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10 octubre 2026

Jorge Luis Borges contra los germanófilos: la batalla cultural de 1940 y la del presente



Parte 1: 

El eco del rencor: neonazismo y la penuria imaginativa hoy

por Tito Andino


Luego de haber dado lectura a las ponencias anteriores, en especial a la dedicada a Thomas Mann y Goethe, queda un tema flotando en el ambiente, los germanófilos de la guerra en el siglo XXI. Una aclaración, este tema ya lo abordamos en este blog en 2018, bajo el título general: "Tres ensayos sobre el germanófilo"; en esta edición el texto ha sido revisado y corregido en algunos aspectos (quedando la versión original de 2018 intacta para su consulta).

"Filogermánico" y "germanófilo" son sinónimos, el maestro Jorge Luis Borges los denominaba, en la década de 1940, simplemente como germanófilos, dibujando un semblante del partidario del nazismo de esos días; debemos aclarar que, en realidad, los del presente no son germanófilos, sino neonazis. Lo que sí debemos hacer es no confundir esa designación con el “pangermanismo” que implica una organización política-ideológica cuya finalidad era la unificación o expansión de Alemania, según la coyuntura histórica del momento.

El concepto de germanófilo o filogermánico es muy amplio, podemos aplicarlo a una variedad de ramas sobre la cultura alemana: el arte, la música, la literatura, etc., pero debemos hacer una aclaración: es importante desligar la germanofilia cultural (amor por la música, la ciencia alemana, la filosofía de Kant y otros) de los símbolos del nacionalsocialismo de mediados del siglo XX, como la esvástica, que no representan a la germanofilia tradicional, sino a una ideología política totalitaria concreta. 

Por lo señalado, aquí nos referiremos -exclusivamente- al amante de la guerra y partidario de la Alemania nazi, de esos que abundan en internet y de aquellos herederos de la España fascista (falangista) que no tienen vergüenza alguna en declarar su “amor” al hombre del bigotillo ridículo y a su doctrina que ha sobrevivido por décadas. Recordemos que la variante del fascismo europeo en España fue la única que triunfó en la guerra mundial, por obra y gracia de los nazis… y esa victoria se consolidó en la posguerra gracias a los Estados Unidos.


La Asamblea General de la ONU, mediante Resolución 39 (I) de 12 de diciembre de 1946, condenó con dureza al régimen franquista, definiéndolo como un sistema de “carácter fascista” que fue impuesto por la fuerza con la ayuda de Adolf Hitler y Benito Mussolini. Se constató que Franco aportó una ayuda considerable a las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y, en consecuencia, la ONU excluyó a España de los organismos internacionales y recomendó la retirada inmediata de los embajadores de Madrid, propició un absoluto aislamiento internacional al régimen basándose en su origen fascista y su complicidad con el nazismo. Sin embargo, hay que dejar aclarado que, en ningún apartado del texto de la resolución se juzga, acusa o declara a la persona de Francisco Franco formalmente como "criminal de guerra". La ONU carece de facultades judiciales penales para emitir sentencias individuales de esa naturaleza, por lo mismo, nunca emitió una orden judicial ni una declaración formal de criminal de guerra contra el dictador.

Es común escuchar el término “filogermánico”, es decir, aquel que siente estima o admiración por todo lo alemán; y, en lo que respecta a la guerra mundial muchos españoles aducen defender el honor de las fuerzas armadas (Wehrmacht), otros dicen apartarse de los crímenes de las SS; otros, más radicales, resguardan directamente todo lo que tiene que ver con las “bondades” del nazismo y sueñan con la excelencia moral del combatiente alemán, "añoran" -a pesar de no tener idea- la formación cultural e ideológica del soldado prusiano, como ejemplo a imitar en su propia cultura.

Debemos reflexionar sobre el vigente e imprudente morbo de muchos aficionados a la historia militar y su dramatizada “valoración” ética de las tropas alemanas en la segunda guerra mundial. Este post no pretende analizar las bandas neonazis del presente que, al parecer, cuentan con apoyo político de círculos duros de la política española, por lo que suelen gozar de cierta impudicia en algunos actos en que participan, sin dejar a un lado la evidente presencia de partidarios en las fuerzas de seguridad. ¿Cómo fue esto posible? Lo hemos dicho, el fascismo ganó la guerra en España y su influencia perdura a pesar de la actual etapa democrática.

No estamos para juzgar a nadie, cada cual puede ser admirador de quien le plazca y ser capaz de mantener su opinión, hasta elegir el autoengaño si eso le da algún tipo de satisfacción. Tampoco se puede desconocer el interés histórico de muchas personas, en verdad existe gente que le apasiona el tema de la segunda guerra mundial, pueden ser lectores aficionados o ilustrados académicos, y, sin lugar a dudas, suelen adquirir y hasta leer libros sobre la temática. Eso, en general, es loable, es cultura... aunque no sirva de nada. 

