar de estar integrados en el Imperio carolingio, los condados catalanes eran soberanos para rechazar las aceifas musulmanas y no recibían ayudas de la corona franca para reforzar la frontera sur del imperio ni para combatir con más refuerzos.

Los hombres de Wifredo defendían la Marca Hispánica con sus propios medios hasta que en una de esas peligrosas incursiones los sarracenos llegaron a las puertas de Barcelona. Los cristianos pudieron rechazar el ataque de los enemigos, que huyeron hasta las tierras de Balaguer (Lérida); en cambio el conde Wifredo recibió una profunda herida que le provocó la muerte el 11 de agosto de 897. Su cuerpo fue enterrado en el monasterio de Santa María de Ripoll que él mismo había fundado y donde descansarían en el futuro los restos de otros condes. Su cuerpo fue depositado delante de la puerta del antiguo dormitorio de los monjes según las referencias de un códice del siglo xii. Años más tarde compartiría tumba y silencio con su hijo Radulfo. El abandono provocado por la primera desamortización (1835) acabó con las ricas inscripciones del sepulcro.

El actual monumento funerario, situado en un extremo del crucero, se inauguró el 11 de agosto de 1982 coincidiendo con la fecha de su muerte. No están claras las notas sobre el verdadero lugar donde murió el conde Wifredo. Todos los apuntes indican que fue en la Ciudad Condal pero hay testimonios contrarios. Por ejemplo, en el Vall d’Ora, en la comarca barcelonesa de Solsonès, encontramos un monolito que recuerda el lugar preciso donde cayó herido de muerte el Velloso. Al parecer el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes tuvo lugar a orillas del río Aigua d’Ora, municipio de Navès, zona fronteriza en el siglo IX.


En la imagen,  monumento a Wilfredo el Velloso en el Vall d’Ora, en la comarca barcelonesa de Solsonès.



RECORDANDO ALGUNAS CITAS

En el año 1893, según creo, Francisco de Asís Cambó y Batlle, más conocido como Francesc Cambó, comenzó su tarea de predicar el catalanismo por las tierras de Cataluña, más allá de donde no llegan las palabras llegará el corazón, decía. Posteriormente, en sus Memorias, él mismo diría:
En su conjunto, el catalanismo era una cosa mísera cuando, en 1893, inicié en él mi actuación. Organizamos excursiones por los pueblos del Penedés y del Vallés, donde había algún catalanista aislado, no creo que hiciéramos grandes conquistas: los payeses que nos escuchaban no llegaban a tomarnos en serio. Aquel era un tiempo en el que el catalanismo tenía todo el carácter de una secta religiosa. Puede decirse que todos los catalanistas se conocían entre sí”.

También decía en sus memorias, acordándose de todo el capital de muchos españoles proveniente de las colonias en busca de un proteccionismo más seguro, y digo del capital español, invertido en gran parte en industria: 

Diversos hechos ayudaron a la rápida difusión del catalanismo. La pérdida de las colonias, después de una sucesión de desastres, provocó un inmenso desprestigio del Estado. El rápido enriquecimiento de Cataluña, fomentado por el gran número de capitales que se repatriaban de las colonias perdidas, dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestra propaganda dirigida a deprimir el Estado español y a exaltar las virtudes y merecimientos de la Cataluña pasada, presente y futura”.

Desde luego, sí tenía razón, pues fue la Cataluña futura, más concretamente el catalanismo más radical, quien por mediación de los hijos de esos emigrados, nacidos ya en Cataluña, herederos de esas industrias y capitales invertidos, quienes ayudaron a fomentar ese ideal, pero con el trabajo de los buenos catalanes, que nada tenían que ver con esto.

También añadiré otra de sus citas en las memorias, que prefiero analizar al final: 
"Hay dos maneras seguras de llegar al desastre: una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable".

Las palabras de Cambó, fueron corroboradas por su acólito Josep Pla i Casadevall, quien diría con respecto a aquella cruzada pro-catalanista: Los catalanistas eran muy pocos. Cuatro gatos. En cada comarca había aproximadamente un catalanista: era generalmente un hombre distinguido que tenía fama de chalado.

Llama la atención esta situación particular que apuntan estos dos ilustres catalanes teniendo en cuenta que el nacionalismo catalán se aferra como a un clavo ardiente el ideal de que España ha sido siempre y es una nación opresora contra Cataluña, cuando la historia de Cataluña, siempre ha estado unida a la historia de España, es por esta razón por la que se pretende cambiar, añadiendo no ya mentiras inventadas, si no vaguedades inciertas sin ningún tipo de justificación ni rigor. Ya he comentado anteriormente el tema de la cuatribarrada, y su relación con Wilfredo el Velloso o el peludo, como quiera llamarse.

En su momento, los romanos, creadores del término “Hispania” siempre incluyeron dentro de los límites territoriales de Hispania la que ya muy avanzada la Edad Media, sería Cataluña, siendo Tarraco, capital de una de esas hispanias romanas, y exactamente igual sucedió después con los visigodos, cuya capital, reinando Ataúlfo, se estableció primero en Barcelona, para trasladarla después al centro de la Península, concretamente a Toledo. Un gran historiador de ésa época, Isidoro de Sevilla, entre otros, hablan de una nación llamada España, de raíces romanas y cristianas, y esas raíces y ese sentimiento, no se rompió posteriormente con la invasión musulmana (que por cierto, todavía continúa) dándose entonces a la resistencia contra el invasor musulmán (ahora eso ya no se da, pues es políticamente incorrecto).

Como también se ha comentado anteriormente, en el tema de Wifredo el Velloso, los francos, en un intento de protegerse de la invasión islámica se apoderaron de unos territorios del sur de los Pirineos a los que denominaros Marca Hispánica, no aparece la marca Cataluña o catalana, sin menospreciar a nadie, pues Cataluña es o por lo menos lo ha sido, un orgullo para España, como se verá más adelante. Los monarcas francos tenían bien claro que aquel territorio era España, de ahí el nombre de Marca Hispánica, y que algún iluminado querrá ver como término meramente territorializado de una manera globalizadora dentro de un contexto coyuntural de acoso.

En 815, poco después de la creación del condado de Barcelona como frontera entre el reino de los francos y los musulmanes, Ludovico Pío, o Luis el Piadoso, como se quiera llamar, rey de Aquitania y soberano de Septimania, promulgo un precepto destinado a los habitantes del condado de Barcelona y otros subalternos el que se habla de forma literal de “españoles” y dice algo de mucho interés sobre los habitantes de lo que actualmente se llama Cataluña: Muchos españoles, no pudiendo soportar el yugo de los infieles y las crueldades que éstos ejercen sobre los cristianos, han abandonado todos sus bienes en aquel país y han venido a buscar asilo en nuestra Septimania o en aquella parte de España que nos obedece.

En este documento ni aparecen la palabra Cataluña, ni la palabra catalanes, pues no existían, y sí se hace mención a los españoles y España.