Hay quienes se empeñan en conocer o estudiar a fondo la guerra mundial y, a pesar de que ciertos datos fascinan son inútiles, en la vida real -en efecto- no sirven en ningún sentido. Aquellos "especialistas" en conocimiento inútil han dedicado gran parte de sus vidas a estudiar cosas abstractas, solo por el "placer" de saberlo, aunque "no sirva para nada". Un ejemplo, términos modernos e irónicos como "erudición de alcantarilla" o "cultura trivial" suele usarse en internet hasta para burlarse de uno mismo cuando la persona se da cuenta de que sabe perfectamente la genealogía completa del hombre con el bigote chaplinesco, pero que no sabe cómo declarar sus impuestos. "Datos interesantes, pero inútiles", curiosidades que no sirven un carajo; o, usando un término filosófico: "la utilidad de lo inútil" (perdonando la redundancia).

Leer obsesivamente sobre la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva nazi entra perfectamente en la categoría de estudiar cosas abstractas, aún más, tenemos un matiz muy importante: este tipo de lectores suele cruzar la línea entre lo abstracto y lo ideológico, tiene el gran peligro de convertirse en lo que se denomina "sesgo de confirmación", es decir, leer "sin ton ni son" (sin un método crítico), el cerebro empieza a normalizar y dar por válidas ideas sesgadas o directamente falsas porque son las únicas que consume.




Consumir únicamente esa versión de la historia genera un fenómeno psicológico y educativo muy específico, no se está estudiando "historia abstracta", sino adoctrinándose en propaganda política y militar del siglo XX. Al leer solo esa versión, la persona se convierte en un "experto" en los argumentos que justifican el nazismo, no en los hechos reales. A esta persona, en su investigación, no le importa en absoluto la falta de rigor historiográfico. Sabemos que en la ciencia de la historia, estudiar una sola fuente se considera un error metodológico grave. Para entender ese periodo, los historiadores -por supuesto- estudian los documentos nazis, pero los contrastan con los archivos aliados, soviéticos y los testimonios de las víctimas. Para que que deje de ser "conocimiento inútil" o peligroso, lo ideal es asumir la lectura con pensamiento crítico; es importante observar los análisis de historiadores modernos sobre cómo funcionaba la máquina de propaganda alemana (que no dista mucho de parecerse a la actual en cuanto a política internacional). Es la forma en que podemos aprender a detectar cómo se manipula la historia, una habilidad que sí es sumamente útil hoy en día.
Volviendo con nuestros supuestos "germanófilos" del siglo XX y XXI, individuos de ese círculo suelen ser empedernidos coleccionistas de libros sobre la guerra mundial, de las biografías y diarios de generales alemanes y sus aliados que en la posguerra presentaron sus “Memorias” (desde su punto de visto subjetivo). No cuestionamos eso, al contrario, sería de elogio que existiera un esfuerzo metódico de aprendizaje para compartir o debatir en un foro de historia; pero la realidad es otra. Muchos de éstos pseudo germanófilos intentan confundir el todo con explicaciones traídas de los pelos principalmente en sitios web pro-nazis, bajo la ayuda de una supuesta literatura "revisionista" (suelen “aclarar” que el sitio es solo para ‘nacionalsocialistas’).

Es en España donde el filogermanismo y la propaganda nazi comparten créditos desde los remotos tiempos en que la raza aria quedó sepultada en el bunker de Berlín. España es el país con más ediciones de ‘Mi lucha’ fuera de la Alemania de hace 80 años, y donde se continúa reeditando “clásicos” como las obras de Carlavilla… España, a fin de cuentas, sigue siendo el paraíso de los neonazis, por encima, incluso, de Alemania (donde al menos -sobre el papel- está ilegalizado). Fue en España donde hace unas décadas reinaba la CEDADE, una importante organización neonazi, una de las más importantes de Europa, con un impresionante aparato propagandístico editorial para la distribución de material neonazi. Tras su final, no desapareció por completo, tuvo una evolución ideológica, una transformación, muchos de sus antiguos miembros se integraron o fundaron posteriormente partidos políticos de extrema derecha (como Democracia Nacional) u otras asociaciones de carácter revisionista y ultra-nacionalista que operan bajo marcos legales diferentes.





Los “intelectuales” germanófilos de la guerra en lengua castellana siguen existiendo al sol de hoy ('cara al sol' sería lo más adecuado), dicen ser “para nada neonazis”, al tiempo que encuentran ofensivo el tono de reconocidos académicos contra los generales alemanes, pero no se ofenden si “cobarde” es el término utilizado contra italianos u otros aliados…; sin embargo, “hay que ver la que se monta cada vez que alguien duda de la inmaculada potencia y honorabilidad del ejército alemán…”. Los filogermánicos o germanófilos de internet suelen rasgarse  las vestiduras en defensa de la decencia de la Wehrmacht, llegando a separar el conjunto en “soldados buenos” y “nazis malos”, como última opción.

El filogermánico se considera una eminencia en estrategia militar por el mero hecho de haber leído algunas “Memorias” de sus ídolos guerreros. Por ejemplo, se siente en capacidad de “recrear” las tácticas de los cuerpos acorazados de Manstein o Guderian (ese solo "talento" le haría merecedor de una cátedra en una escuela militar); más, se irrita ante la falta de reconocimiento público de su sapiencia como "historiador" militar y "estratega de guerra" (aunque nunca haya recibido formación en ese sentido). La afición a compilar material literario sobre temas bélicos no refleja necesariamente en su poseedor el ser portador de conocimiento sobre la temática. Suelen sentir orgullo de su biblioteca, la presumen y se autoproclaman eruditos en la ciencia de la historia, “críticos” es un autocalificativo muy apetecido, sin poseer formación académica en la materia, con recitar o transcribir citas de sus autores favoritos es más que suficiente.

Lo hemos dicho, esto no es más que una subcultura banal, propensión del círculo neonazi a presumir "conocer" la verdad histórica de la segunda guerra mundial (versión propaganda nazi); pretender evidenciar todo ese conocimiento en forma de discurso es algo estéril, impráctico, inútil, pero el fanático lo atesora, siente orgullo de ello, no es capaz de entender el ridículo que hace ante un foro culto y especializado.

Existe un antídoto para ello, una selecta y correcta lectura de investigación adaptada para un lector apasionado por esa etapa histórica y que no tiene otra formación más que su afición por la historia; y, sobre todo, autoreconocimiento de sus límites (un real investigador, un historiador académico necesita muchos años de dedicación continua para elaborar sus hipótesis sobre determinado suceso). En nuestro trabajo: “Historiografía de la segunda guerra mundial”, explicamos la forma cómo debemos valorar la narrativa de la guerra dentro del proceso histórico. Y, hay que decirlo, tampoco desechamos al “revisionismo”, por el simple argumento de que un escritor debe saber que piensan aquellos individuos que han decidido dedicar parte o su vida entera a defender la mentira de una causa aberrante.





No dejemos de puntualizar que debemos diferenciar los géneros literarios, en los que se incluye la novela histórica de guerra, porque, los proclamados literatos “revisionistas” suelen fusionar ficción, mitos, mentiras y falsedad documental con hechos históricos reales, a esa combinación lo han denominado “revisionismo”. Leer autores “revisionistas” neonazis es apostar por una subcultura que infunde el engaño como arma política, no solo eso, nos encamina a la discriminación u odio racial y religioso. Todo eso causa -como efecto- el aislamiento social permanente de aquel individuo que se aferra y fanatiza en esa literatura, volviéndolo desconfiado y paranoico porque todo lo que sucede en el mundo, imperiosamente, tiene que ser obra de una conspiración…

En adelante, el Maestro Jorge Luis Borges nos explica este fenómeno, desde su perspectiva viva, surgida en el mismo instante del apogeo y conquista nazi de Europa. Las siguientes líneas son reproducidas en el libro “Textos cautivos” (1986), una antología de ensayos, reseñas y notas críticas escritas por Borges, pero originalmente fueron publicadas en las revistas argentinas 'Sur' y 'El Hogar' entre 1936 y 1940 (y en otros periodos, según la edición).


Parte 2

Definición del germanófilo


Jorge Luis Borges
13 de diciembre de 1940



Los implacables detractores de la etimología razonan que el origen de las palabras no enseña lo que éstas significan ahora; los defensores pueden replicar que enseña, siempre, lo que éstas ahora no significan. Enseña, verbigracia, que los pontífices no son constructores de puentes; que las miniaturas no están pintadas al minio; que la materia del cristal no es el hielo; que el leopardo no es un mestizo de pantera y de león; que un candidato puede no haber sido blanqueado; que los sarcófagos no son lo contrario de los vegetarianos; que los aligátores no son lagartos; que las rúbricas no son rojas como el rubor; que el descubridor de América no es Américo Vespucci y que los germanófilos no son devotos de Alemania.

Lo anterior no es una falsedad, ni siquiera una exageración. He tenido el candor de conversar con muchos germanófilos argentinos; he intentado hablar de Alemania y de lo indestructible alemán; he mencionado a Hölderlin, a Lutero, a Schopenhauer o a Leibnitz; he comprobado que el interlocutor "germanófilo" apenas identificaba esos nombres y prefería hablar de un archipiélago más o menos antártico que descubrieron en 1592 los ingleses y cuyas relaciones con Alemania no he percibido aún.

La ignorancia plenaria de lo germánico no agota, sin embargo, la definición de nuestros germanófilos. Hay otros rasgos privativos, quizá tan necesarios como el primero. Uno de ellos: al germanófilo le entristece muchísimo que las compañías de ferrocarriles de cierta república sudamericana tengan accionistas ingleses. También le apesadumbran los rigores de la guerra sudafricana de 1902. Es, asimismo, antisemita; quiere expulsar de nuestro país a una comunidad eslavo-germánica en la que predominan apellidos de origen alemán (Rosenblatt, Gruenberg, Nierenstein, Lilienthal) y que habla un dialecto alemán: el yiddish o juedisch.

De lo anterior cabría tal vez inferir que el germanófilo es realmente un anglófobo. Ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra. Ya veremos que tal es la verdad, pero no toda la verdad, ni siquiera su parte significativa. Para demostrarlo reconstruiré, reduciéndola a lo esencial, una conversación que he tenido con muchos germanófilos, y en la que juro no volver a incurrir, porque el tiempo otorgado a los mortales no es infinito y el fruto de esas conferencias es vano.

Invariablemente mi interlocutor ha empezado por condenar el Pacto de Versalles, impuesto por la mera fuerza a Alemania en 1919. Invariablemente yo he ilustrado ese fallo condenatorio con un texto de Wells o de Bernard Shaw, que denunciaron en la hora de la victoria ese documento implacable. El germanófilo no ha rehusado nunca ese texto. Ha proclamado que un país victorioso debe prescindir de la opresión y de la venganza. Ha proclamado que era natural que Alemania quisiera anular ese ultraje. Yo he compartido su opinión. Después, inmediatamente después, ha ocurrido lo inexplicable. Mi prodigioso interlocutor ha razonado que la antigua injusticia padecida por Alemania la autoriza en 1940 a destruir no sólo a Inglaterra y a Francia (¿por qué no a Italia?), sino también a Dinamarca, a Holanda, a Noruega: libres de toda culpa en esa injusticia.

En 1919 Alemania fue maltratada por enemigos: esa todopoderosa razón le permite incendiar, arrasar, conquistar todas las naciones de Europa y quizá del orbe... El razonamiento es monstruoso, como se ve.

Tímidamente yo señalo ese monstruo a mi interlocutor. Este se burla de mis anticuados escrúpulos y alega razones jesuíticas o nietzscheanas: el fin justifica los medios, la necesidad carece de ley, no hay otra ley que la voluntad del más fuerte, el Reich es fuerte, la aviación del Reich ha destruido a Coventry, etcétera. Yo murmuro que me resigno a pasar de la moral de Jesús a la de Zarathustra o de Hormiga Negra, pero que nuestra rápida conversión nos prohíbe apiadarnos de la injusticia que en 1919 sufre Alemania. En esa fecha que él no quiere olvidar, Inglaterra y Francia eran fuertes; no hay otra ley que la voluntad de los fuertes; por consiguiente, esas naciones calumniadas procedieron muy bien al querer hundir a Alemania, y no cabe aplicarles otra censura que la de haber estado indecisas (y hasta culpablemente piadosas) en la ejecución de ese plan. Desdeñando esas áridas abstracciones, mi interlocutor inicia o esboza el panegírico de Hitler: varón providencial cuyos infatigables discursos predican la extinción de todos los charlatanes y demagogos, y cuyas bombas incendiarias, no mitigadas por palabreras declaraciones de guerra, anuncian desde el firmamento la ruina de los imperialismos rapaces. Después, inmediatamente después, ocurre el segundo prodigio. Es de naturaleza moral y es casi increíble.

Descubro, siempre, que mi interlocutor idolatra a Hitler, no a pesar de las bombas cenitales y de las invasiones fulmíneas, de las ametralladoras, de las delaciones y de los perjurios, sino a causa de esas costumbres y de esos instrumentos. Le alegra lo malvado, lo atroz. La victoria germánica no le importa; quiere la humillación de Inglaterra, el satisfactorio incendio de Londres. Admira a Hitler como ayer admiraba a sus precursores en el submundo criminal de Chicago. La discusión resulta imposible porque las fechorías que imputo a Hitler son encantos y méritos para él. Los apologistas de Artigas, de Ramírez, de Quiroga, de Rosas o de Urquiza disculpan o mitigan sus crímenes; el defensor de Hitler deriva de ellos un deleite especial. El hitlerista, siempre, es un rencoroso, un adorador secreto, y a veces público, de la "viveza" forajida y de la crueldad. Es, por penuria imaginativa, un hombre que postula que el porvenir no puede diferir del presente, y que Alemania, victoriosa hasta ahora, no puede empezar a perder. Es el hombre ladino que anhela estar de parte de los que vencen.

No es imposible que Adolf Hitler tenga alguna justificación; sé que los germanófilos no la tienen.

Jorge Luis Borges

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